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miércoles, 16 de junio de 2010

Estimado Presidente de la Nueva República de Babel:

Me dirijo hacia sus más finas atenciones, para reiterarle mis más sinceras felicitaciones que tuve a bien gritarle a todo volúmen por el móvil esta mañana.

La mera verdá que yo también quisiera saber las efemérides del día; sin embargo, la única que me interesa por el momento es la de su cumpleaños.

Y como ya lo he escrito en diversas ocasiones, últimamente ando más sentimental que de costumbre. Por lo que le comento que su post de este día me ha conmovido hasta las lágrimas.

Efectivamente, como si fuese un pliego petitorio, todos deberíamos hacer lo que usted el día de nuestro cumpleaños. Yo suelo escribir una pequeña lista el día primero de cada año, pero ¿sabe qué? Que este año haré dos, una que quedó lista desde hace seis meses y dieciséis días y una que me propondré cumplir a partir del día 29 de agosto.

Deseo desde el fondo de mi alma, que usted recupere el corazón que dejó alguna vez en San Ángel. Creo que son cosas que le hacen bien al alma.

Si requiere usted de compañía femenina cuando decida tomarse el debido tiempo para recorrer las exposiciones de moda en los museos de la Ciudad, y si desea seguir escribiendo pequeñas historias de esta -reitero- histérica Ciudad, cuente con una servidora y hágamelo saber a la brevedad.

Confieso que no sé cuál es la edad de los nuncas. Para mí sí tiene un número, está guardado en mi corazón, pero sería muy agradable de su parte que explicara esa cuestión.

Una vez más, y sin afán de ponerme el traje de apología, le comparto mi más sincero orgullo por haberle conocido, por contarle entre mis amigos y aún mejor: por habernos convertido en incondicionales.

Enhorabuena pues, por esta gran fecha y que las campanas rompan al vuelo.

¡Abajo las mentalidades chatas y grises!
¡Abajo las columnas que sea caen, los campos que no florecen y los tatuajes que se borran!

¡Arriba las amistades duraderas!
¡Arriba los compromisos que se cumplen!
Y por qué no -nunca me imaginé estar escribiendo esto-: ¡Arriba los domingos!

Con mi más inmenso y sincero cariño,
Mariposa Tecknicolor.

P.d. ¿Sabes querido? Esa máxima tuya de Para ser una persona realista, hay que creer en los milagros me la he tatuado más de una vez en la frente, y en más de una ocasión, ha venido conmigo de bandera.

Una vez más felicidades y gracias por compartir todas estas cosas hermosas con las personas que te queremos mucho.

jueves, 22 de abril de 2010

Monsieur Madrid, Joaquín Sabina.

Él quería escribir la canción más hermosa del mundo,
y yo siempre he querido estar ahí para escucharla.


Luego de la catarsis de la noche de ayer, me quedé muda por un rato grande, traía la cabeza tan revuelta por tantas emociones, que preferí guardar silencio.

Llegué al Auditorio Nacional cuando se anunciaba la segunda llamada para el chou. Esta vez también me iba a encontrar con un chico, pero no frente a la pantalla electrónica de todas las veces, la que me ha visto los últimos ocho o nueve años encontrarme con distintas personas, con diferentes semblantes, de diferentes humores; la que me ha visto cuando me dejaron plantada, cuando se despidieron de mi, cuando le dije al soltero tóxico que no necesitaba más cargar con sus paquetes ni con sus recuerdos.

Esta vez, el chico me esperaba a un lado de la escultura, junto a las taquillas. Había mucha gente, de hecho yo no lo vi, no lo pude encontrar; y como nos ha pasado desde que nos conocimos, fue él quien me encontró a mi.

El primer sacudidón de emoción que tuve, fue cuando vi los lugares a los que correspondían nuestros boletos. Me emocioné mucho, estábamos verdaderamente cerca del escenario, y comencé a sentir que esta iba a ser una gran experiencia, y que la Ciudad nos estaba regalando otra maravillosa noche, en la que nos quería abrazar hasta que hoy amaneciera.

Unos quince minutos antes de las nueve de la noche, las luces se apagaron, se iluminó el escenario, y Joaquín Sabina se hizo presente, vistiendo unos pantalones color gris, una camiseta negra, una chaqueta de camuflaje verde, y su tan emblemático bombín color negro.

Grité, me levanté del asiento, aplaudí, casi pierdo los estribos; me quité el sombrero, y si hubiera traído un bombín como lo traía él, se lo hubiera lanzado al escenario. Me dio muchísima emoción mirarlo allí, con todos sus años, con las arrugas de su voz, con todo esto que todavía tiene para la gente, para quienes queremos escucharlo horas y horas, por años y años.

Abrió, como me lo esperaba, con la fabulosa Tiramisú de Limón; siguió con Viudita de Clicquot y luego se arrancó con muchísimas canciones, no todas las del último disco, pero sí muchas viejas, casi olvidadas, de esas que no te imaginas escuchar nunca en vivo, como Ganas de... y Medias negras. Cuando escuché esta última, entre todo el frenesí que estaba sintiendo por dentro, comencé a llorar conmovida por completo. Me acuerdo muy bien que siempre me pasa en los conciertos de Sabina, en el anterior, sin recordar ahora por qué fue, lloré muchísimo con la canción Mentiras piadosas. Anoche, no pude evitar acordarme de mi hermana Cristina, de cuando escuchábamos la canción mientras andábamos a toda velocidad en José María, recorriendo las calles de esta contaminada Ciudad.

Ayer, quizá no tan conmovida por el recuerdo de mi hermana, lloré de emoción y de felicidad, porque estaba escuchando una canción que nunca me esperé, y que ahora también está llena de lindos significados. Quizá deba darme cuenta de una vez, que "de estufa corazón, te tengo a ti" es una realidad, y que estoy más acompañada que nunca.

Joaquín Sabina ha declarado en muchas ocasiones, en diversos medios de comunicación, que él nunca se propuso llegar a donde está ahorita, que "sólo quería escribir la canción más hermosa del mundo". Y lo logró. A mi parecer, lo logró.

Creo que la maravilla radica en poder comunicarse con el mundo de afuera, con el que no sabemos a veces que nos está escuchando o nos está leyendo. Uno puede tener mucho qué dar, pero quizá no sepa cómo darlo.

Estoy muy contenta de haberlo escuchado anoche, de haberlo visto tan de cerca, de haber reído y llorado con él, de haber bailado con sus canciones, de haber gritado hasta donde pude. Es uno de los mejores regalos que he recibido en los últimos años, y eso me hace verdaderamente feliz.

Luego, el resto de la noche y un par de horas de la madrugada, nos esperaban. Un coche estacionado frente al Marriott, una cena improvisada, un café pasada la media noche, muchas palabras que no se habían dicho, algunas llamadas por teléfono; y estos ojos, que aún cuando se miran casi todos los días, a veces no encuentran el momento justo para hablar mientras se miran.

Si todos los instantes fueran como ayer en la noche, el amor se haría universal.

Ya pasó un día completo, y sigo muda. Todavía no tengo mucho qué decir.

La mañana fría, el sol que no salió por completo, un taxi, estos camiones que me gustan mucho, otro transbordo, mi casa más fría que cuando la dejé ayer, fuera ropa porque todo me lastimaba. Una llamada larga por teléfono. Una siesta que parecieron dos. Muchos libros, más hojas en blanco, las Reformas Borbónicas que ya no recordaba. Otra llamada a las 16:36 para decirme "Hola", y "te quiero mucho". "Yo también", le respondí con toda la seriedad que me llena cuando me pongo a estudiar. Tacos dorados para la cena. Coca-cola light muy fría. No más cigarros por hoy. Un gato que se duerme sobre mis piernas. Estos ojos que quieren verlo otra vez. Mi corazón, que late más fuerte que nunca. Los recuerdos de la música entrando por mis dedos, de su mano tomando la mía sobre mi rodilla, de sus besos sobre mis hombros, sobre mi pelo, luego del desayuno.

No me quiero olvidar, pero tampoco puedo obligarme a no hacerlo. Creo que lo dijo así: "Los sombreros sirven para camuflarse en los escenarios, y para quitárselos cuando la ocasión lo amerita".

Supongo que podré escribir mejor, cuando ya no esté tan muda.

Me siento tan contenta, que tengo ganas de ponerme a escribir en todas las páginas en blanco, en todas las paredes blancas, en toda la ropa apilada, y en la piel que cubre sus costillas.

domingo, 18 de abril de 2010

Historia como libertad.

Cada mañana salto de la cama
pisando arenas movedizas.
Cuesta vivir cuando lo que se ama,
se llena de cenizas.

Y por las calles vaga solo el corazón,
sin un mal beso que llevarse a la boca.
Y sopla el viento frío de la humillación
envileciendo cada cuerpo que toca.
Ganas de..., Joaquín Sabina.

Anoche mientras cenábamos, salió al tema la violencia de pareja, de ella hacia él y de él hacia ella; como sea, violencia, pues. Tuve un flashback inmediato, serio, que me recorrió la piel y hasta la última punta de mi cabello. Quizá lo notó, porque me dijo que no habláramos más de eso, que yo era su "mechuda favorita", y me hizo reír.

Lo olvidé. Son cosas que no se guardan en mi cofre de deseos, en mi arcón de recuerdos, ni en mi selección de hechos relevantes. Son cosas que de pronto se recuerdan, para preservar el instinto de supervivencia.

Pero de pronto, el subconsciente entreabre esa habitación de mi pasado. Nunca me maltrató físicamente, o no que yo ahora lo recuerde como tal, pero su maltarto podía traspasar muchas barreras y algunos de mis límites.

A mi también alguna vez me bajó del coche, en medio de uno de sus síndromes de abstinencia o en un estado de absoluta alcoholemia. Los golpes iban hacia mis efectos personales, mis maletas, mi bolso, mis libros. Sus palabras parecían cuchilladas. Él es un drogadicto, y yo fui adicta a él.

No sé de dónde saqué fuerzas para sobrellevar todo esto, para recuperarme y para darle vuelta a la hoja. Escribir me ha aterrizado y me ha hecho libre; y el corazón lo vuelve a intentar.

Pasa el tiempo. Los recuerdos se hacen viejos. Desde hace algunos años, en mi lista de propósitos de año nuevo siempre figura la frase "no hagas nada que no quieras hacer, no te sientas obligada a hacer lo que la otra persona desea". Pronto lo comencé a creer.

El amor se vive, sólo así tiene parte. La Historia, según algunos estudiosos, también debe llevarse a la vida práctica para que exista, si no, no sirve de nada. Los fantasmas y las sombras del pasado de los hechos históricos, de los acontecimientos, deben estar perfectamente identificados para que la Historia tenga lugar. Y los demonios deben estar dormidos, dentro de mi cabeza, felices en su jaula, para que mi corazón pueda volver a creer.

Nunca imaginé, que volver a estudiar Teoría de la Historia le hiciera tanto bien a mi corazón. Es como cuando uno lee -o leyó- filosofía, y de pronto el mundo se mira como si se desfragmentara el monitor de la computadora: nítido y brillante.

Así, de pronto la reinterpretación le da nuevas oportunidades a los hechos históricos. Y exorcizar mis recuerdos, sanar mi pasado, no sacar del subconsciente lo que allí debe quedarse, le da nuevas oportunidades a mi corazón.

Qué diferentes son las cosas cuando uno decide hacerlas, cuando uno decide su curso, cuando uno toma decisiones maduras, de líneas paralelas, sin estar encima del otro, sin estar pendiente a las decisiones del otro; respetando siempre las prioridades, caminando de la mano, sin dejarse arrastrar ni estarse empujando.

Qué maravilla esto: de haber decidido tomar el tratamiento de desintoxicación.

Y si. Supongo que la Historia y seguir escribiendo, me harán libre.

viernes, 9 de abril de 2010

Es un Alfa Romeo

El lunes por la mañana, me salí de bañar justo cuando comenzaba en la radio el comentario de deportes con mi periodista favorito: Alfredo Domínguez Muro. Debo confesar que de deportes sé muy poco, sé lo que mi papá me cuenta, lo que me comparte y lo que hace que ríamos por horas y horas. A mi padre también le gusta escuchar a Domínguez Muro, pero en otra frecuencia y como veinte minutos más tarde.

Total que entre que le ponía atención, y escogía los zapatos que me debía poner con el vestidito de flores que ahora me queda fabuloso, escuché que comentó la noticia de que Fernando Alonso ganó la Fórmula 1 con Ferrari. Decía que era un sueño hecho realidad para este chico, que siendo tan joven, haya participado por primera vez con esta scuderia y que era de mucha alegría que ganara el primer lugar, la primera vez, de las primeras veces.

Una vez más, una historia de primeras veces.

Cuando estudiaba en la Universidad, y las chicas y yo hablábamos de los chicos tóxicos, de los no tan tóxicos y de los que eran nuestras parejas, deduje que había una clase de chico que se definía tal como Alfa Romeo. "¿Por qué?" -me preguntaba una muy insistentemente, a lo que yo siempre le respondía: "porque es un chico que no existe". Un Alfa Romeo es un coche tan exquisito, que no existe; es un coche que se creó para el que disfruta, para quien quiere correr pero quiere lujo, para quienes saben lo que significa lo que un Alfa Romeo es.

Los solteros tóxicos son una rara especie, difícil de poner en peligro de extinción. Ilusa yo, que creí que con una buena actitud, todos ellos desaparecerían de mi vida. Pero no fue así. Y a cambio, como la vida es dulce y te pone siempre enfrente un caramelo para devorar, han llegado varios tipos de Alfa Romeos para que yo escriba sobre ellos.

Un Alfa Romeo puede ser completamente guapo, perfecto, casi hecho a mano. Ahh, pero a cambio quizá no tenga conversación, ni siquiera hace falta que hable, porque es tan perfecto, que no importa que de su boca salgan sandeces o sinsentidos.

Por el contrario, un Alfa Romeo puede ser completamente culto, exquisito en sus modales, en su trato, puede ser todo un caballero. (Ejem, ejem) pero a cambio quizá no sea tan guapo, quizá sea más bajito que yo, o mucho mayor, o a pesar de tener muchas cosas en común, no tengamos química.

Así pues, el Alfa Romeo que todas queremos conducir, el que verdaderamente es el que no existe -o que pensamos que no existe hasta que aparece-, es el que te quita el aliento, el que no importa de qué hable o a qué se dedique; que no importa si te saca más de 30 centímetros de estatura o es calvo, o es divorciado, o viene simplemente a hacerte reír.

Así como Fernando Alonso soñaba con correr un Ferrari, y ganar la Fórmula 1, así todas soñamos con tener un Alfa Romeo en nuestras vidas. Y cuando aparece, hay que estar atentas a que no siempre es como imaginábamos que podía ser. Simplemente es tu Alfa Romeo, y simplemente con él ganarás la Fórmula 1, la que no existe, con el chico que no existe, que por fin es tuyo, y tendrás un eterno festejo, bañada en cerveza o en espumoso; de día o de noche, entre semana o un domingo por la mañana.

Todos sueñan con manejar un Alfa Romeo. Yo también, pero sobre todo, sueño con que me enamoro de él.

sábado, 27 de marzo de 2010

Las consecuencias del amor.

Desempolvé mis zapatitos de cielo, porque desde este momento voy a caminar sobre las nubes.
Para mi amiga Madame Copo de Nieve.
Gracias.

Yo no lo sé, pero me han contado, que cuando el amor llega de repente, se tiene la misma sensación que cuando la música te entra a través de los dedos de las manos. Todo es diferente, se pueden ver atisbos de luz de colores, estrellas fugaces, colores inimaginables; se huelen aromas impensables, extraños, irreales.

Yo no lo sé, pero me han contado, que el amor parece una trampa del destino, de encontrarte con la persona que esperabas en el lugar menos preciso, en el tiempo menos imaginado, en la Ciudad que no existe, a través de la pantalla que no se enciende, junto al auto que no sirve. Todo se conjuga, y somos resultado de las decisiones que hemos tomado, de la vida que hemos vivido, de las experiencias que hemos guardado.

Y tampoco lo sé, pero un día esa conjugación de pasado y presente, de cielo y suelo, de tierra y mar, entonces llega y lo hace todo posible. Y esta maravilla de la química del amor, entonces se hace presente. Y dicen -no lo sé-, que se siente como si se flotara, como si se andara en arenas movedizas, como si siempre se tuviera un nudo en la garganta, como si de pronto la sangre se detuviera a mitad del tránsito por el cuerpo, y se dejaran unos momentos de respirar.

No me consta, no lo sé porque lo olvidé, y ahora he decidido no hacer memoria, más bien crear nuevos recuerdos y saber cómo el amor es.

Yo no lo sé, pero ahora quiero saber.

jueves, 11 de marzo de 2010

Estaciones en mi cuerpo

Tenía los pies diminutos, y unos ojos color verde mariguana.
Barbie Superestar, Joaquín Sabina.


No sólo hay estaciones de autobús, de tren, de Metro, de transporte público. No sólo hay estaciones del año, estaciones del tiempo, estaciones espaciales. También hay estaciones en mi cuerpo.

El lunes por la noche, luego de muchos meses si no es que años, tuve una crisis de ansiedad. No es nada grato, pero tampoco es grave. Lo mejor -si es que existe algo bueno en esto-, es que ahora sé manejarlas, sé identificarlas, y sé recuperarme en las seis u ocho horas siguientes. Y una cosa muy importante, es que ahora puedo hablar de ello abiertamente, sin sentirme mal por tener un tanto de TA. Somos muchas personas las que lo padecemos, pero pocas lo podemos asimilar, identificar, y hablar sobre ello.

Y aquí vengo, como siempre, buscándole el lado optimista a las circunstancias que me rodean.

Llevo ya casi ocho días sintiéndome mal, sigo mareada, sigo con náuseas, con cara de fuchi sin de veras sentirme fuchi, con unas ojeras terribles aún cuando he procurado dormir bien. O quizá sea que, una vez más, comienzo a acostumbrarme a este insomnio que de pronto regresa como regresan las estaciones del año.

Y es justo en primavera, cuando me pica la nariz, cuando no paro de estornudar, cuando me lloran los ojos por tanta flor, tanto verde y tanto polen; tanto "love is in the air" que se levanta cuando lo hace el sol. Justo con el calor, es cuando comienzo a quejarme del dolor de piernas, cuando los padecimientos de hace un par de años hacen su aparición. Y es como todo lo que me pasa, que me recupero pero no me curo al cien por ciento, todo es tratamiento, control, manejo de síntomas -como dice Mauricio-, para que no regrese la enfermedad.

Hoy, manejando sobre Thiers, me di cuenta que la primavera está sacando a patadas a este invierno de la Ciudad. Los árboles comienzan a verse todos verdes, luego de que en otoño las hojitas amarillas, rodaban por el pavimento. Los rayos del sol atravesaban las copas de los árboles, obligándome a entrecerrar los ojos, aún con las gafas puestas. Qué linda escena, pero qué puto calor.

Y lo que nunca me hubiera imaginado, ahora pasa que tengo la presión alta. ¿Por qué? No lo sé. Se supone que por estrés, por angustia, por este TA que hace su aparición de repente, aún cuando yo había ya echado las campanas al vuelo. Qué más dá. Así soy, ni modo. Y aún cuando intento no darle importancia, debo hacerlo. Pareciera que no me interesa, que ni siquiera me preocupo por mi propio cuerpo, por dormir o comer bien, por procurarme una buena compañía, un entorno que me sea viable. Pero no es así, sí me preocupo, sí me interesa, y entonces me angustio. Qué de la shit está la cosa.

El chico tendría que saber que no sé pedir ayuda, que soy medio bruta para esas cosas. Hace ya tanto tiempo que me concibo así, que a veces no comprendo que puedo pedir que me tiren un lazo. "¿Por qué no me llamaste a mi?", me preguntó el día después de la crisis. "Por que no se me ocurrió, porque pensé que estarías dormido, porque pensé que te molestaría al llamarte", le respondí, o le quise responder, o me imaginé que le respondí. A veces (lo reconozco), no digo todo lo que pienso, porque me da miedo hablar de más. Todavía este absurdo miedo de no decir lo que esperan escuchar.

Pero el chico tiene razón, y debería ponerle más atención. No es que no lo haga, pero tiene razón cuando dice que puedo llamarle a la hora que necesite, que puedo pedirle un consejo o compañía, que puedo mandarle un recado o escribirle una carta pidiéndole que venga a hacerme casito un rato. Todo se vale, el chiste es que yo me de cuenta que se vale. Y me cuesta, porque casi no recuerdo cómo es cuando uno comienza a salir con alguien.

Pero qué estupidez estoy pensando, si todo vuelve a comenzar siempre. Todo es una gran primera vez. Y este chico está viniendo a llenarme de primeras veces.

Mi memoria, como si fuera un gran monstruo, de pronto comienza a despertar, y a veces no sabe qué hacer. Y eso no importa, porque entonces comienza a llenar las paredes de su guarida, con nuevos colores, nuevos recuerdos, nuevas sonrisas, nuevos ojos que miran a los míos, aún cuando sostengo más de un instante la mirada.

Qué maravilla.

Por otro lado, el corazón, con su enorme coraza, comienza a hacerse blando. Y es entonces cuando me doy cuenta que los latidos de este corazón, que hacen que la presión arterial se altere, quizá no sean causados sólo por una ansiedad mala, sino por una emoción exorbitante. El cariño y los sentimientos también alteran, también matan, de buena y de mala manera. ¿Qué pasa cuando uno, sin reconocer las sensaciones del cuerpo, de pronto cae en la cuenta de que todo está bien? ¿Por qué la convivencia siempre es sorpresiva?

¿Por qué la mente me juega esta trampa, queriendo siempre planearlo todo, palomear todas las listas y tener el control de todo? ¿Por qué cuando me dejo llevar, casualmente se me sube la presión arterial?

De una cosa sí estoy segura: las cosas que mejor saben, o que mejor resultan, son las que no se planean; aún con este mareo, con el dolor de cabeza, y con las náuseas que me quitan el hambre, comienzo a disfrutar de cada una de las sensaciones de este monstruo que se despierta, de esta coraza que se cae, de este cariño que me toma por sorpresa.

La última vez que se me subió la presión, mi hermana Cristina me cuidó, y me llevó con ella a través de las avenidas de esta Ciudad; a comer a un restaurante de la colonia Condesa, a visitas de obra en las que ni siquiera me pude bajar del auto por la pesadez de mi cuerpo, por el dolor de mis piernas.

Ahora Cristina no me puede cuidar, y si no comienzo a cuidarme yo, nada valdrá la pena.

Y termino en donde partí, pidiéndole a Clío que regrese para que me haga escribir, para que pueda terminar lo que me hará arrancar una nueva Historia. San Antonio sigue de cabeza, el pobre ya no ve su hora, le falta poquito porque la mayoría de los milagros -que se confunden con primeras veces-, a comenzado a concedérmelos.

Es normal, que el vaso gota a gota de pronto se derrame. Es normal que la convivencia cree lazos maravillosos de afecto y compañía. Es normal que alguien venga a preocuparse por mi, e intente hacerme entender que debo hacerle caso a los síntomas de mi cuerpo.

Es normal querer seguir escribiendo. Es normal, que de pronto me lleguen unas ganas bárbaras por llenar las paredes de letras, de frases, de su nombre escrito en muchos idiomas, con muchas claves, con mi letra retorcida que a veces no pueden leer. Es normal que el sol y el polen me hagan estornudar, porque entonces es cuando sigo sintiendo, cuando ya no soy indiferente a las estaciones de mi cuerpo.

domingo, 21 de febrero de 2010

Noches de juerga

Apenas terminé de escribir todo lo que hacía falta, recién lo leí y lo presenté, y ya estoy comenzando a querer escribir otra vez. La cabeza no me para, no me paran los dedos de las manos, y de unos diez días para acá, tampoco han parado de bailar mis pies, ni de temblar mis piernas.

Hace rato intenté hacer memoria de hacía cuánto tiempo que no me la pasaba tan bien, y aunque no estoy segura, me parece que esta ansiedad -buena y no tan buena- no la sentía desde que estudiaba en la Universidad. Esta Ciudad es maravillosa, tiene de todo, a veces me cae gorda, pero me he hecho el propósito de dejar de decirle groserías cuando me enojo o comienzo a tener una discusión por el móvil. La Ciudad ha estado de mi parte las últimas semanas, ha estado lluviosa, medio fría y a veces distante y algunos dirían que se parece un poco a mi, pero eso ya va de sobra.

La cabeza, como decía, no me ha parado. Siempre pensando lo que viene, las decisiones que hay que tomar, las frases que hay que escribir, los corazones que hay que conocer, que hay que abrir, y el mío mismo, que poco a poco se comienza a despertar. Hay momentos en que me duele todo. Me duele sobre todo esta cabeza que traigo acá arriba; hay veces en que me duele el pelo, me duelen las piernas, me duelen los pies y me duele mucho la espalda. Hay noches en que no puedo dormir, en que prefiero -de hecho- quedarme despierta; es maravilloso cuando se puede decidir, quedarse despierta, quedarse dormida, seguir caminando, pedir un taxi, quedarse callada, seguir escribiendo, seguir transmitiendo esto a pesar de los lectores que se tengan, y los que todavía no tengo.

Y como Hans no quiso arrancar el jueves por la noche, porque cometí el error de dejar las luces prendidas todo el día afuera de la oficina (siempre hay una primera vez), el hecho de volver a casa con Hans a cuestas en una grúa, hizo que me diera insomnio otra vez, que me doliera la cabeza, el cuello del lado derecho y que me diera un poco de ansiedad. Ni modo. Todo tiene un precio, y esta vez, aún cuando pareciera que fue alto, no fue tan desagradable esperar a que todo se resolviera. Las penas con pan son menos, y la espera de una grúa es menos tortuosa si se tiene compañía, que encima, te hace reír a carcajadas.

El día después, casi pierdo la cuenta de los analgésicos que me tomé. Creo que había sido uno por la mañana, dos a la hora de la comida, o al revés, un par con el latte de la mañana, uno a la hora de la comida y uno más a media tarde. Cuando a punto estuve de tomarme uno más porque el dolor no cesaba, caí en la cuenta de la pérdida de la cuenta, y me detuve. Así es. En diferentes situaciones, las cuentas se pierden, y es entonces cuando uno se detiene, o de plano se sigue adelante. Insisto, es maravilloso cuando se puede decidir qué es lo que se quiere hacer.

Me esperaba entonces, una maravillosa noche, un motivo especial para que mis pies no dejaran de bailar y para que mis piernas siguieran temblando. Una llegada a casa de madrugada, con un Curvoisier que me guiñaba el ojo desde que me bajé del taxi, que me supo magnífico en una de esas copitas redonditas, y que me hizo seguirle cantando y escribiendo, para dormir sólo hasta entrado el amanecer, pasadas las siete de la mañana.

Y valió la pena. De pronto resulta que todo vale la pena.

Una hora y media después, me desperté en calidad de zombie para ir a buscar al mecánico que me dijera qué era lo que tenía Hans, además de no tener ni una chispita de batería. En el camino me encontré a mi hermana, la otra María, quien venía desde temprano a visitarme. Fuimos por el guerrerense éste que me cae tan bien, que hizo que Hans volviera a andar. Desayunamos Mari y yo como debiera desayunar todos los días, pero que no siempre se puede. Se quedó todo el día conmigo, vino a limpiar mis ojos, a hacer que las lágrimas atoradas salieran, a que mi corazón latiera tranquilamente por platicar con ella.

Vino a tender mi cama mientras yo tomaba una ducha, a decirme que ya debo dejar de bajar de peso, a hacerme reír con las ideas del cambio de habitación, de entorno, de posición. Vino a recordarme que a pesar de la distancia, seguimos siendo hermanas, y nuestro amor ha prevalecido a pesar de muchas circunstancias.

Vino a llevarme por las arterias de la Ciudad. Vino a abrazarme. Vino a poner en orden lo que se podía ordenar.

De regreso, una Mafka con un novio encantador, y un chofer incluído, me esperaban en la puerta de la casa para volver a salir. Luego de pensarlo un poco, porque tenía muchísimo sueño, guardé a Hans, me arreglé rapidísimo, me puse esos botines de flecos que tanto me gusta usar, y me fui con ellos, y literalmente no supe más, hasta unos 40 minutos después.

Me quedé dormida apenas me subí al coche. Moríamos de risa cuando llegamos al bar que nos esperaba, se quedaron hablando solos cuando no les respondí, y Mafka me pidió perdón por haberme insistido tanto en salir, pero era una ocasión especial. Bebí un red bull, luego comencé a divertirme, a recibir llamadas que me hicieron reír, que me pusieron mejor de lo que ya estaba.

Nos cambiamos de bar, porque el primero era una reunión que no era nuestra. Luego, en el segundo fue una mezcla de todo, que me hizo bailar y me puso feliz: el whisky con soda, los recuerdos de la noche anterior, el cansancio que traía a cuestas, la plática con Mafka, las carcajadas por los chicos del rugby, el cigarro en la banqueta, el carrito de hot dogs que no paraba de vender, el chofer que no nos quitaba el ojo de encima, que luego tardó en regresar para dejarnos volver.

Y dormí, aún cuando no fue tanto como hubiera querido, dormí, por fin, lo logré. Luego, el domingo, cansado como son los domingos, también me trajo algunas sorpresas.

Domingo de comer bien, de dormir poco y de reír mucho. Ciudad de mercados sobre ruedas, de tianguis de pulgas que me hacen enloquecer. Domingo de dejar de odiarlos, de comenzar a aceptarlos, de plantear nuevas alegrías e ilusiones. Ciudad llena de coches, de volantes cubiertos con peluche de leopardo, de camiones y colectivos que casi te quitan la vida o te rebanan el trasero. Domingo de tomar té de manzana, de volverle al té verde, de probar otras opciones sin azúcar. Ciudad de deseo, Ciudad de sonrisas a través del móvil que creo que sabe que me provoca, domingos de comunicaciones casi sin palabras.

Ciudad de un tal vez que más que un quizá es un por supuesto.

Ciudad de noche, domingo de día. Ciudad de noche que me hace feliz, que entonces provoca un feliz domingo que antes no tenía.

Noches de juerga. Noches que me gritan que está bien si le pido que me provoque. Benditas noches, maldito insomnio, bendito deseo, maldito frío de invierno, bendita Ciudad. Buenos días, llegando de reversa, luego de cruzar toda la Ciudad.

Abre los brazos al mundo.

Domingo de dormir hasta las once de la mañana. Domingo de almuerzo con la Diseñadora de Modas, de frapuccinos con San Román. Domingo de hacer las compras, de hacer cuentas, de tirarme del pelo porque no me alcanza el dinero.

Domingo de reinventar planes, de inventar proyectos, de deshacer recuerdos. Domingos de darme cuenta que estoy bien acompañada. Domingo que me enseña a dejar de sacarle la lengua a los domingos.

Día de intentar dormir sin tener éxito. De cumplir promesas, de seguir costumbres, de alimentar a mi corazón a través de mi otra familia, de mis amistades, de buena comida, de reírme manejando el coche que ahora ya quiso andar.

Estoy contenta de que el domingo me haya recordado a la cara que una vez soñé con comerme el mundo a mordidas. Que cuando decidí la línea que quería vivir, para luego poder sobrevivir, tuve un sueño, o muchos, que pensaba en inundar las almas con optimismo, con amor, con buenas costumbres. Pensaba que sí era posible cambiar el curso de la Historia, dejar de permitir que los ciclos se repitieran, que los mismos errores se cometieran, que un acuerdo entre algunas partes era suficiente para darle felicidad a una población.

Soñaba con comerme el mundo a mordidas. Eso, con el tiempo y junto con otras experiencias, se me fue quitando. Me olvidé por un tiempo de Clío, me olvidé de hacerme reír, me olvidé de procurarme un corazón, de procurar al que latía bombeándome de sangre todo el cuerpo; me olvidé de comer bien, me olvidé de dejar de beber, me olvidé de las cosas buenas que me merecía.

Un día me olvidé que era posible que alguien pudiera llegar a quererme, pudiera llegar a amarme tal como soy, me olvidé de quererme a mi misma. Pero las cosas pasan, el tiempo se termina, los plazos se cumplen, la evolución sigue, los caminos se vuelven a abrir. Y entonces comencé a urgar entre mis recuerdos, comencé a lamerme la memoria, y comencé a recordar todo aquello que había bloqueado.

Sólo así me olvidé las pastillas en el buró, me olvidé de las malas compañías, me olvidé de los corazones rotos, me olvidé de los solteros tóxicos, me olvidé de las malas decisiones, me olvidé de engancharme como imbécil a lo primero que me pasara por enfrente, fuera lo que fuera. Me olvidé de comer mal, me olvidé de lo que opinan y hablan los demás.

Comencé a formarme una familia, comencé a tomar buenas decisiones, y hoy, que es como sucedió con el Homo Sapiens Sapiens -el que sabe que sabe-, me hice un pensadero y estoy intentando sacar con mis letras todas esas frases que son y que siempre han sido sordas, esas experiencias que no sirven más, esas personas que nunca fueron, y esas decisiones que alguna vez me resintió tener que tomar.

Hoy me dispuse a volver a creer que me puedo comer el mundo a mordidas. Hoy le tomé sentido a la frase que Cristina me dijo por teléfono, esa de que abra los brazos al mundo, de que está ahí, esperando a que lo tome; esperando como esperé yo misma, para poder conquistarme.

Love, i can believe in. Change, i can believe in. Yo creo y con eso basta. Y es oficial, vuelvo a tener confianza, y lo voy a volver a decir a menudo: quiero comerme el mundo a mordidas.

jueves, 4 de febrero de 2010

De besos y ansiedades

E insisto: ¿por qué los besos siguen vetados? ¿Por qué no nos podemos besar cada que se nos antoje?

Hace mucho que no escribía sobre esto, pero ahorita al releerme, me doy cuenta de que esta situación con los labios, mis labios y los tuyos, o los suyos y los míos, ha seguido igual.

Los besos no deberían estar vetados.

Si besáramos más, estaríamos más tiempo de buenas, sonreiríamos más, y el corazón haría chispas en mis caderas.

Wow. Qué maravilla. Verdaderamente que esa situación en mis caderas, me haría completamente feliz.

El beso del elevador

Nos encontramos, como casi siempre sucede, en medio de la Ciudad, en medio de los coches, saltándonos avenidas, y mojados por la lluvia. La lluvia... más bien el frío, como casi siempre a esa hora, como casi siempre que hace frío. Este invierno, además de ensañarse, nos ha regalado maravillosas horas antes del amanecer. Aún cuando son días que no laboro, tengo que despertarme temprano, pero no importa, él tiene que hacer algunas cosas, despertarse igual temprano, librarse de otras, y llegar a la avenida en donde nuestros coches comienzan la misma marcha.

Y a la misma marcha, uno tras el otro, vamos siempre al mismo lugar, de regreso a mi casa, de regreso a la suya. A la misma ducha, a preparar el mismo desayuno, a jugar con las mismas cosas, a hablar de lo que hubo los pasados días, los pasados lindos, los tristes pasados futuros.

Y ahí vamos otra vez, a mirarnos de frente sin saber que lo hacemos, a que me abrace de lado sin saber que lo hace, a tomarme por la espalda, sin haber pensado siquiera hacérmelo una vez más. A hablar de las cosas que moría por contarle, a escucharme como sabe hacerlo, como me gusta que me escuchen, como me gusta escuchar las opiniones importantes. A tener esta magnífica imagen frente a los dos, de ambos cuerpos abrazados y enlazados, de lado, de frente, de perfil, de espaldas, de como sea. La imagen ahí está, y se congela.

Ahí vamos, a desayunar en una mesita ratona que movemos como la gana nos da, a hablar de los coches como si de verdad nos importara, a hacer que no ha pasado nada, aún cuando sabemos que han pasado muchas cosas.

Y miro como toma esa ducha, esa que debería tomar con él allí dentro, como me gustaba cuando lo hacíamos después. Y me mira mientras tomo la mía, y platicamos, y se enfoca, y pierde el hilo, y le gusta mirarme mientras lavo mi pelo, con la misma marca de champú que copié de la regadera de su mujer, y lo desenredo con ese peine enorme, que imagina que juego con él.

Y mi pelo, sobre su cintura, parece que hace maravillas. Y el tiempo, que transcurre sobre nosotros, sobre esa habitación que se hace más pequeña, parece que se detiene para siempre.

Luego, se pone la indumentaria. Y yo, sin saber lo que estoy haciendo, me enfundo en el par de medias negras, en la falda a la rodilla que le gusta imaginar que arranca de mis caderas, en los tacones que parece que están pegados a las plantas de mis pies. Cojo el bolso, toma su cartera. Todo pasa como un día cualquiera. Los dos volvemos, y los coches nos esperan.

Nos esperan, como lo hace mi casa o la suya, hasta la próxima semana, hasta la siguiente luna del lunes que entra, del sábado que pasó, del domingo que no quiero que llegue.

Las trampas del destino son como carreteras; el destino, este ambiente que nos envuelve. ¿El final del camino? Que yo ría como lo hago, mientras me mira desde abajo, sin parpadear. Que el tiempo se vuelva a detener, para que platiquemos como nos gusta hacerlo.

Vuelvo a donde partí, vuelvo a pensar que todo está bien, vuelvo a mi rutina con el sabor de sus labios todavía en mi.

Salimos, yo camino más aprisa que él, me da escalofríos pensar en mis vecinos, o en los suyos. Sigue tras de mí, llamo el elevador, lo tomamos. Se recarga en el fondo del cubo de acero, se cierran las puertas, doy un paso hacia él y comienzo a besarlo como si fuera la última vez, como si esa luna de ese lunes o domingo siguiente no fuera a llegar; como efectivamente es, que yo estoy volviendo a la guerra.

Nos besamos como no lo hicimos en todas las horas anteriores, en todos los meses que pasaron, en todos los años que no supimos que estuvimos allí. Es un maravilloso beso, que dura lo que tarda en bajar tres pisos el elevador, que hace que nos fundamos en ese instante, por unos segundos, entre el fluído y mi respiro. Y sentimos que es el último que nos vamos a dar.

Se abren las puertas, nos separamos, salgo yo primero, él me sigue -y puedo jurar que me mira el trasero, o intenta hacerlo cuando se dibujan en mi falda los sujetadores en mis muslos por detrás-, y volvemos a despedirnos. Como siempre, como nunca, como nada, como todo.

Me subí pues al coche, y cuando escuché el sonido del portazo de mi lado, me desperté. Aquí, en mi cama, sin ningún otro cuerpo en mi colchón. Y el corazón, no ha dejado de latirme. ¿Cuándo va a llegar? Ni me quejo, porque todavía sigo de buen humor.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Me lo merezco

La última vez que todas las cosas comenzaron a transcurrir tal y como las planeaba, comencé a pensar que no me lo merecía, que todo era una trampa del destino que me haría pensar las cosas de distinta manera. No sabía el camino que debía tomar, la certeza de mis decisiones, ni las compañías que debían estar junto a mi.

Quizá por eso ahora me sienta un poco extraña, rara, distinta, como si mi mente algunas veces viajara a distinta velocidad de lo que lo hace mi cuerpo.

Pero hoy, después de una larga jornada de trabajo, que venía sumamente cansada, manejando de regreso a casa, la llamada que recibí de San Román, me hizo aterrizar en la realidad, y comenzar a pensar de verdad, que todo esto me lo merezco.

Venía yo sobre Florencia, me tocó el semáforo en rojo así que tenía de frente al Ángel de la Independencia sobre Paseo de La Reforma. El móvil sonó, y del otro lado, un San Román sumamente contento, comenzó a platicar conmigo.

Como siempre, hablamos de todo y de nada. Tomé Tiber, luego Río San Joaquín, luego Periférico Norte. Sin darnos cuenta, llegué a casa, y entonces nuestra conversación tuvo que terminar. Es muy agradable venir sola en el coche, pero sentirse acompañada. La mitad del camino de regreso a casa, lo hice de la mano de este chico.

¿Y sabes qué? Todas estas cosas buenas me las merezco. Comienzo a pensar que por fin, todo el esfuerzo valió la pena. Estamos maravillados de darnos cuenta, de que todo por lo que tanto he luchado se está comenzando a materializar, todo toma forma, todo se vuelve realidad. Es como si por fin la resaca se terminara, y pudiera ver claramente el día después.

Hace un par de años, cuando las cosas estaban bien, casi no podía creer que la buena fortuna llegara a mi vida. Hoy, que comienzan a borrarse los baches del año pasado, estoy segura de que me lo merezco, de que por fin llega mi momento.

Y a vivirlo, como dijo San Román. A disfrutar cada momento, a sentirlo, a llenar mis pulmones de estos nuevos aires que hacen que mi pelo se agite, como se agita mi corazón.

miércoles, 13 de enero de 2010

Sin respuestas.

¿Cuándo fue que aprendí a no hacer el amor? Porque sé perfectamente cuando aprendí a hacerlo, a entregarme, a amar con los ojos cerrados, a respirar a través del otro, a leer mentes que no sabía qué decían, a detener el tiempo a través de otros corazones.

¿Pero cuándo aprendí a querer sin querer? ¿Cuándo aprendí que no siempre se debe amar? ¿Cuándo fue que aprendí que hay veces en que no se debe dejar el corazón latir? ¿Cuándo me acostumbré a no querer más? ¿En qué momento me creí que esto es normal?

¿Cuándo me creí que el milagro del amor no es milagro, sino pesar?

¿Por qué creí que amar era también recibir? ¿Por qué no me quedé sólo con que yo podía dar y dar y dar y dar amor hasta que me doliera, sin importar que mi pareja no amara igual?

¿Por qué escogí entrar a la Universidad en lugar de irme a comenzar una familia en las faldas del volcán Tacaná? ¿Por qué no le creí que con eso bastaba? ¿Por qué no me quedé con que no era necesario estudiar, y que el sueño de ser escritora desaparecería conforme viniera la nueva madera de compañera sentimental?

¿Por qué mi intelecto siempre ha tenido libertad? ¿Por qué mi corazón ha querido ser atado, y no ha logrado serlo?

¿Por qué ahora me doy cuenta, de que me ofende que me hagas aclaraciones que no vienen al caso? ¿Por qué carajos piensas que me estoy enamorando de ti, cuando sabes que no es así contigo? ¿Por qué no te das cuenta de que me ofendes, cuando me dices que tengo que buscar mi propio camino e ir resolviendo mis problemas de la mejor manera y pedir ayuda hasta que yo agote las opciones? ¿Por qué no te das cuenta que me esfuerzo hasta que me duele?

¿Por qué no puedes entender que mi bandera siempre es el amor, y que amo de manera que no comprendes?

¿Por qué la puta Ciudad se empeña en hacerme sentir que nada de lo que hago vale la pena?

Sin ganas.

Me estoy comiendo una manzana, casi sin ganas de comérmela. Tengo los cigarros a un lado, y me voy a fumar uno sin ganas. Hay muchas cosas que hago sin ganas, pero pues así es. Sé que así no debe ser, pero ahora no tengo ganas de nada. Es oficial: de nada.

Las cosas que quiero hacer, aún no son factibles, pero me sigo esforzando, aún cuando no tengo ganas de hacer lo que debo para llegar a ellas. Tengo ganas de que todo este listo de una vez, pero si ya esperé tanto tiempo, tantas lecturas, tantas aprobaciones, tantas noches, tanta incertidumbre, me parece que no tiene nada de malo esperar un poco más. Una semana más no va a hacer las cosas peores.

Y me esfuerzo, espero que te des cuenta. Pero ya no te voy a escribir, ya no te voy a llamar, ya no te voy a mirar, aunque te intentaré ver. Y sabes que cuando me lo propongo lo cumplo, sabes que cuando prometo algo hago un esfuerzo para lograrlo. Y me he estado esforzando mucho los últimos meses, y no me voy a dar por vencida. Hoy me propuse no escribirte más, aún cuando aquí me estoy poniendo a escribir de ti; no es lo mismo, porque no me leerás, o si llegas a dar con esta columna, no me leerás como tu, y yo no estoy escribiendo para que me leas.

Hay tanta contradicción en lo que me escribiste, que ya no sé qué pensar. Me acuerdo perfectamente de lo que hablamos la vez anterior, de lo que me decías que querías seguir, de lo que querías que hiciéramos. Pero serás hombre, eres hombre, y siempre cambian. Y quizá no es que cambien, sino que no se dan cuenta del significado literal que pueden tener sus palabras. No se dan cuenta que para mi, lo que se dice es, y lo que es, es. No hay medias tintas. No te preocupes, que no quiero ponerte en riesgo, no quiero causarte un malentendido, antes de que esto empezara te lo dije, pero ahora parece que ya no sabes lo que pienso. Ni modo. No vale la pena que me desgaste, si ya se como eres, si ya sabes como soy yo, si no eres de muchas palabras, y haces más de lo que dices.

Y eso es bueno. Es bueno ser moderado, es bueno actuar y no decir. Pero finalmente hay alguien que siempre paga un precio más alto, y esta vez no quiero ser yo.

Mi panorama a veces es tan gris, que cada que te veo es como si fuera un día festivo. Y eso también va a cambiar, debe cambiar, y hoy en la mañana me propuse que cambiará. Ya te darás cuenta de que no me importará si nos miramos o sólo nos vemos, si nos hablamos sin escucharnos, si nos escribimos sin leernos. Nuestras circunstancias son muy distintas, pero finalmente sabemos entendernos. Y te seguiré entendiendo, y lograrás entenderme a mi.

Las palabras son tan palabras, son tan mágicas, son tan como son, que a veces dicen más de lo que significan. Muchas veces pasa eso con lo que escribo, con lo que digo, por eso me he vuelto mesurada, por eso sé que puedo herir, por eso sé que puedo amar, por eso sé que puedo estar con alguien a través de mi texto aún sin conocerlo, por eso sabes que nunca dejarás de ser lo duro que eres, o que eres conmigo.

Por eso el otro día, cuando te escribí por última vez, releí más de tres veces la carta que te enviaría. Pensé más de dos veces las letras que ordenaría, que formaría en palabras, que alinearía en frases para que lograras entenderme. Y no es que no puedas hacerlo, no es que yo sea imposible, pero no quería que mis palabras dijeran una cosa que no significaban.

Intenté escribir una carta de conciliación, y creo que lo logré. Pero no logré que entendieras que también me esfuerzo por estar bien, que no quiero problemas, y que te quiero tal como eres. ¿Te has dado cuenta que no tengo el valor de decirte que te quiero? ¿Te has dado cuenta de que me da miedo que sepas que todavía mi corazón te ve tan como eras, tan como has seguido siendo conmigo? ¿Te das cuenta que la coraza de mi corazón no sirve contigo?

Ya si lo sabes o no, no me corresponde. Ya si te das cuenta o no, no me interesa.

No tengo ganas de levantarme de la cama, pero tengo que hacerlo. No tengo ganas de comer, pero ya me terminé esta manzana roja, casi como mis labios. No tengo ganas de fumar, y ya me terminé dos marlboritos que me supieron re bien. No tengo ganas de noticias, y me he enterado sin querer. No tengo ganas de manejar, pero tenía que volver a casa en Hans. No tengo ganas de caminar, y por eso manejé. No tengo ganas de usar abrigo, pero muero de frío. No tengo ganas de quitarme los guantes de piel, pero se me calentaron muchísimo las manos.

Y así es, y así sabes que soy. Y todo se voltea, porque sabes -y a mi nunca se me olvida- que una de los mayores tesoros que tengo, es mi fuerza de voluntad.

No tengo ganas de quererte, pero te quiero.

domingo, 10 de enero de 2010

Me gustan las historias de amantes

Luego de las lecturas del año pasado, y de todo lo ocurrido, ahora confieso que me gustan las historias de amantes. Estas prohibidas, furtivas, estas que son secretos a voces. Estas en las que las tensiones en las habitaciones en las que los amantes se encuentran, hacen que los demás intenten adivinar qué ocurre en el ambiente, suponiendo que alguien se atrae o que algo se esconde, alguna pasión se esconde en dos corazones, o se esconde en la piel.

Me gustan las historias de amantes, pero no he vivido alguna. De hecho, ni siquiera me es posible imaginar cómo sería, necesitaría saber cómo es el prospecto para intentar escribir -o vivir- una pequeña historia. Porque bueno, aún cuando al hacer historiografía lo que más se hace es inferir, en el caso de una historia propia, cuesta trabajo inferir qué es lo que sucedería.

No sé si el susodicho sería mucho mayor que yo, y tuviera una gran profesión, de esas en las que se salvan vidas, o es imprescindible su presencia para tomar una decisión. No sé si me vería con él una vez por semana, o cuando tuviéramos la necesidad de platicar el uno con el otro. No sé si serían los miércoles, por ejemplo, día de cine o de latte por las mañanas. No sé si pasaría por mí en un deportivo color plata, o en un deportivo descapotable color rojo, lo que causaría mucha curiosidad, porque sería un hombre mayor; lo que entonces significaría que andaría en un segundo o tercer aire, y yo sería la persona con quien desearía pasarlo.

No sé si tendría química con él, con eso de que me llevo bien con los chicos que me llevan un poco más de seis años. No sé si reiríamos mucho, si platicaríamos hasta el amanecer, o hasta que el tiempo se nos terminara, justo para que cada quien volviera a su rutina. No sé si me invitaría a comer o a cenar. No sé siquiera, si me resultaría atractivo, o me diera emoción estar con él.

Pudiera ser que otro prospecto tuviera ojos verdes, fuera extranjero, y viniera a mi Ciudad sólo por alguna temporada. Entonces los encuentros no serían tan furtivos, no tendría que existir el silencio o un ocultamiento. Supongo que tendría un departamento lindo, de esos acogedores y pequeños, de esos de temporada. Quizá viviría algunos días en un hotel de Paseo de la Reforma, o de la colonia Condesa. O quizá también, compartiría las habitaciones con algún colega, lo que haría de la situación algo no tan serio, porque podríamos salir en grupo, y tampoco sería necesario ocultarlo de mi lado, con mis amistades o mi familia.

Sería un amante de temporada, de acento extranjero, de castellano que no parece que hable español. Sería un chico que me transportaría a sus ciudades, a sus pasados, que no importaría lo que yo tuviera acá, o lo que él hubiera dejado allá. No existiría mayor involucramiento, sólo lo necesario. ¿Y si ni siquiera supiera sus apellidos? Me muero de risa, eso sería fantástico y podría dar pie a una gran historia.

Pudiera ser, que mi amante fuera un colega, un historiador igual que yo, mayor unos cuantos años, para que tuviera experiencia, historiográfica y con las mujeres. Que me hiciera reír a carcajadas sin que se lo pidiera. Que casi casi leyera mi mente, porque como tenemos las mismas ideas en la cabeza, nuestros puntos de vista no serían tan dispares. Que él supiera que los amantes son eso, amores ocasionales, y que no tuviera problema con que yo no tuviera tiempo para verlo. Y que a mi no me molestara que tuviera mil pendientes encima, que no tuviera tiempo para verme porque urge entregar un texto, una corrección, un artículo para alguna revista.

Que supiera que sin café por las mañanas no se puede trabajar. Y que también supiera que es posible trabajar acompañado, escribir en silencio, dándome espacio a mi y a mi ordenador, dándose espacio a él mismo en la misma habitación. Que supiera -como yo- que es posible terminar de escribir un texto acostado en una cama, con los pies metidos en las cobijas y las laptops y los móviles sobre mesitas de desayuno o mesitas ratonas. Que supiera que también se ocultan ideas, que no siempre se sabe lo que se debe escribir, porque aún cuando nuestras ideas nos harían cómplices, no se querría tener alguna discrepancia.

Quizá este colega sepa que un historiador está medio loco. Que los frentes fríos nos hacen bi-polares. Que se sabe, pero no se dice, que una investigación es capaz de cambiar una tendencia o una vanguardia. Quizá este amante sabría -como lo sé yo-, que es emocionante encontrar el pequeño hilo historiográfico de una madeja, lo que entonces haría nuestros encuentros casi sesiones de seminarios para compartir investigaciones.

Compartir profesión, además de intimidad, nos daría una partida doble, sería como cambiar de partenaire con la misma persona. Y entonces vendría otra situación: que lo supieran o no los demás colegas. Porque la reputación de un historiador se debe cuidar desde muchos flancos. Quizá entonces, la mantendríamos en secreto, para que fuera sólo nuestra complicidad. Y entonces aparecería un minus: al hacernos amigos, las cosas cambiarían.

Porque generalmente un colega, que comparte ideas con otro, termina haciendo una amistad. Y yo no estoy segura, porque no tengo la experiencia, de que sea ideal hacerse amigo de un amante.

Aunque por el otro lado, si el amante resultara ser un antiguo amigo, o mejor aún (ya me estoy emocionando escribiendo esto ¡yupi!) resultara ser un antiguo amor, la perspectiva daría un cambio de 180 grados. Porque es de dominio público, que cuando he terminado mis noviazgos, resulta después que termino siendo amiga del ex en cuestión. Así que, ¿qué sucedería, si el amante resultara ser un antiguo amor? Sería un plus no tener que hacer un nuevo espacio en la memoria, al revés, nada más se tendrían que repasar algunos expedientes u algunos recuerdos.

Pero en el fondo espero, que si llegara a ser un antiguo amigo o un antiguo amor, las cosas fueran diferentes. Porque todos sabemos que si se termina una relación con alguien, la situación que te llevó a terminarla, ahí quedará para siempre. Las cosas que lo hacían insoportable, seguirán haciéndolo insoportable.

Por lo que, si el amante fuera viejo conocido, tendría que haber mucha comunicación y se tendrían que dejar las cosas en claro, para que no sucediera lo que cuando hubo una relación. Pero se ahorrarían muchas cuestiones, se evitarían problemas que antes no pudieron evitarse, se evitaría hablar de lo que le molesta, cifraría el empeño uno a lo que es tener un amante, simple y mera convivencia, mitigar soledades, ser felices por un momento sin pensar en nada más. Los problemas se quedarían fuera, al cerrar la puerta.

Le veo muchas ventajas, aún cuando el mayor contra es saber hacerlo y no involucrarse demasiado. Pienso que es otro tipo de amor y de cariño. Los amantes también se quieren, y se procuran, y se preocupan el uno por el otro, o uno más por otro.

Los amantes casi siempre piensan por el otro, porque de no ser así, no podrían serlo y los dos saldrían perdiendo.

Pienso que un amante, nos haría mitigar el frío de otra manera. El frío físico, el frío del corazón, el frío de la esperanza y del alma.

Los amantes se llevan bien, porque como no tienen mucho tiempo para pasarlo, el tiempo que tienen para estar juntos es como vivir de vacaciones, como estar de festejo, o como si fuera día festivo. Los amantes celebran cada que se encuentran, y pienso que eso debe ser divertido, pienso que eso es lo que los hace felices. Porque, estoy segura, hay amantes felices.

El amor y el drama no se llevarían bien. Si imperara el drama, se llevaría de calle a la relación amorosa. Pero amor y drama casi nunca se pueden separar. Por eso esto de tener buena comunicación, y de decir exactamente lo que se espera de la relación, o lo que se espera de la otra persona.

Pasa, ahora lo entiendo, que nos han educado pensando que las historias de amantes no deben tener parte. Por eso es difícil que le veamos buen futuro a un amor ocasional, a un amigo que hace feliz un par de veces a la semana.

Pienso que la realidad no sería muy diferente a las historias que me estoy inventando.

Pienso que tener un amante en la realidad, rebasaría la ficción de la vida que vivimos en esta Ciudad. Nos harían sonreír, o nos darían un poquito más de felicidad.

viernes, 1 de enero de 2010

Para mi hermana Ana Cristina:

Feliz año nuevo hermanita.

Hay una leyenda china que dice que
entre dos personas que están destinadas a tener un lazo afectivo existe un hilo rojo, que viene con ellas desde su nacimiento. El hilo existe independientemente del momento de sus vidas en el que las personas vayan a conocerse y no puede romperse en ningún caso, aunque a veces pueda estar más o menos tenso, pero es, siempre, una muestra del vínculo que existe entre ellas.

El texto literal viene a decir que un hilo rojo invisible conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, sin importar tiempo, lugar o circunstancias. El hilo se puede estirar o contraer, pero nunca romper.

A pesar de toda la distancia que nos separa, mi querida hermana, nuestro hilo nunca se va a romper, nuestra piel no dejará de tener el mismo color, nuestro corazón no dejará de latir al mismo ritmo. Y en nuestra cultura, es el hilo color bermejo que tomaremos del lomo de nuestros perros -Polet, Tequila, Leia, Indiana y Fidel- para cruzar al otro lado del río, e irnos para siempre a descansar con ellos, al tan añorado Mictlan.

Mi corazón hermana, a veces se acelera porque no sé cómo estás, pero él sigue adelante, mostrándome que todo va a estar bien, y que llegará el momento en el que nos encontremos para no separarnos más.

Nuestro hilo rojo nos acerca, nunca nos aleja. ¿Te acuerdas de las pinturas de Frida Kahlo? ¿Recuerdas las venas rojas que salen de su corazón hacia el corazón de su otra Frida, o de su amado Diego? Tú eres mi otra Frida, tú compartes mis venas. Te amo con todo mi corazón.

Buena estrella Cristina, buena estrella viene con el 2010, buena estrella para todos.

jueves, 31 de diciembre de 2009

Esto, que me cuesta tanto trabajo

Estas fechas, que me cuestan tanto trabajo, y que me esfuerzo por ignorar, están por terminar. No fueron tan malas al fin y al cabo, aunque del frío siempre me quejaré, en mi corazón poco a poco se comienza a sentir calor.

Al principio de la temporada, cuando en el supermercado me obligaron a oler los pinos navideños y a entrecerrar los ojos por tantos foquitos de colores encendidos, sólo lograba pensar que aquí veníamos de nuevo, que el año estaba por terminar y que pronto debía comenzar a hacer otras listas para palomear. No todo ha sidoto tan malo. No todas han sido malas experiencias. No todas las lágrimas fueron de desilusión.

Y mi corazón en venta volvió a desear una navidad sangrienta. Pero antes, salí de fiesta, y me alboroté el pelo y me puse mis botas altas, me subí a Hans y conduje hacia donde mis amigos me esperaban. Fui a reirme a carcajadas al Xiva pre-party club, a comer un antipasto muy british al King's Pub. A compartir con los chicos de la oficina que me hacen feliz, que me contagian su histeria -lo que no es muy difícil- y me hacen estar despierta más de la cuenta.

Fui con Mafka a conocer al compadre de su pareja, a beber cerveza obscura en tarros enormes mientras nos bizarreábamos por los gritos de las chicas de la barra. A platicar sobre los procesos históricos y las pésimas decisiones de nuestro país. Fui a deambular por la línea dos del Metrobús, a la estación Dr. Vértiz, a la estación Escandón a conocer a un chico trajeado, muy guapo, que no hizo falta que se acercara a hablarme, a la estación La Salle para perderme en la San Miguel Chapultepec.

Anduve muerta de frío, envuelta en dos abrigos y con una gran pañoleta en el cuello. Salí a caminar por la Ciudad. Salí a fumar por las calles de mi Ciudad. Salí a caminar por Paseo de la Reforma cuando la hicieron peatonal, a dejarme caer frente a un inmeso árbol de navidad color azul con ángeles que parecen disecados, que recuerdan la Independencia que ya no se sabe que fue.

Salí, y mientras pensaba en los resultados del año, me di cuenta que en general las cosas valieron la pena; conocí a algunos chicos, Matías, mi chico favorito de la Santa María la Ribera, Mateo, los Ojos redondos, mi tocayo, el chico del segundo encuentro en Bellas Artes, el fantástico mimo que me regaló una noche azul. Y los chicos que siempre están aquí, el Rey Sol y San Román. Hubo momentos que quedaron congelados en graciosísimas fotografías, saliendo del mar luego de un intento de surf, la foto de una graduación con tacones y a lo loco, y la buenísima imagen bajo una luz azul cuando tuve una noche de copas sin beber ni una gota de alcohol.

Salí, pero ahora me até el pelo en la coronilla, me envolví el cuello de color magenta y me dejé abrazar por el maxiabrigo gris. Mis manos tuvieron siempre piel sobre la mía, lo que llega a excitarme de vez en cuando, y sólo así me fui al cine, a ver las que me hacían falta, a angustiarme con los thrillers que no me esperaba.

Es agradable salir de la oficina. Es agradable salir con la oficina. Es agradable salir en la oficina cuando la risa no se puede contener. Es agradable reír de lo que no te imaginas que te pudo haber dado risa.

A veces quisiera quedarme callada, y justo cuando creo que voy a lograrlo, los presentes que no imaginé recibir en esta navidad sangrienta, provocan en mi garganta una serie de reacciones que van desde gritos hasta gemidos. Me emocioné. No todos los días -ni todas las navidades- se recibe de regalo la edición de coleccionistas de la muñeca Barbie de 1959, ni el disco que ganó doble platino de Joaquín Sabina, ni una chamarra roja de parte de la diseñadora de modas, ni un bellísimo llavero que adorne el volante de Hans mientras ando con él de parte de Mafka, ni unos botines de fábula para usar con minivestido y un par de camisetas por la paz y el green planet de parte de Toya, ni un libro con una dedicatoria amorosísima por parte de mi padre.

Recibí el cariño de cada uno de ellos, y el que me recuerdan que la soledad todavía no se ha logrado instalar en esta Historia.

¿Mi familia? Prefiero escribirles de mi familia del corazón, la misma que me recibe en su mesa para los desayunos de los domingos, y los findes enteros en donde nacieron los árboles de la vida. Estos chicos con quien cenaré hoy asado de brochetas, costillas adobadas, ensalada de zanahoria y pastel de queso.

Y que los demás lean el juramento los días primero de cada mes, y que si logran conectar con su sentido común por mera casualidad, intenten aceptarme como soy. Me vale madres que opinen que cambio lo bonito por lo feo. Finalmente, quien persigue ser feliz soy yo y no ellos.

Feliz año nuevo.
Nos vemos en el 2010, una buena estrella también viene con él.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Experiencia AA

El otro día, a petición de una vieja conocida, acudí de oyente a una sesión de Alcóholicos Anónimos. La experiencia no fue desagradable, debo admitir que llegué temerosa porque no sabía qué era lo que iba a ver y a escuchar. De todos los testimonios, el de un chico fue el que me conmovió. Tendrá unos 34 años y lleva un año y nueve meses sobrio. Platicó, entre muchas cosas, las razones que lo llevaron a dejar el alcohol; porque más que decisión, también se debe haber tocado fondo para no querer volver a vivir el alcoholismo.

Evité, sin éxito, acordarme de por qué le llamaba tóxico a quien fue mi última pareja. No es mentira cuando digo que le hubiera dado mis pulmones para que volviera a respirar. Y también estuve dispuesta a ayudarlo de cualquier forma que necesitara, pero eso no fue suficiente, no quiso aceptar mi ayuda.

Y con el paso del tiempo, tuve que aprender a entender que la ruptura no fue mi culpa, que no fue que no hubiera amor entre los dos, que no porque no hubiera funcionado con el chico significaba que no funcionará con nadie más. Aprendí que las adicciones son una enfermedad, que las personas enfermas deben poner de su parte, aceptando desde el principio, que existe un problema en sus vidas. Mi ex nunca lo aceptó.

En contra parte, yo sí podía hablar abiertamente de la depresión, de la rehabilitación emocional que vive el enfermo y la familia luego de una crisis depresiva; podía hablar del TOC, de las crisis de ansiedad, de dejar de dormir por semanas, de sentir que los dolores caminan por el cuerpo sin saber dónde van a parar. No fue cosa fácil. Hay algunas personas que piensan que, de entrada, haberme preocupado por mi salud ha sido el más importante de los logros, y uno de los más difíciles.

Y ahora, en retrospectiva, me doy cuenta que la adicción la viví con él, y que también tenía que rehabilitarme a través del sabio consejo del tiempo.

Y hoy, que dormí por mucho tres horas y medias, que me puse a escribir aquí antes de las tres de la mañana, que ya no sé qué hacer con este insomnio y con este frío que me camina por dentro, decidí volver donde siempre encuentro alivio. El venti light latte para mi, el grande para él, sin azúcar para ambos, una hora después me pasó al consultorio.

Y hablamos como si nos viéramos cada semana. Como si nada. Como si todo. Como que tengo que dar el gran paso, y como que ya me sé de memoria lo que me dirá, que me viene diciendo desde hace cinco años, desde hace muchos ciclos, muchas recuperaciones, muchos síndromes de abstinencia.

Y esto no fue como una reunión de AA, pero siempre es una rehabilitación. Es una constante recuperación que a veces olvido cómo es y cómo se siente. Que la mayor parte de las veces se acostumbra tanto a mi, que se me olvida luchar todos los días.

Y para no olvidar, mi padre me lo ha escrito:

Amadísima hija Mariposa Tecknicolor:
Ojalá estas palabras penetren tu corazón, las tomes en cuenta y sean una referencia en tu vida:
Nunca te quejes del ambiente o de los que te rodean, hay quienes en tu mismo ambiente supieron vencer. Las circunstancias son buenas o malas según la voluntad o fortaleza de tu corazón.
Pablo Neruda.
Con todo el inmenso amor de tu papá.


Y yo lo amo a él. Y así es volver a rehabilitar el corazón, con mucho orgullo y sin causar vergüenzas. Así es un día a la vez, el día a día. Ayer estaba por los suelos, hoy ahí la llevo, mañana no sé.

domingo, 18 de octubre de 2009

Los que se pelean, se casan.

Hoy me acordé de mi amiga que es chef. Y también comprendí que la razón por la que he aplazado ese café que nos estamos tomando desde hace unos tres meses, quizá sea porque me dio la noticia de que se va a casar. Me puse feliz, de corazón que me dio felicidad. Pero ahora me doy cuenta de que a lo mejor no estoy muy consciente de que una de mis amigas -por fin- se casa.

Uno de mis sueños era ser una de las primeras chicas en avisarle a las demás, que se iba a casar. Los años fueron pasando y los planes que tenía para mi futuro amoroso no fueron como los imaginé. Yo soñaba con ser esposa antes de los 25 para disfrutar de los años de pareja solos y aún así convertirme en una joven madre. Ahora, con la avalancha de decisiones sentimentales y profesionales que han venido desde hace algunos años, a veces no estoy segura de si quiero o no casarme, si quiero o no tener hijos, y si esta inapetencia social se me va a quitar.

Mis noviazgos, aún cuando fueron largos, no formalizaron en matrimonio. Sí tuvieron finales felices, otros no tanto, pero más allá de hacer planes a futuro y en común, hasta ahora no he recibido la propuesta formal de matrimonio. Otras propuestas han figurado en mi historia, algunas muy particulares, y otras que ahora pienso debí aceptar en lugar de hacerles la lista de pros y contras antes de tomar la decisión. Pienso, por ejemplo, que la historia hubiera sido otra si no hubiera ido a la Universidad y en lugar de eso, me hubiera ido a las faldas del volcán Tacaná a cultivar café. Quizá no escribiría como ahora, pero tendría una familia mía y una pareja a mi lado. Pienso, también, que quizá debí tener un hijo con el chico que fue mi novio durante la Universidad; ahorita sería una joven madre de un pelirrojito de pelo rizado.

La diseñadora de modas piensa, contrario a lo que pienso yo, que la estabilidad no depende de los bebés que decidí o no tener; ella piensa que ahorita estaría llena de pendientes por la nueva vidita, y que encima, olería a pañales. Viéndolo así me da un poco de cosita, y creo que las cosas son como deben ser.

Otras propuestas, las que sí acepté, fueron las que se escribieron en mi historia, y que cuyo resultado se nota apenas me encuentras por la calle.

Sigo siendo la chica optimista ante las bodas, las uniones y los nacimientos. Y me sigo poniendo triste con los corazones rotos y los finales feos. Es más, alguna vez una pelea entre mi amiga chef y su novio provocó que me preocupara por ella y luego me enojé; ellos se peleaban verdaderamente fuerte y ella lloraba sin parar cuando eso sucedía. Y en contra de todos los pronósticos, este verano me avisó que se casa a mediados del próximo invierno. Gran noticia. Gran acontecimiento.

Sé que mi madre no es la persona más indicada para dar consejos, pero uno que siempre nos decía a mis hermanas y a mi, es aquel de que "los que se pelan se casan". No sé que tan cierto sea. Yo tuve muchas peleas con mis novios largos, y qué decir con mis pretendientes. Nunca me casé. La diseñadora de modas, en cambio, nunca tuvo una discusión con el soltero re tóxico que la dejó por otra, y estaban en trámites de comprar una casa y dos coches, los que el soltero este ahora vive con la nueva mujer.

Amor, amor. ¿Qué decir del amor? Es una lotería, es un albur. La chica chef se casa en enero, eso es lo que hay que celebrar. Ya veré yo cómo le hago para quedar en el café con ella. Supongo que me caerá bien ver caras optimistas de felicidad.

sábado, 17 de octubre de 2009

Estoy despertando

La noche en que empecé a escribir de ti, me puse la falda amarilla y mis tacones color negro; mi coche descansaba en tu banqueta, me invitaste a hacer yoga y terminamos haciendo tai chi; y finalmente comencé a hacerlo sobre los vellitos de tu pecho. Me preguntaste qué iba a hacer cuando te quedaras dormido, te respondí que te miraría por mucho rato y que te escribiría una historia. Me pediste entonces que no me fuera y que hiciera una historia contigo.

Mi historia no es sencilla, sobre todo porque yo pensé que no se iba a notar que me obligué ser una piedra. Ahora, poquito a poco he comenzado a despertar y a sentir como lo hice hace mucho tiempo. Supongo que algo ha de tener que ver que hayas comenzado a participar en mi lugar de enunciación, y que te vayas proyectando en mi futuro, el futuro que a veces no tiene razón de ser.

En mi historia hay un Rey Sol, una diseñadora de modas, algunos solteros tóxicos, una familia que tampoco quiere ser, un San Román que no es tan santo, y una Mafka que no quiero que desaparezca. La Ciudad es mi telón de fondo. Los engranes detrás de ese escenario son los encuentros o las casualidades que hacen que suceda.

Estos personajes han hecho que la historia vaya y venga, se detenga, vuelva a comenzar. A veces, en lugar de mariposa me gusta ser camaleón. Y todo entonces hace que sea lo que es, que mis alas se muevan aunque llueva, que mis ojos se queden dormidos sobre tu brazo derecho.

Hoy fue la primera vez que Hans me llevó bajo la lluvia. El otoño comenzó a llover. Me alegré de que no se me mojara el pelo, ni de que mis tacones se mojaran en el suelo. Sin querer logré lo que hace mucho quería: dejé de recordar y tejí una urdimbre nueva sobre el telar en blanco.

Estoy despertando, y quizá no alcances a ver el día siguiente. Estoy segura de que no estuve dormida y que algunas veces tampoco logré soñar. Lo que despierta pues, es mi emoción y mi corazón. Me obligué ser una piedra, y encima lo disimulé bien. Ahora poco a poco estoy despertando, mis músculos flexibles me lo dicen, el corazón que late me lo recuerda.

La historia va, ya no se detiene. Algunas veces llega al mismo sitio, y es cuando se tiene que cerrar. Muchos ciclos terminan, muchas despedidas llegan, y llegaron emociones que me hacen llorar. El huracán de sentimientos me hizo llorar, por fin. Algo me hizo ese tai chi, tan susceptible como siempre no pude terminarlo porque no paré de llorar. Me movió por dentro.

Me moviste tú. Tuve frío. Me envolviste con la cobija color chocolate, hiciste café con leche y remojé el pan con cajeta. No quise remojar mi pelo. Humedecí mi piel completa, y luego sólo vestí mis pies con tus calcetines blancos.

Me pediste que hiciera una historia contigo.

lunes, 12 de octubre de 2009

Otro pedazo de corazón



Mi perro se murió anoche. Le dieron una patada que lo conmocionó y se puso super mal, así la opción más acertada fue ponerlo a dormir. Creo que lo que me hace llorar así es el hecho de que lo agredieron. No puedo entender como alguien se puede desquitar con un perro que no pesaba más de tres kilos.

Estaba medio viejito, se llamaba Fidel Castro, era una gran compañía, no tenía dientes y comía como podía lo que podía. Era muy amigo de mi gato, se llevaban re bien, comían y dormían la siesta juntos y jugaban un montón. A mi me gustaba mucho, lo quería mucho, pero debo admitir que no era bonito y que se le salía la lengua por aquello de que no tenía dientes, por eso había personas que no lo querían. Sin importarle eso al perro, él era muy querendón y buen compañero, fue un gran amigo.

Hace rato me acordé que el soltero tóxico era bien mula con él, y Fidel siempre se protegía conmigo y no se me separaba. Creo que eso enfermaba aún más a la enferma cabeza del soltero tóxico, quien en lugar de decirle "Fidel", me molestaba y lo molestaba a él diciéndole "lelo". Qué poca madre. Hoy estoy tan triste y tan desilusionada, que todo me parece que es una fregadera que no tiene madre.

Todo sucedió mientras Mateo y yo pasábamos un domingo de fantasía. No me dejó sola, de hecho casi no me dejó hacer nada. Su coche fue una ambulancia, el patio de mi hermana fue panteón, y Mateo la hizo de enterrador. Yo fui un zombie. Le pedí a Fidel que no cruzara el río sin mi, que me esperara de este lado, le prometí que iría a alcanzarlo. Se fue, y acá me quitaron otro pedazo de corazón.

Y ni que decir, que se me murió en domingo, otro domingo se fue con él. Y yo que había prometido comenzar a querer a los domingos.