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lunes, 6 de diciembre de 2010

Circuito Interior, Flores Magón y el coche azul.

En esta deslumbrante y soleada ciudad, llena de gente, llena de coches, llena de obras viales que no nos consta que vayan a funcionar, pocas veces se encuentran gestos de gentileza; o peor aún, pocas veces se encuentran cuando en medio de un congestionamiento terrible, los cláxons suenan al mismo tiempo, peleando por ganar cinco centímetros más de espacio.

Salí de casa de los ojos verdes en la mañana, era jueves, y como siempre, se me estaba haciendo tarde para llegar al primer seminario del día. Tomé Flores Magón rumbo a Eje 2 Norte Eulalia Guzmán, y por fin di vuelta a la izquierda en el Circuito Interior.

Ahí uno hace malabares, y un poco de magia, para poder incorporarse a carriles centrales, pero esta mañana, de marchas de protesta, de ipod cantando en mi oído izquierdo, de llamadas por el móvil que a veces ya no puedo responder, todo comenzó a complicarse un poquito más. De hecho es una vueltota la que se tiene que dar, para entroncar nuevamente en Flores Magón, la misma avenida de la que salí en la mañana, pero donde inicia, en sentido opuesto.

Así que justo cuando en la lateral del Circuito me estaba peleando mis cinco centímetros para no obstruir un paso de autos, cuando el semáforo se puso en rojo en el entronque (¡por fin!) con Flores Magón, los autos comenzaron a esquivarme con todo y refrescadas de madre y lo que ustedes se puedan imaginar, una mujer que manejaba un Jetta color azul marino, con placas del Distrito Federal 369MJS, se hizo para atrás, y con sus luces altas me hizo señas para que la siguiera en reversa, todo por ganar unos cuantos centímetros.

La mujer, insistentemente avanzó en reversa lo más que pudo, para que yo en mi Hans protector la siguiera, hasta dejar libre el paso. Me hizo la seña de pulgar hacia arriba. Dejé libre el paso el resto del tiempo en que el semáforo estuvo en rojo. Después, cuando fue nuestro turno de avanzar, ella, más hábil que yo, se adelantó entre los autos y la perdí de vista.

En la siguiente entrada a carriles centrales, como pude me metí. Les sonreí, chiflé y les aplaudí a las sobrecargos de Mexicana de Aviación que hacían protesta en los puentes peatonales. Los ojos verdes me llamaron por teléfono un par de veces más. Seguí el camino por Circuito Interior.

Luego de Calle 10 todo se mejora. La circulación va como siempre debe ir, fluida y constante. Metí cuarta como si Hans fuera un auto de carreras. Me quité el ipod. Sonreí. Llegué al seminario en punto, justo cuando el ponente comenzaba a charlar.

Más tarde, cuando todo el morning rush había pasado, me acordé de la mujer del coche azul. Y yo, siempre tan solidaria con mi género, pero pocas veces correspondida por mi mismo género, me puse feliz de acordarme que una chica en un coche azul, me ayudó en medio del pinche tránsito de esta histérica ciudad.

martes, 7 de septiembre de 2010

Puta crisis.

Ahorita ya empezó a llover. Ojalá ayer hubiera caído la mitad del agua que ahorita está mojando mi casa, la ropa, el pelo del gato, mis zapatos, mi abrigo.

Este verano que no termina... estas vacaciones que no se llamaron así. Este trabajo que no se paga, que no deja, que me desespera.

Tus palabras cuando discutimos, tus labios intentando besar mis manos en el coche. Eso, cuando dices que soy dependiente, que te da miedo que yo no pueda separarme de ti; y no sabes que yo sé, que aunque me cueste mucho trabajo, soy más fuerte de lo que te imaginas, soy más fuerte de lo que me imagino yo.

¿Y si me muero? ¿Qué va a pasar contigo si me muero? ¿Qué va a pasar con nuestro hijo si muero durante el parto? ¿Qué va a pasar con todo lo demás? ¿Huirás como han huido todos? ¿Querrás que te espere allá?

Y justo cuando se supone que las cosas no deben suceder, mi teléfono se pierde para siempre. Detrás de todo esto están dos noches sin dormir, un par de documentos que llegaron a mis manos, un pánico escénico que hizo que mi mente se pusiera en blanco, dos discusiones con mi madre porque no quise volver. El chico que trabaja como siempre. Yo, que intento volver a la soledad que ya se fue, que la extraño más que nunca, que quisiera que me acompañara como lo hizo los últimos meses.

De pronto todo se pierde. No es mi móvil, ni su cartera, ni mi coche ni la Ciudad. Es mi cabeza, es el cable que no quiere volver a tierra. Llueve, demonios ¡qué frío hace! Llego a desayunar, el chico sale a despedirse, a recibirme, a meterme a su casa otra vez. Luego lo propio de domingo, lo que no se puede evitar. Las risas, la chica que no acaba de regresar y que cree que nunca se fue.

Eje Central en contraflujo, dinero que no se ve más. Lluvia que llega, que no se va, que tampoco se siente, pero que me moja los pies. Banqueta de Eje Central, entre Tacuba y Cinco de Mayo, que huele a alcantarilla recién destapada, Cinco de Mayo que ahora resulta que está al revés, que se vuelve reversible como lo son mis medias sin liguero, como lo es mi piel cuando él dice "ya no quiero".

Y sucede. Camino de su mano y siento que ya no es su mano. Enciende un cigarro, entro al Sanborn's a buscar carteras de vinyl, de piel azul eléctrico o de rosa mexicano, de este plástico maravilloso que me hace sentir que todo es perenne, hasta la comezón que me da mi abrigo de lana gris. Entonces mi cabello se alborota, mi mechón de canas abre los ojos y estira las manos, recibe a todos.

Tengo ganas de llorar y no puedo. Tengo hambre, frío, ganas de estar con él. Tengo ganas de irme, no me quiero quedar, no quiero estar aquí, ni contigo. Como, todo es delicioso, las tortillas del comal, la harina que ya queda, que me hace babear, las quesadillas que el chico me prepara.

Y entonces lloro, comienzan a salírseme las lágrimas y a rodar por mis mejillas. Hace mucho que no me sentía tan sola, tan nada, tan así.

Intento dormir.

No puedo.

Al día siguiente todo se pone de cabeza. Todo sigue de cabeza. Confieso que me dan ganas de morirme para siempre, sin volver, sin preocuparme por ti o por cada una de tus cosas. Lloro más, el móvil se perdió y derramó mi vaso como si fuera una ligera gota que no va a caber nunca. Me pides tranquilidad, te grito por teléfono. No puedo más, ¿sabes? No puedo más.

Es la primera vez -dentro de todas estas primeras veces- que me sabes con una crisis de ansiedasd. Es la primera vez que sabes que puedo estallar, y que aún cuando no escuchaste que quería quedarme dormida por muchos meses, estás seguro de que puede ser que lo desee de verdad.

Luego otra vez suena el teléfono, me siento a comer sin ganas, me doy un baño que me hace tiritar de nuevo. Me pongo los jeans que son tus favoritos, mis botas de hule porque me da miedo mojarme los pies. El pelo se alborota por completo. Las muñecas me duelen, los dedos no se quedan quietos. Me siento mal y tengo miedo.

Duermo poco, bien pero poco. Luego vienen los seminarios que me hacen sentirme misionero. Las chicas que con su apoyo hacen que el sol salga detrás de la construcción de hierro.

Ya no me siento tan mal, pero las manos me siguen doliendo todavía para las cuatro de la tarde. Ni modo. No me dí cuenta que también me dolía la boca, y un poco el cuello. ¿Cómo voy a manejar así de regreso a casa? Pues así, como siempre, como si nada, como le haces de experta, haciendo que no pasa nada.

sábado, 19 de junio de 2010

El pequeño César

El tiempo, esta maravilla que pasa volando sin que a veces nos demos cuenta.

Han pasado siete meses ya y parece que fue ayer. Hace diez meses aproximadamente que Hans llegó a mi vida, y te juro que sigo sintiendo que fue ayer.

Salí de la oficina más temprano que de costumbre, tomé Sánchez Azcona y antes de que se convirtiera en Monterrey, tomé viaducto rumbo a Periférico Norte. Un congestionamiento de los mil demonios me sorprendió en Tacubaya, y frente a la fábrica de pianos dilucidé entre seguir por esa vía o callejonearle por Las Lomas o Polanco. Me decidí por la segunda, justo cuando la diseñadora de modas me llamó al móvil, y yo estaba a punto de perder la cordura en el congestionamiento.

Estoy frente a Los Pinos, le dije. Le dio mucha risa los saludos que le mandé al "presidente" y los que le mandé también de su parte. Comenzamos una amena conversación por el móvil sobre nuestros empleos, los chicos, nuestras cosas pendientes y el amor. Yo seguía avanzando sobre la lateral de Periférico, mi amiga seguía hablándome por el celular, y me decidí por irme hacia Reforma Lomas, dar vuelta en Ferrocarril de Cuernavaca y luego dar vuelta otra vez a la izquierda en Cordillera de los Andes.

Ahí el congestionamiento ya no podía más, avanzamos lentamente y mientras yo por el celular con la diseñadora de modas, muertas de risa hablando de cómo es cuando se comienza a salir con un chico que recién se conoce. En eso, justo cuando me tocaba dar vuelta a la derecha para tomar Palmas, y luego seguir mi camino por Ferrocarril de Cuernavaca hasta Andrómaco y luego Río San Joaquín, una señora histérica -más histérica que yo aunque usted no lo crea-, me aventó su camioneta que parece torta de cumpleaños y comenzó a gritarme groserías y a hacerme señas obscenas.

¡Qué tipa! Nunca entendí bien qué era lo que quería ni por qué estaba enojada. A mi se me hace que se ha de haber dado cuenta de que está en medio de la crisis de los 40 y no ha hecho nada de su vida, o de plano el marido la dejó, o su amante no le regaló el maravilloso orgasmo que le prometió. No sé qué demonios traía en la cabeza, pero me pareció sumamente grosero y estúpido que me gritara de cosas cuando yo sólo estaba esperando mi turno para avanzar. De plano que el congestionamientoy la alocada vida en esta Ciudad no son para cualquiera, y esta ordinaria señora que cree que maneja una camioneta Chevrolet Captiva con placas del DF 463-WXB en lugar de una torta de cumpleaños, no está preparada para vivir aquí.

Hace unas semanas mi padre le cambió el nombre a Hans, y me dijo que me veía sobre él como si fuera "El pequeño César" porque conduciéndolo yo llevo a cabo todas mis campañas. Y tiene razón. Y Hans, "El pequeño César", me hace mucho más feliz de lo que una torta de cumpleaños con ruedas hace a una señora histérica de Las Lomas.

Luego el chico -mi maravilloso jardín-, me dijo que me mira como si Hans fuera "El pequeño David", porque yo dentro de esta jungla de asfalto lo domino como si el pavimento fuera su Goliat. Me encantó. Por estas pequeñas cosas soy feliz cuando estoy con él.

Hoy Hans "El pequeño César" o "El pequeño David", o pa' no entrar en detalles, mi vochito color negro, entró al taller mecánico a las nueve cuarenta de la mañana. Me alegró que me lo regresaran hoy mismo, porque más allá de molestarme cuando ando a pie, me siento un poco desprotegida sin mi búnker personal, sin mi tanque de guerra particular; desnuda como se siente uno sin el bolso o sin el par de zapatos que siempre se quieren usar.

Yo prometo una cosa: disfrutar andar en Hans como disfruta una escaramuza sobre el caballo en el que aprendió a montar. Y también prometo que si me caso y me convierto en una de esas señoras histéricas que tiene que llevar a los hijos a la escuela o tiene que correr a la oficina, o de regreso a casa para hacer de cenar, ¡nunca manejaré una de esas camionetas horribles que parecen tortotas de cumpleaños!

miércoles, 16 de junio de 2010

Estimado Presidente de la Nueva República de Babel:

Me dirijo hacia sus más finas atenciones, para reiterarle mis más sinceras felicitaciones que tuve a bien gritarle a todo volúmen por el móvil esta mañana.

La mera verdá que yo también quisiera saber las efemérides del día; sin embargo, la única que me interesa por el momento es la de su cumpleaños.

Y como ya lo he escrito en diversas ocasiones, últimamente ando más sentimental que de costumbre. Por lo que le comento que su post de este día me ha conmovido hasta las lágrimas.

Efectivamente, como si fuese un pliego petitorio, todos deberíamos hacer lo que usted el día de nuestro cumpleaños. Yo suelo escribir una pequeña lista el día primero de cada año, pero ¿sabe qué? Que este año haré dos, una que quedó lista desde hace seis meses y dieciséis días y una que me propondré cumplir a partir del día 29 de agosto.

Deseo desde el fondo de mi alma, que usted recupere el corazón que dejó alguna vez en San Ángel. Creo que son cosas que le hacen bien al alma.

Si requiere usted de compañía femenina cuando decida tomarse el debido tiempo para recorrer las exposiciones de moda en los museos de la Ciudad, y si desea seguir escribiendo pequeñas historias de esta -reitero- histérica Ciudad, cuente con una servidora y hágamelo saber a la brevedad.

Confieso que no sé cuál es la edad de los nuncas. Para mí sí tiene un número, está guardado en mi corazón, pero sería muy agradable de su parte que explicara esa cuestión.

Una vez más, y sin afán de ponerme el traje de apología, le comparto mi más sincero orgullo por haberle conocido, por contarle entre mis amigos y aún mejor: por habernos convertido en incondicionales.

Enhorabuena pues, por esta gran fecha y que las campanas rompan al vuelo.

¡Abajo las mentalidades chatas y grises!
¡Abajo las columnas que sea caen, los campos que no florecen y los tatuajes que se borran!

¡Arriba las amistades duraderas!
¡Arriba los compromisos que se cumplen!
Y por qué no -nunca me imaginé estar escribiendo esto-: ¡Arriba los domingos!

Con mi más inmenso y sincero cariño,
Mariposa Tecknicolor.

P.d. ¿Sabes querido? Esa máxima tuya de Para ser una persona realista, hay que creer en los milagros me la he tatuado más de una vez en la frente, y en más de una ocasión, ha venido conmigo de bandera.

Una vez más felicidades y gracias por compartir todas estas cosas hermosas con las personas que te queremos mucho.

martes, 28 de julio de 2009

Dos noticias, un coche, todo sorpresa

El cumpleaños de San Román se acerca sigilosamente, y las sorpresas no se han hecho esperar. Creo entender que el cariño que nos tenemos San Román y yo depende mucho del modo en que nos decimos las cosas. Aún cuando el móvil nunca es suficiente para comunicarnos, y él esté de viaje, o sea yo la que tengo que tomar el autobús y transbordar un par de veces, intentamos acercarnos, siempre acercarnos.

Mis noticias pfff qué va, algunas veces pueden esperar cuando llega a la casa, toca el timbre, me espera mirándome a través de la ventanita de la puerta, reímos, abro la puerta y dice "ya llegué"; nos abrazamos y luego de mis instantes de distracción, reparo en el fabuloso deportivo color negro que está esperándome detrás de él.

¡Pero qué coche! Los deseos se cumplen, lo puedo ver. Y la buena fortuna -como nuestros sentimientos o nuestros estados de ánimo- siempre la contagiamos. Por eso no es raro que cuando nuestras crisis se acercan, también lo hacen en el mismo día o en la misma semana.

Él cambió de coche, cambiará de año, y sus ciclos se comenzarán a cerrar. Su coche rojo se quedó atrás, con mis malas decisiones, con las indecisiones de él. Mis ciclos poco a poco se están terminando, las malas rachas van dejando huellas que seguirán indicando mi pasado bucanero; pero la aventura se está haciendo presente.

Y en el nuevo coche -con nuevos planes, con otras llamadas que siempre nos unen por el móvil-, ahora me trae nuevos horizontes. Decisiones que se tienen que tomar, y cuanto antes de ser posible.

No he dejado de rezar por él, y él está orgulloso de mi. Mejor imposible.

El pequeño viaje con todo y moretón en el tobillo derecho, trajo buena fortuna, trajo tranquilidad, se la he podido contagiar. Y que él me siga contagiando de buen humor, de buenas decisiones, de café con leche antes de la media noche.

jueves, 2 de julio de 2009

Malditos divorcios

No recordaba, o fingí no saber, que te cuesta mucho trabajo hablar del pasado. Todos tenemos un dark side, y ahora ya sabes que los demonios se deben quedar en casa de tu madre.

Nosotros, los que luchamos por ser cuerdos, nos perdemos en las anchas avenidas, en los elevadores de los estacionamientos públicos, en la terraza con vista al Palacio de Bellas Artes. En exposiciones de noche, en tu brazo ofrecido a mi mano, en la misma banqueta que compartimos con aquel.

Nos caemos de la redondez de los circuitos de Satélite, de la locura de Gustavo Baz; me pierdo afuera del Metro Camarones cuando no escucho el celular, cuando me esperas con la puerta abierta, y me encuentras para ir a cenar ensalada.

Entre Eje Siete y Moras, en el jardín de Tlacoquemécatl; me pierdo con sabor a frapuchino de té verde, con crema batida, mientras bebes coca-cola light. Mientras me siento completa, mientras manejas Patriotismo y das vuelta en Río Becerra.

Tú has prometido no presionarme más, y yo ahora me prometo a mi misma no obligarte a quererme. Todo a su tiempo. Pilar hace un año me dijo que tuviera paciencia, que si el amor llegaba a desbordarse, no sería pronto. No sé si eso sucederá, sólo sé que no quiero que cambie nada, sé que así estamos bien.

A veces se me olvida, que aquello que te duele sucedió hace muy poco tiempo. Yo misma me he sentido de esa forma. Y me alegro de que podamos compartir tantas cosas ahora, que caminemos por la Ciudad, que tomemos frapuchinos, que ríamos como niños cuando nos encontramos en la noche. Me gusta que te guste el cine, y me gusta que no sepas que me gustas (o que finjas no saber).

Lo bueno tarda. En el fondo sabemos que la relación ideal es la que tenemos, la que tienen dos personas que se conocen íntegramente, y que aún así siguen juntas. Ayer dijiste que el día era soleado y lindo como yo, me comparaste con belleza y luz; no sé qué haría sin tus mensajes de móvil, a mitad de la tarde.

En contra de todos los pronósticos, seguimos juntos. Quien comparte tu nombre, me dijo que no creía en la amistad entre hombre y mujer. Tu y yo nos apresuramos a decir que aquí estábamos nosotros de muestra, que seguíamos juntos. Y luego, volvió a decirme que tal parecía que nos gustábamos mucho. "Puede que sí", le respondí. Debe existir química entre un par, o eso creo que debe ser.

Malditos divorcios. ¿Para qué navegar, si ni siquiera había isla en donde encallar?

Tú también eres un sobreviviente. Y juntos estamos escribiendo esta historia.

miércoles, 8 de abril de 2009

Mi primera vez en Metrobús.

Como todos los días, abordé el Metrobús en la estación Parque Hundido. Venía sonriendo porque acababa de hablar con Mafka y quedamos para un café.

Cuando me acomodaba entre la gente, el móvil volvió a sonar y el número que apareció antes, se mostró en la pantallita otra vez: "Maf qué bueno que me llamas, ¿ya estamos pa'l coffee?...". Una voz masculina me respondió: "No soy Maf...". Dale, que olvidé por completito que el Chico más ocupado de la Ciudad utiliza el mismo conmutador para llamarme cuando se acuerda que todavía vivo por acá... Por chocomilquincuagésimonovena ocasión me dijo que no era posible que nos viéramos, así tal cual. Como si no hubiera tenido lugar el plantón del domingo al mediodía.

Cuando terminé esa llamada, entonces sí le llamé a Maf y le platiqué lo que pasaba. Estaba yo agitando las manos tratando de explicarle por el teléfono que no era justo que esto estuviera pasando, cuando sentí la mirada de un chico (de lentes, vestido de traje y con un portafolios en la mano) sobre mi.

Lo vi. Me sonrió. Le respondí.

Seguí hablando con la chica con toda la naturalidad del mundo. Reímos, intentamos adivinar lo que pasa por la mente de los chicos y quedamos -otra vez- para vernos por la noche. Nos despedimos después de una agitada charla, ella desde su oficina y yo en el Metrobús rumbo a la estación Revolución. Luego de colgar, comencé a sonreír. Me parecía absurdo que aún cuando sé que el Chico más ocupado de la Ciudad me dejará plantada cuantas veces le sea sencillo, todavía me sorprende que lo vuelva a hacer. Qué mal. Pero quizá la Ciudad estaba a mi favor, y como dice Copo, me está protegiendo.

"La que sola se ríe..." -me susurró...
"de sus maldades se acuerda" -le respondí. Y así, el chico de lentes comenzó a hacerme la plática.
Por supuesto que escuchó toda la conversación que tuve y comenzó a hacerme preguntas de que si me refería a un pretendiente, de que a qué se dedicaba que le resultaba tan difícil verme, de que si teníamos mucho tiempo saliendo... No quise responderlas todas, de alguna manera se estaba pretextando para conseguir lo que unos minutos más tarde me pidió.

Nos enfrascamos en un intercambio de ideas sobre citas, profesiones, zonas de la Ciudad, horas pico y (cómo no) el centenario de la Revolución. Allí me sentí un tanto incómoda. Nunca me ha gustado que cuando uno dice que es historiador, la gente crea que podemos dar cualquier opinión que se nos pida o que somos enciclopedias. Me hizo otras preguntas sobre los libros de texto... ¿eso qué? Total que se lo confesé, y le dije que no me gustaba que me pidieran opiniones sin conocerme, "me gusta más que se hagan sus propios juicios" -le respondí. Y aún cuando sentí que me porté algo árida, pasando la estación Tabacalera el chico me pidió mi número de teléfono.

Lo pensé un segundo y comencé a dictar: 55-1186-7781. Mi verdadero móvil termina en 80.
Fui mala, lo sé. Pero más mal me hubiera sentido al negárselo o al pretextarle alguna babosada tal como él pretextó hablar de los libros de la SEP como si de verdad supiera de ello.

Esto va para el chico que la semana pasada me dijo que yo iba por allí "pateando corazones sin dar oportunidades". Híjole, pues no es así. Mi corazón salió de la hielera hace mucho tiempo. Y de hecho el Rey Sol alguna vez me aconsejó que pensara dos veces antes de decir que sí o de dar mi verdadero número. Pensaba que eso me ahorraría alguno que otro problema. Y tiempo después me di cuenta que también me ahorraría muchos remordimientos.
No me acuerdo cómo se llamaba. Creo que Elías o algo así que comienza con la E. Debo agradecer que por lo menos el trayecto fue ameno y que conversé mucho. Salimos de Revolución y él se fue hacia la San Rafael y yo hacia la línea 2 del Metro. No me sentí tan mal después de todo. Mejor así.

Las oportunidades también viajan en Metrobús además que en cole. Nunca antes me habían abordado así, igual algún encanto tienen las conversaciones de chicos que no se dan el tiempo de ver a la susodicha. No lo sé...

"En esta ocasión voy a pedirles perdón.
Si es rápido y es gratis, entonces why not?"

viernes, 13 de febrero de 2009

El taxista, el relojero y el hotel de paso

6/II/09
Lo único que me faltaba: perdí el móvil. Fue la gota que derramó el vaso, traspasé la delgada línea entre tristeza y depresión.

Una vez más, me tocó tomar un taxi cuyo chofer me cautivó. Ahora resulta que los choferes que me llevan y me traen son universitarios, solteros, bien parecidos, responsables y amables. Vaya lección que me ha dado la vida.

Me subí al coche número 38 a las 8:55 horas. Lo tomé afuera del Starbucks al que voy todos los días con mi padre. Yo tenía una cita en la calle Sinaloa -a dos cuadras de la Glorieta de Insurgentes- en la Colonia Roma, a las diez de la mañana. Todas las vialidades de salida hacia el periférico sur estaban hasta el copete, el chofer dudó varias veces antes de elegir una de ellas para salir.

Me venía tomando mi venti light latte de todos los días (que no fue light porque "se nos acabó la leche light y no la han surtido") y un sandwich de pavo con espinacas. Total que el chofer me deseó buen provecho y comencé a tener el desayuno. Comenzamos a platicar de las rutas para llegar a mi cita, de los taxistas, de los robos de autos, de las profesiones y las familias. Escuchamos la radio. Mientras, me enteré que vive muy cerca de mi casa, que su padre es contratista, que él estudia derecho y que colecciona coches. Hablamos de la Historia y de las profesiones. Me reí mucho, también me maquillé, hablé por teléfono un par de veces y me la pasé de maravilla. Cuando menos me di cuenta, eran las 9:50 y apenas íbamos pasando la Fuente de Petróleos. Me puse un poco nerviosa porque se me hacía tarde, así que le pedí que me dejara en el lugar exacto de mi cita, no importa cuánto más me cobraría. Nos despedimos muy cordial, nos dio gusto habernos conocido.
Me quedo con la cicatriz izquierda de su frente y su cabeza; con su Luis Miguel y su camisa planchada. Me quedo con sus "buenos días" y su "buen provecho". No supe cómo se llama.

Me bajé hecha una loca del taxi, justo ahí fue cuando perdí el móvil. Entré a mi cita, todo iba resultando bien hasta que la leche entera de mi venti NO LIGHT latte me pasó factura. Encima de todo, en la oficina a la que fui no se permite la entrada al baño. Ok ok. Al borde de gritar o de volverme loca, expliqué que tenía que salir pretextando haber perdido el móvil y corrí a buscar un lugar donde pudiera entrar al baño. Ubiqué un OXXO y un hotel de paso. Ni lo pensé, y entré fingiendo ecuanimidad a la recepción del Hotel El Conde.

Todavía me muero de risa al recordar la cara del dependiente: "Señorita, aquí no hay baños públicos, pero por esta ocasión le permitiré la entrada. Esta es la llave, está al fondo, entrando a la salita a mano izquierda". Hooray!! Literalmente corrí... Luego le regresé la llave al dependiente y me retiré feliz por haber optado por la opción "hotel de paso", enojada por la leche entera de mi café y triste por mi celular.
Me quedo con la buena fortuna, me quedo con su ubicación en mi Ciudad.

Al salir llamé a mi número sin tener éxito. Luego llamé al sitio de taxis, hablé con mi chofer de ensueño y le encargué lo buscara. Regresé a mi cita como si nada, contándole a la antipática recepcionista que no había encontrado el móvil.
Cuando la cita terminó, caminé a la Glorieta de Insurgentes a tomar el Metrobús. Lo mejor que podía hacer en esos momentos era tomar la ruta panorámica. Me bajé en la estación Revolución y caminé al Metro.

Recorrí el pasillo de puestitos hacia la entrada de la estación Revolución. Pasé por el puesto del relojero y me acordé que necesitaba cambiarle la correa al reloj que mi padre me regaló hace un tiempo, así que lo hice. Entablé una conversación con el relojero como dios manda. Ese señor siempre me ha dado mucha curiosidad: es más o menos joven y tiene una esposa amable, que me parece no es tan su esposa pero qué más da, se quieren, se nota. Me contó que tuvo un accidente y que se dislocó la muñeca derecha y que también le robaron dos coches y que no trabajó un tiempo. Yo le conté algunas cosas también y le pedí que permitiera dar de baja mi número en la compañía telefónica a través de su móvil.

Me prestó su celular y llamé y cancelé mi línea mientras él le hacía pruebas de extensibles a mi reloj y escogíamos la que mejor le quedaba. Vaya que es un tipo amable, de esos que ayudan sin pedir nada a cambio. Tengo muchos años de conocerlo y nunca había platicado con él.
Me cobró una módica cantidad por el reloj, me despedí de él agradecida por haberme hecho el favor del móvil y me fui.
Me quedo con las buenas intenciones, con las ganas de ayudar y con el buen carácter. Me quedo con el don de gente.

El metro no iba tan mal. Hice mucho tiempo para llegar a casa. Fue bueno ser no localizable un tiempo aunque debo aceptar que me causó un poco de ansiedad.
Llegando me quité los tacones y hablé a la aseguradora para preguntar qué procedía con mi coche: me dieron puras malas noticias y no quise saber más.
Le llamé al chico del sur -el más ocupado de la Ciudad-, para pedirle que me llamara a la casa. Quedó probable que nos viéramos en la tarde, pero no fue así.

Los días han pasado muy rápido. Ahora no recuerdo qué más sucedió. Quise escribir estas tres historias en una sola porque me parecieron singulares. La mayor parte de las veces me pasan cosas que no espero que pasen.

Ni el coche ni el móvil aparecieron. Han sido unos meses de muchas pérdidas.
Me quedo con los tres.

viernes, 6 de febrero de 2009

¿me acompañas al baño?

El Pasaje América estaba a reventar. Sólo entramos para hacer corajes y para que a mi me robaran mis plumas, la fuente Agatha Ruiz de la Prada de corazones, y el bolígrafo Jordi Labanda de la chica estilosa, que mi hermana Cristina me regaló de cumpleaños y de amor antes de irse.

Afortunadamente fuimos a otro lugar, uno que ya conocía de años atrás, en el que me sentí más cómoda y la música me gustó más. Llevaba mi gripa de terror y mis tacones negros de vértigo, de trabita de charol, haciendo juego con unas medias de encaje buenísimas, que además, me obligaron a usar un liguero negro -de encaje también- que me hizo sentir la chica más sexy de la Ciudad.

Iba yo con unas personas un tanto raras, que no me dejaron estar en onda porque, digamos que hay gente que no está acostumbrada a ver a otros con tanta libertad y sin tantos prejuicios... las personas libres a veces damos miedo. Y quizá no debí aceptar la invitación a salir debido al gripón que me cargaba, pero bueno, todo pasa por alguna razón y hay gente que llega a nuestras vidas por diferentes cosas.

En fin, que fui y sin contar el incidente de regreso a casa, todo estuvo bien. No tardé en conectar con uno de los chicos. La mera verdad que no recuerdo muy bien su nombre, lo confundí toda la noche con otro tipo y ya de regreso, en el taxi con mi amiga, le seguí preguntando cómo se llamaba. O de plano no me interesó, o la gripa me hizo ser distraída.

Todo comenzó cuando me invitó a fumar en el balcón. Y me envolví el cuello y salí tras él. Me hizo reír, resultó un tipo muy elocuente y divertido. Cuando menos me di cuenta, comenzó a tirarme la onda y me resultó bien. Seguimos platicando y bailamos un rato. Al regresar a la mesa me hizo la pregunta: "¿Me acompañas al baño?" Y asombrada le contesté: "¿perdón, pero cómo se supone que te debo acompañar al baño?". "Pues así, me acompañas y yo te acompaño, ¿vamos?" -Respondió. Dejé mi coca light en la mesita, me tomó de la mano y fui con él.

Qué propuesta más extraña. Jamás me habían pedido acompañamiento para el baño y menos un hombre. Lo esperé como quedamos y saliendo él me esperó a mi. Cuando regresé con él me dijo que nunca le había sucedido que la gente de un lugar se le quedara viendo cuando tenía a una chica de la mano. Wow, ¡qué buen piropo se aventó! Aunque después pensé que eso mismo se lo debe decir a todas las chicas que, por supuesto, lleva de la mano.

Regresamos a la mesa después de circular un rato por el lugar. Seguimos bailando y luego nos sentamos en uno de los silloncitos que había alrededor. Lo que me gusta de esto es que siempre existe la posibilidad de que el chico que conoces sea the one. Así que me di tarea a darle un poco de ilusión a mi corazón y a platicar por horas y horas. Un rato después volvió a invitarme a fumar al balcón, salí con él (temiendo que mi gripa de terror se hiciera pulmonía) y me pudo volver loca que, al escucharme toser, se quitara el saco y me lo pusiera sobre los hombros. Ok, ok, soy un poco chapada a la antigua y ya hace mucho que no me pasaba eso.

El tiempo pasó y dieron casi las cinco de la mañana. Mi amiga y yo nos regresamos a casa como pudimos. Me despedí de él y le dije buenos días a su promesa de llamarme al día siguiente. Otra vez, el día siguiente no llegó y lo bueno fue que no tuve que dejar pasar las reglamentarias 72 horas después del trauma. Esta vez lo tomé muy tranquila y reí y reí todo lo que la gripa me lo permitió. Una vez más, utópicos encuentros de segunda vez no han sucedido.
Me puso bien el saco sobre mi espalda.

***
Lo que me faltaba: hoy perdí el móvil. Creo que lo tiré al bajarme del taxi. Desafortunadamente también había sido un regalo pero de mi otra hermana. Ni modo. Como era un modelo muy girly dudo mucho encontrarlo en tiendas, sin embargo lo intentaré. Mientras, disfrutaré la alegría de ser no localizable. A ver si hago sufrir a alguien.

Feliz finde.

martes, 13 de enero de 2009

El día después

Sólo después de haber superado mi trauma del día siguiente a la primera cita me atrevo a confesar que no todo es tan malo, que quizá me traumé por unas horas (digamos 72) y que todo sigue como antes.

Yo soy yo. La investigación sigue, sigo escribiendo, ya tuve dos reuniones de investigación esta semana, Andrés sigue en el taller, mi madre volvió de vacaciones y lo llevamos re bien, mi hermana Cristina está en West Palm Beach, mi hermana Maricarmen está súper al pendiente de mi, mis sobrinos me adoran, tomo café todas las mañanas en el Starbucks más cercano con mi padre y con mi hermano, y mi nombre sigue siendo Mariposa Tecknicolor.
No todo es miel sobre hojuelas: también las bronquillas siguen, pero ni empeoran ni mejoran. El nivel se mantiene.

No me quedé coja ni manca. Que me puse triste porque no tuve noticias suyas, es un hecho. De verdad que el chico me gustó mucho y me quería enamorar de él, quería que se enamorara de mi. ¿Sabes qué me volvió loca? Que le encantara besar porque ya casi nadie besa, me gusta que no haya tenido los besos vetados.

Extraño mucho que mi móvil suene. Ha estado muy callado, ya no me llegan mensajes de buenos días ni de buenas noches o con piropos. Lo extraño mucho.

En fin, supongo que así es esto.
Todo sigue igual que antes. El drama y la ansiedad a veces imperan en mi cotidianeidad y supongo que mi corazón se repondrá. De veras que el chico de la cámara me flechó.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Tercer encuentro (y despedida)

Y nada. Y todo. Que yo estaba comiendo comida china cuando el último mensaje llegó al móvil: "quiero verte". Ok, ok, yo también quiero ver a muchas personas, pero no por eso mando mensajes pidiendo compañía de la nada... En fin. Desde la madrugada del domingo que comenzó a buscarme, pero como yo estoy en una etapa de escepticismo, omití todo mensaje que trajera su remitente.

Dos días después, cuando éstos no cesaron, le respondí: "seguramente necesitas quien te lave las zapatillas. Avísame cuando puedes invitarme a comer." Tan tan. Al tercer día, el último mensaje llegó y, luego de pensarlo un rato, le devolví la llamada. Total que nos vimos a las seis en el Sheraton Ma. Isabel de Paseo de la Reforma. No sé por qué ya no tiene departamento y por qué vive en un hotel; y francamente no me interesó preguntar.

Se portó diferente, distinto a los dos encuentros anteriores. Lo esperé un rato en el lobby y luego me fui al Sanborn's de la esquina. Ahí me probé todos los relojes de pulso DKNY y lloré por no poderlos comprar de un jalón, en fin, no todo se puede en esta vida. Luego, llegó. Wow: altísimo con los ojos más verdes que nunca. Usa el pelo lacio, ya no como antes, y trae diferente la barba. Guapo de a deveras y hueco de a deveras también. No sabía a donde llevarme (mejor que no fue a su habitación), así que yo lo llevé al Starcoffee que mucho tiempo frecuenté años atrás. Comimos y platicamos mucho mucho. Por vez primera me contó de su familia y de su trabajo, y me hizo muchas preguntas. Quiso saberlo todo y también, me quiso contar todo. Tiene un hijo y no soporta más estar fuera de su país, sin verlo y sin su familia... Me quería ver antes de irse porque me extrañó. Me dijo que sólo en mi pudo confiar mientras estuvo en la Ciudad.
Y yo que creí que había perdido el garbo, ahora resulta que soy irresistible e inolvidable.

Debí saberlo.
Al día siguiente abandonó la Ciudad. Me dejó el segundo minúsculo pastel de mi vida junto a mi bolso de mano y la plata para regresar a mi casa. Odio las despedidas y ahora me arrepiendo de no haber tenido una despedida común y corriente: de esas en las que los amantes se besan apasionadamente porque no saben cuándo se volverán a ver. Hubiera querido abrazarlo mucho mucho y tocarle el pelo lacio, sentir su rostro lampiño junto al mío y olerlo por horas hasta que se hiciera de noche.
Ojalá pudiera deshacerme de esta apatía que tengo para las relaciones amorosas. Es irónico: soy una persona muy optimista para asuntos del corazón, todavía creo en el amor, lo creo... pero me da mucho miedo.

Adiós.
Hoy extraño a mi argentino que sólo sabe hablar de depilación láser. Me vale. Extraño su vocecita y sus palabras mal escritas.
Hoy quiero volver a creer y volver a sentir. Quiero que se me quite el miedo.

domingo, 30 de noviembre de 2008

Lo que se va

No fue sólo octubre o noviembre. Los últimos meses de este año han pasado sin respiro, y aunque cada uno ha sido diferente, de cierto modo todos me han dado mucho frío.

La Ciudad no se detiene, y ese movimiento que tiene en sus ejes viales se lo ha transmitido poco a poco a mi corazón. Las personas que conocí desde que comenzó este "invierno de mentiritas", se han comenzado a ir; y para mi propia sopresa, unas cuantas han estado de vuelta.

De unas semanas para acá, no sé qué ha pasado en el universo que hace que viejos conocidos se acuerden de mi a altas horas de la noche. Un día el móvil no paró de sonar. Me llegaron mensajes de gente de la que no tuve razón por varios meses, y también debo decirles que hubo números que no reconocí. Dice el par de ojos verdes que los números nunca se deben borrar. Por el contrario, yo estoy segura de que hay números que estorban; prefiero no saber quien me llama y sorprenderme al reconocer una vieja voz, que repasar un número en mi lista sin estar obligada a hacerlo. No sé... mi madre a veces piensa que soy un poco radical pero bueno, en fin ¿quién logra saber la ciencia de las libretas telefónicas?

Y qué más da si se van, si regresan o si nunca llegan; supongo que llegó el momento en el que yo ya no puedo hacer nada para que las cosas cambien. Mi soledad ha comenzado a caerme bien y me pongo bien cuando no me abandona. Listo y diferente.

El tiempo también se me va. Ya no diré nada de la vida (menos del amor). Mi compañera por excelencia se irá a vivir a los states. Y nada. ¿Qué puedo hacer? Todos se van, yo soy la que me quedo. Quizá en un futuro las cosas cambien, y sea yo también la que cambie de lugar. Como lo he dicho antes, mientras algo no me ate acá y sigan dejándome plantada los sábados por la tarde, supongo que puedo cambiar de residencia. Sí, eso es, debo estar lista por si sale de repente.

También me canso de hacer planes todo el tiempo. Creo que me volé la barda pensando si me convenía o no enamorarme... caray, a qué extremo he llegado. Si yo hubiera sabido que noviembre lo iba a terminar en citas con el especialista y exámenes de laboratorio, digamos que no me hubiera detenido para echar una ilusión. Hay veces que ni soñar es bueno. (By the way, los besos siguieron vetados y el amante intentó regresar pero conmigo no tuvo suerte).

Bienvenido "último tramo del camino".
Buenas noches "peli de terror".

Arriba los preparativos para la navidad, abajo los domingos.
Arriba los besos en los labios, abajo las despedidas.
Arriba yo, abajo tu.
(Si me animo podremos compartirlo).

viernes, 7 de noviembre de 2008

Todavía una canción de amor

No te fíes si te juro que imposible.
No dudes de mi duda y mi quizás.
El amor es peor que un imperdible.
Perdido en la solapa del azar.

La luna toma el sol de madrugada.
Nunca jamás quiere decir tal vez.
La muerte es una amante despechada
que juega sucio y no sabe perder.

Estoy tratando de decirte que
me desespero de esperarte.
Que no salgo a buscarte porque sé
que corro el riesgo de encontrarte.
Que me sigo mordiendo noche y día
las uñas del rencor.
Que te sigo debiendo todavía
una canción de amor.

No acudas si te llamo de repente.
No te pierdas si te grito "piérdete".
A menudo los labios más urgentes,
no tienen prisa dos besos después.

Se aferra el corazón a lo perdido.
Los ojos que no ven miran mejor.
Cantar es disparar contra el olvido
Vivir sin ti, es dormir en la estación.

Estoy tratando de decirte que
me desespero de esperarte.
Que no salgo a buscarte porque sé
que corro el riesgo de encontrarte.
Que me sigo mordiendo noche y día
las uñas del rencor.
Que te sigo debiendo todavía
una canción de amor.

Que me sigo mordiendo noche y día
las uñas del rencor.
Que te sigo debiendo todavía
una canción de amor.

Todavía, una canción de amor.
Todavía, una canción de amor.
Una canción de amor. Todavía
Una canción de amor. Todavía
Una canción de amor. Todavía
Una canción de amor. Todavía
Una canción de amor. Todvía.
Una canción de amor.

Estoy tratando de decirte que...

***

No puedo dormir, no puedo comer, no me siento bien. Me duelen las piernas. No sé qué hacer.
De entrada estoy preocupada porque mi pierna izquierda me está doliendo como me dolía hace seis meses, no quiero pensar que tal vez signifique que tengo que tomar serias precauciones otra vez. Una cosa buena sale de eso: volveré a usar liguero y eso es sexy, eso es tener estilo. Ya qué.

Me desespero de esperarte, me voy a volver loca. Te veo en mi cabeza cuando me despierto y eres lo único en lo que pienso antes de dormir.
Tristemente no nos pudimos ver esta semana, hoy es viernes y ya no te veré más. Me da sentimiento. La verdad que sí estaba muy ilusionada, hoy ya no sé qué siento; me siento bien, es verdad, pero quiero sentirme mejor.

¿Sabes de qué tengo muchas ganas? De escribirte una canción de amor, un poema o ya de perdis una cartita. Tengo ganas de escribir para alguien, para que me lean de cariño, de amor y de verdad. No es como estos lectores que uno tiene de a fuerza... no no no, quiero que me lean por amor. Y luego, que me quieran.

Justo ayer, cuando me propuse tomar cartas en el asunto, me mandaste un mensajito divino. Una sorpresa más, que no me imaginé que hicieras. Después de las llamadas por teléfono que tuvimos, -medio serias, por cierto- me preparaba para dormir (tomando las precauciones de las que hablé arriba) cuando mi móvil sonó, apareció tu nombre y abrí el siguiente mensaje: "Se me olvidó decirte. Mil gracias. Eres un encanto. Que duermas muy bien y que tengas felices sueños. Un abrazo y un beso." Miles de mariposas se posaron en mi cabeza y revolotearon en mi panza. Casi lloré de la emoción. Respondí: "Ya me hiciste la noche. Besos para ti también. Necesito hablarte, espero con ansia el domingo... Que el frío se apiade de nosotros y nos deje dormir bien."

Y nada, que aquí estoy pensando en ti como adolescente, como mi amiga Copo lo ha dicho también. Acabo de recibir otro mensaje tuyo en este instante, quieres saber de qué quiero hablar contigo. Esas son mis serias cartas en el asunto. ¿Qué se hace en estos casos? ¿Se adelanta la información o uno se aguanta las ansias...?

Acá te va el corazón. Después ya nada será igual.
Necesito verte, necesito hablarte. Daré el gran paso, no me importa. Siento cosas, siento señales que me vienen de tu parte. Me haces sentir bien. No creo que sean señales equivocadas, al contrario... Quiero una oportunidad contigo. Tan tan.

Soy una chica joven, trabajadora y muy honesta. Tú eres tú. ¿Qué me haría no andar contigo? Nada. Me gustas así, como eres. Como tú. Quiero que me des la oportunidad de conocerme, de conocerte. No me voy a echar para atrás, tienes mi palabra de Mariposa Tecknicolor, ahora yo necesito la tuya.

Escúchame, mírame otra vez.


Quiero que empiece una historia. Que la Ciudad me consienta una vez más. Deséenme suerte.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Otro domingo que me cae bien

Y comienzo a pensar que me caen bien porque tú los haces especiales, diferentes. Dormí excelentemente bien, desayuné tostadas con queso, té negro y una salchicha, me volví a quedar dormida. Técnicamente el día nos inició a las 13:30. Lo pasé bien y falté a mi palabra de que me quedaría en casa "como psyco killer a acariciar a mi gato"; en vez de eso, cogí mi coche y me salí a tomar café latte bien gratis.

A las 14 aproximadamente, te envié un mensaje. Medio bobo pero sincero. El día pasó, comí spaghetti al pesto con coca cola light. Me puse linda.

Tuve una reunión de esas que hacía mucho no teníamos. Me vi con mis hermanas y platicamos re bien. Hablamos de muchas cosas, me hicieron reir y quedamos bien. Me sentí grande. Ellas se sintieron chicas. Los años se van desapareciendo entre nosotras. Sentí que comienzan a respetar mis decisiones.

Al llegar a casa me puse a ver mi peli de última adquisición. Entonces sonó mi móvil. Eras tu, desde otro número que no conozco. Me encantó. Así me lo dijiste: "gracias por acordarte de mi en la tarde". Wow. Yo encantada. Nuestra conversación fue de tu trabajo, mi fiesta de un día antes y la semana que se supone, albergará nuestro encuentro. Mientras eso sucede yo soy feliz con llamadas y mensajitos coquetos. Me mandaste besos (lo que casi no haces al teléfono). Te dije que hoy por la noche me volvería a acordar de ti... Ojalá me llames cuando eso suceda.

Que fácil es tener una nueva ilusión. Sonreí. No le saqué la lengua al día de ayer.

lunes, 27 de octubre de 2008

Saturday night

Una invitación me cayó de sorpresa el viernes en la mañana, sin pensarlo acepté y me llevé una grata sorpresa cuando el sábado en la noche llegué al lugar. La música de los años ochenta me hizo bailar por horas.

La noche me tenía guardada una sorpresa más: ¡sí apareció! El hombre más ocupado de la Ciudad aceptó mi invitación y llegó cerca de la media noche. El destino está cañón. Después de intentarlo muchas veces, la llamada entró. Estaba yo en la planta baja del lugar y no había señal, afortunadamente el móvil se apiadó de nosotros y pude enterarme que estaba afuera esperando que saliera por él.

Yo me veía re linda, traía un mini vestido negro y mis botas altas color piel, por supuesto que usé el pelo alborotado y debo confesar que las piernas se me veían de vértigo... jamás imaginé que este hombre llegaría a encontrarme allí. Yo iba muy bien acompañada, con mi amiga cómplice que también odia los domingos, estuvimos muy contentas porque jugamos a la "dancing queen" por horas. Como les decía, cuando el móvil sonó, también sonó mi corazón; y aunque sólo estuvimos un rato muy corto, me sentí bien.

Sucede pues, que me hizo sentir como que todavía conservo un poco de charme que me caracterizaba años atrás. Yo que creí que ya no tenía suerte, y que no podría lograr que alguien me fuera a encontrar a un lugar.

Ligar ya no es lo que era antes. A veces extraño el coqueteo, la invitación de una copa desde la mesa del susodicho y el teléfono en una tarjetita. Ahora casi siempre es e-mail o mensaje de texto. Creo que a pesar de mi personalidad y mi profesión, hay cosas que me siguen gustando a la antigua.

No debo quejarme del todo: hubo una cosa que se hizo a la antigüita reloaded. Como hoy en día ya casi no te llevan de regreso a tu casa, por lo menos este hombre se preocupó por que llegara bien hasta mi casa. El último de mis mensajes decía: "sana y salva. ya con pijama. hasta mañana. besos". Sólo así pudimos dormir separados por la gran Ciudad.

Al día siguiente, domingo, todo valió mucho la pena. Como hacía mucho tiempo no me sucedía, amanecí sin resaca. (¿Puedes creerlo? By the way, ya entrados en confesiones: no conservé al amante). Comprobé una vez más que el alcohol no hace cosquillas, me sentía de maravilla. Mejor me sentí cuando a media tarde sus mensajes comenzaron a llegar. Creo que es la primera vez que no le saco la lengua al día de ayer. Desde hace mucho tiempo que no dejaba de odiar los domingos.

Dos días después del utópico y efímero hecho histórico, tengo una invitación a comer. Prometo contarles cómo será el hipotético futuro entre los dos.

Me pones bien.

martes, 30 de septiembre de 2008

Estos días me siento fuerte

Tanto, que he decidido ponerme a pensar en cosas difíciles sin sentir el riesgo de sentirme un hoyo en el pecho.

Casi estoy segura de que el domingo pasado fue la primera vez que no vino a recordarme que me partieron el corazón. Tuvo mucho que ver el día anterior. Lo pasé muy bien, y aunque no hubo nuevos conocidos, tal pareció que la que hizo que la gente se viera diferente fui yo.
He venido buscando los reencuentros sean como sean. Se me han comenzado a conceder y me he sentido bien.

Hoy no tengo ganas de leer las "noticias de la semana". La academia puede esperar. Total, casi siempre son noticias sobre hallazgos antropológicos de nuestro pasado mesoamericano.
Mejor noticia fue la del hallazgo que hice yo. Los solteros comienzan a no ser tan tóxicos.

¡Pero si ya lo conocía desde hace dos años y medio!
Todo empezó -una vez más- en Ciudad Universitaria: hermoso lugar para una chica del norte, como yo. Y si, debió ser la edad o la formalidad... pero me llamó la atención. Vale recordar que el soltero tóxico #1 era mi pareja, y como dice Calamaro: "Cuando te conocí me dijiste que no ibas a cambiar, ibas a seguir siendo igual, ibas a seguir siendo igual". El pasado se pisó. Y de qué manera. Sin embargo, esa pequeña línea entre amigo amigo y amigo-pretendiente nunca la crucé. Quizá hasta ahora esté dando frutos.

Una vez más, el tránsito de la Ciudad hizo de las suyas. Nos encontramos en el Auditorio Nacional pasadas las quince horas. Te veías bien a pesar de que ahora usas la barba. Regresamos, una vez más, a Ciudad Universitaria y nada más fuimos a hablar de lo que hacía mucho no hablábamos: de ti, de mi, del amor, la compañía, la soledad y la vida en común. Luego fuimos a tu departamento. Todo se veía diferente. A pesar de que ya lo había visitado en algunas otras ocasiones, esta vez me pareció que estaba en otro espacio. Escuchamos música, tomamos jugos de frutas y todo olía diferente. Eso me pareció particularmente especial. Quizá fue el hecho de que tu hija estaba con su abuela (o eso creímos) lo que me hizo percibir un aroma distinto. Quizá fue la atracción.
Hubo una cosa que no cambió pero que hubiera dado cualquier cosa porque así fuera: la fotografía de Borges todavía está sobre tu cama, en el lugar donde debería haber una cabecera. Y lo peor del caso es que ahora la acompaña un póster del sagrado corazón de jesús. Vaya combinación. Qué manera de volverse católico de un día para otro. Qué ganas de quitarme las ganas. Esta vez sí lo confesé, y espero que hayas entendido lo mucho que puede intimidar a una mujer que diferentes personajes la miren mientras se quita la ropa.

No pasó lo que tenía que pasar -o lo que yo misma estaba temiendo que pasara-. Tuve miedo. Últimamente mucha gente me ha dicho que tengo una actitud muy fuerte y poco ordinaria; bueno pues esa gente debe saber que todavía hay cosas que me dan miedo. Todavía me causan ansiedad los besos de primera vez y los abrazos que abarcan más partes de mi cuerpo. Después de tantos años, creo que he perdido la costumbre de estar con un hombre que me lleva más años que el promedio. Ahora pienso que tal vez fue todo junto: el reencuentro, tu barba, mi cuerpo, otro aroma, el departamento...

Te vi los pies y tu me examinaste las manos. Estas manos que escriben, aman y también llaman por teléfono. Las mismas manos que ya no se acordaban que podían sentir vibraciones al tocar a otra persona. Mis manos que no tienen memoria.

El móvil no dejaba de sonar. El tuyo, el mío... es igual. También me sonaba el corazón, pero en lugar de sonar en pedazos, comenzó a sonar diferente. Entonces pude respirar al fin. Los ciclos se cierran, la ropa se tira, los zapatos se regalan (o se mandan a reparar para que parezcan nuevos) y las medias se ponen a secar.

De noche piel de hada, a plena luz del día Cruella De Vil.
Tu madre iba a llegar. A punto estuviste de que te encontrara como no debía. Tu departamento dejó de ser tuyo (no volverá a ser nuestro).
La Ciudad todavía tenía sorpresas preparadas. Recorrimos grandes distancias en coche, de noche, de la mano. Nuestros amigos ya nos estaban esperando. Olíamos diferente, quizá a niños que no quieren hacerse adolescentes. Bailamos y me sentí princesa. Hacía mucho tiempo que no podía ser Mariposa de noche, ahora lo logré, esa noche lo lograste. Mi sonrisa te iluminó, tus abrazos me dieron alas; y a pesar de haber dejado la gabardina en la silla y de traer minifalda, no tuve frío. Te preocupaste, me abrazaste otra vez.

Mis manos a veces pierden la memoria, pero la historia no me olvida. Esta vez sí tomé el papel de historiadora y ya sabía, que el lejano futuro entre nosotros dos, terminaría en una noche de Ciudad callada. El pasado tan real que vivimos me dio muchas pistas. Yo no iba a cambiar, tu tampoco. A ti te gustan las chicas de mi edad y a mi me gustas tu. Lo que no puedo recordar es el breve presente que hoy lo registro como pasado. Aunque no haya querido, el pasado se pisó una vez más.

Llegué a mi casa muchas horas después. Hoy sé que me dio terror el beso de despedida. Mañana querré saber si eso te importó y si viajaremos el año que entra.

Fuimos dos en la ciudad. Gracias por llevarme de noche.

domingo, 10 de agosto de 2008

La soledad que me mata los domingos

Casi por esto odio los domingos. Parece que el mundo se confabula en mi contra para demostrarme que todos son felices menos yo. Ni siquiera hubo jeans de mi talla, y los vestidos negros no me gustaron del todo.
No quiero que me empiece a dar miedo la soledad. Maldita soledad que me mata los domingos.
La vibración la siento en la punta de los dedos de las manos. La ansiedad subiendo por los pies. Ayer preferí dejar el móvil en mi casa para no imaginar que iba a recibir una llamada. Para mi suerte recibí dos de un número que no conozco... no pude responder, no pude saber quién me llamó. Eso me pone mal. No soporto el anonimato. ¿Quién me llamó? ¿Volverá a llamar después? Me lleva. Encima el número nunca responde, cuando entra el famoso buzón de voz, sólo se escucha una voz que dice: "Salvador". Bueno, ajá, ¿salvador qué o de quién?
Tal vez yo no sirva para recibir sorpresas.
¿Y si esto es la peli de terror? Insisto, no me he dado cuenta.