martes, 7 de septiembre de 2010

Puta crisis.

Ahorita ya empezó a llover. Ojalá ayer hubiera caído la mitad del agua que ahorita está mojando mi casa, la ropa, el pelo del gato, mis zapatos, mi abrigo.

Este verano que no termina... estas vacaciones que no se llamaron así. Este trabajo que no se paga, que no deja, que me desespera.

Tus palabras cuando discutimos, tus labios intentando besar mis manos en el coche. Eso, cuando dices que soy dependiente, que te da miedo que yo no pueda separarme de ti; y no sabes que yo sé, que aunque me cueste mucho trabajo, soy más fuerte de lo que te imaginas, soy más fuerte de lo que me imagino yo.

¿Y si me muero? ¿Qué va a pasar contigo si me muero? ¿Qué va a pasar con nuestro hijo si muero durante el parto? ¿Qué va a pasar con todo lo demás? ¿Huirás como han huido todos? ¿Querrás que te espere allá?

Y justo cuando se supone que las cosas no deben suceder, mi teléfono se pierde para siempre. Detrás de todo esto están dos noches sin dormir, un par de documentos que llegaron a mis manos, un pánico escénico que hizo que mi mente se pusiera en blanco, dos discusiones con mi madre porque no quise volver. El chico que trabaja como siempre. Yo, que intento volver a la soledad que ya se fue, que la extraño más que nunca, que quisiera que me acompañara como lo hizo los últimos meses.

De pronto todo se pierde. No es mi móvil, ni su cartera, ni mi coche ni la Ciudad. Es mi cabeza, es el cable que no quiere volver a tierra. Llueve, demonios ¡qué frío hace! Llego a desayunar, el chico sale a despedirse, a recibirme, a meterme a su casa otra vez. Luego lo propio de domingo, lo que no se puede evitar. Las risas, la chica que no acaba de regresar y que cree que nunca se fue.

Eje Central en contraflujo, dinero que no se ve más. Lluvia que llega, que no se va, que tampoco se siente, pero que me moja los pies. Banqueta de Eje Central, entre Tacuba y Cinco de Mayo, que huele a alcantarilla recién destapada, Cinco de Mayo que ahora resulta que está al revés, que se vuelve reversible como lo son mis medias sin liguero, como lo es mi piel cuando él dice "ya no quiero".

Y sucede. Camino de su mano y siento que ya no es su mano. Enciende un cigarro, entro al Sanborn's a buscar carteras de vinyl, de piel azul eléctrico o de rosa mexicano, de este plástico maravilloso que me hace sentir que todo es perenne, hasta la comezón que me da mi abrigo de lana gris. Entonces mi cabello se alborota, mi mechón de canas abre los ojos y estira las manos, recibe a todos.

Tengo ganas de llorar y no puedo. Tengo hambre, frío, ganas de estar con él. Tengo ganas de irme, no me quiero quedar, no quiero estar aquí, ni contigo. Como, todo es delicioso, las tortillas del comal, la harina que ya queda, que me hace babear, las quesadillas que el chico me prepara.

Y entonces lloro, comienzan a salírseme las lágrimas y a rodar por mis mejillas. Hace mucho que no me sentía tan sola, tan nada, tan así.

Intento dormir.

No puedo.

Al día siguiente todo se pone de cabeza. Todo sigue de cabeza. Confieso que me dan ganas de morirme para siempre, sin volver, sin preocuparme por ti o por cada una de tus cosas. Lloro más, el móvil se perdió y derramó mi vaso como si fuera una ligera gota que no va a caber nunca. Me pides tranquilidad, te grito por teléfono. No puedo más, ¿sabes? No puedo más.

Es la primera vez -dentro de todas estas primeras veces- que me sabes con una crisis de ansiedasd. Es la primera vez que sabes que puedo estallar, y que aún cuando no escuchaste que quería quedarme dormida por muchos meses, estás seguro de que puede ser que lo desee de verdad.

Luego otra vez suena el teléfono, me siento a comer sin ganas, me doy un baño que me hace tiritar de nuevo. Me pongo los jeans que son tus favoritos, mis botas de hule porque me da miedo mojarme los pies. El pelo se alborota por completo. Las muñecas me duelen, los dedos no se quedan quietos. Me siento mal y tengo miedo.

Duermo poco, bien pero poco. Luego vienen los seminarios que me hacen sentirme misionero. Las chicas que con su apoyo hacen que el sol salga detrás de la construcción de hierro.

Ya no me siento tan mal, pero las manos me siguen doliendo todavía para las cuatro de la tarde. Ni modo. No me dí cuenta que también me dolía la boca, y un poco el cuello. ¿Cómo voy a manejar así de regreso a casa? Pues así, como siempre, como si nada, como le haces de experta, haciendo que no pasa nada.

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