miércoles, 8 de septiembre de 2010

El congestionamiento.

Debo recordar no usar mis botines de tacón de diez centímetros de alto, cuando salgo tarde de casa y tengo que correr las tres cuadras de donde se quedó Hans hacia el Instituto.

Me preocupo, una vez más, aún con todo lo que tengo para preocuparme, me preocupo por él. En otra circunstancia no hubiera cambiado la ruta de regreso a casa, pero verdaderamente que lo vi cansado y desganado, así que tomé Eje Central Lázaro Cárdenas hasta Av. Hidalgo, en lugar de hasta Viaducto Miguel Alemán para irme hacia Periférico Norte Manuel Ávila Camacho. ¡Pero qué bárbara! Estos nombres de mi Ciudad, me hacen sentir estar leyendo una plana de reseña de El Nacional de los años 1946-1948.

Todo lo que adoro Río San Joaquín en las mañanas, con sus seis carriles reversibles sólo para mi, de poniente a oriente, lo odio en las noches de regreso a casa.

Y así es vivir en esta Ciudad, un eterno congestionamiento que nunca se acaba, que no se para más. A veces el congestionamiento está en todos lados, en la fila del súper, del banco, del restaurante; en la fila del baño, para servirme un café o para salir de seminario. Es necesario que me lleve bien con Hans, porque paso dentro de él más horas de las que imaginé. A veces los ojos verdes y yo comenzamos en él las conversaciones, nunca las podemos terminar.

Eje Central hacia el Norte, completamente libre por las noches. Viaducto Miguel Alemán hasta el copete, hacia Periférico Norte, a todas horas, por todos lados, en cualquier coche. ¿Qué voy a hacer?

Botas de piso, sandalias de plástico para el desayuno; botines de agujetas con tacones de nueve centímetros que se usan con unos levi's twisted, se quedan enojados dentro de una bolsa en el coche, y los ojos verdes donan a la causa sus zapatillas azules para caminar, de Dr. Vértiz a Nápoles, de Insurgentes a Rodin sobre Porfirio Díaz, de regreso, sin escalas, hasta el Sanborn's de Eje Siete.

No es lo mismo en solitario. No es lo mismo fumar sin tu mano, sin tu periódico gris, tus ojos verdes y la camisa azul. No es lo mismo la Ciudad con veinte minutos por trayecto, que salir de casa tan temprano que se está entrando a Periférico antes de las siete y media.

Boinas que se quedan en el coche, abrigos que no se bajan más; no se sabe cuándo se puedan ofrecer, la próxima vez los autos detenidos no nos dejarán regresar.

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