lunes, 8 de diciembre de 2008

Tercer encuentro (y despedida)

Y nada. Y todo. Que yo estaba comiendo comida china cuando el último mensaje llegó al móvil: "quiero verte". Ok, ok, yo también quiero ver a muchas personas, pero no por eso mando mensajes pidiendo compañía de la nada... En fin. Desde la madrugada del domingo que comenzó a buscarme, pero como yo estoy en una etapa de escepticismo, omití todo mensaje que trajera su remitente.

Dos días después, cuando éstos no cesaron, le respondí: "seguramente necesitas quien te lave las zapatillas. Avísame cuando puedes invitarme a comer." Tan tan. Al tercer día, el último mensaje llegó y, luego de pensarlo un rato, le devolví la llamada. Total que nos vimos a las seis en el Sheraton Ma. Isabel de Paseo de la Reforma. No sé por qué ya no tiene departamento y por qué vive en un hotel; y francamente no me interesó preguntar.

Se portó diferente, distinto a los dos encuentros anteriores. Lo esperé un rato en el lobby y luego me fui al Sanborn's de la esquina. Ahí me probé todos los relojes de pulso DKNY y lloré por no poderlos comprar de un jalón, en fin, no todo se puede en esta vida. Luego, llegó. Wow: altísimo con los ojos más verdes que nunca. Usa el pelo lacio, ya no como antes, y trae diferente la barba. Guapo de a deveras y hueco de a deveras también. No sabía a donde llevarme (mejor que no fue a su habitación), así que yo lo llevé al Starcoffee que mucho tiempo frecuenté años atrás. Comimos y platicamos mucho mucho. Por vez primera me contó de su familia y de su trabajo, y me hizo muchas preguntas. Quiso saberlo todo y también, me quiso contar todo. Tiene un hijo y no soporta más estar fuera de su país, sin verlo y sin su familia... Me quería ver antes de irse porque me extrañó. Me dijo que sólo en mi pudo confiar mientras estuvo en la Ciudad.
Y yo que creí que había perdido el garbo, ahora resulta que soy irresistible e inolvidable.

Debí saberlo.
Al día siguiente abandonó la Ciudad. Me dejó el segundo minúsculo pastel de mi vida junto a mi bolso de mano y la plata para regresar a mi casa. Odio las despedidas y ahora me arrepiendo de no haber tenido una despedida común y corriente: de esas en las que los amantes se besan apasionadamente porque no saben cuándo se volverán a ver. Hubiera querido abrazarlo mucho mucho y tocarle el pelo lacio, sentir su rostro lampiño junto al mío y olerlo por horas hasta que se hiciera de noche.
Ojalá pudiera deshacerme de esta apatía que tengo para las relaciones amorosas. Es irónico: soy una persona muy optimista para asuntos del corazón, todavía creo en el amor, lo creo... pero me da mucho miedo.

Adiós.
Hoy extraño a mi argentino que sólo sabe hablar de depilación láser. Me vale. Extraño su vocecita y sus palabras mal escritas.
Hoy quiero volver a creer y volver a sentir. Quiero que se me quite el miedo.

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