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viernes, 21 de noviembre de 2014

Doce de madera mojada, a la que le ha nacido musgo color gris.

Will you still love me when I'm no longer young and beautiful? I think you will.

¿Te molesta si me maquillo en la mesa? Le pregunté. No, acuérdate que tú puedes hacer lo que quieras, me respondió. Entonces saqué una bolsita preciosa de mi bolso, blanca, chiquita, de flores color púrpura; de ahí saqué un espejo de mano que parece polvera y un pincel largo de cerdas rasas, tomé el pincel con firmeza, levanté la cara y con la otra mano enfoqué mi rostro en el reflejo de mi palma, dibujé un largo y brillante mechón de canas en mi melena, sobre mi frente, de lado derecho de mi cabeza. Le di un largo sorbo a mi taza de café, él bebía plácidamente un jugo de naranja, tal y como al amanecer bebió de mi cintura. No me miró, no tenía que hacerlo, estaba enfrascado en una discusión que no tengo por qué entender, pero nuestros pies no dejaban de hablar entre ellos.

Hace un año cambiamos de automóviles para ir a desayunar, pero esta vez no fue así. De hecho no estaba segura de estar escribiendo el año doce, pero para mi sorpresa ahora me doy cuenta de que la estructura la puso él, no he escrito sola en estos meses. Llovía, y una vez más mi auto nos hizo una jugada, no se perdieron los planes, no nos tardamos más que un ratito en lo que todo se normalizaba. Condujimos, uno para el poniente, el otro para el sur. La lluvia se puso de nuestra parte y cesó, pero no cesaron las palabras, las risas y la cena en el lugar donde todo sucede.

Volvimos a vernos un par de horas después, y fue entonces cuando llegó el amanecer. Después una taza de café americano, mi computadora y mi desesperación. Como si el tiempo no hubiera pasado, como si nos hubiéramos visto ayer. Vinieron con nosotros mis remedios en botellitas de vidrio, los calcetines blancos y el camisón color azul. No hubo cepillo de dientes, y la tinta en él fue el color de mi piel morena. Reconocí el olor de madera mojada a la cual le nació pasto fresco o un tanto de musgo gris, recordé la primera vez que lo tuve así de cerca mientras mis manos fueron una especie de bálsamo para su cuello y para sus hombros.

Después todo sucedió: la lluvia, las flores, la noche... la humedad de nuestras carcajadas, el olor de nuestras palabras. Pasó la medianoche y yo no supe si era miércoles o jueves, si era hábil o asueto, si era él o era yo, no supe si era yo como otra o mi misma como la que hacía mucho no era. Traté de escribir. Seguimos riendo. Contó muchas de sus historias y platicamos de nuestras ideologías, me prometió y yo le cumplí. Por eso la conversación de política es antes de la lluvia, le dije, él rió y seguimos así hasta que nos atrapó el sueño.

Me conoce antes del mechón de canas, después de la luna de mi espalda y antes de las flores de mi muñeca. Hemos estado juntos desde antes de los patines, antes del coche azul y cuando perdí el clásico 75. Hemos hablado muchas veces de noticias, de las pandemias, de sus historias y de la Historia que todavía no me sé. Ahora el coche es rojo, la bicicleta se triplicó y suelo equivocarme de número de departamento.

¿Por qué tú y yo ya no peleamos? Le pregunté. Soltó una carcajada, dijo que porque ahora sabemos que hay cosas más importantes que eso, ahora sé que las cosas importantes son algo así como saber que nos seguiremos queriendo cuando ya no seamos jóvenes ni hermosos, estoy segura que serán más de doce años en la lista, estoy segura de que así será.

Un par de días después deshice la maleta. Volví a mi estudio y traté de poner mis cosas en orden, separar el brandy de las flores y los perfumes mágicos de mis botellitas de vidrio con remedios. Puse en su lugar los cepillos de dientes y los pares de calcetines, la camiseta, y entonces salió del bolso el camisón azul. Huele a madera mojada con musgo fresco, huele a risas antes de dormir cuando ya se ha apagado la luz, huele a su cuello untado con el bálsamo de mis manos.

martes, 18 de noviembre de 2014

Calcetines, cepillos y humedad.

Anoche caí en la cuenta de que me volví una coleccionista de calcetines y de cepillos de dientes. Si pudiéramos trazar un mapa de objetos olvidados o perdidos, habría un punto iluminado en cada uno de los lugares donde dejé un cepillo de dientes, un par de calcetines, una botella de loción o un frasco de crema para el cuerpo.

He recogido muchas cosas que guardé en mi corazón, entre mi espina dorsal y mi pecho, pero también perdí muchas cosas y me olvidé de otras.

Un cepillo de dientes en tu maleta, otro cepillo de dientes -que acompañaba al tuyo- en la casa de Reforma, y que finalmente se fue buscándolo para pedirle que volviera y que no se fuera a ir, no los volví a ver, los perdí a ambos; el primero se fue sin avisar, el segundo no avisó que no volvería más. Un cepillo de dientes que ya había llegado a Mártires de Tacubaya abrasó mis encías y me hizo llorar, pero ahí me esperó más de un otoño y nunca se quiso ir. Un cepillo de dientes en Ermita y La Viga me estaba esperando junto con un montón de cervezas, dos libreros, el sillón de los primeros besos y dos botellas de mi Reservado favorito; ahí se quedó, según entiendo ahí sigue, junto al tubo de crema humectante de rosa mosqueta, y junto a la botella de alcohol del 96.

En la contra esquina de Bajío y Monterrey, compramos un cepillo de dientes rosa que hacía juego con uno verde que se fue a vivir a mi mochila; ese cepillo rosa se cambió de casa junto con sillas de ruedas y cápsulas de café, se fue a vivir cruzando el Río Becerra y trató de esperarme metido en una caja de plástico color azul, se perdió y por temor a terminar en otra boca, prefirió irse.

Un cepillo de dientes con tapa verde no me quiso ver más, aun cuando sé dónde está y de vez en cuando lo veo, dejó de ser mi cepillo de dientes de visita, para convertirse en el cepillo que no volví a usar jamás.

De Bajío y Monterrey me traje un par de calcetines que todavía uso para correr, de hecho no sé qué pasará cuando tengan un agujero en los talones o en la punta de los dedos, amo esos calcetines y estoy segura de que todavía te acuerdas de que me los traje en medio de una tormenta dentro de las alpargatas doradas. De Mártires de Tacubaya me traje más que unos calcetines, y dejé más que una botella de loción; vinieron a vivir conmigo una pijama color café y unos pantalones cortos para el calor, ellos quisieron venir pero yo me harté de ellos y se despidieron desde el camión de la basura de San Borja y Bonampak.

Junto al sillón de los primeros besos dejé más que algunos rizos de mi cabello, dejé medio par de botines y media capa de encaje rojizo. Olvidé también media pared de ladrillos rojos y la lluvia de un amanecer.

No sólo tiene significado el objeto ni la apariencia, pues cada uno de los lugares tenían un olor característico. A pesar de lo que pude haber imaginado, a pesar de la botella de alcohol del 96, el estudio de Ermita y La Viga no olía nada mal. Ahí se quedó el olor de la lluvia que cayó sobre la pared de ladrillos rojos, ahí huele a tierra mojada.

Bajío y Monterrey huele a lluvia que cae, huele a musgo fresco sobre un trozo de madera, sobre terciopelo rojo, humedad sobre humedad que todavía siento en las plantas de los pies. De todas tus casas, esa ha sido la más vacía, la más dividida, en la que más he escuchado ruido. Ahí se quedó lo húmedo de tu cabello y lo que sientes cuando mi melena se queda sobre tu piel. Huele a humedad sobre humedad, diferente a Xola, diferente a todas las demás.

Las ocho paredes de Tacubaya tienen vacío, aunque están llenas de cosas que no saben de quién son, cosas sin dueño, sentimientos olvidados, nombres sacrificados. Esas paredes huelen seco, huelen a nada, huelen a algo que nunca va a ser. No me gusta, me pica la nariz, y por eso la ropa dijo adiós desde un camión de esquina. Ahí permanece lo no querido, lo olvidado, lo vacío. Esas paredes son de imposibilidad, de frío.

Los cepillos de dientes, los calcetines, los objetos y los recuerdos a veces se asoman en las maletas y tratan de hacer entradas triunfales en circunstancias desconocidas. A veces quieren que los recuerde, aun cuando la verdad es que muchas veces no caben ni en los respiros de mi ansiedad.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Tres meses, tus años, nuestra historia.

Ahora que...

Ahora que nos besamos tan despacio,
ahora que aprendo bailes de salón,
ahora... que una pensión es un palacio,
donde nunca falta espacio
para más de un corazón.

Ahora que las floristas me saludan,
ahora que me doctoro en lencería,
ahora... que te desnudo y me desnudas,
y en la estación de las dudas,
muere un tren de cercanías.

Ahora que nos quedamos en la cama,
lunes, martes y fiestas de guardar,
Ahora que no me acuerdo del pijama,
ni recorto el crucigrama,
ni me mato si te vas.

Ahora que tengo un alma
que no tenía.
Ahora que suenan palmas
por alegrías.
Ahora que nada es sagrado,
ni sobre mojado llueve todavía.

Ahora que hacemos olas
por incordiar.
Ahora que está tan sola
la soledad.
Ahora que todos los cuentos,
parecen el cuento
de nunca empezar.

Ahora que ponnos otra y qué se debe,
ahora que el mundo está recien pintado,
ahora... que las tormentas son tan breves
y los duelos no se atreven
a dolernos demasiado.

Ahora que está tan lejos el olvido,
ahora que me perfumo cada día.
ahora... que sin saber hemos sabido,
querernos, como es debido,
sin querernos todavía.

Ahora que se atropellan las semanas,
fugaces, como estrellas de Bagdad.
Ahora que, casi siempre, tengo ganas
de trepar a tu ventana
y quitarme el antifaz.

Ahora que los sentidos
sienten sin miedo.
Ahora que me despido
pero me quedo.
Ahora que tocan los ojos,
que miran las bocas,
que gritan los dedos.

Ahora que no hay vacunas
ni letanías.
Ahora que está en la luna
la policía.
Ahora que explotan los coches,
que sueño de noche,
que duermo de día.

Ahora que no te escribo
cuando me voy.
Ahora que estoy más vivo
de lo que estoy.
Ahora que nada es urgente,
que todo es presente,
que hay pan para hoy.

Ahora que no te pido
lo que me das.
Ahora que no me mido
con los demás.
Ahora que todos los cuentos
parecen el cuento de nunca empezar.

Joaquín Sabina.

***

Aquí está tu jardinera, que no deja de regar las plantas de tus pies, que no para de escribir de ti. Tu, que has venido a hacerle de Clío, cuando más le ha hecho falta.

Muchos días como estos.

domingo, 28 de febrero de 2010

All exclusive

Tus ojos son dos gatos por los tejados.
Besos con sal, Joaquín Sabina.

Ciudad de chicos monéandose en el Metro mientras van a la iglesia de San Hipólito, llevando en brazos a San Judas Tadeo. Ciudad que me permite llegar en menos de treinta minutos al Centro Histórico. Ciudad de basura en las banquetas, de barrenderos que no quieren salir a hacer su trabajo en domingo. Ciudad de sol, de chamarra de piel porque me duele un poco el pecho. Ciudad de invierno que quema, que me reseca las manos y los dorsos de mis pies.

Ciudad de historias. Ciudad de Encuentros. Ciudad de escritores que quieren seguir escribiendo. Ciudad de personas que no se quejan, y que pagan el alto precio por vivir acá. Ciudad de escritores que sacan material de las esquinas, de las estaciones, de las paradas de autobús. Ciudad de historias de colonias populares que adoptan nombres propios. Ciudad de personajes que de pronto se convierten en mis mejores amigos.

Ciudad de pseudónimos, de vidas que se quieren vivir. Ciudad de cambio. Ciudad mágica que te permite ser lo que quieras ser. Ciudad de noche, que no importa que te tome la madrugada en medio de un Eje vial que no conoces. Ciudad horrible, de bolseo en los camiones. Ciudad de amor, de intercambio de miradas cuando el semáforo se pone en rojo. Ciudad de coches, de ligues mientras metes el clutch y haces el cambio de velocidad.

Ciudad que me da miedo cruzar en las avenidas. Ciudad de correr, porque no vi que el semáforo del Eje Central ya estaba en rojo. Ciudad que me permite decidir ser otra persona, que me permite vivir en otros lugares, sentirme vistiendo otras ropas.

Ciudad Emperatriz. Ciudad de campanas al vuelo. Ciudad que a veces me da miedo. La Ciudad donde nací, que deseo que siga siendo la Ciudad de los Palacios.

Me encontré con el Presidente de la Nueva República de Babel, en punto de las doce y 30 en la explanada del Palacio de Bellas Artes. Un abarrotado Palacio de Minería nos esperaba, con libros por doquier, y con encuentros que nunca imaginé. El Presidente me puso un distintivo que decía "participante XXXI FILPM", lo que me dio acceso all exclusive a todos los eventos.

Si hay un momento en el que uno tiene que disfrutar las cosas que de pronto han llegado al camino que se transita, es este. Y estoy muy agradecida por las últimas experiencias que he tenido, que me han llenado, y que he vivido a través del ritmo de esta difícil -pero encantadora- Ciudad. A veces la odio, a veces la amo. Me parece que es mi pareja ideal, que somos un par ejemplar, y no sé cómo le voy a hacer -ni cómo vaya a ser- cuando pronto tenga que desplazarme un poco más, para llegar a los lugares que suelo frecuentar.

Una lista interminable de nombres y de títulos, desfilaron frente mis ojos, me dieron la mano, me pidieron opiniones, me firmaron algunos de los libros que hoy me regalaron.

Ahora entiendo por qué me gusta tanto ese ambiente. Es sencillo. Simplemente uno es, por lo que se puede crear a través de un conjunto de frases ordenadas de tal manera, que la vida de quienes nos leen, se vuelve diferente. Y nunca somos los mismos, ni las obras, ni los escritores, ni los lectores. No importa que las hojas hayan pasado por nuestros ojos hace mucho tiempo, siempre tendrán otro significado, uno mejor, otro especial, aquel distinto que esperábamos.

Llena de regalos por parte de mi amigo el Presidente, pasadas las dieciocho horas, nos fuimos a comer a donde el pequeño Barrio Chino que el Centro Histórico le permite existir. Compré la coca-cola light más cara que he pagado en mi vida, pero coincidimos que es mejor eso, a meterse a un callejón desconocido y sin salida, para pagarla unos diez pesos más barata. Con todo, fue fenomenal. La comida valió la pena. Las farolas encendidas nos regalaron dos fotos para la posteridad.

Hacía mucho tiempo que no me tocaba un evento con una trato all exclusive. A disfrutarlo, porque como dice Madame Copo de Nieve, nos lo merecemos.

Y ahora, que el destino me pone estas trampas para de pronto enamorarme de los domingos, creo que me siento mejor, a dedicarme sólo a sacarles la lengua cuando despierto. Y eso es, unas pequeñas trampas que me hacen sonreír, que hacen que mi pelo brille, porque además se cierra con broche de oro -y se abre semana por la noche del domingo- con una fabulosa charla con San Román.

Insisto, estas trampas, y esta familia intelectual, me dan tranquilidad. Espero que por algún tiempo no cambie, y que las trampas se hagan costumbres, y que el Presidente de la Nueva República de Babel y yo coincidamos en la segunda semana de marzo para comer; que terminemos los pendientes del registro de obra y autor, que comencemos a escribir lo que se supone se publicará en septiembre. Espero que la costumbre de cenar con San Román dos veces por semana no termine, que la reanudemos luego de sus exámenes, luego de mis histerias, luego de los obstáculos para llegar a tiempo al restaurante. Tengo fe. Y todo de pronto comienza a salir bien.

Y esos ojos que caminan por los tejados, vendrán otra vez a verme de frente, como lo hicieron la primera vez.

lunes, 22 de febrero de 2010

Quiero regarte las plantas de los pies

Quiero llenar las paredes con tu nombre, quiero que sepan que voy a escribir de ti y que voy a escribirte a ti. Voy a llenarte la piel de mis frases, voy a iluminarte como una vez llegaron a iluminarme a mi.

Voy a escribirte que a veces no me dejas dormir, voy a llamarte cuando logre despertarme. Voy a intentar tirarme en el sillón para soñar de ti, voy a creer que estás a un lado para poder besarte.

Y con cada una de las lenguas, escribiré tu nombre. Y usaré la mía, para que lo sepas de una vez. Voy a llenar las paredes con tu nombre, y quiero por fin regarte las plantas de los pies.

Cuando eso suceda, espero poder llegar para cosecharte, para abrazarte cuando no puedas dormir. Voy a llenar las paredes con tu nombre, y vas a saber por fin, por qué te llamo así.

Siento unas ganas bárbaras de regarte las plantas de los pies, y de paso pasaré mi lengua por tu cuello y por detrás de tus orejas. Y con ese finísimo oído que tienes -que se parece a mis felinas miradas-, por fin entonces sabrás, que los sonidos de mi garganta ahora son para ti.

domingo, 21 de febrero de 2010

Noches de juerga

Apenas terminé de escribir todo lo que hacía falta, recién lo leí y lo presenté, y ya estoy comenzando a querer escribir otra vez. La cabeza no me para, no me paran los dedos de las manos, y de unos diez días para acá, tampoco han parado de bailar mis pies, ni de temblar mis piernas.

Hace rato intenté hacer memoria de hacía cuánto tiempo que no me la pasaba tan bien, y aunque no estoy segura, me parece que esta ansiedad -buena y no tan buena- no la sentía desde que estudiaba en la Universidad. Esta Ciudad es maravillosa, tiene de todo, a veces me cae gorda, pero me he hecho el propósito de dejar de decirle groserías cuando me enojo o comienzo a tener una discusión por el móvil. La Ciudad ha estado de mi parte las últimas semanas, ha estado lluviosa, medio fría y a veces distante y algunos dirían que se parece un poco a mi, pero eso ya va de sobra.

La cabeza, como decía, no me ha parado. Siempre pensando lo que viene, las decisiones que hay que tomar, las frases que hay que escribir, los corazones que hay que conocer, que hay que abrir, y el mío mismo, que poco a poco se comienza a despertar. Hay momentos en que me duele todo. Me duele sobre todo esta cabeza que traigo acá arriba; hay veces en que me duele el pelo, me duelen las piernas, me duelen los pies y me duele mucho la espalda. Hay noches en que no puedo dormir, en que prefiero -de hecho- quedarme despierta; es maravilloso cuando se puede decidir, quedarse despierta, quedarse dormida, seguir caminando, pedir un taxi, quedarse callada, seguir escribiendo, seguir transmitiendo esto a pesar de los lectores que se tengan, y los que todavía no tengo.

Y como Hans no quiso arrancar el jueves por la noche, porque cometí el error de dejar las luces prendidas todo el día afuera de la oficina (siempre hay una primera vez), el hecho de volver a casa con Hans a cuestas en una grúa, hizo que me diera insomnio otra vez, que me doliera la cabeza, el cuello del lado derecho y que me diera un poco de ansiedad. Ni modo. Todo tiene un precio, y esta vez, aún cuando pareciera que fue alto, no fue tan desagradable esperar a que todo se resolviera. Las penas con pan son menos, y la espera de una grúa es menos tortuosa si se tiene compañía, que encima, te hace reír a carcajadas.

El día después, casi pierdo la cuenta de los analgésicos que me tomé. Creo que había sido uno por la mañana, dos a la hora de la comida, o al revés, un par con el latte de la mañana, uno a la hora de la comida y uno más a media tarde. Cuando a punto estuve de tomarme uno más porque el dolor no cesaba, caí en la cuenta de la pérdida de la cuenta, y me detuve. Así es. En diferentes situaciones, las cuentas se pierden, y es entonces cuando uno se detiene, o de plano se sigue adelante. Insisto, es maravilloso cuando se puede decidir qué es lo que se quiere hacer.

Me esperaba entonces, una maravillosa noche, un motivo especial para que mis pies no dejaran de bailar y para que mis piernas siguieran temblando. Una llegada a casa de madrugada, con un Curvoisier que me guiñaba el ojo desde que me bajé del taxi, que me supo magnífico en una de esas copitas redonditas, y que me hizo seguirle cantando y escribiendo, para dormir sólo hasta entrado el amanecer, pasadas las siete de la mañana.

Y valió la pena. De pronto resulta que todo vale la pena.

Una hora y media después, me desperté en calidad de zombie para ir a buscar al mecánico que me dijera qué era lo que tenía Hans, además de no tener ni una chispita de batería. En el camino me encontré a mi hermana, la otra María, quien venía desde temprano a visitarme. Fuimos por el guerrerense éste que me cae tan bien, que hizo que Hans volviera a andar. Desayunamos Mari y yo como debiera desayunar todos los días, pero que no siempre se puede. Se quedó todo el día conmigo, vino a limpiar mis ojos, a hacer que las lágrimas atoradas salieran, a que mi corazón latiera tranquilamente por platicar con ella.

Vino a tender mi cama mientras yo tomaba una ducha, a decirme que ya debo dejar de bajar de peso, a hacerme reír con las ideas del cambio de habitación, de entorno, de posición. Vino a recordarme que a pesar de la distancia, seguimos siendo hermanas, y nuestro amor ha prevalecido a pesar de muchas circunstancias.

Vino a llevarme por las arterias de la Ciudad. Vino a abrazarme. Vino a poner en orden lo que se podía ordenar.

De regreso, una Mafka con un novio encantador, y un chofer incluído, me esperaban en la puerta de la casa para volver a salir. Luego de pensarlo un poco, porque tenía muchísimo sueño, guardé a Hans, me arreglé rapidísimo, me puse esos botines de flecos que tanto me gusta usar, y me fui con ellos, y literalmente no supe más, hasta unos 40 minutos después.

Me quedé dormida apenas me subí al coche. Moríamos de risa cuando llegamos al bar que nos esperaba, se quedaron hablando solos cuando no les respondí, y Mafka me pidió perdón por haberme insistido tanto en salir, pero era una ocasión especial. Bebí un red bull, luego comencé a divertirme, a recibir llamadas que me hicieron reír, que me pusieron mejor de lo que ya estaba.

Nos cambiamos de bar, porque el primero era una reunión que no era nuestra. Luego, en el segundo fue una mezcla de todo, que me hizo bailar y me puso feliz: el whisky con soda, los recuerdos de la noche anterior, el cansancio que traía a cuestas, la plática con Mafka, las carcajadas por los chicos del rugby, el cigarro en la banqueta, el carrito de hot dogs que no paraba de vender, el chofer que no nos quitaba el ojo de encima, que luego tardó en regresar para dejarnos volver.

Y dormí, aún cuando no fue tanto como hubiera querido, dormí, por fin, lo logré. Luego, el domingo, cansado como son los domingos, también me trajo algunas sorpresas.

Domingo de comer bien, de dormir poco y de reír mucho. Ciudad de mercados sobre ruedas, de tianguis de pulgas que me hacen enloquecer. Domingo de dejar de odiarlos, de comenzar a aceptarlos, de plantear nuevas alegrías e ilusiones. Ciudad llena de coches, de volantes cubiertos con peluche de leopardo, de camiones y colectivos que casi te quitan la vida o te rebanan el trasero. Domingo de tomar té de manzana, de volverle al té verde, de probar otras opciones sin azúcar. Ciudad de deseo, Ciudad de sonrisas a través del móvil que creo que sabe que me provoca, domingos de comunicaciones casi sin palabras.

Ciudad de un tal vez que más que un quizá es un por supuesto.

Ciudad de noche, domingo de día. Ciudad de noche que me hace feliz, que entonces provoca un feliz domingo que antes no tenía.

Noches de juerga. Noches que me gritan que está bien si le pido que me provoque. Benditas noches, maldito insomnio, bendito deseo, maldito frío de invierno, bendita Ciudad. Buenos días, llegando de reversa, luego de cruzar toda la Ciudad.

jueves, 4 de febrero de 2010

El beso del elevador

Nos encontramos, como casi siempre sucede, en medio de la Ciudad, en medio de los coches, saltándonos avenidas, y mojados por la lluvia. La lluvia... más bien el frío, como casi siempre a esa hora, como casi siempre que hace frío. Este invierno, además de ensañarse, nos ha regalado maravillosas horas antes del amanecer. Aún cuando son días que no laboro, tengo que despertarme temprano, pero no importa, él tiene que hacer algunas cosas, despertarse igual temprano, librarse de otras, y llegar a la avenida en donde nuestros coches comienzan la misma marcha.

Y a la misma marcha, uno tras el otro, vamos siempre al mismo lugar, de regreso a mi casa, de regreso a la suya. A la misma ducha, a preparar el mismo desayuno, a jugar con las mismas cosas, a hablar de lo que hubo los pasados días, los pasados lindos, los tristes pasados futuros.

Y ahí vamos otra vez, a mirarnos de frente sin saber que lo hacemos, a que me abrace de lado sin saber que lo hace, a tomarme por la espalda, sin haber pensado siquiera hacérmelo una vez más. A hablar de las cosas que moría por contarle, a escucharme como sabe hacerlo, como me gusta que me escuchen, como me gusta escuchar las opiniones importantes. A tener esta magnífica imagen frente a los dos, de ambos cuerpos abrazados y enlazados, de lado, de frente, de perfil, de espaldas, de como sea. La imagen ahí está, y se congela.

Ahí vamos, a desayunar en una mesita ratona que movemos como la gana nos da, a hablar de los coches como si de verdad nos importara, a hacer que no ha pasado nada, aún cuando sabemos que han pasado muchas cosas.

Y miro como toma esa ducha, esa que debería tomar con él allí dentro, como me gustaba cuando lo hacíamos después. Y me mira mientras tomo la mía, y platicamos, y se enfoca, y pierde el hilo, y le gusta mirarme mientras lavo mi pelo, con la misma marca de champú que copié de la regadera de su mujer, y lo desenredo con ese peine enorme, que imagina que juego con él.

Y mi pelo, sobre su cintura, parece que hace maravillas. Y el tiempo, que transcurre sobre nosotros, sobre esa habitación que se hace más pequeña, parece que se detiene para siempre.

Luego, se pone la indumentaria. Y yo, sin saber lo que estoy haciendo, me enfundo en el par de medias negras, en la falda a la rodilla que le gusta imaginar que arranca de mis caderas, en los tacones que parece que están pegados a las plantas de mis pies. Cojo el bolso, toma su cartera. Todo pasa como un día cualquiera. Los dos volvemos, y los coches nos esperan.

Nos esperan, como lo hace mi casa o la suya, hasta la próxima semana, hasta la siguiente luna del lunes que entra, del sábado que pasó, del domingo que no quiero que llegue.

Las trampas del destino son como carreteras; el destino, este ambiente que nos envuelve. ¿El final del camino? Que yo ría como lo hago, mientras me mira desde abajo, sin parpadear. Que el tiempo se vuelva a detener, para que platiquemos como nos gusta hacerlo.

Vuelvo a donde partí, vuelvo a pensar que todo está bien, vuelvo a mi rutina con el sabor de sus labios todavía en mi.

Salimos, yo camino más aprisa que él, me da escalofríos pensar en mis vecinos, o en los suyos. Sigue tras de mí, llamo el elevador, lo tomamos. Se recarga en el fondo del cubo de acero, se cierran las puertas, doy un paso hacia él y comienzo a besarlo como si fuera la última vez, como si esa luna de ese lunes o domingo siguiente no fuera a llegar; como efectivamente es, que yo estoy volviendo a la guerra.

Nos besamos como no lo hicimos en todas las horas anteriores, en todos los meses que pasaron, en todos los años que no supimos que estuvimos allí. Es un maravilloso beso, que dura lo que tarda en bajar tres pisos el elevador, que hace que nos fundamos en ese instante, por unos segundos, entre el fluído y mi respiro. Y sentimos que es el último que nos vamos a dar.

Se abren las puertas, nos separamos, salgo yo primero, él me sigue -y puedo jurar que me mira el trasero, o intenta hacerlo cuando se dibujan en mi falda los sujetadores en mis muslos por detrás-, y volvemos a despedirnos. Como siempre, como nunca, como nada, como todo.

Me subí pues al coche, y cuando escuché el sonido del portazo de mi lado, me desperté. Aquí, en mi cama, sin ningún otro cuerpo en mi colchón. Y el corazón, no ha dejado de latirme. ¿Cuándo va a llegar? Ni me quejo, porque todavía sigo de buen humor.

sábado, 15 de agosto de 2009

Una vez más, el Auditorio Nacional

Fue muy curioso cómo me di cuenta, a la altura de la Defensa Nacional, que la cita a la que iba no me causaba la expectación de las citas de antes. Aún así, doblé la primera plana de mi periódico y decidí dejarme llevar por la situación. Dudé en si me había puesto o no el perfume adecuado, suficiente o si hizo falta usar un poco más; mis tenis color turquesa desentonaban con mi pelo suelto, los labios color orquídea parecían no quedar con la camiseta desnuda que traía puesta, si hubiera puesto atención, hubiera creído que la cita fracasaría. Qué bueno que no fue así, de cualquier forma fue otra cita con mi Ciudad.

Llegué al Auditorio Nacional a las 18:25, en un arranque de preocupación me bajé casi enfrente de la Fuente de Petróleos y terminé el camino a pie. Empezó a lloviznar. Había mucha gente en la calle, muchos coches en línea, muchos camiones que esperaban pasar, tantos que hasta creí que esa noche habría concierto estelar.

Me senté como siempre en la escalinata de frente a la pantalla. Rey Sol inaguró ese lugar como punto de encuentro, y yo lo he adoptado como si fuera mío. Me acomodé en los escalones y saqué el periódico para terminar las líneas pendientes. Leí las opiniones que más me interesaron, y una vez que me cansé de las letritas y me fastidiaron las gotitas en mis lentes, cerré el periódico y me puse a ver los lugares que reconocía junto con los coches que pasaban por mi.

El pasado no es tan lejano, y sin embargo parece desconocido. La pantalla del Auditorio Nacional me ha visto feliz, nerviosa, y también me ha visto llorar. Ha visto los coches que pasan por mi, los peseros de los que desciendo, los taxis que abordo. Las personas que encuentro, los chicos que reconozco, los corazones de los que me enamoro. Empezó entonces la proyección del festival de cortometrajes, y los Ojos redondos llegaron en punto de las 19 horas.

Reforma nos esperaba desierta, con su muestra de lago, con la entrada al zoológico de Chapultepec. Ojos redondos y yo hablamos tanto que mucho antes del Museo de Arte Moderno, yo ya tenía mucha sed. El chico se parece mucho a mi cuando cruza las avenidas, cuando la paranoia de los coches que viajan rápido le rozan la nuca. Mi perfume fue perfecto, los tenis me salvaron mucho más, y la camiseta nude me hizo ver más morena que de costumbre.

Até mi pelo, y los Ojos redondos no dejaron de verme de frente, y me preguntaron por qué los gestos que hago después de una cascada de carcajadas. Muchas respuestas no se las pude dar, pensé que tal vez no me conozco lo suficiente. Me invitó a cenar, caminamos de la mano de regreso a la Torre Mayor. Los chorritos de la fuente de la Diana Cazadora me dibujaron los dientes, y hasta ese momento la emoción de la única cita me hormigueó los dedos de los pies.

El Periférico norte también me sonrió y regresé a casa rapidísimo, quizá antes de que el chico estuviera a mitad de camino hacia la suya. Hice una escala en Echegaray, y todavía pude alistar unos documentos antes de dormir. A ratos pensé en qué lugar podría sustituir al Auditorio Nacional. Alguna estación del Metro quizá, o Metrobús, o la Glorieta de Insurgentes, o ¡ya sé! El Poliforum Cultural Siqueiros.

Como sea, el Auditorio me queda, me baña de las luces de los coches que pasaban por mi, de los recuerdos que me hicieron feliz, de los chicos que no veré más, de las citas a ciegas de otras personas que les hacían pensar que era yo a quien estaban esperando, de los revendedores cuando hay concierto estelar, de las camisetas de souvenir cuando terminan los eventos, de Carlos Fuentes y la conferencia magistral.

Es como cuando se tienen personas predilectas, así también tengo lugares predilectos. Es como cuando mi madre escogió al Museo de Antropología para pasar los fines de semana cuando niños, o cuando encuentro un bar o un café en el que estoy tan contenta que las horas se me pasan sin sentirlas. La Ciudad me sigue consintiendo, me sigue refugiando en Ciudad Universitaria, y me da un lugar que me arropa en el plantel metropolitano.

Quizá del chico no sepa más, debo confesar que el hormigueo de los dedos de mis pies me duró lo que dura el trayecto del microbús, de la Diana Cazadora al entronque con Masaryk. Quizá en próximas noches reciba las llamadas lindas, o en las tardes las llamadas largas, o de madrugada los mensajes que me hacen empezar el día con el pie derecho. Quizá la Ciudad me lo conceda.

miércoles, 28 de enero de 2009

Marcas en mis pies

Ramiro Olivares, Diego Torreblanca, David Aaron, Soho, Michel, Dione, Nine West, Viviane Gray, Carlo Rosetti, Westies, Somethin' else, Top Shop, Converse, L.E.I., 1888, Calles, Glamour (la misma marca de los bellísimos zapatos de boda por lo civil de Lilith que por cierto, cuando los vi en la boutique no me quedé con las ganas de probármelos), Epsilon, Bandolino, Hela, Regina Romero, Mohana, SixtySeven...

Muchos nombres han vestido mis pies y también algunos otros me han dejado descalza. Con o sin tacones, me puedo subir al coche y andar a todo lo que da; también, con o sin coche la ciudad no me ve ni el polvo.

A veces pienso que la relación que tiene una mujer con sus zapatos es mágica y única. Mas allá de eso, existe un trasfondo en dicha relación y, sin afán de sonar freudiana, existe con los pies.

A mi me gusta hablar con ellos, me gusta bañarlos y llenarlos de besos. No sólo me gusta estar con mis pies, también me gustan los pies de ellos porque hablan -como hablan las manos- usando otro lenguaje.
Hay una peli en la que la protagonista dice que los zapatos siempre son perfectos en comparación con el resto de la ropa. Y de alguna manera tiene razón, si las etiquetas de la ropa fallan o si uno no es "muy": flaca o gorda, la ropa no queda, por más que uno se esfuerce, la ropa no queda. En cambio, los zapatos siempre son perfectos. ¿Quién se resiste al encanto de unos afilados pies calzados con unas sandalias de tiras anchas de tacón?

sábado, 10 de enero de 2009

¿Qué es el amor?

Tengo 25 años y todavía no lo sé.

Estoy segura de haber estado completamente enamorada unas tres veces en toda mi vida, y es increíble como ahora no sé lo que me pasa: más bien estoy confundida.

En contra de todos mis pronósticos, ayer salí con el chico de la cámara. Moría de nervios. Me arreglé casi en automático y salí hecha una loca, tanto, que olvidé ponerme aretes. Sabía que había sido un error, debí regresarme a la casa por ellos. Total que la Ciudad se puso a mi favor y despejó todas sus vialidades: llegué treinta minutos antes de la cita. Después del round que me aventé con el taxista, entré al café a esperar que pasara por mi; me llamó y me dijo que había llegado muy temprano (cosa que ya sabía) así que no había de otra más que lo esperara en ese lugar. "Afuera hay chicas malas" me dijo, yo me reí y le dije que ya las había visto, quedamos en que me llamaría cuando estuviera en la esquina del lugar. Él venía del aeropuerto, tenía que pasar a dejar sus maletas a su casa y a coger el coche, luego me avisaría que ya estaba allí.

Mientras, sentí que el tiempo se detuvo y que cada una de las personas que entraba al café sabían lo que yo hacía allí. Todos eran raros, hacía mucho tiempo que no andaba por esa zona, más o menos unos cuatro años, desde la última vez que el Rey Sol me llevó a comer sopes y memelas por ahí. Todo lo ví diferente y encima, lo vi de noche.

El móvil sonó y me dijo "ya estoy a dos calles, no me cuelgues, yo te digo cuando esté en la esquina del lugar para que salgas". Lo recuerdo y se me eriza la piel. Es increíble lo que hacen las primeras veces en mi vida. Me gusta mucho vivir la primera vez, pero también me causa una ansiedad enorme. "Camina a la parada del camión, ya te vi, traigo una camioneta azul con las intermitentes prendidas, no me cuelgues..."
Abrí la puerta y lo vi por primera vez. Ahí estaba, tan moreno y lacio como en las fotografías; con las pestañas más enroscadas que he visto en toda mi vida y unas manos perfectamente definidas y suaves. Me subí a la camioneta, puse mi café atrás de la palanca de velocidades y me acomodé. Me quedé muda, no supe qué hacer. Comenzó a hacerme la plática, y nos reímos y llegamos a su casa en muy poquito tiempo. Ni siquiera me dio tiempo de ponerme el cinturón de seguridad. Mi móvil sonó con la cancioncita cursi que avisa que mi hermana Maricarmen me está buscando, me envió un mensaje en el que me decía que me deseaba lo mejor porque hacía "meses que no tienes una cita de a deveras", comencé a contestarle y me perdí la vista de la fachada de su edificio, sólo recuerdo que las puertas son eléctricas y que el estacionamiento está un nivel debajo del suelo. Escribí el mensaje lo más rápido que pude, mi compañero estacionó el auto, lo apagó y se bajó para abrirme la puerta, bajé dándole la mano, con la otra cogí mi bolso y mi vaso de café, luego caminamos a las escaleras para tomar el elevador.

Qué linda es la primera vez.

Casi no lo podía creer. Yo tenía la idea de que era más corto, y menos atractivo. Subimos al tercer piso y caminamos a su departamento, le dije que dudé sobre la dirección, según yo vivía en el departamento 305, me dijo que no, que estaba confundida. Entramos al lugar, y me invitó a sentarme en la sala. Su departamento es lindo, de paredes blancas y de cocina mediana, todavía tenía puesto el árbol de navidad, color azul por cierto y adornado con esferas azules y plateadas. Me gustó mucho que hubiera fotos de su hija por todos lados, me gustan los chicos como él (debería aceptar que me gusta él y no sólo los chicos como él). Me ofreció café o algo para tomar, le dije que quería agua, lo acompañé a la cocina y comenzamos a platicar. De mil cosas y de nada, me dijo que soy linda y que le gusto mucho. Me dijo... pf, tal cual no lo puedo escribir porque no lo puedo recordar porque... debo confesar que se me inunda la panza de mariposas amarillas.

Me besó. Híjole, gran beso, largo largo y continuo, suave como me gusta y tierno tierno como hacía mucho no me besaban. Lo abracé, muchísimo, metí mis manos a todos los bolsillos de su pantalón, nos reímos mucho y lo abracé más, luego fui yo quien lo besó... hasta que regresamos a los sillones de la sala. Ahí vino lo mejor. Hablamos mucho, de su trabajo, de su familia y de la mía, de nuestros proyectos de vida, de lo que nos gusta y de lo que no y de lo que nos da miedo. Me cayó bien, me reí mucho y poco a poco mi ansiedad comenzó a abandonarme. Comenzaron a dejarme de sudar las manos, me quité los tacones y me recosté en su regazo. Me dijo que le dolía la espalda y me abrazó mucho tiempo. Estuvimos así hasta que me dio frío y me preguntó si quería ver la televisión o escuchar música. Opté por la televisión, vimos noticias y estuvimos. Así nada más, sin hacer nada, casi sin hablar.

Fe, confianza.
Me sentí muy bien, tranquila y contenta. Él me dijo que no quería que me fuera nunca, ni en ese momento ni que me fuera de su vida. Obvio que tenía que regresar a mi casa, entre otras cosas, porque no acostumbro quedarme con mis primeras citas, si ese fuera el caso, para estos años habría conocido muchos lugares y muchísimas habitaciones. De pronto -con un poquito de ayuda- me hizo la declaración y me dijo que quería hacerme el amor. Hubo un silencio y todo, absolutamente todo pasó por mi cabeza. Recordé y casi volví a escribir, vi personas, vi lugares y me vi en el lugar en el que hice el amor por última vez. Le dije que no, "lo siento pero no me siento lista. Tengo miedo, me da miedo, hace mucho tiempo que no lo hago y no sé cómo será, no sé cómo eres tu y algunas veces no sé cómo soy yo".

Me negué y quizá en este momento me esté arrepintiendo. Me negué y no lo hice porque no hubiera querido hacerlo o porque no lo hubiera deseado, creo que fue porque no pude.

No hay otras vidas -amar es liberar-.
Y quizá deba poner más de mi parte para que me libere. Dió la una de la mañana y fue momento de que me trajera a casa. Todo el camino traje mi corazón en la mano. Tenía ganas de gritarle que me gusta, que me estoy enamorando de él y que, si por mi fuera, no me hubiera regresado a mi casa a pesar de mi ansiedad, a pesar de mis miedos y de que fuera nuestra primera cita.

Casi no hablamos, regresamos en silencio. Le expliqué cómo regresar, le di las gracias y apagó el coche, se bajó a abrirme la puerta y nos despedimos. Me quedé los calcetines y un botecito de ice brakers en el bolso. Odio las despedidas. Quedamos en vernos hoy, de hablar a las diez de la mañana. Nada sucedió. Tal vez el día de ayer tampoco esté registrado en el calendario.

Contigo.
El tiempo pasa (y yo cada día soy más techno y un poquito más vieja), las horas pasaron y nada, que fue un sábado común y corriente. De entrada no supe qué hacer cuando desperté en la mañana. Me conecté al ipod mientras hacía el desayuno y escuché Corazón en venta, no pude evitar que las lágrimas se me salieran. Hablé con Janis, con Maricarmen y luego me metí a bañar.

Todavía no sé muchas cosas y algunas otras no las quiero saber todavía. Hace un rato comencé a hacer lo que debí hace seis meses: investigar. No vi fotos pero leí mucho sobre él. No sé si quiero seguir leyendo o "sabiendo". Quiero verlo y quiero hablar con él. Quiero estar con él.

Sólo sé que quiero contigo y quiero que sepas que yo sé cómo es estar con un chico que es padre soltero. Quisiera saber que tu sabes que yo lo sé, pero quizá nunca lo sepa... La familia que me ha tocado me ha hecho así, como soy, medio dura y medio abierta; un tanto histérica y desconfiada, pero sincera, auténtica y leal; fiel hasta la muerte y positiva, aunque a mi me cueste admitirlo, soy optimista y positiva.
También quiero que sepas que no siempre tengo miedo. Me causan mucha ansiedad las nuevas experiencias y los nuevos encuentros, pero en general soy muy segura de mi misma; las personas que me rodean lo saben, tanto que a veces opinan que mi principal cualidad es la fortaleza.

Estoy conciente de que quizá esto nunca lo leerás, no recuerdo que sepas que tengo un blog y si lo sabes, creo estar segura de que no me has leído y no me leerías. No importa, me quedo mejor al saber que pude escribirlo y procesar estas emociones. Te prometo que, si te vuelvo a ver, mi actitud ya no será de temor o de desconfianza. Quisiera que por unos momentos entraras a mi cabeza y a mi corazón para que sepas qué me ha hecho ser así.

Tengo 25 años y todavía no sé qué es el amor.
Podría comenzar por hacer una lista de lo que NO es el amor para así acercarme a la realidad. Ok, amor no es temor, así que notablemente no estoy enamorada todavía. Mi conflicto es que quiero enamorarme y no sé cómo, no sé todavía cómo comenzar a confiar una vez más.

Mañana será domingo. Gran drama. Comenzaré por dejar desnudos mis pies y guardar el botecito en el cajón. También, para evitar paranoias, vaciaré el buzón y la lista de remitentes. Trataré de ponerle trabas a mi memoria y a mi subconsciente, quizá así pueda jugar un poquito más con el destino.

viernes, 31 de octubre de 2008

Si pudiera mataría por cinco minutos más

La historia comenzó. Lo que más me interesa es poder tener una buena amistad y saber complementerme con alguien completamente diferente a mi. De entrada me gusta que podamos platicar como si nos conociéramos de toda la vida. Reímos como niños y nos caemos bien. Es buen apoyo. Quiero que se convierta en un buen amigo y quizá en un futuro, que se convierta en un complemento. Como hombre que es, no niega la cruz de su parroquia: bien sabe que los pies femeninos son una de las cosas más lindas que hay en el mundo. Los míos le volvieron loco. Ni siquiera los vio desnudos, sólo los reconoció a través de mis sandalias de tacón.

Después de muchos meses, comí el salmón a la parrilla que tanto se me antojaba, tomé tinto con soda, y luego café negro. El restaurante lucía de maravilla, más ahora que cuando solía visitarlo años atrás. Todo me resultó novedoso: la compañía, el aroma, el estilo, mi persona, los besos en la boca... lo pasé increíble. Me sentí muy bien.

La ciudad se apiadó de nosotros. Después de la utópica comida llevada a la realidad, un bar estilo irlandés nos esperaba. Tomé otra copa de tinto (una nada más), mucha soda y fumé un par de cigarros. Mi pelo se veía bien, la gente nos volteaba a ver. Creo que les da envidia cuando ven a un par de personas que lo pueden pasar entre risa y buena plática. No me interesa. Que bueno que se note el desenfado. Que bueno que traía tacones, me hacen ver las piernas estilizadas. Que bueno que soy así. Me pongo bien.

Que bueno que mi corazón ya sabe cuando estar cerrado y cuando abrirse. Mientras tengo abierto el minibar.
Al paso del tiempo he desarrollado una especie de párpados en mis oídos y en mi alma... la clave estuvo en saber quién hablaría bonito y quien no. Quién lo usaría para bien y quien para mal. Mi corazón ya no pierde el tiempo.

Te extraño y luego pienso que será imposible que nos podamos ver... quisiera que tuvieramos el tiempo suficiente para platicar por horas como lo hago con otras personas. Si pudiera mataría por cinco minutos más.

Quiero que sea domingo dentro de una semana. Quiero que sean las seis de la tarde del día miércoles, saber que nos podemos ver y volver a complementarnos en nuestra Ciudad. Tengo ganas de que me digas "voy para allá". No me importa más nada. Nada.


Si pudiera mataría por cinco minutos más.

martes, 14 de octubre de 2008

Para Andrés Calamaro

Tengo cada insensatez, y me puedo equivocar
pero no me equivoqué contigo.
Tengo abierto el minibar y cerrado el corazón,
y sólo late, sólo late por los dos.

Gracias maestro. Traigo puesta una camiseta con tu imagen, y que por detrás, dice La lengua popular.

Me has hecho muy feliz y me sorprendió el repertorio. Como tu lo dijiste, debes venir a tocar una vez por semana. Como lo dijo mi hermana Cristina, yo también hubiera querido que comenzara el concierto y no se terminara nunca.

¿Sabes, Andrés? Quiero decirte algo para hacerte feliz: yo seré quien escribirá la historia de lo que pudo haber sido; puedes seguir tranquilo soñando despierto y soñando dormido.

Quiero decirte también, que mi coche lleva tu nombre en tu honor. Soy tu admiradora número 1.
Hace ya varias semanas que la ansiedad no me visita. Me encanta. Sin embargo, ayer por la noche, la ansiedad por verte llegó. Me sentí una mariposa en vuelo. Se me salieron las lágrimas y la música la sentí de los dedos de las manos hasta los pies. Mis manos esta vez cantaron. Mis pies no dejaron de bailar. Te sentí hasta en mi pelo.

¿Sabes? Mi corazón sigue cerrado, pero también mi minibar. El otro día latió completo, ya no en pedazos. Cuando lata una vez más como era costumbre, te lo diré. Gracias por hacerme ver ayer que sigue completo.

Viniste a cambiar mi vida. Viniste a cambiarme a mi. Gracias Andrés.

martes, 7 de octubre de 2008

Me sale bien metamorfosear

Hoy llevo el pelo castaño, mañana no sé de qué color amanecerá. Me sale bien jugar al camaleón, me gusta escuchar la música que se escribe para mi.
Tengo mucho sueño pero no me quiero dormir. Me duele la espalda pero no quiero tomar analgésicos. Quiero quiero y ya no sé qué más quiero.
Me sale bien jugar a los extraños, al "no te conozco" y al "creí verte ayer".

Me gusta tomar la ciudad entre mis manos, para pintar de sus colores las uñas de mis pies.

Quiero darles sorpresas, que suceda lo que no pensaron que sucedería; cambiar el pasado, reescribir el futuro, tomar entre mis dedos el olor del amor.

Pensar que no pasará y estar preparada para que no suceda; que entonces la vida me de sorpresas a mi.

Escribir sobre setenta años atrás me está haciendo mal... o me está poniendo muy bien. (Quiero ser guapa).
Me gusta la Ciudad. Quiero chiflar la Internacional Comunista. Quiero marchar la Dragona una vez más.

Quiero estar contigo y no sé quien eres.
Tómame, tómame ya antes de que me vaya y no quede más.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Zapatos rojos

Como primero de cada mes, hoy llegaron a los revisteros del Sanborn's y de los supermercados las nuevas ediciones de revistas de moda. Y como es nuestra costumbre, mi hermana y yo compramos nuestras respectivas favoritas y nos sentamos a leerlas. Y bueno, ¡qué cosa! Vienen cosas lindísimas y muy innovadoras, los colores, las plataformas, los vestidos... ¡Ay ay ay! Como siempre he dicho: el invierno me gusta más que el verano porque me pongo más ropa encima, además de que el frío me inspira para hacer unas combinaciones muy originales de medias, tacones, mini vestidos y abrigos. Bienvenidas tendencias.

Sin embargo, me siento triste.
La moda, como muchas otras cosas que me apasionan, me gusta compartirla con gente que me conozca y que me quiera. En pocas palabras, en el cercano pasado en pareja que tuve, la moda siempre imperaba en las lecturas diarias y en nuestras visitas del centro comercial. Asi que, como ustedes se podrán imaginar, recibir las tendencias de invierno no me puso tan feliz como otras veces. Al contrario, me puso triste.

Creo también que es plan con maña. Si el otoño y el invierno se caracterizan por causar en el ser humano la famosa "depresión otoñal" porque el sol se despide más temprano, pues es una buena manera de sentirse feliz irse de compras. Es sencillo. Tengo frío, me siento triste: compro un abrigo. Risas, risas, risas. Tengo frío, me duelen los tobillos: compro unas botas. Ja ja ja.

La Glamour de España (mi favorita), la Vogue de España y la Vogue de México me recordaron que estoy sola. Pero no fueron malévolas conmigo. Mi favorita trajo un reportaje padrísimo sobre la fortaleza interna que tiene que tener una mujer cuando sufre una ruptura. Sin saberlo, de las 4 cosas que recomiendan hacer para superar la separación, hice 3. Creo que estoy in. Risas.
Pero más allá de que aparezcan en una revista, actué de manera diferente y divertida por tener un motivo para salir adelante. Las revistas además de recordarme que estoy sola, me gritaron a la cara que tengo amigos, que tengo un gato hermosísimo y que he tenido experiencias fabulosas los últimos dos meses. Y sobre todo, que tengo trabajo.

No todo es tragedia.
La tendencia de Louis Vuitton en zapatos son las mega plataformas; se dice que son verdaderos monumentos para los pies. Por supuesto que no aspiro a unos zapatos de esos, entre otras cosas, porque las banquetas de mi Ciudad me harían parecer saltimbanqui. A lo que aspiro, y mi historia lo sabe bien, es a unos zapatos rojos. Eso fue lo que hizo que se me salieran las lágrimas hoy por la tarde.
Yo sé que todavía tengo muchas cosas guardadas en el corazón, que poco a poco debo aprender a decantar, pero ya no puedo llorar, me he acabado las lágrimas de poquitas en poquitas. Quisiera a veces ponerme a llorar por horas como lo hacía antes, pero ya no puedo.
Hoy, cuando vi las tendencias de invierno y las parejas de cuento de hadas dándose besos de telenovela, sólo a través de esas imágenes pude desahogarme un poco y sólo decir: quiero unos zapatos rojos.
Me sentí desdichada por no tener unos tacones o unos peep toe rojitos, color cereza o un poco más obscuros. Quiero unos tacones rojos o plataformas o zuecos o botas o sandalias. Necesito ver color en mis pies. Necesito pintarme las uñas de color contrastante, vino, negro, mora, o de plano... color piel. Quizá así pasen desapercibidas. Quizá deba también pintar color piel a mi corazón, para que nadie lo vea.
O mejor aún: pintaré mis uñas de un color que haga parecer que tengo besos salpicados en los pies. Sí. Eso haré.

En mi obsesión por recordar si tengo o no zapatos rojos, me puse a repasar los pares que tengo guardados en el clóset. Encontré color piel, color verde botella, color naranja, mostaza, negros, café, blancos, unas balerinas plateadas, unas sandalias fiucsa, mis botas favoritas... pero no encontré nada color rojo.
Esto no es tragedia, ya aprendí de ello. Es como dije: estoy sola pero soy fuerte. Así, no tengo zapatos rojos pero tengo más de un par que me hacen sentir la mujer más guapa del mundo y que han hecho que más de un hombre se quede con la boca abierta.

¡¡¡¿Cómo pude olvidar que soy una Mariposa Tecknicolor?!!!

martes, 30 de septiembre de 2008

Vale

Qué onda.
Yo por acá trabajando todavía. Ya pasa de la 1 y me tengo que acostar para levantarme temprano mañana. En fin.
Leí tu correo. Me reí. Pura joyita efectivamente. Así es esto.

Lindo día el sábado. Terror cuando decidí no vestirme inmediatamente después... ¿Repetirlo? Supongo que sí. Lo pasé bien y no tengo por qué no decirlo. La noche continuó linda linda... de esas que no se deben olvidar. El domingo me recordó que la noche anterior había tomado cerveza y que había habido mucha diversión entre mis piernas. I told you: "mañana no podré caminar".

Me río otra vez.

Ya estás para la que sigue; nada más hay que estar seguros de que esta vez sí estaremos solos.




...Que se puede interpretar de muchas maneras. Así estaba escrito. Así lo leí pero nunca sabré si así lo pensé. Vale, todo está bien.

Estos días me siento fuerte

Tanto, que he decidido ponerme a pensar en cosas difíciles sin sentir el riesgo de sentirme un hoyo en el pecho.

Casi estoy segura de que el domingo pasado fue la primera vez que no vino a recordarme que me partieron el corazón. Tuvo mucho que ver el día anterior. Lo pasé muy bien, y aunque no hubo nuevos conocidos, tal pareció que la que hizo que la gente se viera diferente fui yo.
He venido buscando los reencuentros sean como sean. Se me han comenzado a conceder y me he sentido bien.

Hoy no tengo ganas de leer las "noticias de la semana". La academia puede esperar. Total, casi siempre son noticias sobre hallazgos antropológicos de nuestro pasado mesoamericano.
Mejor noticia fue la del hallazgo que hice yo. Los solteros comienzan a no ser tan tóxicos.

¡Pero si ya lo conocía desde hace dos años y medio!
Todo empezó -una vez más- en Ciudad Universitaria: hermoso lugar para una chica del norte, como yo. Y si, debió ser la edad o la formalidad... pero me llamó la atención. Vale recordar que el soltero tóxico #1 era mi pareja, y como dice Calamaro: "Cuando te conocí me dijiste que no ibas a cambiar, ibas a seguir siendo igual, ibas a seguir siendo igual". El pasado se pisó. Y de qué manera. Sin embargo, esa pequeña línea entre amigo amigo y amigo-pretendiente nunca la crucé. Quizá hasta ahora esté dando frutos.

Una vez más, el tránsito de la Ciudad hizo de las suyas. Nos encontramos en el Auditorio Nacional pasadas las quince horas. Te veías bien a pesar de que ahora usas la barba. Regresamos, una vez más, a Ciudad Universitaria y nada más fuimos a hablar de lo que hacía mucho no hablábamos: de ti, de mi, del amor, la compañía, la soledad y la vida en común. Luego fuimos a tu departamento. Todo se veía diferente. A pesar de que ya lo había visitado en algunas otras ocasiones, esta vez me pareció que estaba en otro espacio. Escuchamos música, tomamos jugos de frutas y todo olía diferente. Eso me pareció particularmente especial. Quizá fue el hecho de que tu hija estaba con su abuela (o eso creímos) lo que me hizo percibir un aroma distinto. Quizá fue la atracción.
Hubo una cosa que no cambió pero que hubiera dado cualquier cosa porque así fuera: la fotografía de Borges todavía está sobre tu cama, en el lugar donde debería haber una cabecera. Y lo peor del caso es que ahora la acompaña un póster del sagrado corazón de jesús. Vaya combinación. Qué manera de volverse católico de un día para otro. Qué ganas de quitarme las ganas. Esta vez sí lo confesé, y espero que hayas entendido lo mucho que puede intimidar a una mujer que diferentes personajes la miren mientras se quita la ropa.

No pasó lo que tenía que pasar -o lo que yo misma estaba temiendo que pasara-. Tuve miedo. Últimamente mucha gente me ha dicho que tengo una actitud muy fuerte y poco ordinaria; bueno pues esa gente debe saber que todavía hay cosas que me dan miedo. Todavía me causan ansiedad los besos de primera vez y los abrazos que abarcan más partes de mi cuerpo. Después de tantos años, creo que he perdido la costumbre de estar con un hombre que me lleva más años que el promedio. Ahora pienso que tal vez fue todo junto: el reencuentro, tu barba, mi cuerpo, otro aroma, el departamento...

Te vi los pies y tu me examinaste las manos. Estas manos que escriben, aman y también llaman por teléfono. Las mismas manos que ya no se acordaban que podían sentir vibraciones al tocar a otra persona. Mis manos que no tienen memoria.

El móvil no dejaba de sonar. El tuyo, el mío... es igual. También me sonaba el corazón, pero en lugar de sonar en pedazos, comenzó a sonar diferente. Entonces pude respirar al fin. Los ciclos se cierran, la ropa se tira, los zapatos se regalan (o se mandan a reparar para que parezcan nuevos) y las medias se ponen a secar.

De noche piel de hada, a plena luz del día Cruella De Vil.
Tu madre iba a llegar. A punto estuviste de que te encontrara como no debía. Tu departamento dejó de ser tuyo (no volverá a ser nuestro).
La Ciudad todavía tenía sorpresas preparadas. Recorrimos grandes distancias en coche, de noche, de la mano. Nuestros amigos ya nos estaban esperando. Olíamos diferente, quizá a niños que no quieren hacerse adolescentes. Bailamos y me sentí princesa. Hacía mucho tiempo que no podía ser Mariposa de noche, ahora lo logré, esa noche lo lograste. Mi sonrisa te iluminó, tus abrazos me dieron alas; y a pesar de haber dejado la gabardina en la silla y de traer minifalda, no tuve frío. Te preocupaste, me abrazaste otra vez.

Mis manos a veces pierden la memoria, pero la historia no me olvida. Esta vez sí tomé el papel de historiadora y ya sabía, que el lejano futuro entre nosotros dos, terminaría en una noche de Ciudad callada. El pasado tan real que vivimos me dio muchas pistas. Yo no iba a cambiar, tu tampoco. A ti te gustan las chicas de mi edad y a mi me gustas tu. Lo que no puedo recordar es el breve presente que hoy lo registro como pasado. Aunque no haya querido, el pasado se pisó una vez más.

Llegué a mi casa muchas horas después. Hoy sé que me dio terror el beso de despedida. Mañana querré saber si eso te importó y si viajaremos el año que entra.

Fuimos dos en la ciudad. Gracias por llevarme de noche.

viernes, 29 de agosto de 2008

Cumpleaños feliz

Me siguió. Él pensó que si no se levantaba de su lugar e iba tras de mi, tal vez no me volvería a ver jamás. Lo logró y me abordó. Me pareció encantador.
Muero de risa ahora que sé que perdió mi nombre y mi número de teléfono. Bueno, mi nombre entre comillas porque no lo sacó de su cabeza. Me fascina cuando un hombre está seguro de lo que va a suceder o está seguro de lo que quiere conseguir. Él estaba seguro de que yo le llamaría, por eso no se preocupó.
Así fue. Le llamé, platicamos, nos reímos y quedamos. Hubo dos cancelaciones. Maldita la distancia de esta bendita Ciudad. Se me quitó el miedo, él logró ubicarse y nos encontramos a las seis. Lo pasamos increíble.

Feliz cumpleaños Mariposa Tecknicolor.
Hace unos meses hablábamos una amiga y yo sobre las sorpresas que traen consigo los cumpleaños. Ella estuvo a punto de conectar con un chico muy atractivo en vísperas de su cumpleaños. Finalmente no sucedió pero disfrutamos mucho imaginando qué hubiera pasado si...
Ella me decía: "no lo voy a dudar porque es un regalo que la vida me está dando". Y tenía razón.
La vida le tenía preparada una sorpresa mayúscula, inmesurable e incomparable a un chico siete años menor. La sorpresa no fue el encuentro, la sorpresa vino cuatro meses después.
Y si -hablando de sorpresas como yo lo hacía en mis entradas anteriores- ¿por fin mi sorpresa llegó y ya dejó de ser opción la peli de terror?
¡Gracias vida!

Histérica histórica habla con su pie.
Y no con el pie propio como se refiere en el sobrenombre. Habla con el pie del chico Villegas. Todo se vuelve muy lindo. Se comunican, se abrazan, se huelen... comen galletas y ven el fútbol como si se conocieran de años atrás. Hablan con sus pies. (Benditos pies).
Afortunadamente ella ha sabido adaptarse. Con el mayor se hace mayor. Con el inmaduro se vuelve una nena. Con el nena se vuelve indiferente... Con el que le regaló una sorpresa, se dedica a disfrutarla.
(Creo que tengo un amante).
Ríe mucho. Dice mentiras. Siente mariposas en el estómago.
Histérica histórica está feliz y en lugar de ingerir los antidepresivos que están sobre el perfume, prefiere hacerlos a un lado para gritarle ¡¡bienvenido!! a Jean Paul Gaultier y a Armand Basi. Finalmente decide hacerse adicta a otro elixir.

Finalmente decidió organizar una fiesta y mandar a hacer un pastel de barquillos de merengue.
Finalmente decidirá escribir otra vez.

Histérica histórica cocinará como si nada hubiera ocurrido. Compartirá como lo hizo años después.
(¿no me escuchaste? No no no, la que no lo escuchó fui yo: creo que tengo un amante).

Tengo un vestido muy lindo. (Me falta un amor pero no me importa porque ahora sí tengo motivos para estrenarlo).
¡Gracias vida!


Bienvenido cuarto de siglo.

lunes, 4 de agosto de 2008

Esta ansiedad que me come los dedos de los pies

No quiero otra vez terminar rompiéndome las muelas. Ella dice que lo que está pasando no es fácil. Debo acostumbrarme. Así como me acostumbré a tenerte, ahora tengo que acostumbrarme a estar sin ti. No he podido dormir. La noche se ha convertido en un martirio. Espero que hayas dejado de pensar en mí. Estoy igual que tu, cuando no podías conciliar el sueño y que, cuando lograbas dormirte, te llegaba tan ligero que despertabas con cualquier cosa. No me quiero convertir en una “tu” que sobrevive. A las tres me desperté. Hasta el gato está incómodo. No podía volver a dormir. Prendí la luz. La apagué, prendí la radio, escuché las voces. Por fin me volví a dormir y desperté a las seis treinta, luego a las siete treinta, luego escuché la voz de mi padre, el móvil no dejaba de sonar. Por fin me desencadené a las nueve y cuarenta. El día volvió y yo volví a ser una sobreviviente.
Los ciclos terminan. A veces las cosas cuestan más de la cuenta. Creo que no estuvo tan mal. También fui muy feliz y me reí a carcajadas por mucho tiempo. Me sentí bonita y me sentí querida. A veces estallabas. Maldita hierba. Maldita volubilidad. Maldito amor. Qué pasaría si pusiera todo sobre la balanza… no lo hago porque no quiero darme cuenta que quizá salí perdiendo. Ya no tengo tu ropa, por fin me pude deshacer de ella. Todavía me quedan los perfumes, las cremas y las fotos. ¿Qué se hace con las fotos? ¿Se parten a la mitad, se queman o simplemente se conservan? Todavía no sé qué hacer con el papel. Todo se reorganiza. Todo toma su lugar otra vez.
Me había olvidado de Harry Potter. ¿Qué se hace con tus palabras? ¿Qué debo hacer con las dedicatorias en mis libros favoritos? Me enamoré de Harry Potter y a ti no te quise volver a ver. Qué ironía. Ambas historias no eran realidad, bendita ficción. Quiero vivir en fantasía. ¡Quiero vivir una peli de terror! Quizá así no me sienta tan mal.
Ya no debo escribir historias, tengo que escribir sobre la Radionacional. Bendita Radionacional. Bendita Historia. Bendito nacionalismo y qué linda conformación de nación. La nación. La pertenencia. ¿A quien le pertenezco yo? ¿Algún día alguien me pertenecerá a mí? No me quiero quedar sólo con los libros, quiero compartirlo todo. Quiero que alguien venga a ayudarme a quedarme dormida toda la noche y poder decidir si quiero despertar.
Que bueno que no me llevaste contigo pero, ¿porqué no te llevaste la ansiedad?