Tus ojos son dos gatos por los tejados.
Besos con sal, Joaquín Sabina.
Besos con sal, Joaquín Sabina.
Ciudad de chicos monéandose en el Metro mientras van a la iglesia de San Hipólito, llevando en brazos a San Judas Tadeo. Ciudad que me permite llegar en menos de treinta minutos al Centro Histórico. Ciudad de basura en las banquetas, de barrenderos que no quieren salir a hacer su trabajo en domingo. Ciudad de sol, de chamarra de piel porque me duele un poco el pecho. Ciudad de invierno que quema, que me reseca las manos y los dorsos de mis pies.
Ciudad de historias. Ciudad de Encuentros. Ciudad de escritores que quieren seguir escribiendo. Ciudad de personas que no se quejan, y que pagan el alto precio por vivir acá. Ciudad de escritores que sacan material de las esquinas, de las estaciones, de las paradas de autobús. Ciudad de historias de colonias populares que adoptan nombres propios. Ciudad de personajes que de pronto se convierten en mis mejores amigos.
Ciudad de pseudónimos, de vidas que se quieren vivir. Ciudad de cambio. Ciudad mágica que te permite ser lo que quieras ser. Ciudad de noche, que no importa que te tome la madrugada en medio de un Eje vial que no conoces. Ciudad horrible, de bolseo en los camiones. Ciudad de amor, de intercambio de miradas cuando el semáforo se pone en rojo. Ciudad de coches, de ligues mientras metes el clutch y haces el cambio de velocidad.
Ciudad que me da miedo cruzar en las avenidas. Ciudad de correr, porque no vi que el semáforo del Eje Central ya estaba en rojo. Ciudad que me permite decidir ser otra persona, que me permite vivir en otros lugares, sentirme vistiendo otras ropas.
Ciudad Emperatriz. Ciudad de campanas al vuelo. Ciudad que a veces me da miedo. La Ciudad donde nací, que deseo que siga siendo la Ciudad de los Palacios.
Me encontré con el Presidente de la Nueva República de Babel, en punto de las doce y 30 en la explanada del Palacio de Bellas Artes. Un abarrotado Palacio de Minería nos esperaba, con libros por doquier, y con encuentros que nunca imaginé. El Presidente me puso un distintivo que decía "participante XXXI FILPM", lo que me dio acceso all exclusive a todos los eventos.
Si hay un momento en el que uno tiene que disfrutar las cosas que de pronto han llegado al camino que se transita, es este. Y estoy muy agradecida por las últimas experiencias que he tenido, que me han llenado, y que he vivido a través del ritmo de esta difícil -pero encantadora- Ciudad. A veces la odio, a veces la amo. Me parece que es mi pareja ideal, que somos un par ejemplar, y no sé cómo le voy a hacer -ni cómo vaya a ser- cuando pronto tenga que desplazarme un poco más, para llegar a los lugares que suelo frecuentar.
Una lista interminable de nombres y de títulos, desfilaron frente mis ojos, me dieron la mano, me pidieron opiniones, me firmaron algunos de los libros que hoy me regalaron.
Ahora entiendo por qué me gusta tanto ese ambiente. Es sencillo. Simplemente uno es, por lo que se puede crear a través de un conjunto de frases ordenadas de tal manera, que la vida de quienes nos leen, se vuelve diferente. Y nunca somos los mismos, ni las obras, ni los escritores, ni los lectores. No importa que las hojas hayan pasado por nuestros ojos hace mucho tiempo, siempre tendrán otro significado, uno mejor, otro especial, aquel distinto que esperábamos.
Llena de regalos por parte de mi amigo el Presidente, pasadas las dieciocho horas, nos fuimos a comer a donde el pequeño Barrio Chino que el Centro Histórico le permite existir. Compré la coca-cola light más cara que he pagado en mi vida, pero coincidimos que es mejor eso, a meterse a un callejón desconocido y sin salida, para pagarla unos diez pesos más barata. Con todo, fue fenomenal. La comida valió la pena. Las farolas encendidas nos regalaron dos fotos para la posteridad.
Hacía mucho tiempo que no me tocaba un evento con una trato all exclusive. A disfrutarlo, porque como dice Madame Copo de Nieve, nos lo merecemos.
Y ahora, que el destino me pone estas trampas para de pronto enamorarme de los domingos, creo que me siento mejor, a dedicarme sólo a sacarles la lengua cuando despierto. Y eso es, unas pequeñas trampas que me hacen sonreír, que hacen que mi pelo brille, porque además se cierra con broche de oro -y se abre semana por la noche del domingo- con una fabulosa charla con San Román.
Insisto, estas trampas, y esta familia intelectual, me dan tranquilidad. Espero que por algún tiempo no cambie, y que las trampas se hagan costumbres, y que el Presidente de la Nueva República de Babel y yo coincidamos en la segunda semana de marzo para comer; que terminemos los pendientes del registro de obra y autor, que comencemos a escribir lo que se supone se publicará en septiembre. Espero que la costumbre de cenar con San Román dos veces por semana no termine, que la reanudemos luego de sus exámenes, luego de mis histerias, luego de los obstáculos para llegar a tiempo al restaurante. Tengo fe. Y todo de pronto comienza a salir bien.
Y esos ojos que caminan por los tejados, vendrán otra vez a verme de frente, como lo hicieron la primera vez.
3 comentarios:
Qué cosas, ¿no crees?
Me gustó mucho tu mirada del día de ayer, ahora me corresponde hacer lo propio.
Y sobre los encuentros de sobremesa, claro, cuando llegue el "embarque de tecolotes", te súper aviso. (A ver si veo a Felipe Garrido en la semana, bueno... es una apreciación.)
Van abrazos fraternales. ¡¡Cuídate!!
Es cierto, nos merecemos esos trato de estrellas! y tu te mereces que los ojos caminen por los tejados para buscarte.
Un placer leerte, siempre.
Beso.
Copo
Pues asi son las grandes ciudades, con lo bueno y lo malo junto. Hay que tomarlas como se nos dan. Que genial que te hayan regalado libros.
Un besote y un abrazo mi querida Papillon
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