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viernes, 21 de noviembre de 2014

Doce de madera mojada, a la que le ha nacido musgo color gris.

Will you still love me when I'm no longer young and beautiful? I think you will.

¿Te molesta si me maquillo en la mesa? Le pregunté. No, acuérdate que tú puedes hacer lo que quieras, me respondió. Entonces saqué una bolsita preciosa de mi bolso, blanca, chiquita, de flores color púrpura; de ahí saqué un espejo de mano que parece polvera y un pincel largo de cerdas rasas, tomé el pincel con firmeza, levanté la cara y con la otra mano enfoqué mi rostro en el reflejo de mi palma, dibujé un largo y brillante mechón de canas en mi melena, sobre mi frente, de lado derecho de mi cabeza. Le di un largo sorbo a mi taza de café, él bebía plácidamente un jugo de naranja, tal y como al amanecer bebió de mi cintura. No me miró, no tenía que hacerlo, estaba enfrascado en una discusión que no tengo por qué entender, pero nuestros pies no dejaban de hablar entre ellos.

Hace un año cambiamos de automóviles para ir a desayunar, pero esta vez no fue así. De hecho no estaba segura de estar escribiendo el año doce, pero para mi sorpresa ahora me doy cuenta de que la estructura la puso él, no he escrito sola en estos meses. Llovía, y una vez más mi auto nos hizo una jugada, no se perdieron los planes, no nos tardamos más que un ratito en lo que todo se normalizaba. Condujimos, uno para el poniente, el otro para el sur. La lluvia se puso de nuestra parte y cesó, pero no cesaron las palabras, las risas y la cena en el lugar donde todo sucede.

Volvimos a vernos un par de horas después, y fue entonces cuando llegó el amanecer. Después una taza de café americano, mi computadora y mi desesperación. Como si el tiempo no hubiera pasado, como si nos hubiéramos visto ayer. Vinieron con nosotros mis remedios en botellitas de vidrio, los calcetines blancos y el camisón color azul. No hubo cepillo de dientes, y la tinta en él fue el color de mi piel morena. Reconocí el olor de madera mojada a la cual le nació pasto fresco o un tanto de musgo gris, recordé la primera vez que lo tuve así de cerca mientras mis manos fueron una especie de bálsamo para su cuello y para sus hombros.

Después todo sucedió: la lluvia, las flores, la noche... la humedad de nuestras carcajadas, el olor de nuestras palabras. Pasó la medianoche y yo no supe si era miércoles o jueves, si era hábil o asueto, si era él o era yo, no supe si era yo como otra o mi misma como la que hacía mucho no era. Traté de escribir. Seguimos riendo. Contó muchas de sus historias y platicamos de nuestras ideologías, me prometió y yo le cumplí. Por eso la conversación de política es antes de la lluvia, le dije, él rió y seguimos así hasta que nos atrapó el sueño.

Me conoce antes del mechón de canas, después de la luna de mi espalda y antes de las flores de mi muñeca. Hemos estado juntos desde antes de los patines, antes del coche azul y cuando perdí el clásico 75. Hemos hablado muchas veces de noticias, de las pandemias, de sus historias y de la Historia que todavía no me sé. Ahora el coche es rojo, la bicicleta se triplicó y suelo equivocarme de número de departamento.

¿Por qué tú y yo ya no peleamos? Le pregunté. Soltó una carcajada, dijo que porque ahora sabemos que hay cosas más importantes que eso, ahora sé que las cosas importantes son algo así como saber que nos seguiremos queriendo cuando ya no seamos jóvenes ni hermosos, estoy segura que serán más de doce años en la lista, estoy segura de que así será.

Un par de días después deshice la maleta. Volví a mi estudio y traté de poner mis cosas en orden, separar el brandy de las flores y los perfumes mágicos de mis botellitas de vidrio con remedios. Puse en su lugar los cepillos de dientes y los pares de calcetines, la camiseta, y entonces salió del bolso el camisón azul. Huele a madera mojada con musgo fresco, huele a risas antes de dormir cuando ya se ha apagado la luz, huele a su cuello untado con el bálsamo de mis manos.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Hace un otoño.

Esta vez no nos encontramos entre pantalones vaqueros y camisetas a cuadros, esta vez fue nada más bajo el cielo lleno de nubes que nos hicieron sentir un penetrante frío por todo el cuerpo. Casi idéntico, con la barba un poco cana y el semblante relajado, con la sonrisa torcida y los dientes de lado, así llegó después de preguntar qué le tenía que decir al taxi para que lo trajera hasta acá. ¿Taxi?, le pregunté, ¿te has vuelto loco? Bueno, pues es que hace mucho frío, me respondió. Los dos hemos enloquecido un poco.

Después las sonrisas y la alegría, un poco de ponche y medio pan de muerto para compartir. Como si nada, como hace un otoño. Y entonces vino la verdad y otro gato que se agregó a la familia. Parece que todo está igual. La ropa en el mismo cajón, el cepillo de dientes en el baño. El mismo jabón, la crema de cuerpo en los envases que elegí hace doce meses. La cocina idéntica, la misma mancha sobre la estufa, la misma servilleta sobre el horno de microondas.

Hay personas que también significan temporadas, épocas de vida, estaciones del año, estaciones del corazón. Como el clima, como el tiempo, como los meses, esas personas no volverán, aun cuando volvamos a estar con ellas. Aquellas miradas entre Levi's y los besos frente a la botella de Rioja no volverán, ni las conversaciones en la mesa de lámina, ni los abrazos en la silla en medio del salón. Él dice que es la misma persona, que es el mismo hombre, yo estoy absolutamente segura de que  cambié, soy otra, jamás seré la mujer de hace un otoño.

...Y él tampoco, la diferencia es que no atina a darse cuenta.


jueves, 16 de agosto de 2012

Con todo y miedo, vas.

A pesar de lo difícil que fue sobreponerme de mi última relación, ahora me alegro de haber contado con la ayuda que me brindaron para salir adelante. Gracias a eso, ahora puedo ver todo en un plano horizontal, un mapa completo, rompecabezas para armar, o digamos, las cartas sobre la mesa.

A pesar de lo difícil que es darse otra oportunidad para conocer, confiar y querer a otra persona, en esta ocasión me propuse intentarlo desde la génesis de un noviazgo. La primera cita, conocerse a través de una conversación. Cine, cena, abrazo de despedida. Llamada por teléfono antes de empezar el día. Mensaje a la hora de la comida. Llamada antes de ir a dormir. Fotografías. Nuevos recuerdos. Nuevos planes. Un nuevo proyecto.

Estoy ilusionada.

Es la primera vez en mi vida, a punto de cumplir 29 años, en la que pude explicarle claramente a un pretendiente qué es lo que espero de mi misma, de una relación, y de mis planes a futuro. Me entendió. Hablé alto y claro, sin pena, sin titubeos. Una noche antes de esa cita, estaba acostada en la cama dando vueltas, aterrada porque no sabía qué iba a pasar en la cita del día siguiente. Y con todo y miedo, me levanté por la mañana, me arreglé y estuve lista para que el chico pasara por mi. Con todo y miedo, fui. Me siento orgullosa de haberlo hecho.

No se sabe nada, pues, como en toda relación que inicia. No se sabe siquiera, si vamos a llegar a fin de año... pero eso no importa. Me siento viva, caray, bien viva. Con todo y miedo, lo estoy intentando y me estoy permitiendo vivir la experiencia de conocer a un chico como si fuera la primera vez.

Y en realidad es la primera vez. Primera vez que puedo expresarme así, frente a una persona que me propongo conocer, y confiar en él. Primera vez que pongo límites, que proyecto seguridad, y que logro mostrarme tal cual soy. Estoy contenta.

Es la primera vez que sin miedo, salgo a la calle tomada de la mano de un chico, sabiendo que mi corazón está tranquilo. Es la primera vez que no siento aquella ansiedad recorriéndome las manos, hacia los codos, los hombros y parte del cuello. Es la primera vez que me tomé el tiempo suficiente para pensar las cosas, para tomar decisiones y para elegir, sin esperar que eligieran por mi. Es la primera vez que le digo a alguien que me gusta, sin arrebatos ni impulsos.

Es la primera vez que me siento feliz, después de haber aprendido a vivir con el alma rota.

jueves, 26 de abril de 2012

Esta vez es primavera.

Me quedé dormida pensando en ti, y afortunadamente soñé contigo. Entonces de pronto es como si en el corazón se prendieran unas cuantas velas, como si encendieran el calefón. Como si le dieran algo de esperanza a un condenado a muerte. Y te acordaste de mi, fue maravilloso entrar al local, formarme como cualquier persona, y de pronto ver tu cara de sorpresa cuando me viste allí, ¿pensaste que no iba a volver? Pues volví, y mejor que nunca.

Fue hoy, al mediodía, cuando comencé a sentir el calor de los papeles de hace 75 años, que me acordé que este viaje es idéntico al anterior, lo único que es diferente es mi corazón.

Estoy en la misma ciudad, en el mismo departamento, voy al mismo café, he frecuentado los mismos lugares para comer. Llegué a conversar con la misma gente. También llegué a trabajar con la misma gente, al mismo lugar, con los mismos papeles viejos que me marchitan las manos y me resecan el cabello. De pronto es como si el tiempo no hubiera pasado, como si todo fuera exactamente igual; como si el autobús hubiera viajado de regreso conmigo adentro, con todo y maleta, con todo y soledad.

Y entonces la gente intuye y comienza a esbozar preguntas, intenta articular argumentos y más y más preguntas... y entonces es una  maravilla no tener historia, no tener memoria y hacerse como si no hubiera pasado. Como si lo pasado, en efecto estuviera pasado. Y sonrío, me alboroto el cabello plateado y me cubro con mis raybans. Ni siquiera ha sido necesario decir mentiras o negar algo, simplemente hago uso de mi derecho a reservar mi opinión y a comunicarme. ¡Zip! Me quedo callada.

No hay motivo entonces para recordar la angustia que me invadió cuando supe que venía por mi. ¿Te acuerdas que llegué con él al café, en la penúltima noche que me quedaba acá? ¿Recuerdas su aspecto? ¿Recuerdas mis palabras entrecortadas? Que bueno que no. Yo me acordaba de ti, pero no de tu pelo largo, ni de tu complexión, y tampoco me acordaba de tu nombre. Hasta hoy por el mediodía me acordé que me hizo llorar frente a mi plato de enchiladas mineras, que nada le satisfizo, que la experiencia no le fue suficiente para despertar su capacidad de asombro.

Es incoherente e inaceptable que mi madre se ponga de su parte.

Y si no era el dinero, era que yo externaba las cosas que me hacían feliz, que me causaban placer o que simplemente me gustaba elegir. No puedo creer que llegué al punto tal de olvidarme de mi misma. Me alegra que la vez pasada no me hubieras pedido mi número de teléfono para salir, porque hubiera sido doble la pena.

Al parecer todo es igual, el viaje ha sido el mismo. Nada más pasaron nueve meses, viví trece días de juzgados, hice cinco mudanzas, perdi los muebles completos para poner una casa, olvidé un par de botas azules, me deshice de un vestido de novia, pasó un día biciesto, falleció mi mejor amiga; fui a la playa a revolcarme en las olas del mar, perdí ocho kilos, dejé de fumar, comencé a dormir de noche, tomé condición física, tuve un accidente, aprendí a vivir con el alma rota, me hice cargo de mi misma, le menté la madre al miedo, tuve el valor de seguir adelante. Tuvo que pasar todo esto, para que pudieras verme entrar  a la tienda con mi portafolios en el hombro y mi pelo alborotado, para que pudiéramos conversar una semana más, y pudiera yo ubicar mi domicilio conocido en el Jardín Unión.

Por eso me alegro muchísimo de haberme quedado dormida pensando en ti.

Todo es igual, el viaje ha sido el mismo. Lo único que cambió es que esta vez es primavera.

sábado, 1 de enero de 2011

Veintidós de septiembre.

22/IX

En torno a un anillo de compromiso puede haber muchas cosas.

Hans estacionado en la esquina de uno de los ejes viales de esta Ciudad, que más han tenido que ver en mi vida.

El maravilloso significado que tiene para mi, el que dicho anillo haya tenido una dueña antes que yo.

Estar con mis Ojos Verdes frente a la mítica construcción de una de las Secretarías de Estado más importantes de la historia política de México del siglo XX. Mirar por el retrovisor de Hans sus paredes, un poco de la fachada, los colores de los muros exteriores. Terminar de crear en mi mente el mural que mis ojos no alcanzan a ver.

Lágrimas de felicidad.

Fiestas interminables con los amigos que son nuestra familia. Cerveza. Fotos. Calles de la colonia Condesa. Alcoholímetros que se burlan sólo una vez en la vida. Vueltas prohibidas que no pasan por la cabeza.

La libertad de responderle tus verdaderos anhelos, y tus sueños más profundos. La libertad de decirle que no importa que no hayas sido la primera, sino que importa que seas la última mujer en su vida.

El día en que entró el primer otoño que nos pertenece, que no me di cuenta, que estaba más preocupada resolviendo los cambios y las decisiones que vienen en nuestras vidas.

Maravillosas reconciliaciones.

Decir te amo a cualquier hora del día.

Pero lo más bonito, y lo que me llena de felicidad, es mirar todas las noches estas manos que escriben frenéticamente sobre el teclado del ordenador, y volver a mirar que ese anillo de compromiso se ha quedado desde ahora, eternamente sobre la piel de uno de mis dedos izquierdos. No importa cuánto trabajo tenga, cuántas palabras me falten por escribir, cuántos guantes de látex pasen por encima de mi piel; hay un hombre que me ama (y como rezaba todos los días y las noches un post-it sobre el espejo de mi habitación), tanto que quiere pasar el resto de su vida a mi lado.

Mi dedo, su tamaño, la cantidad de veces que se mueve sobre estas teclas a lo largo del día. Eso también está en torno a un anillo de compromiso. Dos días se tuvo que quedar en el taller para que lo ajustaran a la cintura exacta de mi dedo anular; dos días que sentí que algo me hacía falta.

En torno a mi anillo de compromiso, hay puro y simple amor. El símbolo de que no voy a dejar de luchar cada día para ser excelente, en todos los aspectos de mi vida.

Luego de mucho tiempo, esta es la primera vez que desde mi corazón siento que de verdad estoy tomando la decisión correcta. Soy muy feliz, tan feliz, como nunca me lo imaginé.

jueves, 6 de mayo de 2010

(casi) Todo lo que traigo dentro.

Aquí vienen otra vez. Estas ganas interminables, de ponerme a escribir pero sin poder hacerlo. Mi cabeza no es la misma de ayer, eso ya debería saberlo.

Aquí viene otra vez, este hormigueo que me recorre los brazos desde los hombros hasta la punta de los dedos. Que me incita a seguir escribiendo, pero ahora ya no puedo.

Quiero dormir. No tengo sueño.

Tengo sed. Ya perdí la cuenta de los litros de agua que llevo hoy, de los analgésicos que me tomé en los últimos dos días, de los besos que me ha dado, de las veces que me ha sorprendido. Me gusta. Me gustan los encuentros. Me gusta estar con él.

Me gusta su barba, cuando le crece al día después. Me gusta cuando comienza a raspar como una fina lija, que no lastima, que tampoco acaricia, que sólo se hace presente.

Me gusta que los besos hayan dejado de estar vetados.

Me gusta todo eso. Me gusta que esté aquí.

Me molesta no poder escribir todo lo que traigo dentro.

jueves, 22 de abril de 2010

Monsieur Madrid, Joaquín Sabina.

Él quería escribir la canción más hermosa del mundo,
y yo siempre he querido estar ahí para escucharla.


Luego de la catarsis de la noche de ayer, me quedé muda por un rato grande, traía la cabeza tan revuelta por tantas emociones, que preferí guardar silencio.

Llegué al Auditorio Nacional cuando se anunciaba la segunda llamada para el chou. Esta vez también me iba a encontrar con un chico, pero no frente a la pantalla electrónica de todas las veces, la que me ha visto los últimos ocho o nueve años encontrarme con distintas personas, con diferentes semblantes, de diferentes humores; la que me ha visto cuando me dejaron plantada, cuando se despidieron de mi, cuando le dije al soltero tóxico que no necesitaba más cargar con sus paquetes ni con sus recuerdos.

Esta vez, el chico me esperaba a un lado de la escultura, junto a las taquillas. Había mucha gente, de hecho yo no lo vi, no lo pude encontrar; y como nos ha pasado desde que nos conocimos, fue él quien me encontró a mi.

El primer sacudidón de emoción que tuve, fue cuando vi los lugares a los que correspondían nuestros boletos. Me emocioné mucho, estábamos verdaderamente cerca del escenario, y comencé a sentir que esta iba a ser una gran experiencia, y que la Ciudad nos estaba regalando otra maravillosa noche, en la que nos quería abrazar hasta que hoy amaneciera.

Unos quince minutos antes de las nueve de la noche, las luces se apagaron, se iluminó el escenario, y Joaquín Sabina se hizo presente, vistiendo unos pantalones color gris, una camiseta negra, una chaqueta de camuflaje verde, y su tan emblemático bombín color negro.

Grité, me levanté del asiento, aplaudí, casi pierdo los estribos; me quité el sombrero, y si hubiera traído un bombín como lo traía él, se lo hubiera lanzado al escenario. Me dio muchísima emoción mirarlo allí, con todos sus años, con las arrugas de su voz, con todo esto que todavía tiene para la gente, para quienes queremos escucharlo horas y horas, por años y años.

Abrió, como me lo esperaba, con la fabulosa Tiramisú de Limón; siguió con Viudita de Clicquot y luego se arrancó con muchísimas canciones, no todas las del último disco, pero sí muchas viejas, casi olvidadas, de esas que no te imaginas escuchar nunca en vivo, como Ganas de... y Medias negras. Cuando escuché esta última, entre todo el frenesí que estaba sintiendo por dentro, comencé a llorar conmovida por completo. Me acuerdo muy bien que siempre me pasa en los conciertos de Sabina, en el anterior, sin recordar ahora por qué fue, lloré muchísimo con la canción Mentiras piadosas. Anoche, no pude evitar acordarme de mi hermana Cristina, de cuando escuchábamos la canción mientras andábamos a toda velocidad en José María, recorriendo las calles de esta contaminada Ciudad.

Ayer, quizá no tan conmovida por el recuerdo de mi hermana, lloré de emoción y de felicidad, porque estaba escuchando una canción que nunca me esperé, y que ahora también está llena de lindos significados. Quizá deba darme cuenta de una vez, que "de estufa corazón, te tengo a ti" es una realidad, y que estoy más acompañada que nunca.

Joaquín Sabina ha declarado en muchas ocasiones, en diversos medios de comunicación, que él nunca se propuso llegar a donde está ahorita, que "sólo quería escribir la canción más hermosa del mundo". Y lo logró. A mi parecer, lo logró.

Creo que la maravilla radica en poder comunicarse con el mundo de afuera, con el que no sabemos a veces que nos está escuchando o nos está leyendo. Uno puede tener mucho qué dar, pero quizá no sepa cómo darlo.

Estoy muy contenta de haberlo escuchado anoche, de haberlo visto tan de cerca, de haber reído y llorado con él, de haber bailado con sus canciones, de haber gritado hasta donde pude. Es uno de los mejores regalos que he recibido en los últimos años, y eso me hace verdaderamente feliz.

Luego, el resto de la noche y un par de horas de la madrugada, nos esperaban. Un coche estacionado frente al Marriott, una cena improvisada, un café pasada la media noche, muchas palabras que no se habían dicho, algunas llamadas por teléfono; y estos ojos, que aún cuando se miran casi todos los días, a veces no encuentran el momento justo para hablar mientras se miran.

Si todos los instantes fueran como ayer en la noche, el amor se haría universal.

Ya pasó un día completo, y sigo muda. Todavía no tengo mucho qué decir.

La mañana fría, el sol que no salió por completo, un taxi, estos camiones que me gustan mucho, otro transbordo, mi casa más fría que cuando la dejé ayer, fuera ropa porque todo me lastimaba. Una llamada larga por teléfono. Una siesta que parecieron dos. Muchos libros, más hojas en blanco, las Reformas Borbónicas que ya no recordaba. Otra llamada a las 16:36 para decirme "Hola", y "te quiero mucho". "Yo también", le respondí con toda la seriedad que me llena cuando me pongo a estudiar. Tacos dorados para la cena. Coca-cola light muy fría. No más cigarros por hoy. Un gato que se duerme sobre mis piernas. Estos ojos que quieren verlo otra vez. Mi corazón, que late más fuerte que nunca. Los recuerdos de la música entrando por mis dedos, de su mano tomando la mía sobre mi rodilla, de sus besos sobre mis hombros, sobre mi pelo, luego del desayuno.

No me quiero olvidar, pero tampoco puedo obligarme a no hacerlo. Creo que lo dijo así: "Los sombreros sirven para camuflarse en los escenarios, y para quitárselos cuando la ocasión lo amerita".

Supongo que podré escribir mejor, cuando ya no esté tan muda.

Me siento tan contenta, que tengo ganas de ponerme a escribir en todas las páginas en blanco, en todas las paredes blancas, en toda la ropa apilada, y en la piel que cubre sus costillas.

domingo, 18 de abril de 2010

La manicura francesa.

En realidad yo no sé cómo son las relaciones entre madre e hija. No lo sé, no porque no tenga a mi madre conmigo, sino porque quizá tenga que ser madre de otra mujer para saberlo.

Hace mucho que la relación entre mi madre y yo cambió. No sé si para bien, no sé siquiera si debo escribir sobre esto. Tampoco sé si para mal. No me consta si es normal. Simplemente mi madre y yo, de pronto pareció que hablábamos lenguajes diferentes.

Las cosas, de repente, como un huracán de emociones o como una avalancha de toma de decisiones, han llegado en los últimos meses a cambiar mis panoramas, a hacerme dejar de ver el horizonte vertical. También las cosas con mi madre han cambiado, y supongo que eso es lo que me hace tener un poco más de tranquilidad.

A veces la extraño mucho. Es una mujer con muchas cosas que hacer, es una buena compañía y por eso la extraño y por eso a pesar de tenerla cerca, a veces la siento muy lejos. Con María se lleva muy bien, platican por horas y horas y se entienden a la perfección. Conmigo es distinto. Solemos discutir, solemos tener puntos de vista dispares, vemos la vida desde diferentes filosofías y con diversas opciones. Poco a poco ha entendido que crecí, y yo voy entendiendo que ella se hace mayor.

Suele viajar mucho, a veces lejos, a veces cerca. A veces son viajes relámpago, a veces se va por tiempo indefinido pero después regresa. Otras, las más, yo no logro comprender que aún cuando su vida es sumamente dinámica, ella desee quedarse quieta. Para mi, lo que es es, lo que parece es, y simplemente es una toma de decisión -según nuestros intereses-, lo que hace que las cosas sucedan.

Trata de tender puentes hacia la vida que llevo, hacia la vida que tenemos juntas. Esos puentes nos han acercado, aún cuando nosotras ya no somos las mismas.

La semana pasada una sesión de manicura hizo que riéramos a carcajadas. Hacía mucho tiempo que no pasábamos un par de horas juntas, platicando de las noticias, de nuestras amistades, de nuestros proyectos o de cualquier cosa, sin discutir. Me preguntó que cómo tenía las uñas, le dije que como siempre, gachas, frágiles y los dedos agrietados y cansados. A ella también se le cansan. Son distintas las cosas que hacemos, nuestras manos reflejan mucho de nuestra personalidad, y me da mucha alegría que a pesar de eso, cuando miro ahora mis manos, parece que estoy mirando las de ella.

Me dijo que por su cuenta correría la manicura. Fuimos al primer salón, donde no nos pudieron atender. Fuimos al segundo, y encontramos nuestro lugar. Sentí, que a través de esa pequeña preocupación por los dedos de mis manos, mi madre volcó otra vez su cariño hacia mis intereses, mis cosas, mis historias, mis proyectos y mi salud.

Por fin me sentí otra vez en casa, hablándole como lo hacíamos antes de que estos últimos dieciséis meses comenzaran. Somos buenas amigas, ahora lo recuerdo. No todo es tan malo, no siempre nos llevamos mal, ni siempre discutimos por estas cosas. Fue muy agradable sentir esta conexión, que nos hizo estar contentas por las personas que han aparecido y nos han hecho pensar "qué sucederá si..."

Confieso, sí, una vez más, que no siempre entiende lo que significa escribir, que no sabe lo que siento cuando no logro identificar un dolor que se mueve por mi cuerpo y que no sé dónde va a parar. Pero de pronto algo ha ocurrido, confieso -y no me cansaré de hacerlo-, que esta avalancha de alegrías y de emociones que ha llegado a mi vida, me ha hecho tener paciencia para las cosas que creí que no se podían modificar.

Ella no va a cambiar, yo tampoco. Yo la amo tal como es, me hace mucha falta tenerla todas las noches, platicar con ella en las sobremesas, hablarle por el móvil para preguntarle como está; y de pronto, mirar otras relaciones de madres con hijos, me ha enseñado que siempre tengo otra oportunidad.

Paciencia, tolerancia. Qué más dá si no me entiende cuando sé perfectamente lo que tengo que decir o escribir, pero prefiero quedarme callada. Qué más dá si no sabe cómo es la angustia que uno siente cuando la página sigue en blanco, cuando la mente está cansada, cuando no se puede dormir de noche más que de día. Una manicura, o alguna salida de compras, o una plática de mujeres, ahora sé que nos puede acercar.

Confianza. Llegué a creer que no confiaba en mi. Y aunque no me siento lista para sacar ahora una conclusión, estoy segura de que puedo recuperar la imagen que tenía de mi. Me ha dicho que no le gusta verme sufrir, que no desea volver a verme llorar. Aún cuando no sabe qué es lo que se hace cuando esas cosas pasan, ahora me doy cuenta de que se esfuerza porque las cosas pasen.

Me gusta que volvamos a ser amigas, más que lo hija o lo mamá que somos, más allá de las preocupaciones que tengo de ella, por su salud, por su bienestar, por su patrimonio. Me gusta que una manicura francesa nos haya acercado, que hayamos decidido los diseños la una para la otra, el café que queríamos beber; me alegra que ella pueda hacer a un lado sus compromisos, para venir a comer conmigo a las tres de la tarde.

Deseo que las cosas se queden así. Deseo que se note que aprendo las mejores cosas de las personas, que tomo las experiencias que me hacen ser mejor, que no me canso de volverlo a intentar, de seguir adelante.

Me gusta ver cómo el chico, al borde de la pérdida de la paciencia absoluta, le responda a su madre: "si mamá, ahí voy". Me gusta saber que pongan de su parte, que lleven una buena relación en términos generales, que se tengan confianza entre ellos y se procuren. Me gusta que me hayan invitado a salir con ellos, a aprender de ellos, a convivir con ellos. Me siento contenta.

Es como si llenara mi libreta de notas, y viniera a aplicar todos esos conceptos a mi vida en casa, con la familia con quienes comparto mis venas.

Definitivamente, comienzan a caerme bien los domingos.

domingo, 28 de febrero de 2010

All exclusive

Tus ojos son dos gatos por los tejados.
Besos con sal, Joaquín Sabina.

Ciudad de chicos monéandose en el Metro mientras van a la iglesia de San Hipólito, llevando en brazos a San Judas Tadeo. Ciudad que me permite llegar en menos de treinta minutos al Centro Histórico. Ciudad de basura en las banquetas, de barrenderos que no quieren salir a hacer su trabajo en domingo. Ciudad de sol, de chamarra de piel porque me duele un poco el pecho. Ciudad de invierno que quema, que me reseca las manos y los dorsos de mis pies.

Ciudad de historias. Ciudad de Encuentros. Ciudad de escritores que quieren seguir escribiendo. Ciudad de personas que no se quejan, y que pagan el alto precio por vivir acá. Ciudad de escritores que sacan material de las esquinas, de las estaciones, de las paradas de autobús. Ciudad de historias de colonias populares que adoptan nombres propios. Ciudad de personajes que de pronto se convierten en mis mejores amigos.

Ciudad de pseudónimos, de vidas que se quieren vivir. Ciudad de cambio. Ciudad mágica que te permite ser lo que quieras ser. Ciudad de noche, que no importa que te tome la madrugada en medio de un Eje vial que no conoces. Ciudad horrible, de bolseo en los camiones. Ciudad de amor, de intercambio de miradas cuando el semáforo se pone en rojo. Ciudad de coches, de ligues mientras metes el clutch y haces el cambio de velocidad.

Ciudad que me da miedo cruzar en las avenidas. Ciudad de correr, porque no vi que el semáforo del Eje Central ya estaba en rojo. Ciudad que me permite decidir ser otra persona, que me permite vivir en otros lugares, sentirme vistiendo otras ropas.

Ciudad Emperatriz. Ciudad de campanas al vuelo. Ciudad que a veces me da miedo. La Ciudad donde nací, que deseo que siga siendo la Ciudad de los Palacios.

Me encontré con el Presidente de la Nueva República de Babel, en punto de las doce y 30 en la explanada del Palacio de Bellas Artes. Un abarrotado Palacio de Minería nos esperaba, con libros por doquier, y con encuentros que nunca imaginé. El Presidente me puso un distintivo que decía "participante XXXI FILPM", lo que me dio acceso all exclusive a todos los eventos.

Si hay un momento en el que uno tiene que disfrutar las cosas que de pronto han llegado al camino que se transita, es este. Y estoy muy agradecida por las últimas experiencias que he tenido, que me han llenado, y que he vivido a través del ritmo de esta difícil -pero encantadora- Ciudad. A veces la odio, a veces la amo. Me parece que es mi pareja ideal, que somos un par ejemplar, y no sé cómo le voy a hacer -ni cómo vaya a ser- cuando pronto tenga que desplazarme un poco más, para llegar a los lugares que suelo frecuentar.

Una lista interminable de nombres y de títulos, desfilaron frente mis ojos, me dieron la mano, me pidieron opiniones, me firmaron algunos de los libros que hoy me regalaron.

Ahora entiendo por qué me gusta tanto ese ambiente. Es sencillo. Simplemente uno es, por lo que se puede crear a través de un conjunto de frases ordenadas de tal manera, que la vida de quienes nos leen, se vuelve diferente. Y nunca somos los mismos, ni las obras, ni los escritores, ni los lectores. No importa que las hojas hayan pasado por nuestros ojos hace mucho tiempo, siempre tendrán otro significado, uno mejor, otro especial, aquel distinto que esperábamos.

Llena de regalos por parte de mi amigo el Presidente, pasadas las dieciocho horas, nos fuimos a comer a donde el pequeño Barrio Chino que el Centro Histórico le permite existir. Compré la coca-cola light más cara que he pagado en mi vida, pero coincidimos que es mejor eso, a meterse a un callejón desconocido y sin salida, para pagarla unos diez pesos más barata. Con todo, fue fenomenal. La comida valió la pena. Las farolas encendidas nos regalaron dos fotos para la posteridad.

Hacía mucho tiempo que no me tocaba un evento con una trato all exclusive. A disfrutarlo, porque como dice Madame Copo de Nieve, nos lo merecemos.

Y ahora, que el destino me pone estas trampas para de pronto enamorarme de los domingos, creo que me siento mejor, a dedicarme sólo a sacarles la lengua cuando despierto. Y eso es, unas pequeñas trampas que me hacen sonreír, que hacen que mi pelo brille, porque además se cierra con broche de oro -y se abre semana por la noche del domingo- con una fabulosa charla con San Román.

Insisto, estas trampas, y esta familia intelectual, me dan tranquilidad. Espero que por algún tiempo no cambie, y que las trampas se hagan costumbres, y que el Presidente de la Nueva República de Babel y yo coincidamos en la segunda semana de marzo para comer; que terminemos los pendientes del registro de obra y autor, que comencemos a escribir lo que se supone se publicará en septiembre. Espero que la costumbre de cenar con San Román dos veces por semana no termine, que la reanudemos luego de sus exámenes, luego de mis histerias, luego de los obstáculos para llegar a tiempo al restaurante. Tengo fe. Y todo de pronto comienza a salir bien.

Y esos ojos que caminan por los tejados, vendrán otra vez a verme de frente, como lo hicieron la primera vez.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Un perfume diferente

No me gusta utilizar la palabra supongo tan a menudo.

Su aroma me ha seguido no sólo las últimas horas, sino los últimos días, la última semana. En mis manos, el olor de sus manos ha encontrado un nuevo motivo, una nueva luz, un nuevo soporte.

Me gusta mucho que lo que diga lo cumpla, que viva conforme habla, que no haya medias tintas. Frente a él tuve que cancelarle a San Román, quien me llamó tres horas después de cuando se suponía que tendríamos una cita.

De unas semanas para acá, las citas con San Román ya no son citas, ya no son encuentros, ya no son amistades. Me da miedo esta sensación de que perdemos la chispa, fue lo que le respondí cuando dijo que me extrañaba, que no podía dejar de pensar en mi. La perdemos... ¡pum! La perdí.

Me gusta que los lugares que suelo frecuentar, junto a Mateo tomen otra perspectiva, otro aire, un perfume diferente. Nunca me había sentado en la mesita del fondo, en el café de todos los días. No había pedido ese sandwich gratinado, y hacía más de un año que no compartía un pan de chocolate. No sabía tampoco cómo era el frapuchino de grosella, ni cómo era ser los últimos en salir del lugar y mucho menos del brazo de un chico, que me cubre para que la lluvia no humedezca mi pelo, y que va despacio para que mis botas no se mojen con los charcos.

No sabía que podía haber un perfume diferente, y que éste se queda en mis manos, en mi gabardina color azul rey, en mis ojos y nariz, hasta al ratito en la noche cuando concilie el sueño, cuando entre mis cobijas mi cuerpo se enrosque en medio de la cama, y dicho perfume me acaricie la cara como Mateo lo hace, cuando le digo que es mi talismán.

sábado, 10 de enero de 2009

¿Qué es el amor?

Tengo 25 años y todavía no lo sé.

Estoy segura de haber estado completamente enamorada unas tres veces en toda mi vida, y es increíble como ahora no sé lo que me pasa: más bien estoy confundida.

En contra de todos mis pronósticos, ayer salí con el chico de la cámara. Moría de nervios. Me arreglé casi en automático y salí hecha una loca, tanto, que olvidé ponerme aretes. Sabía que había sido un error, debí regresarme a la casa por ellos. Total que la Ciudad se puso a mi favor y despejó todas sus vialidades: llegué treinta minutos antes de la cita. Después del round que me aventé con el taxista, entré al café a esperar que pasara por mi; me llamó y me dijo que había llegado muy temprano (cosa que ya sabía) así que no había de otra más que lo esperara en ese lugar. "Afuera hay chicas malas" me dijo, yo me reí y le dije que ya las había visto, quedamos en que me llamaría cuando estuviera en la esquina del lugar. Él venía del aeropuerto, tenía que pasar a dejar sus maletas a su casa y a coger el coche, luego me avisaría que ya estaba allí.

Mientras, sentí que el tiempo se detuvo y que cada una de las personas que entraba al café sabían lo que yo hacía allí. Todos eran raros, hacía mucho tiempo que no andaba por esa zona, más o menos unos cuatro años, desde la última vez que el Rey Sol me llevó a comer sopes y memelas por ahí. Todo lo ví diferente y encima, lo vi de noche.

El móvil sonó y me dijo "ya estoy a dos calles, no me cuelgues, yo te digo cuando esté en la esquina del lugar para que salgas". Lo recuerdo y se me eriza la piel. Es increíble lo que hacen las primeras veces en mi vida. Me gusta mucho vivir la primera vez, pero también me causa una ansiedad enorme. "Camina a la parada del camión, ya te vi, traigo una camioneta azul con las intermitentes prendidas, no me cuelgues..."
Abrí la puerta y lo vi por primera vez. Ahí estaba, tan moreno y lacio como en las fotografías; con las pestañas más enroscadas que he visto en toda mi vida y unas manos perfectamente definidas y suaves. Me subí a la camioneta, puse mi café atrás de la palanca de velocidades y me acomodé. Me quedé muda, no supe qué hacer. Comenzó a hacerme la plática, y nos reímos y llegamos a su casa en muy poquito tiempo. Ni siquiera me dio tiempo de ponerme el cinturón de seguridad. Mi móvil sonó con la cancioncita cursi que avisa que mi hermana Maricarmen me está buscando, me envió un mensaje en el que me decía que me deseaba lo mejor porque hacía "meses que no tienes una cita de a deveras", comencé a contestarle y me perdí la vista de la fachada de su edificio, sólo recuerdo que las puertas son eléctricas y que el estacionamiento está un nivel debajo del suelo. Escribí el mensaje lo más rápido que pude, mi compañero estacionó el auto, lo apagó y se bajó para abrirme la puerta, bajé dándole la mano, con la otra cogí mi bolso y mi vaso de café, luego caminamos a las escaleras para tomar el elevador.

Qué linda es la primera vez.

Casi no lo podía creer. Yo tenía la idea de que era más corto, y menos atractivo. Subimos al tercer piso y caminamos a su departamento, le dije que dudé sobre la dirección, según yo vivía en el departamento 305, me dijo que no, que estaba confundida. Entramos al lugar, y me invitó a sentarme en la sala. Su departamento es lindo, de paredes blancas y de cocina mediana, todavía tenía puesto el árbol de navidad, color azul por cierto y adornado con esferas azules y plateadas. Me gustó mucho que hubiera fotos de su hija por todos lados, me gustan los chicos como él (debería aceptar que me gusta él y no sólo los chicos como él). Me ofreció café o algo para tomar, le dije que quería agua, lo acompañé a la cocina y comenzamos a platicar. De mil cosas y de nada, me dijo que soy linda y que le gusto mucho. Me dijo... pf, tal cual no lo puedo escribir porque no lo puedo recordar porque... debo confesar que se me inunda la panza de mariposas amarillas.

Me besó. Híjole, gran beso, largo largo y continuo, suave como me gusta y tierno tierno como hacía mucho no me besaban. Lo abracé, muchísimo, metí mis manos a todos los bolsillos de su pantalón, nos reímos mucho y lo abracé más, luego fui yo quien lo besó... hasta que regresamos a los sillones de la sala. Ahí vino lo mejor. Hablamos mucho, de su trabajo, de su familia y de la mía, de nuestros proyectos de vida, de lo que nos gusta y de lo que no y de lo que nos da miedo. Me cayó bien, me reí mucho y poco a poco mi ansiedad comenzó a abandonarme. Comenzaron a dejarme de sudar las manos, me quité los tacones y me recosté en su regazo. Me dijo que le dolía la espalda y me abrazó mucho tiempo. Estuvimos así hasta que me dio frío y me preguntó si quería ver la televisión o escuchar música. Opté por la televisión, vimos noticias y estuvimos. Así nada más, sin hacer nada, casi sin hablar.

Fe, confianza.
Me sentí muy bien, tranquila y contenta. Él me dijo que no quería que me fuera nunca, ni en ese momento ni que me fuera de su vida. Obvio que tenía que regresar a mi casa, entre otras cosas, porque no acostumbro quedarme con mis primeras citas, si ese fuera el caso, para estos años habría conocido muchos lugares y muchísimas habitaciones. De pronto -con un poquito de ayuda- me hizo la declaración y me dijo que quería hacerme el amor. Hubo un silencio y todo, absolutamente todo pasó por mi cabeza. Recordé y casi volví a escribir, vi personas, vi lugares y me vi en el lugar en el que hice el amor por última vez. Le dije que no, "lo siento pero no me siento lista. Tengo miedo, me da miedo, hace mucho tiempo que no lo hago y no sé cómo será, no sé cómo eres tu y algunas veces no sé cómo soy yo".

Me negué y quizá en este momento me esté arrepintiendo. Me negué y no lo hice porque no hubiera querido hacerlo o porque no lo hubiera deseado, creo que fue porque no pude.

No hay otras vidas -amar es liberar-.
Y quizá deba poner más de mi parte para que me libere. Dió la una de la mañana y fue momento de que me trajera a casa. Todo el camino traje mi corazón en la mano. Tenía ganas de gritarle que me gusta, que me estoy enamorando de él y que, si por mi fuera, no me hubiera regresado a mi casa a pesar de mi ansiedad, a pesar de mis miedos y de que fuera nuestra primera cita.

Casi no hablamos, regresamos en silencio. Le expliqué cómo regresar, le di las gracias y apagó el coche, se bajó a abrirme la puerta y nos despedimos. Me quedé los calcetines y un botecito de ice brakers en el bolso. Odio las despedidas. Quedamos en vernos hoy, de hablar a las diez de la mañana. Nada sucedió. Tal vez el día de ayer tampoco esté registrado en el calendario.

Contigo.
El tiempo pasa (y yo cada día soy más techno y un poquito más vieja), las horas pasaron y nada, que fue un sábado común y corriente. De entrada no supe qué hacer cuando desperté en la mañana. Me conecté al ipod mientras hacía el desayuno y escuché Corazón en venta, no pude evitar que las lágrimas se me salieran. Hablé con Janis, con Maricarmen y luego me metí a bañar.

Todavía no sé muchas cosas y algunas otras no las quiero saber todavía. Hace un rato comencé a hacer lo que debí hace seis meses: investigar. No vi fotos pero leí mucho sobre él. No sé si quiero seguir leyendo o "sabiendo". Quiero verlo y quiero hablar con él. Quiero estar con él.

Sólo sé que quiero contigo y quiero que sepas que yo sé cómo es estar con un chico que es padre soltero. Quisiera saber que tu sabes que yo lo sé, pero quizá nunca lo sepa... La familia que me ha tocado me ha hecho así, como soy, medio dura y medio abierta; un tanto histérica y desconfiada, pero sincera, auténtica y leal; fiel hasta la muerte y positiva, aunque a mi me cueste admitirlo, soy optimista y positiva.
También quiero que sepas que no siempre tengo miedo. Me causan mucha ansiedad las nuevas experiencias y los nuevos encuentros, pero en general soy muy segura de mi misma; las personas que me rodean lo saben, tanto que a veces opinan que mi principal cualidad es la fortaleza.

Estoy conciente de que quizá esto nunca lo leerás, no recuerdo que sepas que tengo un blog y si lo sabes, creo estar segura de que no me has leído y no me leerías. No importa, me quedo mejor al saber que pude escribirlo y procesar estas emociones. Te prometo que, si te vuelvo a ver, mi actitud ya no será de temor o de desconfianza. Quisiera que por unos momentos entraras a mi cabeza y a mi corazón para que sepas qué me ha hecho ser así.

Tengo 25 años y todavía no sé qué es el amor.
Podría comenzar por hacer una lista de lo que NO es el amor para así acercarme a la realidad. Ok, amor no es temor, así que notablemente no estoy enamorada todavía. Mi conflicto es que quiero enamorarme y no sé cómo, no sé todavía cómo comenzar a confiar una vez más.

Mañana será domingo. Gran drama. Comenzaré por dejar desnudos mis pies y guardar el botecito en el cajón. También, para evitar paranoias, vaciaré el buzón y la lista de remitentes. Trataré de ponerle trabas a mi memoria y a mi subconsciente, quizá así pueda jugar un poquito más con el destino.

martes, 14 de octubre de 2008

Para Andrés Calamaro

Tengo cada insensatez, y me puedo equivocar
pero no me equivoqué contigo.
Tengo abierto el minibar y cerrado el corazón,
y sólo late, sólo late por los dos.

Gracias maestro. Traigo puesta una camiseta con tu imagen, y que por detrás, dice La lengua popular.

Me has hecho muy feliz y me sorprendió el repertorio. Como tu lo dijiste, debes venir a tocar una vez por semana. Como lo dijo mi hermana Cristina, yo también hubiera querido que comenzara el concierto y no se terminara nunca.

¿Sabes, Andrés? Quiero decirte algo para hacerte feliz: yo seré quien escribirá la historia de lo que pudo haber sido; puedes seguir tranquilo soñando despierto y soñando dormido.

Quiero decirte también, que mi coche lleva tu nombre en tu honor. Soy tu admiradora número 1.
Hace ya varias semanas que la ansiedad no me visita. Me encanta. Sin embargo, ayer por la noche, la ansiedad por verte llegó. Me sentí una mariposa en vuelo. Se me salieron las lágrimas y la música la sentí de los dedos de las manos hasta los pies. Mis manos esta vez cantaron. Mis pies no dejaron de bailar. Te sentí hasta en mi pelo.

¿Sabes? Mi corazón sigue cerrado, pero también mi minibar. El otro día latió completo, ya no en pedazos. Cuando lata una vez más como era costumbre, te lo diré. Gracias por hacerme ver ayer que sigue completo.

Viniste a cambiar mi vida. Viniste a cambiarme a mi. Gracias Andrés.

martes, 7 de octubre de 2008

Me sale bien metamorfosear

Hoy llevo el pelo castaño, mañana no sé de qué color amanecerá. Me sale bien jugar al camaleón, me gusta escuchar la música que se escribe para mi.
Tengo mucho sueño pero no me quiero dormir. Me duele la espalda pero no quiero tomar analgésicos. Quiero quiero y ya no sé qué más quiero.
Me sale bien jugar a los extraños, al "no te conozco" y al "creí verte ayer".

Me gusta tomar la ciudad entre mis manos, para pintar de sus colores las uñas de mis pies.

Quiero darles sorpresas, que suceda lo que no pensaron que sucedería; cambiar el pasado, reescribir el futuro, tomar entre mis dedos el olor del amor.

Pensar que no pasará y estar preparada para que no suceda; que entonces la vida me de sorpresas a mi.

Escribir sobre setenta años atrás me está haciendo mal... o me está poniendo muy bien. (Quiero ser guapa).
Me gusta la Ciudad. Quiero chiflar la Internacional Comunista. Quiero marchar la Dragona una vez más.

Quiero estar contigo y no sé quien eres.
Tómame, tómame ya antes de que me vaya y no quede más.

martes, 30 de septiembre de 2008

Vale

Qué onda.
Yo por acá trabajando todavía. Ya pasa de la 1 y me tengo que acostar para levantarme temprano mañana. En fin.
Leí tu correo. Me reí. Pura joyita efectivamente. Así es esto.

Lindo día el sábado. Terror cuando decidí no vestirme inmediatamente después... ¿Repetirlo? Supongo que sí. Lo pasé bien y no tengo por qué no decirlo. La noche continuó linda linda... de esas que no se deben olvidar. El domingo me recordó que la noche anterior había tomado cerveza y que había habido mucha diversión entre mis piernas. I told you: "mañana no podré caminar".

Me río otra vez.

Ya estás para la que sigue; nada más hay que estar seguros de que esta vez sí estaremos solos.




...Que se puede interpretar de muchas maneras. Así estaba escrito. Así lo leí pero nunca sabré si así lo pensé. Vale, todo está bien.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Amor mortal

'Mis manos son de tu color;
pero me avergüenzo de llevar un corazón tan blanco.'
Shakespeare.

Las cosas deben ser así. Para que el amor no muera, debe quedarse en proyecto o en mera ilusión. Ahora sé que los amores platónicos nunca mueren, y que, cuando consumamos el amor lo hacemos mortal.

¿Lista para el reencuentro, Mariposa Tecknicolor?
Juntos eramos dinamita pura, mejor era que estuviéramos separados. Pensábamos muy parecido, analizábamos las cosas de la misma manera y, por lo general, estuvimos de acuerdo en las cosas que sucedían o que hacíamos juntos.
La última vez me dijiste que te portaste mal, no tienes problema en reconocerlo. Es mejor así, y de hecho, creo que no viene mucho al caso recordarlo. El tiempo pasó y nuestra etapa se superó, nuestro pasado se pisó.
Paralelamente, reconoces también las cosas que hiciste bien; y sabes, por otro lado, que así estuvieron bien. Buenas o malas, mejores o peores, las cosas así tenían que ser.
Los años han pasado, gacho que sí. Utópicos encuentros nunca se han realizado. Todavía nos extrañamos.

Te odio porque te amo.
Es el mejor motivo para odiar. Ojalá pudiera saber si también te amaría por odiarte.
Parece que fue ayer cuando nos vimos por última vez. Dices que has cambiado, que has subido algunos kilos y que traes el pelo muy corto. También, en contra de todos los pronósticos, has comprado otro coche. Y bueno, que el tiempo también ha pasado por mi cuerpo: ya no soy la esquelética de seis años atrás, y suelo arreglarme el pelo para salir. Ya no le tengo miedo a la Ciudad y ahora puedo vivir con mi soledad. La tinta siguió corriendo por mi piel y cada día soy más singular. Lo ordinario no figura en mi vocabulario.
Parece que has podido comenzar una relación formal. Me da gusto. A veces te fastidiabas con tu soledad. Un gato nunca es suficiente. (Y ahora resulta que hasta el chico de la cámara ha vuelto. Mis palabras se han cumplido una vez más).

Yo no sé por qué sigues queriendo escuchar mi opinión de las cosas. Cuando hablamos, sigues diciendo que tienes mil broncas para resolver y en el fondo sé que quieres que te pregunte más. Las utopías se hacen presentes. Utópica primera cita, utópico reencuentro, utópica mujer, relación, vida, comida en deuda... Gracias a dios que leímos filosofía.
Hoy, que mi memoria me ha vuelto a hacer una jugada, una vez más me has salvado en mis recuerdos. Y ya deberías comenzar a creerme que no soy la Histérica histórica que solía ser. Me sigo esforzando y te sigo queriendo; la diferencia está en que últimamente, me he querido más a mi que a cualquier otra persona. Me había olvidado de los pericos de Colón, de la Invención de América y de los repuestos de pluma Pilot. Ahora, este real futuro de nuestro pasado juntos, me ha regalado muchas nuevas imágenes y otras perspectivas de aquel efímero presente. Sé que veías por mi, pero nunca supe cuanto te importé. Recordar los errores no viene al caso, quisiera saber si dar las gracias queda en mi papel.

Quizá ya se murió (o comenzó la peli de terror) y yo no me di cuenta.
Total que se consumó. Siempre fuiste un caballero y los dos, muy conscientes, nos dimos a la tarea de hacerlo mortal, le dimos final y hasta le pusimos fecha. Casi casi que hicimos la crónica diaria del desenlace.
Quisiera poder afirmar que hubo -o habrá- un hombre que se porte mejor que tu. Tengo mucha fe en que pronto podré hacer esa aseveración. Pero ¿qué se puede hacer contra una cortesía casi enfermiza? Digo, porque al hombre que haya venido -o que vendrá- le corresponde superar un arduo camino: no todos están acostumbrados a llamar el día siguiente de las peleas, de la alegría o del amor.

Tuvimos la oportunidad de crear una situación platónica, y la desaprovechamos. Para el efecto de inmortalidad se echó a perder. Para el efecto de inolvidable... lo hicimos al pie de la letra.



No me juzgues, pues, de tener las manos de diferente color.
Ambos sabemos que aún tenemos el corazón blanco.

Historia

Me tapé los ojos para no mirar y maldije a mis oídos por no tener párpados.

Mejor no saber lo que ya supe.
Bendita sea mi profesión: con ella me entero por mis propios medios, no por accidente.

miércoles, 6 de agosto de 2008

Quiero vivir una peli de terror

...así tal vez sería normal tener insomnio para siempre.
Ya comencé a fumar como antes, ayer me dijeron que traía ojeras muy marcadas. Hoy desperté temprano, después de tomarme un té con leche caliente me volví a acostar y comencé a soñar despierta. Sin darme cuenta me quedé dormida y me dieron las tres de la tarde. Otra vez me dieron las tres. Ahora ya es otro día y sigo soñando despierta.
Las sensaciones son increíbles. Las siento subir por los dedos de las manos. Mis manos. Benditas manos. Escriben, enamoran, aman. Transmiten y también llaman por teléfono. A veces se sienten mal. Duelen y hormiguean. Se quejan ellas también.
No he podido llorar, pero ahora sí me empiezo a acordar de él y pienso qué estará haciendo. Qué será de él. Eso me da miedo. No tengo por qué hacerlo. No debo, más bien.
Tampoco tengo por qué estar ilusionada por un tipo al que sólo conozco a través de una fotografía, un vídeo de youtube y una llamada telefónica. Es verdad que es encantador, y más encantador resulta cuando yo le parezco encantadora. Es en estos casos cuando la tecnología viene a ser un minus o un plus en las relaciones humanas. No todo es teléfono y ordenador. La maldita (o bendita) tecnología lo viene a hacer todo circunstancial o frío. Yo que tanto me quejé de que tenías el corazón en la hielera y mírame ahora, esperando un e-mail o un mensaje de celular. Ah y también me estoy convirtiendo en una experta en los malditos buzones de voz. Esas maquinitas en las que hablo y verdaderamente no sé qué decir porque no sé siquiera si me va a escuchar él o cualquier otra persona. Al final, pierdo el miedo y me tiembla la voz, hablo como si él estuviera ahí pero no quisiera responder. No estoy segura de que no pueda responder, así que todo se tuerce. No hay conversación sin interlocutor. (Espero que ahora alguien me lea, porque si no estaría frita).
Antier me preguntaste a quien buscaba. No quise contestarte que te busqué a ti. Te dije que buscaba a cualquiera, a cualquiera para estar. Pero fue mentira. La verdad es que a ti te busqué por mucho tiempo pero cansada de no encontrarte, desistí. Hoy busco al chico de la cámara. Un chico que parece que es muy importante. Yo no sé si es importante pero sí me consta que es interesante. No se me hará verlo frente a frente ni una vez. El viernes creí verlo en la televisión. Su nombre ha aparecido en varios periódicos. En el vídeo se muestra muy desenvuelto y seguro. Con todo eso, las cosas que me dijo fueron muy sinceras y muy personales. Es otro hombre que no aparecerá por aquí.
Según el noticiario, lo que pasó fue muy importante y el difuntito no era cualquier hijo de vecino. Según mis inferencias, él debió asistir a los homenajes, por eso creí verlo en la televisión. (Por cierto que se veía bien). Y ahora resulta que a ese tipo de personas sólo se les ve a través de los medios de comunicación. Que desconsuelo.
¿Qué pasa cuando se quiere que las cosas tengan un motivo y entonces no funcionan? ¿Qué pasa cuando quiero un vestido pero también quiero tener un motivo para comprarlo? ¡Quiero que me sobren los motivos!
Ahora pasa que no puedo dormir. Ahora pasa que tengo las entregas encima y que el red bull nunca es suficiente. Las horas no alcanzan y todavía me faltan tres. Pasa que me veo más flaca. Pasa que me despierto a las tres o que de plano no consigo dormir. También sucede que pienso en tres al mismo tiempo: en el que me dejó, en el que se va pero sigue presente y en el que quiero que esté conmigo. La construcción del conocimiento me está volviendo loca. Tres versiones, tres escritos, tres interpretaciones. Menos mal que no son seis.
Tal vez sea que la peli ya comenzó, y yo todavía no me doy cuenta.