lunes, 3 de noviembre de 2014

Hace un otoño.

Esta vez no nos encontramos entre pantalones vaqueros y camisetas a cuadros, esta vez fue nada más bajo el cielo lleno de nubes que nos hicieron sentir un penetrante frío por todo el cuerpo. Casi idéntico, con la barba un poco cana y el semblante relajado, con la sonrisa torcida y los dientes de lado, así llegó después de preguntar qué le tenía que decir al taxi para que lo trajera hasta acá. ¿Taxi?, le pregunté, ¿te has vuelto loco? Bueno, pues es que hace mucho frío, me respondió. Los dos hemos enloquecido un poco.

Después las sonrisas y la alegría, un poco de ponche y medio pan de muerto para compartir. Como si nada, como hace un otoño. Y entonces vino la verdad y otro gato que se agregó a la familia. Parece que todo está igual. La ropa en el mismo cajón, el cepillo de dientes en el baño. El mismo jabón, la crema de cuerpo en los envases que elegí hace doce meses. La cocina idéntica, la misma mancha sobre la estufa, la misma servilleta sobre el horno de microondas.

Hay personas que también significan temporadas, épocas de vida, estaciones del año, estaciones del corazón. Como el clima, como el tiempo, como los meses, esas personas no volverán, aun cuando volvamos a estar con ellas. Aquellas miradas entre Levi's y los besos frente a la botella de Rioja no volverán, ni las conversaciones en la mesa de lámina, ni los abrazos en la silla en medio del salón. Él dice que es la misma persona, que es el mismo hombre, yo estoy absolutamente segura de que  cambié, soy otra, jamás seré la mujer de hace un otoño.

...Y él tampoco, la diferencia es que no atina a darse cuenta.


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