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lunes, 8 de diciembre de 2014

En tu honor.

Hace ya un montón que no escribía en esta página en blanco.

En un principio creí que era la misma mujer que empezó a escribir en el año 2008, pero ahora rectifico y me doy cuenta de que soy diametralmente distinta. Por mucho soy yo, más consciente y soy fuerte. Algunas veces quisiera olvidarme de todo lo que me hizo llorar o de todo el dolor que sentí, pero sé que eso no sucederá. Otras veces quisiera olvidarme de cómo se siente tener el corazón roto, de cómo se vive la desilusión, pero sé que eso no sucederá, y ahora entiendo que todas estas cosas han sido una constante.

Mi vida dio el giro que siempre busqué, pero que no imaginé cómo sucedería. Y no lo dio nada más porque si, sino porque tomé decisiones que me encaminaron a ser esta mujer y a estar tranquila y a ser feliz. De alguna forma todavía no entiendo o no descubro cuál es la estructura de mi camino, cuál es la ecuación que se encargará de darle sentido a todo lo que viene, al resto del otoño, al curso de invierno, a las habitaciones de mi corazón.

Entre todas las interrogantes, entre todos los huecos de información, viene entonces un viernes cualquiera, en el que mi auto se guarda en tu garage, en el que tu cena se sirve en dos platos, en el que reímos hablando de política, me preparas un café casi a la medianoche, y comenzamos a hablar de todas las cosas de las que siempre hablamos como si nunca dejáramos inconclusas las palabras y las frases y la risa... "Histérica histórica", en tu honor, te digo, mírame, míranos, como si no hubieran pasado casi doce años, sigue siendo en tu honor.

Histérica histórica, esa es la constante.


viernes, 21 de noviembre de 2014

Doce de madera mojada, a la que le ha nacido musgo color gris.

Will you still love me when I'm no longer young and beautiful? I think you will.

¿Te molesta si me maquillo en la mesa? Le pregunté. No, acuérdate que tú puedes hacer lo que quieras, me respondió. Entonces saqué una bolsita preciosa de mi bolso, blanca, chiquita, de flores color púrpura; de ahí saqué un espejo de mano que parece polvera y un pincel largo de cerdas rasas, tomé el pincel con firmeza, levanté la cara y con la otra mano enfoqué mi rostro en el reflejo de mi palma, dibujé un largo y brillante mechón de canas en mi melena, sobre mi frente, de lado derecho de mi cabeza. Le di un largo sorbo a mi taza de café, él bebía plácidamente un jugo de naranja, tal y como al amanecer bebió de mi cintura. No me miró, no tenía que hacerlo, estaba enfrascado en una discusión que no tengo por qué entender, pero nuestros pies no dejaban de hablar entre ellos.

Hace un año cambiamos de automóviles para ir a desayunar, pero esta vez no fue así. De hecho no estaba segura de estar escribiendo el año doce, pero para mi sorpresa ahora me doy cuenta de que la estructura la puso él, no he escrito sola en estos meses. Llovía, y una vez más mi auto nos hizo una jugada, no se perdieron los planes, no nos tardamos más que un ratito en lo que todo se normalizaba. Condujimos, uno para el poniente, el otro para el sur. La lluvia se puso de nuestra parte y cesó, pero no cesaron las palabras, las risas y la cena en el lugar donde todo sucede.

Volvimos a vernos un par de horas después, y fue entonces cuando llegó el amanecer. Después una taza de café americano, mi computadora y mi desesperación. Como si el tiempo no hubiera pasado, como si nos hubiéramos visto ayer. Vinieron con nosotros mis remedios en botellitas de vidrio, los calcetines blancos y el camisón color azul. No hubo cepillo de dientes, y la tinta en él fue el color de mi piel morena. Reconocí el olor de madera mojada a la cual le nació pasto fresco o un tanto de musgo gris, recordé la primera vez que lo tuve así de cerca mientras mis manos fueron una especie de bálsamo para su cuello y para sus hombros.

Después todo sucedió: la lluvia, las flores, la noche... la humedad de nuestras carcajadas, el olor de nuestras palabras. Pasó la medianoche y yo no supe si era miércoles o jueves, si era hábil o asueto, si era él o era yo, no supe si era yo como otra o mi misma como la que hacía mucho no era. Traté de escribir. Seguimos riendo. Contó muchas de sus historias y platicamos de nuestras ideologías, me prometió y yo le cumplí. Por eso la conversación de política es antes de la lluvia, le dije, él rió y seguimos así hasta que nos atrapó el sueño.

Me conoce antes del mechón de canas, después de la luna de mi espalda y antes de las flores de mi muñeca. Hemos estado juntos desde antes de los patines, antes del coche azul y cuando perdí el clásico 75. Hemos hablado muchas veces de noticias, de las pandemias, de sus historias y de la Historia que todavía no me sé. Ahora el coche es rojo, la bicicleta se triplicó y suelo equivocarme de número de departamento.

¿Por qué tú y yo ya no peleamos? Le pregunté. Soltó una carcajada, dijo que porque ahora sabemos que hay cosas más importantes que eso, ahora sé que las cosas importantes son algo así como saber que nos seguiremos queriendo cuando ya no seamos jóvenes ni hermosos, estoy segura que serán más de doce años en la lista, estoy segura de que así será.

Un par de días después deshice la maleta. Volví a mi estudio y traté de poner mis cosas en orden, separar el brandy de las flores y los perfumes mágicos de mis botellitas de vidrio con remedios. Puse en su lugar los cepillos de dientes y los pares de calcetines, la camiseta, y entonces salió del bolso el camisón azul. Huele a madera mojada con musgo fresco, huele a risas antes de dormir cuando ya se ha apagado la luz, huele a su cuello untado con el bálsamo de mis manos.

martes, 18 de noviembre de 2014

Calcetines, cepillos y humedad.

Anoche caí en la cuenta de que me volví una coleccionista de calcetines y de cepillos de dientes. Si pudiéramos trazar un mapa de objetos olvidados o perdidos, habría un punto iluminado en cada uno de los lugares donde dejé un cepillo de dientes, un par de calcetines, una botella de loción o un frasco de crema para el cuerpo.

He recogido muchas cosas que guardé en mi corazón, entre mi espina dorsal y mi pecho, pero también perdí muchas cosas y me olvidé de otras.

Un cepillo de dientes en tu maleta, otro cepillo de dientes -que acompañaba al tuyo- en la casa de Reforma, y que finalmente se fue buscándolo para pedirle que volviera y que no se fuera a ir, no los volví a ver, los perdí a ambos; el primero se fue sin avisar, el segundo no avisó que no volvería más. Un cepillo de dientes que ya había llegado a Mártires de Tacubaya abrasó mis encías y me hizo llorar, pero ahí me esperó más de un otoño y nunca se quiso ir. Un cepillo de dientes en Ermita y La Viga me estaba esperando junto con un montón de cervezas, dos libreros, el sillón de los primeros besos y dos botellas de mi Reservado favorito; ahí se quedó, según entiendo ahí sigue, junto al tubo de crema humectante de rosa mosqueta, y junto a la botella de alcohol del 96.

En la contra esquina de Bajío y Monterrey, compramos un cepillo de dientes rosa que hacía juego con uno verde que se fue a vivir a mi mochila; ese cepillo rosa se cambió de casa junto con sillas de ruedas y cápsulas de café, se fue a vivir cruzando el Río Becerra y trató de esperarme metido en una caja de plástico color azul, se perdió y por temor a terminar en otra boca, prefirió irse.

Un cepillo de dientes con tapa verde no me quiso ver más, aun cuando sé dónde está y de vez en cuando lo veo, dejó de ser mi cepillo de dientes de visita, para convertirse en el cepillo que no volví a usar jamás.

De Bajío y Monterrey me traje un par de calcetines que todavía uso para correr, de hecho no sé qué pasará cuando tengan un agujero en los talones o en la punta de los dedos, amo esos calcetines y estoy segura de que todavía te acuerdas de que me los traje en medio de una tormenta dentro de las alpargatas doradas. De Mártires de Tacubaya me traje más que unos calcetines, y dejé más que una botella de loción; vinieron a vivir conmigo una pijama color café y unos pantalones cortos para el calor, ellos quisieron venir pero yo me harté de ellos y se despidieron desde el camión de la basura de San Borja y Bonampak.

Junto al sillón de los primeros besos dejé más que algunos rizos de mi cabello, dejé medio par de botines y media capa de encaje rojizo. Olvidé también media pared de ladrillos rojos y la lluvia de un amanecer.

No sólo tiene significado el objeto ni la apariencia, pues cada uno de los lugares tenían un olor característico. A pesar de lo que pude haber imaginado, a pesar de la botella de alcohol del 96, el estudio de Ermita y La Viga no olía nada mal. Ahí se quedó el olor de la lluvia que cayó sobre la pared de ladrillos rojos, ahí huele a tierra mojada.

Bajío y Monterrey huele a lluvia que cae, huele a musgo fresco sobre un trozo de madera, sobre terciopelo rojo, humedad sobre humedad que todavía siento en las plantas de los pies. De todas tus casas, esa ha sido la más vacía, la más dividida, en la que más he escuchado ruido. Ahí se quedó lo húmedo de tu cabello y lo que sientes cuando mi melena se queda sobre tu piel. Huele a humedad sobre humedad, diferente a Xola, diferente a todas las demás.

Las ocho paredes de Tacubaya tienen vacío, aunque están llenas de cosas que no saben de quién son, cosas sin dueño, sentimientos olvidados, nombres sacrificados. Esas paredes huelen seco, huelen a nada, huelen a algo que nunca va a ser. No me gusta, me pica la nariz, y por eso la ropa dijo adiós desde un camión de esquina. Ahí permanece lo no querido, lo olvidado, lo vacío. Esas paredes son de imposibilidad, de frío.

Los cepillos de dientes, los calcetines, los objetos y los recuerdos a veces se asoman en las maletas y tratan de hacer entradas triunfales en circunstancias desconocidas. A veces quieren que los recuerde, aun cuando la verdad es que muchas veces no caben ni en los respiros de mi ansiedad.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Hace un otoño.

Esta vez no nos encontramos entre pantalones vaqueros y camisetas a cuadros, esta vez fue nada más bajo el cielo lleno de nubes que nos hicieron sentir un penetrante frío por todo el cuerpo. Casi idéntico, con la barba un poco cana y el semblante relajado, con la sonrisa torcida y los dientes de lado, así llegó después de preguntar qué le tenía que decir al taxi para que lo trajera hasta acá. ¿Taxi?, le pregunté, ¿te has vuelto loco? Bueno, pues es que hace mucho frío, me respondió. Los dos hemos enloquecido un poco.

Después las sonrisas y la alegría, un poco de ponche y medio pan de muerto para compartir. Como si nada, como hace un otoño. Y entonces vino la verdad y otro gato que se agregó a la familia. Parece que todo está igual. La ropa en el mismo cajón, el cepillo de dientes en el baño. El mismo jabón, la crema de cuerpo en los envases que elegí hace doce meses. La cocina idéntica, la misma mancha sobre la estufa, la misma servilleta sobre el horno de microondas.

Hay personas que también significan temporadas, épocas de vida, estaciones del año, estaciones del corazón. Como el clima, como el tiempo, como los meses, esas personas no volverán, aun cuando volvamos a estar con ellas. Aquellas miradas entre Levi's y los besos frente a la botella de Rioja no volverán, ni las conversaciones en la mesa de lámina, ni los abrazos en la silla en medio del salón. Él dice que es la misma persona, que es el mismo hombre, yo estoy absolutamente segura de que  cambié, soy otra, jamás seré la mujer de hace un otoño.

...Y él tampoco, la diferencia es que no atina a darse cuenta.


miércoles, 20 de noviembre de 2013

Así se escribe el año once.


For you I bleed myself dry.


Volver a verlo era lo que necesitaba para sentarme a escribir. Fingí no querer verlo, y durante un tiempo me escabullí, hui y me desaparecí como humo.

No fue un tiempo cualquiera, fueron diez semanas después de que cumplí treinta y de que él cumpliera cuarenta y tres. Empecé el doctorado, volví a la academia y regresé a dedicarme de lleno a la investigación y a escribir. Sin darme cuenta se agregó un año más a la lista, menos ceros a las deudas y un gato más a la familia. Seguí creyendo en el amor y creí haberme enamorado. Rompí mi propio esquema y me volví a estructurar. Decidí irme de ahí. Comencé a vivir en dos casas, con gasto doble y un gato menos. El metro de la Ciudad se convirtió en mi brioso corcel.

Mientras tanto, él hizo un mal negocio. Resolvió cuestiones de salud, se fue su salvador. No viajó, pero lo hará. No me amó, no lo hará, pero me extrañó. Once años después, estamos viviendo en la misma Ciudad, en la misma zona y casi se podría decir que llegamos a pie al domicilio del otro. No lo puedo creer. ¿En qué momento crecí?

Un mensaje que recordó el viejo programa de televisión, que él no había visto, en el que di mi testimonio sobre violencia intrafamiliar, fue el que nos hizo compartir el desayuno. Vino enorme, con el peinado que me gusta que use y con su coche gris. Como si no hubiera pasado el tiempo, le mostré a mi gato a través del balcón y se cambió de asiento para que yo condujera su auto. Te lo encargo mucho, me dijo. Manejé con cuidado, suave, despacio, como si se tratara del amor. Tomé el eje vial de ida y vuelta, después fuimos a desayunar.

En el camino noticias, risas y obituarios. Me estacioné como pude, y se bajó a abrirme la puerta del auto. Desayunamos. Ella se fue, tal parece que para nunca más volver; tan fue así, que pensé que había muerto. No lo sé él, pero yo no la volveré a ver ni por accidente. Y no me alegro, honestamente. Pasa que es de esas noticias que sabes que nunca vas a escuchar, que necesitas un trago para digerirlas, de esas que ni siquiera sabes si son verdad.

Luego el amor y la regadera y una lavandería. La lavandería en casa, la regadera fría y la cama vacía. Una pizza delgada, tres libros sin leer, un par de gatos que se entretienen rompiendo cosas en el salón. Como siempre, como si nada. Pero entonces hubo un pequeño paseo, su mano que tomó la mía en la banqueta, y dos cepillos de dientes que compramos en la esquina. Como nunca, como todo.

Antes otro paseo, uno que no había habido antes. En cuatro ruedas, dos grandes y dos chiquitas, pasó por mi mientras meditaba descalza sobre el concreto de la azotea. Reí como hacía mucho no reía. Nos divertimos como locos. Conté el tiempo, le dije que eran ya once años, y no volví a mencionar un tema serio en todo el día, ni en toda la noche, ni lo haré en todo el año que nos queda.

Todo este tiempo me he resistido a escribir el año once, sin darme cuenta de que al mismo tiempo no he dejado de escribirlo. Diciembre me arrollará, enero me sonreirá, y entonces febrero tendrá una cara de año doce que no sé si podré con ella.

Por lo pronto le dije una mentira, que no sabía qué día nos habíamos conocido, que había dejado de recordarlo. No es verdad. Lo conocí un lunes, el 5 de febrero. Asueto. Yo no había ido a la Universidad, él venía de comer en casa de su mamá. Muchas cosas he perdido mientras me encontré a mi misma. La fecha de cuando nos conocimos, no es una de ellas.

¿Y ahora? Se acabó el verano, intenté escribir una mierda de otoño, me mudé de casa y reestructuré mi vida. Viene el invierno, se acabará el año once y yo tengo que seguir escribiendo.


Cosas nuevas. Temas nuevos. Una teoría. Un doce me sonríe y no puedo dejar de guiñarle el ojo.

martes, 9 de octubre de 2012

Martes nueve de octubre de 2012.
Apenas hace un día me ha caído el veinte de que el otoño me está enfriando las piernas todas las mañanas. Apenas me está cayendo el veinte de que el año está por terminarse, y el resto de los ciclos que quedan, están por cerrarse.

Me siento muy feliz por tener en mis manos las decisiones venideras. No puedo creer que por fin, dos años después, estoy terminando mi tesis de maestría. Tengo muchas preocupaciones encima, estoy muy cansada de todo esto y del jaleo del posgrado, de toda la competencia... pero ya nada importa porque estoy por terminar.

Es otoño y el viento revuelve mi cabello como si fuera las olas del mar.
Es otoño y estoy feliz, porque todo esto pronto va a acabar.

martes, 31 de enero de 2012

¿Quién te crees?

Yo voy a desafinar, es mi bien desafinar.
Pero es que me ofende tanta, tanta vulgaridad.
Fito Páez, Música para camaleones.

No tengo ni la menor idea de qué es lo que mueve a una persona para comenzar a escribir un blog; para leerlos, seguirlos y comentar, o simplemente para ser lectores anónimos. Conocí el mundo del blogger leyendo a mi amigo Presidente de la Nueva República de Babel y a mi amiga Copo, que se decía ser una víctima casi perfecta. De ahí conocí a personas maravillosas. A un lobo que era hermano de un monstruo. A una chica con un nombre pequeñito. A Lilith, cuyo relato de los preparativos de su boda me arrancaban de puritita emoción algunas cuantas lágrimas. Y entonces me puse de nombre Mariposa Tecknicolor, y empecé a escribir en este espacio para mitigar mi ansiedad, e iniciar un nuevo camino.

Tuve que haber hecho algo, que en realidad ahora no me acuerdo, para que personas gratas y no gratas de mi pasado, me hayan encontrado en la blogósfera y en el mar de información que emana de la internet. No estuvo mal, de hecho, que comenzaran a leerme. Pero tiempo después, mensajes anónimos comenzaron a llenar la bandeja de comentarios de este espacio.

No estaban mal. Algunos comentarios eran constructivos, otros hacían peticiones sobre temas para escribir, hubo algunos que hacían propuestas... Pero entre ellos, también dejaron comentarios ofensivos y agresivos; hubo personas que me pedían que de inmediato eliminara mi blog o que eliminara algunas entradas porque mi escritura estaba "llena de ficción, fuera de la realidad". Así también llegaron burlas, y descrédito para mis letras. Hubo tres personas que escribieron diciéndose llamar soltero tóxico, pidiéndome cuentas, preguntando quién me creía yo para haberles robado la identidad.

Me cansé de dar explicaciones. Llegó un momento en que me cansé. Quizá eso explique un poco el que me encuentre viviendo otra vez en el mismo lugar, escribiendo sobre mis rodillas, tratando de terminar un trabajo que pareciera que he estado escribiendo durante toda mi vida.

Nunca le di la importancia a esos comentarios de lectores nongratos. Nunca me senté a considerar que tal vez debería dejar de escribir en este blog, con este nombre y con esa foto en mi perfil.

Hubo muchos otros comentarios, muchas personas que construyeron estos relatos con su presencia y con su ausencia. Que con los paseos que me regalaban por la Ciudad, con sus días o con sus noches, llenaron mis ojos de dramas que me permitieron seguir escribiendo. Hubo personas, más de las que puedo mencionar aquí, que alimentaron el otoño para que yo pudiera seguir escribiendo en primavera.

Las calles siempre se ponían de mi parte. ¡Qué me importa si no querían que yo mencionara el lugar exacto de nuestros encuentros! Siempre había una esquina, algún semáforo que se ponía a mi favor con su luz color verde, u otro que jugaba a ser necio con su color rojo, que estaba de mi parte. No me importa que no hayas estado de acuerdo, tú o cualquier otro lector que por morbo, afición o simple ocio, se acercó a esta columna escrita con tanta agua entre las manos.

Hubo un lector, sólo uno, que me escribió diciéndome que era el Rey Sol. Imposible, ese al que tú llamas Rey Sol no existe, le respondí. De hecho lo sabrías, si realmente fueras el Rey Sol que protagoniza mis relatos; a menos que te digas ser Luis XIV de Francia, no hay ninguna posibilidad de que seas mi Rey Sol. Cerré el diálogo.

Durante algunas noches le di vuelta al asunto. El tiempo ya no me alcanzaba para serguir escribiendo como lo había hecho los años pasados, ahora mis prioridades habían cambiado, y de entrada había dejado de fumar y de dormir de día. La Ciudad se convirtió en mi domicilio, en lugar de ser una añorada utopía. El amor se convirtió en una cosa que desconocí, que me asustó y que me hizo correr más de una vez, por conveniencia.

¿Por qué entonces me habían pedido una explicación sobre un post del mes de agosto del 2009? ¿Por qué se atrevía a ponerse el nombre de uno de mis personajes, pidiéndome que eliminara el nombre de su mujer de mi relato? Comencé a enojarme. ¡¿Quién carajos te crees para decirme de qué puedo y no escribir?! -No se lo dije, pero lo pensé.

Tendrías que saber, mi estimado lector ignorante de la sociedad moral mexicana de la primera mitad del siglo XX, que Dolores García Téllez fue la organizadora del Movimiento Familiar Cristiano en Monterrey, y fundadora asimismo de la Unión Neoleonesa de Padres de Familia. De ahí viene el sarcarsmo con el que escribí ese texto. De ahí la burla que hice, a las amigas de mi madre, cuando me criticaron por continuar mi amistad con un maravilloso Rey Sol que nunca existió. También deberás saber, que Andrés Neuman es un escritor argentino, de padres músicos y criado en la península ibérica, con el que no me ha unido nada más que la afición y deleite que he encontrado en su novela. Y que mi amigo el Presidente, me ha llenado de más momentos memorables y felices que ninguna otra persona en esta demarcación, haciendo de sus charlas simplemente, un oasis en mi desierto.

Así, también deberás saber que la mayor parte del tiempo me he sentido marchita. Que hay veces en que estoy segura de que no me voy a volver a enamorar, y que entonces no podré volver a escribir del idílico romance que existía entre el Rey Sol y yo, y entre mi y los ojos azules, y entre un chico que vestía un traje casi perfecto que combinaba a la perfección con sus armoniosas manos. No podré volver a escribir de los solteros tóxicos, porque no pretendo volver a conocer a ninguno jamás.

Tendrás que saber que estoy enojada, molesta, y a veces llena de rabia, porque no podré volver a escribir de todas las cosas que me satisfacían, que me hacían feliz y que me llenaban de maravillosos recuerdos.

Hay veces en las que estoy cansada de seguir aprendiendo día a día, mes con mes. Ya no quiero seguir siendo punto de referencia, ni ninguna histérica histórica que se recuerda cada cosa que sucede como si de eso dependiera su propia vida. De nada significó, es verdad, que yo memorizara cada uno de los detalles que inundaron mis romances, mis relatos y mis encuentros.

Quise hacer de mi misma una escritora, y con mucha satisfacción afirmo que lo intenté. Y que hice de mi misma una mujer con un hábito maravilloso.

No te ofendas, pues, de que haya hecho o no aclaraciones pertinentes. Puedes, por supuesto, seguir acercándote a este espacio para reírte, entretenerte, o simplemente para mitigar tu ansiedad, como yo lo hice cuando decidí adoptar mi maravilloso nombre.

sábado, 1 de enero de 2011

Veintidós de septiembre.

22/IX

En torno a un anillo de compromiso puede haber muchas cosas.

Hans estacionado en la esquina de uno de los ejes viales de esta Ciudad, que más han tenido que ver en mi vida.

El maravilloso significado que tiene para mi, el que dicho anillo haya tenido una dueña antes que yo.

Estar con mis Ojos Verdes frente a la mítica construcción de una de las Secretarías de Estado más importantes de la historia política de México del siglo XX. Mirar por el retrovisor de Hans sus paredes, un poco de la fachada, los colores de los muros exteriores. Terminar de crear en mi mente el mural que mis ojos no alcanzan a ver.

Lágrimas de felicidad.

Fiestas interminables con los amigos que son nuestra familia. Cerveza. Fotos. Calles de la colonia Condesa. Alcoholímetros que se burlan sólo una vez en la vida. Vueltas prohibidas que no pasan por la cabeza.

La libertad de responderle tus verdaderos anhelos, y tus sueños más profundos. La libertad de decirle que no importa que no hayas sido la primera, sino que importa que seas la última mujer en su vida.

El día en que entró el primer otoño que nos pertenece, que no me di cuenta, que estaba más preocupada resolviendo los cambios y las decisiones que vienen en nuestras vidas.

Maravillosas reconciliaciones.

Decir te amo a cualquier hora del día.

Pero lo más bonito, y lo que me llena de felicidad, es mirar todas las noches estas manos que escriben frenéticamente sobre el teclado del ordenador, y volver a mirar que ese anillo de compromiso se ha quedado desde ahora, eternamente sobre la piel de uno de mis dedos izquierdos. No importa cuánto trabajo tenga, cuántas palabras me falten por escribir, cuántos guantes de látex pasen por encima de mi piel; hay un hombre que me ama (y como rezaba todos los días y las noches un post-it sobre el espejo de mi habitación), tanto que quiere pasar el resto de su vida a mi lado.

Mi dedo, su tamaño, la cantidad de veces que se mueve sobre estas teclas a lo largo del día. Eso también está en torno a un anillo de compromiso. Dos días se tuvo que quedar en el taller para que lo ajustaran a la cintura exacta de mi dedo anular; dos días que sentí que algo me hacía falta.

En torno a mi anillo de compromiso, hay puro y simple amor. El símbolo de que no voy a dejar de luchar cada día para ser excelente, en todos los aspectos de mi vida.

Luego de mucho tiempo, esta es la primera vez que desde mi corazón siento que de verdad estoy tomando la decisión correcta. Soy muy feliz, tan feliz, como nunca me lo imaginé.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Monterrey, Marina Nacional y el coche color plata.

Bien hubiera podido aceptar una cita con el chico del coche de al lado.

Acababa yo de tomar Monterrey, de regreso a casa, y sonaba en mi oído izquierdo la canción No se puede vivir del amor, cuando coincidimos un coche plateado y yo, casi todo el camino. Y ya sabes, ¿no? Sonrisas, radio encendido, ventanillas abajo. El chico -que no era tan chico-, tenía unas canitas que le iluminaban la frente, el dedo anular izquierdo desnudo, y bebía coca-cola light, ¿qué más se podía pedir en ese momento? Me muero de risa. De entrada, y acordándome de las técnicas de ligue que usábamos mis amigas y yo hace algún tiempo, el escaneo del chico del coche de al lado, fue suficiente para darme cuenta que quizá pude haber aceptado una cita para salir con él.

Luego, más adelante, cuando en mi oído sonaba una Lila Downs que me puso de buenas, con su canción Arenita azul y cantando a todo pulmón "soy maripoooooosa", el chico bajó la ventanilla para querer decirme algo, pero yo avancé. Se emparejó conmigo, e hizo ademán de querer decirme algo, y yo miré de frente. El siguiente semáforo me jugó una trampa, no me permitió avanzar, y el coche plata volvió a quedar parejo conmigo, "¿hacia donde vas?" Me preguntó, le respondí que a casa, sonreí, le dije también que estaba cansada. Todo en un segundo. Rápido. Muchas palabras para un sólo instante.

La luz roja todavía, apenas el ámbar del otro lado, ganándole al semáforo metí el clutch para meter la velocidad, le sonreí otra vez y seguí la marcha.

Por ahí por donde se decide ir hacia Tacuba o hacia donde hay más Invierno, me desvié a la derecha, con la direccional tintinéandome en la cara. El tablero también palpita como lo hace mi corazón. Seguí mi camino, pensando cómo le iba a hacer para terminar todos los pendientes, saldar las deudas y entablar una conversación con mi madre. Antes de la Glorieta de las Américas me detuve a comprar coca-cola light, encendí un cigarro, encendí el coche otra vez.

Cuando iba llegando a casa me dije, ¿pero qué te pasa? Porque digo, en otras circunstancias quizá hubiera terminado cenando o tomando un café con el chico del coche color plata, o compartiendo la coca-cola light en lugar de estarla bebiendo yo sola.

Y demonios, ¿qué me pasa? ¿Que qué me pasa? Pasa que me enamoré, que ahora las mariposas ya no las traigo en la panza, sino en la cabeza, a través de mi cabello, y también salen de mis dedos mientras hablo, mientras conduzco a Hans, y se la viven iluminando el camino que transito, que ya no necesita que nadie me venga a coquetear.

martes, 7 de diciembre de 2010

De regreso al punto de partida

Cuando el soltero tóxico se fue para nunca más volver, escribí en un post-it que pegué en mi espejo del tocador, la frase: "El hombre que se quiera casar conmigo sí existe".

Y heme aquí, justo en el lugar donde empecé, en mi habitación frente al sillón blanco, con el gato que se lame las patas y ronronea rozando suavemente mis pantorrillas. Mi pelo hecho un desastre, cada vez más blanco, cuando plata quisiera que se pusiera. Fumando otra vez mentolados lights, con un cenicero menos, unos kilos de más, mucho trabajo por delante, la ansiedad que regresó para pasar las fiestas de fin de año con nosotros, y esa gran diferencia: "nosotros".

Ahora ya no estoy sola, pero de veras que uno como está acostumbrado a vivir de cierta manera, y qué dificil es acostumbrarse a una vida en común, sin importar el domicilio que exista, los domicilios pendientes, los que compartimos todavía, después de muchos meses.

De regreso a pegar post-its por todos lados, porque todo se me olvida, porque los ojos verdes se desesperan -pero creen que yo no me doy cuenta- de que todo se me olvide, de que confunda las palabras; porque afortunadamente para mi, él ha sabido tenerme toda la paciencia del mundo. Y entonces sí, debería ponerme a escribir un libro sobre el estrés y su manejo en la vida moderna, contemporánea y real de mi generación; porque para escribir sobre eso, no necesito ningún posgrado que me avale.

Y regreso entonces. A correr como loca en esta podrida y sucia ciudad, que huele a alcantarilla, que llena de pelusa los cabellos y todo el cuerpo, que ensucia los autos más de lo que los autos la ensucian a ella. Regreso a correr con mis tacones de nueve centímetros, aunque Ro se ría de mi cuando le digo que no puedo seguir de pie, sólo caminando. Sólo caminando en las banquetas de la Ciudad.

Regreso a contar y anotar las comidas que hago al día, a intentar llevar la cuenta de las calorías por cada 24 horas, a no comer trigo, embutidos, hormonas, y a hacer mi mayor esfuerzo para volverme vegetariana. No sé cómo le voy a hacer, pero en ese vestidito corto de flores yo vuelvo a entrar a como dé lugar.

Regreso a manejar horas y horas en el congestionamiento, buscando un Starbucks para tomarme un puto Cherry Mocha antes de que se acabe la odiosa temporada navideña. Regreso a sentirme más sola que nunca, en medio de las filas de esta Ciudad, en el banco, en el supermercado, todo producto de las navidades que me hacen mal, que me ahuecan el corazón, que me hacen sentir que todo está mal cuando sorprendentemente todo marcha sobre ruedas.

Porque encima, la pinche temporada decembrina trajo consigo una carga inmensurable de trabajos, investigaciones cortas y disertaciones. Ahora sí, no sé ni por donde empezar.

¿Por qué nunca nadie confiesa que comenzar una relación o terminarla es difícil tanto cuanto sucede?

El hombre que se quiere casar conmigo sí existe. Duerme más de cuatro noches a la semana conmigo, quiere al gato tanto como lo quiero yo, el gato lo adoptó como parte de la manada, y se quiere quedar con nosotros para siempre.

Y Hans... bueno, se porta bien cuando alguien intercede, porque a veces se cansa de que yo -como siempre- le exija tanto como suelo exigirles a los demás.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Circuito Interior, Flores Magón y el coche azul.

En esta deslumbrante y soleada ciudad, llena de gente, llena de coches, llena de obras viales que no nos consta que vayan a funcionar, pocas veces se encuentran gestos de gentileza; o peor aún, pocas veces se encuentran cuando en medio de un congestionamiento terrible, los cláxons suenan al mismo tiempo, peleando por ganar cinco centímetros más de espacio.

Salí de casa de los ojos verdes en la mañana, era jueves, y como siempre, se me estaba haciendo tarde para llegar al primer seminario del día. Tomé Flores Magón rumbo a Eje 2 Norte Eulalia Guzmán, y por fin di vuelta a la izquierda en el Circuito Interior.

Ahí uno hace malabares, y un poco de magia, para poder incorporarse a carriles centrales, pero esta mañana, de marchas de protesta, de ipod cantando en mi oído izquierdo, de llamadas por el móvil que a veces ya no puedo responder, todo comenzó a complicarse un poquito más. De hecho es una vueltota la que se tiene que dar, para entroncar nuevamente en Flores Magón, la misma avenida de la que salí en la mañana, pero donde inicia, en sentido opuesto.

Así que justo cuando en la lateral del Circuito me estaba peleando mis cinco centímetros para no obstruir un paso de autos, cuando el semáforo se puso en rojo en el entronque (¡por fin!) con Flores Magón, los autos comenzaron a esquivarme con todo y refrescadas de madre y lo que ustedes se puedan imaginar, una mujer que manejaba un Jetta color azul marino, con placas del Distrito Federal 369MJS, se hizo para atrás, y con sus luces altas me hizo señas para que la siguiera en reversa, todo por ganar unos cuantos centímetros.

La mujer, insistentemente avanzó en reversa lo más que pudo, para que yo en mi Hans protector la siguiera, hasta dejar libre el paso. Me hizo la seña de pulgar hacia arriba. Dejé libre el paso el resto del tiempo en que el semáforo estuvo en rojo. Después, cuando fue nuestro turno de avanzar, ella, más hábil que yo, se adelantó entre los autos y la perdí de vista.

En la siguiente entrada a carriles centrales, como pude me metí. Les sonreí, chiflé y les aplaudí a las sobrecargos de Mexicana de Aviación que hacían protesta en los puentes peatonales. Los ojos verdes me llamaron por teléfono un par de veces más. Seguí el camino por Circuito Interior.

Luego de Calle 10 todo se mejora. La circulación va como siempre debe ir, fluida y constante. Metí cuarta como si Hans fuera un auto de carreras. Me quité el ipod. Sonreí. Llegué al seminario en punto, justo cuando el ponente comenzaba a charlar.

Más tarde, cuando todo el morning rush había pasado, me acordé de la mujer del coche azul. Y yo, siempre tan solidaria con mi género, pero pocas veces correspondida por mi mismo género, me puse feliz de acordarme que una chica en un coche azul, me ayudó en medio del pinche tránsito de esta histérica ciudad.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

JURAMENTO DE AUTOESTIMA

Hey, psst, cht chtt, Mariposa, ¿por qué te deprimes? ¡Si por primera vez en muchos años, esta navidad vendrá con las mejores cosas del mundo, un hombre que te ama y un proyecto para el futuro!
Sí, tu familia es sumamente difícil, pero... ¿qué familia no lo es? Tus amigos, por el contrario, cada que lo necesitas te sacan a flote, y a ellos les debes mucho, por eso no te debes dejar caer.
Y bueno, es verdad que a veces no quieres levantarte de la cama, no te bañas en varios días, y comes como troglodita... pero aún con eso, los lazos que creas siempre son de amor, con tus amigas te une el amor, y el chico al que amas está dispuesto a recibirlo todo.
Eres muy inteligente, prueba de ello es la plaza de posgrado que estás ocupando ahora, y no debes dudar ni titubear al dar a conocer tu opinión, y al defender tu punto de vista.
Nadie dijo que sería fácil, pero por eso no estás sola. Quieres, te quieres, y te quieren.
¡A vivir la vida! Que es una sola, y aún con eso, todo empieza siempre una vez más...

Sacúdete la ansiedad, y grita ¡Feliz Navidad y próspero año nuevo!

martes, 9 de noviembre de 2010

Viniste a mi vida a hacerme feliz

Eran las diecisiete con quince cuando tomé Periférico Norte a la altura de San Antonio. Sorprendentemente estaba muy fluido, me metí a carriles centrales en la primera oportunidad, y seguí manejando mientras escuchaba a Alizée a través del audífono izquierdo.

No sé qué es lo que tienen estos días, estos fríos, este calor que no se me quita de adentro. Todo me parece tan nostálgico, a veces todo me conmeve tanto... La música fue la gota que derramó el vaso, y haber visto el inicio de la puesta de sol sobre Periférico, terminó por darle el toque final.

Lloré sin darme cuenta, hasta que las lágrimas me empañaron los lentes de sol. Pensé que de todas formas, como sea, era un día muy bonito como para llegar a guardarme a la casa cuando todavía quedaba tiempo para disfrutarse. El congestionamiento de la lateral de Periférico a la altura de Echegaray me pudo volver loca. Luego, al estar llegando a la Facultad supe que debía entrar a llenarme otra vez de lo que me llenó la Universidad.

Le llamé a mi amigo Presidente de la Nueva República de Babel. Le dije que estaba buscándole un lugar a Hans en el estacionamiento, y que iba para su Colegio, a platicar. Se puso muy contento, me dio muchísimo gusto escucharlo y saber que lo iba a ver.

Entonces recordé que en estos momentos, justo hace un año, jamás me hubiera imaginado que mi vida fuera a cambiar como lo hizo. Yo era una chica triste, lo acepto. Sí, siempre he sido optimista ante el amor y ante la familia que he elegido, pero me sentía muy sola; date cuenta pues, que ahora podemos platicar, que de verdad estaba muy sola.

Pero el 9 de noviembre conocí a personas maravillosas. El último regalo que recibí de esas manos largas, fue un empleo que otra vez me mandó a las nubes, que me hizo dejarme llevar, que hizo que dejara de pensar en todo lo que me afligía, y que en el fondo me hizo olvidarme de tanta soledad.

El cenit de mis malas decisiones y de mi ansiedad por buscar una compañía que por lo menos me hiciera reír dos veces por semana, tuvo lugar a finales del 2009. Eso, como puedes ver, ya lo olvidé y ni siquiera me di cuenta. No recuerdo fechas exactas, ni historias encontradas en las calles de esta ciudad. Sólo me acuerdo de mi, de las pésimas fiestas decembrinas, y de que para mí el año nuevo sí trajo una vida nueva.

Personas maravillosas llegaron a mi vida el 9 de noviembre. Llegaron a mi vida amigos maravillosos, una nueva familia que se ha gestado desde esos días. Noches locas en la ciudad, días de cine, de escritos interminables que se logran sobre una mesa de cryztal. Sabios consejos, cafeteras rebosantes que no siempre saben bien, mamuts a las cinco de la tarde para el monchi vespertino, una copa de whisky con soda los jueves por la tarde, estrés inmesurable completamente controlable, noches de grúa porque Hans ya no quería andar.

Historias de noches estrelladas que se cuentan desde el piso de parquet. Frío, mucho frío. Calor que proviene de los calefones de gas. Un sillón azul, que pronto estará en nuestra casa.

Obtuve mi grado profesional. Concursé para una plaza de posgrado, la obtuve justo cuando pensé que no podría más.

Luego, dejé de recordar, y vi de lejos a mi amigo el Presidente. Caminé hacia él y nos dimos un abrazo fuerte y lleno de risas. Comenzamos a caminar. Fuimos por café, a platicar para ponernos al corriente.

La ansiedad de venir manejando con todo este cansancio encima, de pronto comenzó a disiparse. El Presidente me llenó de regalos, muchos que me hicieron sonreír. Y entonces me di cuenta, tanto que deseé, tanto que busqué, tanto que soñé con que nada más haría falta, y todo sucede, todo vuelve a empezar. Me siento muy bien. Es real.

Y tu, ojitos verdes, viniste a mi vida a hacerme feliz.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Cada noche a la misma casa.

Hoy manejé sobre Pilares desde Insurgentes hasta Gabriel Mancera. Hacía mucho que no tomaba esa ruta para llegar, o para irme, o para ir a donde sea. Creo que fue más o menos hace un año, cuando iba a por mi a González de Cossío a la hora de mi salida, que era a las 20. Era divertido. Su cochesote estacionado en la banqueta de enfrente, las papitas fritas escondidas detrás de su chamarra gris, sólo para hacerme reír. Quiero muchos chocolates, le decía en días como hoy... en días en los que hacía mucho frío.

Hoy fue la primera vez que me metí a una boutique a buscar un vestido de novia, y no tuve éxito. Las mujeres, chicas o grandes, medianas o pequeñas, jóvenes o mayores, que nieguen sentir emoción ante los planes de una boda, que tiren la primera piedra.

Mi hermana Cristina regresó. Tal parece que la vida nos está llenado de regalos a todos. Tal parece que se sabía que no debía vivir yo esto sola, que necesitaba a alguien con quien compartirlo para sentir que todo es de verdad.

Estoy muy contenta. Hace mucho frío.

No importa qué divertido era ver un auto esperándome en la banqueta de enfrente, ahora el carro que se estaciona es el mío, como será siempre, como me hace feliz, como ahora que conduzco cada noche a la misma casa.

viernes, 22 de octubre de 2010

Definiendo, descubriendo, comprobando.

Hans no anda bien. Estoy preocupada. No se está sintiendo igual subirse a él, y dejarse llevar por las venas de asfalto de esta Ciudad.

Desperté lo más temprano que pude, fui a tomar un café que no estuvo nada bueno, y luego fui a la gasolinera. Tira aceite. Gasta mucha gasolina. Se le atora el chicote del acelerador. Le suena el clutch. Tiene bajísimos los frenos. En fin. A un año de estar viviendo con él, Hans comienza a ser una calamidad. Y creo que no es su culpa, mejor dicho: tengo que tenerle paciencia, tengo que comprender que no todo va a andar tan acelerado como ando yo.

La crisis vino a estarcionarse en mi, y a estacionar mi vida. No he podido reponerme todavía, pero pronto lo haré. Y entonces el carburador de Hans volverá a rugir como auto de carreras. No es divertido que me deje tirada pasadas las 21 horas sobre Conscripto, sola, cuando todavía no llego a mi destino. Esta vez no fue sólo una, no hubo grúa que viniera a rescatarme, ni maxi bolso de charol donde él estuviera escondido hasta el fondo. No fue una sola noche, fueron dos; pero la siguiente, los ojos verdes ya estaban conmigo.

Luego de la factura de la gasolinera, tomé Periférico sur y me subí al segundo piso. Me puse contenta. De hecho, hasta me dio frío todo el aire que se metió por la ventanilla. Traía puesto mi vestido de gráficos rojos y naranjas, y mis botas color café.

Cuando llegué al entronque con Eje 10, me puse más contenta de ver que los circuitos de Ciudad Universitaria ya no tienen los hoyos que tenían hace dos años, cuando la manejaba con Andrés. El Centro Cultural Universitario ha cambiado tanto... que me sentí como si fuera mi primera vez allí.

El nuevo desarrollo arquitectónico hace que la Sala Nezahualcóyotl se vea pequeña; pero basta recordar la acústica en su interior, y la distribución que tiene por dentro, para saber que sigue siendo enorme, y que lo será por mucho tiempo.

Ya no hay lugar de estacionamiento en la Hemeroteca Nacional, ni siquiera en la banqueta, ni para meterse furtivamente como lo hacía casi siempre. Ahora me mandaron al Estacionamiento 3 que cuesta quince pesos. Estaba abarrotado, cómo no, si eran horas de trabajo. Lo bonito de todo eso, aún cuando uno se estaciona muy lejos, es que nos obligan a atravesar el Centro Cultural Universitario, con sus fuentes, sus explanadas y sus foros, la Neza, los cines, el nuevo museo de Arte Contemporáneo.

La gente camina. Ya no me siento familiarizada con la gente de por allí. La terraza del restaurante Azul y Oro se veía bellísima, con sus sombrillitas blancas y la fuente que salpica. Me dio tanto gusto y ternura saberme de regreso en Ciudad Universitaria, que me llené de ganas porque los ojos verdes me acompañen la próxima vez. Quisiera que pudiera ver, todo lo que mis ojos pueden ver.

Así es cuando uno se pone a investigar, o llega a los archivos o a la Hemeroteca, para comenzar a empaparse de la Historia del pasado. Porque sí, bienvenidos ahora que sabemos que puede haber historia también del presente y del futuro.

La Hemeroteca Nacional, con sus personas que todavía se acuerdan de mi y de mi computadora portátil, es majestuosa e imponente. Se me había olvidado el olor de los periódicos viejos, la base de datos Nautilo, y las conexiones de luz que están pegadas en el techo.

Me acomodé en una mesa de enmedio, ¿por qué no? Para que todo mundo me viera. Me instalé. Abrí mis archivos. Preparé mi mesa. Acomodé mis cosas. Caminé hacia el Nautilo para registrarme y solicitar el primero de varios ejemplares: diciembre de 1936.

Ya se me había olvidado lo que pesan esos ejemplares, y que los atriles nunca los soportan. Lo cargué, como pude, y me instalé para comenzar a revisarlo. Me dijo muchas cosas, primero me habló al oído, pero en enero de 1937 me habló de frente.

Yo no sé si siempre se tiene esta suerte de investigador, pero me dijo lo que quería escuchar, lo que necesitaba en ese momento, y lo que me hacía falta. El tiempo pasó muy rápido. Mi regreso a la fuente primaria fue en ese orden: definir, descubrir, comprobar. Me hizo sentir bien, los ojos verdes supieron de eso.

Ciudad Universitaria, con sus jardines imponentes, siempre tan verde, siempre tan llena de gente, siempre tan acogedora... tan que nunca me siento sola.

De regreso en la mesa, de golpe me acordé de muchas cosas. Ese olor a periódicos viejos me hace mucho bien, pero también me da tristeza. No cabe duda que uno guarda en la memoria las primeras impresiones, y los amores están hechos de primeras veces, de primeras sensaciones, tal vez por eso ahora esté más enamorada que nunca.

El frío de estar sentada allí leyéndo los periódicos viejos, me hizo acordarme cuando yo me sentía tan polvorienta como esos papeles. Me hizo recordar aquella soledad tan penetrante, tan aguda, como el frío que sentía en el pecho. Es inevitable no sentir nostalgia al estar allí. Y ahora pienso que no siempre es nostalgia por buenos tiempos, sino por tiempos tristes y amargos, obscuros y grises, que nunca fueron amarillos.

De pronto el móvil suena, me llena de risas y de alegría. La voz del otro lado comparte conmigo esta experiencia y me sabe feliz, me sabe contenta por estar en ese lugar otra vez.

Hay tantas cosas que quisiera que hiciera conmigo... pero la búsqueda hemerográfica creo que siempre será mejor en solitario.

De regreso a Mixcoac por Insurgentes, vuelta en Eje 10 para tomar Revolución. Toreando coches que vienen rapidísimo, hoyos en el pavimento, carriles sin definir, sin rayas, sin semáforos. Con microbuses espantosos que se te echan encima. Con señoras feas en camionetas enormes que no te dan el paso. Con mi Hans que se defiende, que me protege... que poco a poco me define, mientras yo descubro a mis ojos verdes, y ellos vienen a comprobarme.

Esta es la novedad, que el amor impera, que ahora no se quiere ir, y que en ese caso me quiere llevar. No es nueva la rutina, no es nueva la actividad, es mi circunstancia que me hace creer que todo esto es de verdad.

martes, 12 de octubre de 2010

Saldo: una espalda contracturada.

Ya no tengo a quién platicarle ciertos secretos que a veces urgen salir de mi garganta, de la jaula de mis demonios, de mi corazón.

Antes, sin pensarlo mucho, otros chicos o el mismo Rey Sol, me decían que bebiera lo que fuera suficiente, lo que yo necesitara, que tomara lo que quisiera tomar, que probara todo lo que se me antojara... ahora mis ojos verdes insisten en que debo dejar de tomar cualquier tipo de medicamentos que a veces ni siquiera sé para qué son.

De esta contractura muscular que tengo ahorita, que tuve ayer muy fuerte, no tengo a quien contarle la verdadera razón de mi mejoría, el remedio que tengo siempre bajo la manga, o guardado dentro de un frasco de cristal.

A veces mi vida cambia tan rápido, que me cuesta trabajo darme cuenta de hacia dónde va este camino, estas vías de tren y nuestros caminos paralelos.

Compromiso. Commitment.
Nunca me imaginé que conocer a mi familia política me hiciera tan feliz. En algún momento pensé -debo confesarlo-, que la experiencia iba a ser como las anteriores, que mi familia política no tenía por qué venir a donde vivo, a conocer a mi gato, o a compartir conmigo. Pero la vida, con todas estas sorpresas fabulosas que nos tiene preparadas, me ha hecho cambiar de opinión.

Luego de las pésimas experiencias que tuve al convivir con las familias de los chicos con los que salí, ¿qué podía esperar? ¿De plano fue tan malo tirarme al drama y pensar que otra vez sería una película de terror? Pero a ver, intentemos ser objetivos y pensemos, cómo demonios no me iba a sentir tan insegura, si alguna vez me sucedió que el padre más tóxico de un soltero tóxico habló mal de mi en mi entorno profesional, y me negó rotundamente llenándome de malas referencias, a lo que mi jefa sólo respondió: "la vida nos pone a cada uno en nuestro lugar, y nos da lo que nos merecemos".

Y además, cómo shit no me iba a estresar, si otra vez, la toxicgranma de otro soltero tóxico, se atrevió a decirme en el living de su casa: "niña, tienes que saber que siempre será mejor opción un aborto a tiempo, que un error del que te arrepientas toda tu vida".

Wow. Shit. Pero yo no sé cómo pude seguir respirando luego de tanta presión.

Ay pero aquí les va la mejor, tan soez y tan falta de clase, que risa me da acordarme de cómo fue. La señora de pelo de maiz se atrevió a decirme que seguramente yo quería formalizar con su hijo no por amor, sino porque no tenía donde vivir, no tenía dinero o estaba esperando un bebé que no le constaba que fuera de su pichoncito. Re shiiiiit. Y ya no voy a seguir redactando, porque verdaderamente que he tenido experiencias mierdas en esto de las familias políticas.

Pero el amor es la verdad. El amor es real. El amor da muchas oportunidades. El amor vino a inundarme, me hizo feliz, me hizo querer vivir otra vez, y me rebasó con sus demostraciones maravillosas. Esta vez, el amor es oficial.

Los ojos verdes me han llenado de primeras veces, me han enseñado a mirar la vida diferente. Me han enseñado a mitigar dolores con otras fórmulas, a conciliar el sueño llena de besos, sólo con la luz de su computadora encendida.

Mi familia política es hermosa, y poco a poco se ha comenzado a convertir en mi verdadera familia. Estoy muy contenta, pero debo confesar que la entrega de avance de trabajo final, el ensayo semanal, las lecturas diarias, y la búsqueda de la perfección en una comida sabatina, me dejaron el saldo de: una espalda contracturada, dos noches maravillosas que implicaron dormir con los pies calientitos, un primer rastreo de vestidos lindos, desayuno, comida y merienda en la misma casa (¡yupi!), y haber caído en cuenta de golpe -y mientras nos comíamos un helado de yogurt-, que el otoño ya llegó a nuestro año 2010.

El remedio que utilicé para combatir mi enfermedad es inconfesable. Muchos tés, muchas horas de sueño, algunos robaxifenes, las llamadas de los ojos verdes...

Ya no tengo a quién contarle los secretos de las pastillas que tomaba sin necesitarlas, porque estoy haciendo el intento por dejarlas, porque ahora tengo una razón de peso para hacerlo, porque no importa qué tan severa sea la contractura muscular o la crisis de ansiedad, el chico está conmigo y yo quiero saber qué se siente vivir sin tantos analgésicos.

viernes, 8 de octubre de 2010

Juntos por la mañana

Suena el despertador, nunca puedo abrir los ojos. Estás a un lado mío, cama pequeña, cama grande, como sea, estás a un lado mío.

Encender la radio, volver a escuchar el despertador, apagarlo para siempre, o por lo menos hasta la mañana siguiente. Encender la estufa, calentar el agua para tu primer café del día. Despertar contigo, salir juntos por la mañana.

Si el tiempo lo permite, un baño con agua caliente. Si la chicharra se hace larga y lenta, lejada y ajena... entonces un regaderazo de prisa, como todo lo que hago antes del penúltimo seminario de la semana. Primero yo, luego tu, así te gusta, así estoy organizada. Si el azar se pone de tu lado, la ducha puede ser nuestra aún cuando durmamos como separados.

Mi pelo que se enreda, el tuyo que no cede. Lo primero que saco del clóset, es tu rastrillo que me espera en el primero de los cajones. Todo parece mío cuando completamente es tuyo. No sé a qué se deba, que de pronto la gente ya no opine nada, y eso me gusta y entonces no te importa nada.

El otoño entonces hace su primera aparción, y el cielo se comporta como si todo el tiempo fuera media tarde. Los coches se arremolinan, yo no tengo hacia donde hacerme. Siempre me desespera pasar tanto tiempo sentada en mi coche, moviendo los pies acorde con mis manos, con las mirada de frente, girando la cabeza hacia todos lados.

De un tiempo a esta parte, me he dado cuenta de que no me da miedo acostumbrarme a volcar mi rutina hacia donde tu, volcarla sobre lo que tú haces. No me importa tener que despertarme más temprano, quizá porque estoy segura de que no te causa problema dormir menos horas, o despertarme a las cinco, o que yo te llame a las cuatro treinta.

Primera parada: Benjamín Franklin. Y aún cuando el Circuito Interior nunca cede, el semáforo donde te bajas para que yo siga hacia mi trabajo, siempre nos espera en rojo, se pone de nuestra parte, nos damos un beso en la mañana, y entonces ahí te ves hasta dos noches siguientes.

La Ciudad necesita más otoño, menos rojo, más verde, y muchos de estos besos en cada crucero que tiene.

Curiosamente, las imágenes de vestidos blancos que revisé la noche del sábado ya no aparecen más. Fue muy emocionante hacer esa búsqueda, averiguar cómo se siente escoger vestidos para una ocasión especial. No discernimos mucho en nuestros gustos, en realidad casi siempre queremos las mismas cosas, y casualmente ahora, que es en serio esto de elegir un vestido y de ponernos de acuerdo, mi memoria visual se esfumó. puf!

miércoles, 6 de octubre de 2010

Prefiere las calles rotas

Te amo, sabes que te amo. Te lo he dicho y me has visto convencida de ello.

La Ciudad, como las personas, cambia como las estaciones el año. A veces es gris, otras es totalmente obscura, y así yo suelo estar radiante o lluviosa cuando se trata de ti.

Las personas, como la Ciudad, cambian como lo hacen las estaciones del año. Parecen caprichosas, parecen sentir... a veces no quieren nada, y prefieren quedarse con sus calles rotas.

Caminamos de la mano la Avenida Cinco de Febrero, comíamos helado blanco, hacía mucho frío. De pronto lo supe: había entrado el otoño y yo no tuve tiempo de pararme a respirar y a observar el pasado veintidós de septiembre. Tengo miedo.

Estoy tan ocupada, que tengo miedo de olvidarme del saco gris. Tengo miedo de olvidar lo que iba a hacer mañana, lo que tenia que entregar escrito el pasado 29 de agosto. No tengo tiempo de nada. Tengo miedo de manejar de noche, de despertar de día, de estar sin mí, contigo, sin mí cuando estoy contigo.

Creo, ahora, que debo seguir a como dé lugar. Mis planes, mis metas, tu y yo como líneas paralelas.

Extraño el frío del otoño caminando sola por la calle. Es sensacional venir de tu mano, sentir cómo me tomas por la cintura, pero también era maravilloso hacerlo en solitario. Mi bolso al hombro, mi abrigo largo, las botas altas y mis guantes de piel.

Esta nostalgia en la garganta, guardada para los meses de invierno; esperando que llegue algún diciembre que me haga verdaderamente feliz.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Hojas maravillas

Llueve, llueve, no se detiene. Quiero que ya venga el otoño a hacer con sus hojas amarillas, maravillas en mi cuerpo. Te extraño mucho. Te extraño más de lo que te imaginas. Te extraño más de lo que imaginé.

Puede ser que te hagas dependiente de mi, que yo me haga dependiente de ti, o que seamos completamente codependientes. Sin embargo, afortunadamente tenemos nuestras noches, las horas por la tarde que no compartimos con nadie más. Te extraño, demonios. Ayer fue la primera vez que me dijiste que estoy deprimida, que no quieres dejarme, que no sabes qué se debe hacer cuando no quiero hablar con nadie.

Gracias. Algo bueno debí haber hecho hace algún tiempo, para que ahorita tú estés llegando a estacionarte en mi vida.

Soy afortunada. No soporto tanto estrés, no puedo vivir bajo tanta presión, y sigo escribiendo hojas maravillas; y el puto verano no trae más que agua, y el otoño me promete hojas amarillas.

Te extraño mucho, no sé qué hacer para estar más sin ti.

martes, 27 de julio de 2010

Primeras veces.

Pocas veces hemos hablado de lo que él siente cuando está conmigo, lo que no significa que yo no lo sepa. Tiene sus maneras de hablar, de hacerse escuchar, de hacerme sentir lo que siente, aún cuando no habla mucho de eso. Yo en cambio, que poco me falta para hablar con mi pie -lo cual me hace muy feliz-, hablo todo el tiempo, río cuando no puedo sostener más la alegría en mi pecho, y escribo hasta en las servilletas de papel. Me he ido llenando, poco a poco, de hermosas primeras veces.

No sé a ciencia cierta cómo son las primeras veces que él ha tenido, y menos aún, cómo son las que ha tenido conmigo. No lo sé, porque no me lo ha dicho, pero he intentado saberlo.

Puedo darme cuenta de los ojos que me hace cuando le pido que me preste sus zapatos, cuando sin que se dé cuenta, ya me enrosqué a un lado de su cuerpo porque tengo frío; fue maravilloso mirarlo de reojo mientras me levantaba en la mañana y me ponía sus jeans para ir a desayunar; vestirme con su ropa, por ejemplo, lo hice casi inconcientemente y a él le sorprendió y le hizo bien llegar a ese punto de complicidad.

Esas noches, caray, benditas noches de tanto calor, las mismas que me hacen tiritar cuando muero de frío, pero que poco a poco hemos ido compartiendo. No sé cuántos días, tampoco llevo la cuenta de las noches, pero cada una ha sido una maravillosa primera vez.

Mirarme cómo sonrío cuando me miro en el espejo al salir de la ducha, cómo se me enredan las cuerdas vocales cuando me despido de él; otras veces, cómo mis ojos se han llenado de lágrimas cuando sé que no lo voy a ver pronto, cuando un viaje se aproxima, o cuando sabemos que nuestras profesiones tampoco se ponen de nuestra parte.

Me siento como niña en Día de Reyes. Me siento como cuando miro el mar luego de mucho tiempo. Uno puede no acostumbrarse a muchas cosas, o al revés, decidir acostumbrarse a todo de un jalón. Yo decidí jugarle a la filósofa, para poder seguirme sorprendiendo todas las noches, todos los días, cada que sale el sol, cada que toma mi mano mientras meto las velocidades del coche, cada que recorremos la misma ruta que ya sabemos a donde nos va a llevar, que sin importar que siempre sea la misma una y otra vez, quizá el destino cambie como cambiamos nosotros conforme pasa el tiempo.

También he aprendido que las primeras veces llegarán siempre que yo quiero que lleguen. Que el chico, aún cuando no me dice con exactas palabras lo que siente, también decidió llenarse de primeras veces porque junto con eso, decidimos también ser los últimos para muchas cosas.

Así, me parece que es como una infinita primera vez, que nunca termina, que está ahí, perenne, esperando que llegue a vivirla, a llenarme de ella, como me espera la primavera cada mes de marzo, como espero a la primera lluvia de la temporada para ponerme mis botas de hule y mi gabardina azul. Siempre es una primera vez, esperándome, como el amor que decidió no olvidarse de mi, me esperó a que llegara para llenarme de él.

Luego el otoño supongo que vendrá, con sus hojitas amarillas y color café a rodar por el pavimento; con mis botas de agua vueltas al clóset hasta el año que entra, con ese abrigo enorme en donde ahora sé por qué era tan grande, ese año por primera vez lo compartiré con él.