Mostrando entradas con la etiqueta Ciudad de México. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ciudad de México. Mostrar todas las entradas

viernes, 21 de noviembre de 2014

Doce de madera mojada, a la que le ha nacido musgo color gris.

Will you still love me when I'm no longer young and beautiful? I think you will.

¿Te molesta si me maquillo en la mesa? Le pregunté. No, acuérdate que tú puedes hacer lo que quieras, me respondió. Entonces saqué una bolsita preciosa de mi bolso, blanca, chiquita, de flores color púrpura; de ahí saqué un espejo de mano que parece polvera y un pincel largo de cerdas rasas, tomé el pincel con firmeza, levanté la cara y con la otra mano enfoqué mi rostro en el reflejo de mi palma, dibujé un largo y brillante mechón de canas en mi melena, sobre mi frente, de lado derecho de mi cabeza. Le di un largo sorbo a mi taza de café, él bebía plácidamente un jugo de naranja, tal y como al amanecer bebió de mi cintura. No me miró, no tenía que hacerlo, estaba enfrascado en una discusión que no tengo por qué entender, pero nuestros pies no dejaban de hablar entre ellos.

Hace un año cambiamos de automóviles para ir a desayunar, pero esta vez no fue así. De hecho no estaba segura de estar escribiendo el año doce, pero para mi sorpresa ahora me doy cuenta de que la estructura la puso él, no he escrito sola en estos meses. Llovía, y una vez más mi auto nos hizo una jugada, no se perdieron los planes, no nos tardamos más que un ratito en lo que todo se normalizaba. Condujimos, uno para el poniente, el otro para el sur. La lluvia se puso de nuestra parte y cesó, pero no cesaron las palabras, las risas y la cena en el lugar donde todo sucede.

Volvimos a vernos un par de horas después, y fue entonces cuando llegó el amanecer. Después una taza de café americano, mi computadora y mi desesperación. Como si el tiempo no hubiera pasado, como si nos hubiéramos visto ayer. Vinieron con nosotros mis remedios en botellitas de vidrio, los calcetines blancos y el camisón color azul. No hubo cepillo de dientes, y la tinta en él fue el color de mi piel morena. Reconocí el olor de madera mojada a la cual le nació pasto fresco o un tanto de musgo gris, recordé la primera vez que lo tuve así de cerca mientras mis manos fueron una especie de bálsamo para su cuello y para sus hombros.

Después todo sucedió: la lluvia, las flores, la noche... la humedad de nuestras carcajadas, el olor de nuestras palabras. Pasó la medianoche y yo no supe si era miércoles o jueves, si era hábil o asueto, si era él o era yo, no supe si era yo como otra o mi misma como la que hacía mucho no era. Traté de escribir. Seguimos riendo. Contó muchas de sus historias y platicamos de nuestras ideologías, me prometió y yo le cumplí. Por eso la conversación de política es antes de la lluvia, le dije, él rió y seguimos así hasta que nos atrapó el sueño.

Me conoce antes del mechón de canas, después de la luna de mi espalda y antes de las flores de mi muñeca. Hemos estado juntos desde antes de los patines, antes del coche azul y cuando perdí el clásico 75. Hemos hablado muchas veces de noticias, de las pandemias, de sus historias y de la Historia que todavía no me sé. Ahora el coche es rojo, la bicicleta se triplicó y suelo equivocarme de número de departamento.

¿Por qué tú y yo ya no peleamos? Le pregunté. Soltó una carcajada, dijo que porque ahora sabemos que hay cosas más importantes que eso, ahora sé que las cosas importantes son algo así como saber que nos seguiremos queriendo cuando ya no seamos jóvenes ni hermosos, estoy segura que serán más de doce años en la lista, estoy segura de que así será.

Un par de días después deshice la maleta. Volví a mi estudio y traté de poner mis cosas en orden, separar el brandy de las flores y los perfumes mágicos de mis botellitas de vidrio con remedios. Puse en su lugar los cepillos de dientes y los pares de calcetines, la camiseta, y entonces salió del bolso el camisón azul. Huele a madera mojada con musgo fresco, huele a risas antes de dormir cuando ya se ha apagado la luz, huele a su cuello untado con el bálsamo de mis manos.

martes, 18 de noviembre de 2014

Calcetines, cepillos y humedad.

Anoche caí en la cuenta de que me volví una coleccionista de calcetines y de cepillos de dientes. Si pudiéramos trazar un mapa de objetos olvidados o perdidos, habría un punto iluminado en cada uno de los lugares donde dejé un cepillo de dientes, un par de calcetines, una botella de loción o un frasco de crema para el cuerpo.

He recogido muchas cosas que guardé en mi corazón, entre mi espina dorsal y mi pecho, pero también perdí muchas cosas y me olvidé de otras.

Un cepillo de dientes en tu maleta, otro cepillo de dientes -que acompañaba al tuyo- en la casa de Reforma, y que finalmente se fue buscándolo para pedirle que volviera y que no se fuera a ir, no los volví a ver, los perdí a ambos; el primero se fue sin avisar, el segundo no avisó que no volvería más. Un cepillo de dientes que ya había llegado a Mártires de Tacubaya abrasó mis encías y me hizo llorar, pero ahí me esperó más de un otoño y nunca se quiso ir. Un cepillo de dientes en Ermita y La Viga me estaba esperando junto con un montón de cervezas, dos libreros, el sillón de los primeros besos y dos botellas de mi Reservado favorito; ahí se quedó, según entiendo ahí sigue, junto al tubo de crema humectante de rosa mosqueta, y junto a la botella de alcohol del 96.

En la contra esquina de Bajío y Monterrey, compramos un cepillo de dientes rosa que hacía juego con uno verde que se fue a vivir a mi mochila; ese cepillo rosa se cambió de casa junto con sillas de ruedas y cápsulas de café, se fue a vivir cruzando el Río Becerra y trató de esperarme metido en una caja de plástico color azul, se perdió y por temor a terminar en otra boca, prefirió irse.

Un cepillo de dientes con tapa verde no me quiso ver más, aun cuando sé dónde está y de vez en cuando lo veo, dejó de ser mi cepillo de dientes de visita, para convertirse en el cepillo que no volví a usar jamás.

De Bajío y Monterrey me traje un par de calcetines que todavía uso para correr, de hecho no sé qué pasará cuando tengan un agujero en los talones o en la punta de los dedos, amo esos calcetines y estoy segura de que todavía te acuerdas de que me los traje en medio de una tormenta dentro de las alpargatas doradas. De Mártires de Tacubaya me traje más que unos calcetines, y dejé más que una botella de loción; vinieron a vivir conmigo una pijama color café y unos pantalones cortos para el calor, ellos quisieron venir pero yo me harté de ellos y se despidieron desde el camión de la basura de San Borja y Bonampak.

Junto al sillón de los primeros besos dejé más que algunos rizos de mi cabello, dejé medio par de botines y media capa de encaje rojizo. Olvidé también media pared de ladrillos rojos y la lluvia de un amanecer.

No sólo tiene significado el objeto ni la apariencia, pues cada uno de los lugares tenían un olor característico. A pesar de lo que pude haber imaginado, a pesar de la botella de alcohol del 96, el estudio de Ermita y La Viga no olía nada mal. Ahí se quedó el olor de la lluvia que cayó sobre la pared de ladrillos rojos, ahí huele a tierra mojada.

Bajío y Monterrey huele a lluvia que cae, huele a musgo fresco sobre un trozo de madera, sobre terciopelo rojo, humedad sobre humedad que todavía siento en las plantas de los pies. De todas tus casas, esa ha sido la más vacía, la más dividida, en la que más he escuchado ruido. Ahí se quedó lo húmedo de tu cabello y lo que sientes cuando mi melena se queda sobre tu piel. Huele a humedad sobre humedad, diferente a Xola, diferente a todas las demás.

Las ocho paredes de Tacubaya tienen vacío, aunque están llenas de cosas que no saben de quién son, cosas sin dueño, sentimientos olvidados, nombres sacrificados. Esas paredes huelen seco, huelen a nada, huelen a algo que nunca va a ser. No me gusta, me pica la nariz, y por eso la ropa dijo adiós desde un camión de esquina. Ahí permanece lo no querido, lo olvidado, lo vacío. Esas paredes son de imposibilidad, de frío.

Los cepillos de dientes, los calcetines, los objetos y los recuerdos a veces se asoman en las maletas y tratan de hacer entradas triunfales en circunstancias desconocidas. A veces quieren que los recuerde, aun cuando la verdad es que muchas veces no caben ni en los respiros de mi ansiedad.