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martes, 18 de noviembre de 2014

Calcetines, cepillos y humedad.

Anoche caí en la cuenta de que me volví una coleccionista de calcetines y de cepillos de dientes. Si pudiéramos trazar un mapa de objetos olvidados o perdidos, habría un punto iluminado en cada uno de los lugares donde dejé un cepillo de dientes, un par de calcetines, una botella de loción o un frasco de crema para el cuerpo.

He recogido muchas cosas que guardé en mi corazón, entre mi espina dorsal y mi pecho, pero también perdí muchas cosas y me olvidé de otras.

Un cepillo de dientes en tu maleta, otro cepillo de dientes -que acompañaba al tuyo- en la casa de Reforma, y que finalmente se fue buscándolo para pedirle que volviera y que no se fuera a ir, no los volví a ver, los perdí a ambos; el primero se fue sin avisar, el segundo no avisó que no volvería más. Un cepillo de dientes que ya había llegado a Mártires de Tacubaya abrasó mis encías y me hizo llorar, pero ahí me esperó más de un otoño y nunca se quiso ir. Un cepillo de dientes en Ermita y La Viga me estaba esperando junto con un montón de cervezas, dos libreros, el sillón de los primeros besos y dos botellas de mi Reservado favorito; ahí se quedó, según entiendo ahí sigue, junto al tubo de crema humectante de rosa mosqueta, y junto a la botella de alcohol del 96.

En la contra esquina de Bajío y Monterrey, compramos un cepillo de dientes rosa que hacía juego con uno verde que se fue a vivir a mi mochila; ese cepillo rosa se cambió de casa junto con sillas de ruedas y cápsulas de café, se fue a vivir cruzando el Río Becerra y trató de esperarme metido en una caja de plástico color azul, se perdió y por temor a terminar en otra boca, prefirió irse.

Un cepillo de dientes con tapa verde no me quiso ver más, aun cuando sé dónde está y de vez en cuando lo veo, dejó de ser mi cepillo de dientes de visita, para convertirse en el cepillo que no volví a usar jamás.

De Bajío y Monterrey me traje un par de calcetines que todavía uso para correr, de hecho no sé qué pasará cuando tengan un agujero en los talones o en la punta de los dedos, amo esos calcetines y estoy segura de que todavía te acuerdas de que me los traje en medio de una tormenta dentro de las alpargatas doradas. De Mártires de Tacubaya me traje más que unos calcetines, y dejé más que una botella de loción; vinieron a vivir conmigo una pijama color café y unos pantalones cortos para el calor, ellos quisieron venir pero yo me harté de ellos y se despidieron desde el camión de la basura de San Borja y Bonampak.

Junto al sillón de los primeros besos dejé más que algunos rizos de mi cabello, dejé medio par de botines y media capa de encaje rojizo. Olvidé también media pared de ladrillos rojos y la lluvia de un amanecer.

No sólo tiene significado el objeto ni la apariencia, pues cada uno de los lugares tenían un olor característico. A pesar de lo que pude haber imaginado, a pesar de la botella de alcohol del 96, el estudio de Ermita y La Viga no olía nada mal. Ahí se quedó el olor de la lluvia que cayó sobre la pared de ladrillos rojos, ahí huele a tierra mojada.

Bajío y Monterrey huele a lluvia que cae, huele a musgo fresco sobre un trozo de madera, sobre terciopelo rojo, humedad sobre humedad que todavía siento en las plantas de los pies. De todas tus casas, esa ha sido la más vacía, la más dividida, en la que más he escuchado ruido. Ahí se quedó lo húmedo de tu cabello y lo que sientes cuando mi melena se queda sobre tu piel. Huele a humedad sobre humedad, diferente a Xola, diferente a todas las demás.

Las ocho paredes de Tacubaya tienen vacío, aunque están llenas de cosas que no saben de quién son, cosas sin dueño, sentimientos olvidados, nombres sacrificados. Esas paredes huelen seco, huelen a nada, huelen a algo que nunca va a ser. No me gusta, me pica la nariz, y por eso la ropa dijo adiós desde un camión de esquina. Ahí permanece lo no querido, lo olvidado, lo vacío. Esas paredes son de imposibilidad, de frío.

Los cepillos de dientes, los calcetines, los objetos y los recuerdos a veces se asoman en las maletas y tratan de hacer entradas triunfales en circunstancias desconocidas. A veces quieren que los recuerde, aun cuando la verdad es que muchas veces no caben ni en los respiros de mi ansiedad.

lunes, 20 de octubre de 2014

...con papel de colores en vez de periódico, y brandy y flores en vez de sangre y semillas.

Extraño ir y venir en la línea del tiempo como lo hacía antes.
Extraño mucho de lo que hacía, pero poco a poco he dejado de extrañar la ansiedad que me muerde los dedos de los pies. Ha vuelto, aquí anda como aura rondando mis codos y lamiendo las yemas de mis dedos. Se lleva mis dientes, rechina mi quijada por las noches... ya no la extraño, aquí la tengo.

No puedo recorrer la línea del tiempo porque no existe. No puedo recorrer mi línea del tiempo porque me duele, me duele muchísimo.

No he podido parar de llorar, y según entiendo eso es bueno. No sé todavía qué es lo que voy a hacer, porque casi para todo tengo una estrategia, menos para un desbordante trastorno de ansiedad. Lo único que he decidido es dejar de obligar a mis demonios a estar dormidos, de alguna forma tienen que apaciguarse, pero ahora he decidido que estén despiertos; me gustaría ponerles la jaula más linda, con papel de china de colores en vez de periódico, y con brandy y flores en vez de sangre y semillas. Estos demonios también son míos, aunque me caigan mal y estén medio feos, pero son míos y los acepto. No puedo meterlos a un cajón y pretender que no existen, no puedo meterlos de regreso a su jaula para obligarlos a dormir, eso será siempre una farsa. Pero tendré que hacer las paces con ellos, pedirles que no me lastimen cuando quiera yo caminar por mi línea del tiempo como antes, como si nada.

Los demonios siguen en su jaula pero están sueltos, ya no fui capaz de seguir manteniéndolos amarrados ni encadenados. ¿Ahora qué voy a hacer?