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martes, 31 de enero de 2012

¿Quién te crees?

Yo voy a desafinar, es mi bien desafinar.
Pero es que me ofende tanta, tanta vulgaridad.
Fito Páez, Música para camaleones.

No tengo ni la menor idea de qué es lo que mueve a una persona para comenzar a escribir un blog; para leerlos, seguirlos y comentar, o simplemente para ser lectores anónimos. Conocí el mundo del blogger leyendo a mi amigo Presidente de la Nueva República de Babel y a mi amiga Copo, que se decía ser una víctima casi perfecta. De ahí conocí a personas maravillosas. A un lobo que era hermano de un monstruo. A una chica con un nombre pequeñito. A Lilith, cuyo relato de los preparativos de su boda me arrancaban de puritita emoción algunas cuantas lágrimas. Y entonces me puse de nombre Mariposa Tecknicolor, y empecé a escribir en este espacio para mitigar mi ansiedad, e iniciar un nuevo camino.

Tuve que haber hecho algo, que en realidad ahora no me acuerdo, para que personas gratas y no gratas de mi pasado, me hayan encontrado en la blogósfera y en el mar de información que emana de la internet. No estuvo mal, de hecho, que comenzaran a leerme. Pero tiempo después, mensajes anónimos comenzaron a llenar la bandeja de comentarios de este espacio.

No estaban mal. Algunos comentarios eran constructivos, otros hacían peticiones sobre temas para escribir, hubo algunos que hacían propuestas... Pero entre ellos, también dejaron comentarios ofensivos y agresivos; hubo personas que me pedían que de inmediato eliminara mi blog o que eliminara algunas entradas porque mi escritura estaba "llena de ficción, fuera de la realidad". Así también llegaron burlas, y descrédito para mis letras. Hubo tres personas que escribieron diciéndose llamar soltero tóxico, pidiéndome cuentas, preguntando quién me creía yo para haberles robado la identidad.

Me cansé de dar explicaciones. Llegó un momento en que me cansé. Quizá eso explique un poco el que me encuentre viviendo otra vez en el mismo lugar, escribiendo sobre mis rodillas, tratando de terminar un trabajo que pareciera que he estado escribiendo durante toda mi vida.

Nunca le di la importancia a esos comentarios de lectores nongratos. Nunca me senté a considerar que tal vez debería dejar de escribir en este blog, con este nombre y con esa foto en mi perfil.

Hubo muchos otros comentarios, muchas personas que construyeron estos relatos con su presencia y con su ausencia. Que con los paseos que me regalaban por la Ciudad, con sus días o con sus noches, llenaron mis ojos de dramas que me permitieron seguir escribiendo. Hubo personas, más de las que puedo mencionar aquí, que alimentaron el otoño para que yo pudiera seguir escribiendo en primavera.

Las calles siempre se ponían de mi parte. ¡Qué me importa si no querían que yo mencionara el lugar exacto de nuestros encuentros! Siempre había una esquina, algún semáforo que se ponía a mi favor con su luz color verde, u otro que jugaba a ser necio con su color rojo, que estaba de mi parte. No me importa que no hayas estado de acuerdo, tú o cualquier otro lector que por morbo, afición o simple ocio, se acercó a esta columna escrita con tanta agua entre las manos.

Hubo un lector, sólo uno, que me escribió diciéndome que era el Rey Sol. Imposible, ese al que tú llamas Rey Sol no existe, le respondí. De hecho lo sabrías, si realmente fueras el Rey Sol que protagoniza mis relatos; a menos que te digas ser Luis XIV de Francia, no hay ninguna posibilidad de que seas mi Rey Sol. Cerré el diálogo.

Durante algunas noches le di vuelta al asunto. El tiempo ya no me alcanzaba para serguir escribiendo como lo había hecho los años pasados, ahora mis prioridades habían cambiado, y de entrada había dejado de fumar y de dormir de día. La Ciudad se convirtió en mi domicilio, en lugar de ser una añorada utopía. El amor se convirtió en una cosa que desconocí, que me asustó y que me hizo correr más de una vez, por conveniencia.

¿Por qué entonces me habían pedido una explicación sobre un post del mes de agosto del 2009? ¿Por qué se atrevía a ponerse el nombre de uno de mis personajes, pidiéndome que eliminara el nombre de su mujer de mi relato? Comencé a enojarme. ¡¿Quién carajos te crees para decirme de qué puedo y no escribir?! -No se lo dije, pero lo pensé.

Tendrías que saber, mi estimado lector ignorante de la sociedad moral mexicana de la primera mitad del siglo XX, que Dolores García Téllez fue la organizadora del Movimiento Familiar Cristiano en Monterrey, y fundadora asimismo de la Unión Neoleonesa de Padres de Familia. De ahí viene el sarcarsmo con el que escribí ese texto. De ahí la burla que hice, a las amigas de mi madre, cuando me criticaron por continuar mi amistad con un maravilloso Rey Sol que nunca existió. También deberás saber, que Andrés Neuman es un escritor argentino, de padres músicos y criado en la península ibérica, con el que no me ha unido nada más que la afición y deleite que he encontrado en su novela. Y que mi amigo el Presidente, me ha llenado de más momentos memorables y felices que ninguna otra persona en esta demarcación, haciendo de sus charlas simplemente, un oasis en mi desierto.

Así, también deberás saber que la mayor parte del tiempo me he sentido marchita. Que hay veces en que estoy segura de que no me voy a volver a enamorar, y que entonces no podré volver a escribir del idílico romance que existía entre el Rey Sol y yo, y entre mi y los ojos azules, y entre un chico que vestía un traje casi perfecto que combinaba a la perfección con sus armoniosas manos. No podré volver a escribir de los solteros tóxicos, porque no pretendo volver a conocer a ninguno jamás.

Tendrás que saber que estoy enojada, molesta, y a veces llena de rabia, porque no podré volver a escribir de todas las cosas que me satisfacían, que me hacían feliz y que me llenaban de maravillosos recuerdos.

Hay veces en las que estoy cansada de seguir aprendiendo día a día, mes con mes. Ya no quiero seguir siendo punto de referencia, ni ninguna histérica histórica que se recuerda cada cosa que sucede como si de eso dependiera su propia vida. De nada significó, es verdad, que yo memorizara cada uno de los detalles que inundaron mis romances, mis relatos y mis encuentros.

Quise hacer de mi misma una escritora, y con mucha satisfacción afirmo que lo intenté. Y que hice de mi misma una mujer con un hábito maravilloso.

No te ofendas, pues, de que haya hecho o no aclaraciones pertinentes. Puedes, por supuesto, seguir acercándote a este espacio para reírte, entretenerte, o simplemente para mitigar tu ansiedad, como yo lo hice cuando decidí adoptar mi maravilloso nombre.

domingo, 18 de abril de 2010

Estimado Andrés Neuman:

Supongo que más que sentarme a felicitarte en este momento, lo estoy haciendo como una lectora orgullosa de haber formado parte de una generación de escritores. Así es. Así lo sigo creyendo. Para que la Historia tenga lugar, debe tener un propósito; para que un escritor sea merecedor a un reconocimiento, debe tener lectores.

Así, yo me hice una de tus lectoras más fieles. No sé si se deba al destino, a mi gusto por las historias de amor, de esas situadas en un punto de la historia que nos permite conocerla a fondo; o sencillamente no sé si debérselo a uno de mis mejores amigos, que me regaló tu libro en mi cumpleaños, pero te conocí, conocí tu obra y fui inmensamente feliz.

Ayer me encontraba leyendo, escribiendo a mano otro tanto más que el resto de la semana pasada, acompañando a este chico que me ha alegrado las mañanas, cuando San Román me llamó para decirme que había escuchado en la radio que fuiste merecedor del Premio de la Crítica por la obra El viajero del siglo. Me emocioné casi hasta las lágrimas. San Román y yo hablamos, en partes, unos quince minutos; de todo y de nada, de él y de sus exámenes, de ti y de mi y de cómo ahora yo hablo de tu libro.

Él no sabía todos los datos tuyos que guardo en mi memoria. Se los repasé, en el menor tiempo posible, para que también él pueda transmitirlos después. Quiere leerte, no estoy segura de si así será, pero por lo pronto es muy agradable que se acuerde de mi cuando escucha tu nombre, y te identifique cuando yo hablo de uno de mis libros favoritos.

Casi no escribo sobre mi escritor predilecto, el consentido, el que no me canso de leer. Ese es Javier Marías. Si pudiera, releería sus libros una y otra vez, me perdería en su biografía, en su quehacer, en la labor que ha tenido su padre, en sus traducciones, en sus columnas semanales. A la par, haber dado con tu novela me ha enseñado muchas otras cosas, me ha llenado de distinta forma a como Marías lo hizo cuando lo conocí.

Intento pensar como escritora, y si yo fuera reconocida en uno y otro continente, estaría feliz por tener lectores a quienes mi obra les hubiera servido mucho más que para pasar el rato o estar entretenidos. Sería uno de los mayores premios que yo pudiera recibir.

Enhorabuena, mi estimado Andrés, por este último premio, que espero no sea el último, y al contrario, impulse tu tránsito en el camino de la narrativa hispanoamericana.

El premio que recibiste el año pasado me hizo conocerte, y el de este año me ha hecho no dejar de escribir de ti.

Un saludo desde la Ciudad de México,
Mariposa Tecknicolor.

***
Luego de con San Román, me enteré en El País, "Andrés Neuman gana el Premio de la Crítica".

sábado, 17 de abril de 2010

La derrota de la página en blanco.

Elena Poniatowska

Si toda la vida me la he pasado buscando respuestas, es poco probable tener reglas para escribir. Si yo soy la que pregunto desde que sale el sol hasta que se mete, ¿cómo voy a saber qué se hace para enfrentar a la página en blanco? Con la página en blanco comienza la inmensa aventura frente a la mesa de trabajo, bueno, antes era una mesa, ahora es una pantalla también espantosamente blanca y llena de trucos, trampas, escondites porque una sola tecla te borra el alma. Hay días buenos y días malos. En los malos, todo va a dar al cesto de la basura, en los que uno cree buenos, sale media paginita y uno se esponja como gallina roja. Es más fácil poner un huevo que escribir. Escribir me cuesta un huevo y la mitad de otro. Bueno, como si yo tuviera huevos. La única manía que puede evitarse es insistir y empeñarse en vez de salir a la calle y abrazar a los demás aunque sea con la mirada.

Arturo Pérez-Reverte

Escribir no es tanto cuestión de talento como de constancia. El trabajo, la dedicación y las lecturas son el camino más directo para tener éxito en la creación literaria. Con el tiempo, los escritores vamos cambiando y no es la misma novela la que escribes con 20 que la que escribes con 40, o con 60, porque tu corazón cambia con el tiempo, pero creo que todo escritor coherente debe pisar siempre el mismo territorio e ir desarrollándolo con los años. El lector siempre debe reconocer tu territorio. Desconfío del autor que cambia de territorio o que no lo deja claro en sus libros.

Ángeles Mastretta

¿Escribimos para recordar o para ir adivinando lo desconocido? Alguna vez recomendó Julio Cortázar: "Cuenta la historia como si sólo fuera de interés para el pequeño círculo de tus personajes, pensando en que podrías ser uno de ellos". Yo no encuentro una mejor recomendación para quienes quieran meterse en este lío que es escribir quimeras. Inventar mundos, es querer adivinarlos. ¿Quiénes son éstos? ¿Quiénes fueron? ¿Qué pensaban? ¿Qué los conmovía? ¿En dónde viven? ¿A quién añoran? ¿A qué se atreven? Yo para eso escribo novelas. Para soñar con otros, para inventar personas a las que me gustaría conocer, con las que me haga bien convivir durante horas, durante días alargándose por años. Lo que me sucede no necesito reinventarlo, y cuando intento hacer algo así siempre termino aceptando que la historia que digo ha sido mía. Escribir es un juego de precario equilibrio entre el valor y la soberbia. También entre sus opuestos: el miedo y la humildad. Yo de cómo escribir, de los trucos y los equívocos, no sé hablar bien. Lo único que sé con la claridad del agua, es que escritor es quien escribe todos los días, todos los ratos libres y siempre que algo mira, aunque no tenga lápiz, ni teclas con las que dejar constancia de sus palabras.

Andrés Neuman

Aristócratas y pedagogos. ¿Se puede enseñar a escribir?, ¿hay unas reglas mínimas? Herméticos y aristócratas necesitan pensar que no. A pragmáticos y pedagogos les conviene pensar que sí. ¿Se puede ser un aristócrata pedagógico? Ay. No se debe... 1. No se debe escribir en estado de ebriedad o enajenación por estupefacientes. 2. No se debe escribir novelas universitarias. 3. No se debe creer que hay cosas que se deben hacer. Sí se debe... 1. Se debe escribir sobre el estado de ebriedad o enajenación por estupefacientes. 2. Se debe escribir novelas universitarias, si no hay más remedio. 3. Se debe creer lo que digan los personajes.


Publicado en: El País

domingo, 20 de diciembre de 2009

Estimado Andrés Neuman:

El domingo pasado terminé de leer tu libro, y me quedé, como suele pasar cuando termino una novela, muda y con la mente en blanco.

Hubo muchas cosas que no esperé que sucedieran, así que me emocioné por sentirme sorprendida. No imaginé que la agonía del organillero durara más de un par de días, que Rudi arremetiera en contra de Hans (lo que es comprensible porque son, como dice Álvaro, cuestiones de honor), que Sophie confesara sus sentimientos hacia el viajero -y no me refiero a que "confesara su infidelidad" porque a mi manera de ver, le hubiera sido infiel a Hans- y cancelara la boda.

Me causó algo de ansiedad no saber qué decía la carta que Lisa tiró al Nulte, ¿habría hecho que Sophie lo acompañara en el viaje? O al revés, ¿habría hecho que Sophie se quedara en Wandernburgo? Y el mejor final fue ese: que Sophie toma la decisión de partir, ahora la ciudad le quedaría pequeña, luchando por apretarle el pecho, sacarle el aire y presionarle más allá de la dignidad.

No me gustan las despedidas. Y debes saber que cuando es necesario que viva una despedida, me hago como si no pasara nada, así las cosas no se sienten como generalmente ocurre en el corazón.

Así, mi querido Andrés, no quisiera despedirme de ti, pero los motivos que tenía para escribirte se han terminado. Leer El viajero del siglo fue como un oasis en el desierto de mi esterilidad emocional, y fue como un transporte a lugares que no pude haber imaginado antes.

Me quedo con muchas cosas. Me quedo con todo el amor -por supuesto-, con las historias que se cuentan a través de las estaciones del año, con el tiempo que no transcurre, con el tiempo que se cuenta a mares, con el tiempo que nos sobrepasa, y con las cosas que se van terminando conforme avanza. Me quedo con el erotismo que me hizo despertar.

Me quedo con haberte conocido, que ha sido todo un placer.

Hasta pronto.

Un cariño,
Mariposa Tecknicolor.


lunes, 7 de diciembre de 2009

Estimado Andrés Neuman:

No es que haya sido predecible, pero pude adivinar que Hans instaría a Sophie a publicar y que la invitaría a traducir con él. Me gusta adivinar historias.

Ahora entiendo lo de la gran manivela, me gusta el término, me gusta el sentido de la palabra "manivela". Además, le he dado mis propias connotaciones aún cuando esto de la manivela maestra de los sueños me parece perfecta.

Mi estimado Andrés, me senté aquí a escribir con tantas ideas sobre tu libro, y ahora mi mente se ha quedado en blanco. Me gustaría ser capaz de explicarte lo útil que me ha sido leerte en esta etapa de mi vida. Me gustaría poder tener las palabras exactas para hacerme entender, para decirte por qué me gustan ahora las historias de amantes, de los amores infinitos que siguen viviendo aunque se sepa que van a tener fin, de los amores adúlteros en vez de los platónicos.

De todo lo que quisiera rescatar de la novela, me quedo por el momento con el erotismo que envuelve a la historia y a los personajes. De un tiempo a esta parte, se han comenzado a escribir historias íntimas, porque antes las figuras no tenían puertas cerradas, no se sabía qué era lo que hacían cuando se iban de los lugares o dejaban de ser públicas; o a propósito, se evitaba hablar de ello para que el lector pudiera imaginarlo. Pero los personajes de tu novela sienten y aman, y me han retratado maravillosamente la vida cotidiana de la mayoría de los lugares de la Europa del siglo XIX.

¿Sabes qué descubrí ayer? Que el lugar social de enunciación de El viajero del siglo no es constante. Y si no fue tu intención, pues ahora debes saber que existe una lectora que se hace llamar Mariposa Tecknicolor, que encontró tiempos que no se cuentan en años, estaciones del año que no duran sólo tres meses, y meses que pudieran parecer años.

Me di cuenta que el tiempo que parece haber transcurrido en la novela, por lo menos hasta la mitad del capítulo "La gran manivela", no es real. No se mide como los personajes lo viven, me parece que el tiempo que los rodea es mucho más largo. Me llevó a pensar, esta conversación que tienen en el café Álvaro y Hans, cuando el primero regresó de Londres, que aún cuando la historia en Wandernburgo va en el verano, a punto de que se cumpla un año de que Hans llegó a la ciudad, en realidad han sido muchos. El tiempo histórico que ha transcurrido en el resto del mundo, es el real, no el que ellos viven.

Quizá por eso la preocupación de Álvaro al regresar, para saber si Hans sigue allí, si las cosas siguen transcurriendo como suelen hacerlo, y si las personas siguen siendo las mismas. La ciudad sabemos que no, que ella cambia, que ella los pierde y los vuelve a encontrar. Los abraza y los detiene, y después les insiste en partir.

Mi querido Andrés, ojalá alguien pudiera verme devorar la novela mientras viajo en Metro, mientras revivo los tiempos muertos en mi oficina, mientras llego a leerla tirada en el sillón blanco de mi habitación.

Hoy en la mañana, pasé la parte en la que Sophie se encuentra con Hans cuando tiene el período. Aún cuando no me consta que las cosas hayan sido así para las chicas de esa época, me deleité sabiendo que esta historia está escrita por un varón, y pareciera que es una mujer quien la explica. La mayor parte de las veces que se hace alusión a este tema, suelen ser opiniones un tanto machistas las que imperan. En cambio, me sentí identificada un poco con las reflexiones de Sophie, con que es una lucha entre la conciencia y la ley de la naturaleza; con que no se puede rechazar lo que de entrada nos hace ser lo que somos.

Y luego la escena en la que ella confiesa que no siente tener madera de madre, qué maravilla. No sé si todos los hombres pensarían lo que Hans piensa de ella, pero al identificarse el uno con el otro de esa manera, es lo que los hace ser eternos, inmutables y profundamente sinceros.

Por mucho, y como te darás cuenta, he estado muy feliz de seguirte leyendo estas últimas semanas.

"Al principio nada lo atrajo tanto ni lo impresionó tan poderosamente", leyó Sophie en voz alta, "como la percepción de que Lucinde era de similar o igual carácter y espíritu que él; ahora cada día descubría nuevas diferencias. Pero incluso estas diferencias se basaban en una igualdad más profunda, y cuanto más ricamente se desarrollaba la personalidad de ambos, más polifacética y emocionante se volvía su unión". ¿Ves?, para mí este es uno de los pasajes más importantes de la novela. Y qué lejos de eso estamos todavía, ¿te imaginas una legión de narradores pensando en sus propios cambios porque las mujeres que aman han cambiado? ¿Y qué me dices de esto?, dijo Hans, mira, aquí, cuando él se compara con los amantes que se sienten ajenos al mundo, separados de todo porque se aman, y dice: "No así nosotros. Todo lo que amábamos antes, lo amamos más. El sentido del mundo se nos ha abierto", para mí esa visión es admirable, el amor no como huida sino como llegada al mundo, como forma de conocerlo. Eso quiere decir que una sociedad nueva empezaría por reinventar el amor. Muy cierto, dijo Sophie, aunque Schlegel también tiene sus contradicciones, acuérdate del capítulo que leímos hace un rato, ¿a ver?, creo que en este, hubo algo, espera, que me chocó bastante, y no me refiero a las tonterías de la mujer como el más puro de los seres y esas cosas, eso ya ni lo menciono, ah, aquí: "Cuanto más elevado es alguien, más semejante se vuelve a una planta, la más moral y hermosa de todas las formas de la naturaleza", eso. Más bien se trataría de todo lo contrario, ¿no?, de cuestionar las raíces, de oponernos a la supuesta naturaleza de las cosas, a veces por ejemplo, una mujer necesita desobedecer a la naturaleza para crecer. Además las plantas también evolucionan, se adaptan al terreno, cambian de necesidades, como las personas.
p. 376, Neuman, Andrés, El viajero del siglo, México, Santillana Ediciones Generales, 2009, 533 p.
Por fin he logrado saber el amor de otra forma.

Gracias.

Hasta pronto,
Mariposa Tecknicolor.


jueves, 5 de noviembre de 2009

Estimado Andrés Neuman:

Espero que estés muy bien. Me he sentado a escribirte otra vez, porque acabo de terminar de leer la segunda parte de tu libro El viajero del siglo. De entrada, los títulos de los capítulos me han dado mucho qué pensar, y algunas veces me han dado material para escribir. Disfruté "Aquí la luz es vieja", "Casi un corazón", y no quise empezar de inmediato a leer "La gran manivela" porque hay cosas que tuve que digerir. Hubo escenas de la lectura que no debían pasarme desapercibidas.

Es obvio que en este momento estoy sentada aquí, escribiendo unas palabras para ti, para el autor del que se ha convertido en mi libro favorito. Pero debo confesar -como usualmente lo hago cuando necesito hacerlo-, que traigo tantas cosas en la cabeza y que los últimos días me han llenado de tantas ideas, que ahorita no puedo escribir sólo de las impresiones que me ha dejado leer la segunda parte de tu libro.

Sigo pensando en cómo el amor puede ser el gran viaje, y como uno, sin saber algunas veces que tiene que tomar la decisión, se resiste a hacerlo, pensando que el viaje es el que se vive, que se tiene que continuar. Y no sé por qué me decidí a tomarte por lector. Y mira que todavía le tengo miedo a conocer quiénes son mis lectores. Quizá ni sepas que existo. Qué más dá. Todos los pretextos son buenos, supongo.

Me conmueve mucho saber que una persona que decide aprender a escribir y a leer, lo haga por ganas y no porque la enviaron a la escuela como me enviaron a mi. Aprendí a escribir antes que a leer, cuando veía a mis hermanos hacer la tarea. Antes del preescolar, mi abuela me cuidó y me enseñó a cocinar, lo que ahorita me viene a la mente es que quizá aprendí a escribir y a cocinar al mismo tiempo. Luego, con el periódico me enseñaron a leer sílabas y cómo era el sonido de las letras. Años más adelante, pude comenzar a hacer la comida yo sola, y supe que quería dedicarme a esto aproximadamente a los catorce años, antes de la gran depresión.

Esta escena magnífica, en la que Lisa forcejea con Hans el cesto de la ropa sucia, y él sin darse casi cuenta le dice que debería estar en la escuela, a lo que ella respode "¿Y entonces por qué no me enseña? Que me enseñe, a leer esos libros que usted lee, y no creo que sea tan difícil, conozco a gente estúpida que lee", quizá haya sido la parte que más leí y releí, antes de continuar. Me conmovió sobremanera.

Gran motivo, gran razón. Yo también conozco a gente estúpida que lee. Y de alguna forma, aún cuando no fui analfabeta, al desarrollar mi sentido común me llamó la atención lo mismo que a Lisa: la gente que lee, que mete la nariz en los libros, tiene otro semblante, mira diferente y también yo quise ser como ellos.

Y no he intercambiado billetes con amores platónicos, ni con amores imposibles, ni prohibidos, ni con posibles, ni con correspondidos. Alguna vez intercambié correspondencia, que venía de muy lejos, que yo escribía con mucha esperanza. Y las más, he intercambiado correos electrónicos. Los últimos, desde el mes de julio. Cada correo electrónico ha dicho mucho más de lo que hemos querido contar. Y los tres que me envió ayer, me platicaron que me ha leído muchas veces, de ida y vuelta; y me confesó, en el tercero, que mi carta es muy bonita, casi coleccionable, y que sentía horror al pensar que tenía que borrar el mensaje. Le dije que no lo hiciera, después habrá tiempo para eso.

Es grato saber como todos los días, hay personas que tienen la oportunidad de vivir pequeños fragmentos de una novela, escondidos en los encuentros que -la mayor parte de las veces- tampoco saben que existen.

Deberíamos sabernos viviendo magia, polvo de estrellas, ¿o qué tu crees?, ¿que el polvo de estrellas lo propiciamos o simplemente nos toca? Yo pienso que es como los encuentros, se pueden propiciar y orillar a que sucedan, aún cuando se sepa que de allí no pasará, que no habrá un segundo, ni bronca ni despedida.

Hoy, cuando me invitó al primer encuentro en persona, quise saberme viviendo polvo de estrellas. No pretendo que me pretenda. No espero un segundo encuentro, es más, ni que suceda. Quizá no nos encontremos entre la gente, quizá su tren se demore más que el mío. Quizá es una trampa que me haya citado a las diez en medio de la calle Ayuntamiento.

Pudiera ser, que en medio de toda la gente, sigamos sintiéndonos solos.

Me gusta leer a un Hans que trabaja, que transforma su habitación en estudio, con esa lámpara de aceite que quisiera tener acá conmigo. Por fin abrió el arcón, y miré todos los muertos que carga. Los míos, como los demonios, siguen encerrados en unas cajas de cartón, guardados en unas bolsas de mandado, y algunos mirándome a mi lado derecho. Porque sí, algunos de mis demonios, como mis muertos, me miran mientras escribo, mientras hablo sola, acaricio al gato o me saco la ropa.

El beso de Sophie me dejó sin aliento. Y la primera vez que hacen el amor, me quedé como cuando se queda uno después del amor, con pocas palabras, con muchos gestos, sintiendo que se dejan atrás algunas promesas rotas.

El amor que los funde, junto con el aceite de la lámpara, y se dan cuenta a través de las sombras de la pared que son uno mismo, fundidos en el ir y venir, del amor, del aliento, del aire que se quiere mover aún estancado en una habitación. Después de ese amor por fin se sabe, entonces, que siempre se fue el uno del otro, que aún antes fueron uno mismo.

Gracias, otra vez.

Saludos cordiales,
Mariposa Tecknicolor.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Estimado Andrés Neuman:

Espero que estés muy bien, soy Mariposa Tecknicolor y escribo desde la Ciudad de México.

Del mes de abril al mes de agosto pasados trabajé en una agencia de análisis de noticias y me correspondió cubrir las entrevistas que viniste a dar en la Ciudad de México a un programa de radio y al programa de televisión Conversando con Cristina Pacheco, así fue como te conocí. Fíjate que hubo muchas noticias sobre novelas y escritores que cubrí mientras trabajé allí, pero algo muy peculiar tuvo tu voz, tu risa y la descripción que hiciste de tus personajes; y me sentí identificada contigo cuando dijiste que más allá de la suma económica que trajo el Premio Alfaguara, lo que no se compraba ni con todo el dinero del mundo era que te fueran a leer en todos los países de Iberoamérica, y entonces mencionaste las aquellas capitales con las que te entusiasmabas de pensar que tu libro estaría en las estanterías de las tiendas de libros. Dijiste, asombrado, que era algo que no podías haber imaginado.

Eso, mi querido Andrés, y los comentarios de que cada lector hiciera el mapa de Wandernburgo, que sea una ciudad itinerante, el amor que se funde entre Hans y Sophie, la Plaza y el organillo del organillero que va acompañado de Franz, y el arcón que parece que trae "unos cuantos" muertos, me hicieron imaginar y comenzar a hilar una historia en mi cabeza. Eso de que la ciudad no deje que Hans se vaya, "mañana agarro mis cosas y me voy", y ese mañana no llega, y hasta donde voy no ha llegado.

Aproximadamente un mes después de haberte visto y escuchado en el que ahora es mi anterior empleo, en una tarde de café y revistas con mi amigo San Román, me preguntó sobre la novela que estaba leyendo en ese momento y sobre el montón de libros que tengo por leer, y me dijo, "¿hay algún libro que quieras leer y todavía no tengas?" Y sin pensarlo dos veces le dije que sí, que necesitaba leer El viajero del siglo de un escritor muy joven que se llama Andrés Neuman, premio Alfaguara de Novela 2009, y de quien me quería hacer total fan.

Los días pasaron y llegó mi cumpleaños número 26. Al día siguiente, San Román llegó a verme para invitarme un café, y cuando me subí a su coche estiró su brazo bajo mi asiento y sacó un gran paquete envuelto en papel color dorado y un enorme moño color rosa, era un libro de Sanborn's por supuesto, y se me salieron las lágrimas cuando vi el título y tu nombre escritos, que además me sorprendió porque no sabía como era la portada.

Comencé a leerlo esa misma noche. No tengo el ritmo de lectura de antes porque mi actual trabajo me absorbe muchísimo tiempo, pero siempre que regreso a casa, me recuesto en los dos sillones en forma de media luna de mi habitación, levanto las piernas sobre dos cojines y mientras mi gato se acurruca en mi panza, yo continúo imaginando Wandernburgo y las facciones de la cara de Hans, su pelo y su estatura.

La semana pasada terminé el capítulo "I Aquí la luz es vieja", y me satisfizo sobremanera la conversación entre el grupo de hombres, la última vez que se reúnen en la cueva del organillero. No quisiera escribir sobre tu novela porque me tardaría muchísimo y terminaría contándola aquí mismo, pero sí quiero que sepas que tus letras llegaron a darle mucha ilusión a mi corazón y muchas ganas de seguir escribiendo a mi cabeza y a mi alma.

Me acabo de comprar un coche, y como siempre tuve que escogerle un nombre. Pensé de inmediato ponerle Andrés en tu honor, pero mi anterior coche se llamaba así porque la primera vez que lo manejé fue para ir al concierto de Andrés Calamaro en el Auditorio Nacional, y no quise repetir el nombre porque además, me pareció mala suerte ya que a Andrés me lo robaron del estacionamiento del supermercado. Nunca apareció, yo estuve muy triste, pero me repuse pensando que había cumplido conmigo.

En tu honor, de igual manera, mi nuevo coche se llama Hans. Pensé llamarle Neuman o viajero, pero sin pensarlo, cuando mis amigos lo vieron y me preguntaron su nombre, de mis labios salió "Hans, se llama Hans porque así se llama el viajero del siglo", personaje principal del libro que estoy leyendo y que todas las noches me hace la mujer más feliz del mundo.

Gracias, otra vez.
Un cariño,
Mariposa Tecknicolor.