lunes, 7 de diciembre de 2009

Estimado Andrés Neuman:

No es que haya sido predecible, pero pude adivinar que Hans instaría a Sophie a publicar y que la invitaría a traducir con él. Me gusta adivinar historias.

Ahora entiendo lo de la gran manivela, me gusta el término, me gusta el sentido de la palabra "manivela". Además, le he dado mis propias connotaciones aún cuando esto de la manivela maestra de los sueños me parece perfecta.

Mi estimado Andrés, me senté aquí a escribir con tantas ideas sobre tu libro, y ahora mi mente se ha quedado en blanco. Me gustaría ser capaz de explicarte lo útil que me ha sido leerte en esta etapa de mi vida. Me gustaría poder tener las palabras exactas para hacerme entender, para decirte por qué me gustan ahora las historias de amantes, de los amores infinitos que siguen viviendo aunque se sepa que van a tener fin, de los amores adúlteros en vez de los platónicos.

De todo lo que quisiera rescatar de la novela, me quedo por el momento con el erotismo que envuelve a la historia y a los personajes. De un tiempo a esta parte, se han comenzado a escribir historias íntimas, porque antes las figuras no tenían puertas cerradas, no se sabía qué era lo que hacían cuando se iban de los lugares o dejaban de ser públicas; o a propósito, se evitaba hablar de ello para que el lector pudiera imaginarlo. Pero los personajes de tu novela sienten y aman, y me han retratado maravillosamente la vida cotidiana de la mayoría de los lugares de la Europa del siglo XIX.

¿Sabes qué descubrí ayer? Que el lugar social de enunciación de El viajero del siglo no es constante. Y si no fue tu intención, pues ahora debes saber que existe una lectora que se hace llamar Mariposa Tecknicolor, que encontró tiempos que no se cuentan en años, estaciones del año que no duran sólo tres meses, y meses que pudieran parecer años.

Me di cuenta que el tiempo que parece haber transcurrido en la novela, por lo menos hasta la mitad del capítulo "La gran manivela", no es real. No se mide como los personajes lo viven, me parece que el tiempo que los rodea es mucho más largo. Me llevó a pensar, esta conversación que tienen en el café Álvaro y Hans, cuando el primero regresó de Londres, que aún cuando la historia en Wandernburgo va en el verano, a punto de que se cumpla un año de que Hans llegó a la ciudad, en realidad han sido muchos. El tiempo histórico que ha transcurrido en el resto del mundo, es el real, no el que ellos viven.

Quizá por eso la preocupación de Álvaro al regresar, para saber si Hans sigue allí, si las cosas siguen transcurriendo como suelen hacerlo, y si las personas siguen siendo las mismas. La ciudad sabemos que no, que ella cambia, que ella los pierde y los vuelve a encontrar. Los abraza y los detiene, y después les insiste en partir.

Mi querido Andrés, ojalá alguien pudiera verme devorar la novela mientras viajo en Metro, mientras revivo los tiempos muertos en mi oficina, mientras llego a leerla tirada en el sillón blanco de mi habitación.

Hoy en la mañana, pasé la parte en la que Sophie se encuentra con Hans cuando tiene el período. Aún cuando no me consta que las cosas hayan sido así para las chicas de esa época, me deleité sabiendo que esta historia está escrita por un varón, y pareciera que es una mujer quien la explica. La mayor parte de las veces que se hace alusión a este tema, suelen ser opiniones un tanto machistas las que imperan. En cambio, me sentí identificada un poco con las reflexiones de Sophie, con que es una lucha entre la conciencia y la ley de la naturaleza; con que no se puede rechazar lo que de entrada nos hace ser lo que somos.

Y luego la escena en la que ella confiesa que no siente tener madera de madre, qué maravilla. No sé si todos los hombres pensarían lo que Hans piensa de ella, pero al identificarse el uno con el otro de esa manera, es lo que los hace ser eternos, inmutables y profundamente sinceros.

Por mucho, y como te darás cuenta, he estado muy feliz de seguirte leyendo estas últimas semanas.

"Al principio nada lo atrajo tanto ni lo impresionó tan poderosamente", leyó Sophie en voz alta, "como la percepción de que Lucinde era de similar o igual carácter y espíritu que él; ahora cada día descubría nuevas diferencias. Pero incluso estas diferencias se basaban en una igualdad más profunda, y cuanto más ricamente se desarrollaba la personalidad de ambos, más polifacética y emocionante se volvía su unión". ¿Ves?, para mí este es uno de los pasajes más importantes de la novela. Y qué lejos de eso estamos todavía, ¿te imaginas una legión de narradores pensando en sus propios cambios porque las mujeres que aman han cambiado? ¿Y qué me dices de esto?, dijo Hans, mira, aquí, cuando él se compara con los amantes que se sienten ajenos al mundo, separados de todo porque se aman, y dice: "No así nosotros. Todo lo que amábamos antes, lo amamos más. El sentido del mundo se nos ha abierto", para mí esa visión es admirable, el amor no como huida sino como llegada al mundo, como forma de conocerlo. Eso quiere decir que una sociedad nueva empezaría por reinventar el amor. Muy cierto, dijo Sophie, aunque Schlegel también tiene sus contradicciones, acuérdate del capítulo que leímos hace un rato, ¿a ver?, creo que en este, hubo algo, espera, que me chocó bastante, y no me refiero a las tonterías de la mujer como el más puro de los seres y esas cosas, eso ya ni lo menciono, ah, aquí: "Cuanto más elevado es alguien, más semejante se vuelve a una planta, la más moral y hermosa de todas las formas de la naturaleza", eso. Más bien se trataría de todo lo contrario, ¿no?, de cuestionar las raíces, de oponernos a la supuesta naturaleza de las cosas, a veces por ejemplo, una mujer necesita desobedecer a la naturaleza para crecer. Además las plantas también evolucionan, se adaptan al terreno, cambian de necesidades, como las personas.
p. 376, Neuman, Andrés, El viajero del siglo, México, Santillana Ediciones Generales, 2009, 533 p.
Por fin he logrado saber el amor de otra forma.

Gracias.

Hasta pronto,
Mariposa Tecknicolor.


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