lunes, 7 de diciembre de 2009

El amor sirvió de algo

Tras la separación, luego de muchos meses, sigo deshaciéndome de las cosas que no me interesan más. Hoy vi muchas fotos de él, fotos que no buscaba pero me encontraron. No se ve tan mal, los besos que nos dábamos parecen reales, nos veíamos bien. Sorprendentemente no sentí nada.

Hay cosas que por automático he tirado o regalado, vendí unas monedas la semana pasada, esas sí me estorbaban y me sacaron de algunos apuros, y confieso que hay cosas que no pienso regalar jamás. Un regalo de ellos, que me hace feliz todos los días y se ha vuelto la mejor de mis compañías, es mi gato. A él no lo voy a regalar por supuesto, no me puedo deshacer de él, y es irónico que haya sido un regalo del soltero tóxico. Ya lo había olvidado, y hace rato que llegué al sillón a leer y que vino a echarse en mi barriga para acompañarme, comprendí que sin mi pasado él no estaría conmigo.

Vaya ironía. Vaya vueltas que da la vida.

Olvidé el perfume Armand Basi y lo acabo de encontrar. Olvidé que debí olvidar, y entonces todo ha ido apareciendo. El espejo de su abuela todavía decora mi tocador, y no tengo intención alguna de deshacerme de él, me lo dio la señora y lo conservo con cariño. Pobres abuelas. No es la primera vez que sé que en la abuela de la familia, recae la razón de todos los integrantes. Una vez la señora me llamó por teléfono para pedirme que lo disculpara, que él me quería muchísimo, y que también disculpara a su hija, la madre de él, porque no sabía lo que hacía. Siendo sincera no sé si los disculpé, pero aquella noche el chico tóxico llegó a cenar a mi casa, con mi familia, a sentarse en un lugar de mi mesa. Puros errores cometidos una sola vez, porque como siempre eran nuevos, ni siquiera se podía tener la precaución de no volverlos a cometer.

Antes me daba mucha vergüenza platicar de estas cosas, recordar mis lágrimas sin razón, su llanto -fingido o no, no lo sabré nunca- pidiéndome disculpas, los desplantes y la mala educación de su madre. Más que tristeza, lo que sentía era una enorme cruda moral que con el paso del tiempo y con el ejercicio de deshacerme de los recuerdos que me estorbaban la memoria, se me ha ido quitando.

Y el viernes hice un gran ejercicio: al platicar con un perfecto extraño de las cosas que no platico con nadie más, me di cuenta de que no todo es pecado, y que de alguna forma el amor sí sirvió de algo.

Ahora, en retrospectiva, me doy cuenta de que las personas no cambian, que es increíble que a pesar de tener un gran intelecto, muchas veces no se esfuerzan por ser mejores aún. Y es difícil, porque entonces me pregunto también si yo he cambiado, si se nota el esfuerzo que hago para ser mejor chica, para tener mejor preparación, para conversar con ganas cuando cambia el tema mi interlocutor. No lo sé, quizá alguien tenga que venir a decírmelo.

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