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lunes, 8 de diciembre de 2014

En tu honor.

Hace ya un montón que no escribía en esta página en blanco.

En un principio creí que era la misma mujer que empezó a escribir en el año 2008, pero ahora rectifico y me doy cuenta de que soy diametralmente distinta. Por mucho soy yo, más consciente y soy fuerte. Algunas veces quisiera olvidarme de todo lo que me hizo llorar o de todo el dolor que sentí, pero sé que eso no sucederá. Otras veces quisiera olvidarme de cómo se siente tener el corazón roto, de cómo se vive la desilusión, pero sé que eso no sucederá, y ahora entiendo que todas estas cosas han sido una constante.

Mi vida dio el giro que siempre busqué, pero que no imaginé cómo sucedería. Y no lo dio nada más porque si, sino porque tomé decisiones que me encaminaron a ser esta mujer y a estar tranquila y a ser feliz. De alguna forma todavía no entiendo o no descubro cuál es la estructura de mi camino, cuál es la ecuación que se encargará de darle sentido a todo lo que viene, al resto del otoño, al curso de invierno, a las habitaciones de mi corazón.

Entre todas las interrogantes, entre todos los huecos de información, viene entonces un viernes cualquiera, en el que mi auto se guarda en tu garage, en el que tu cena se sirve en dos platos, en el que reímos hablando de política, me preparas un café casi a la medianoche, y comenzamos a hablar de todas las cosas de las que siempre hablamos como si nunca dejáramos inconclusas las palabras y las frases y la risa... "Histérica histórica", en tu honor, te digo, mírame, míranos, como si no hubieran pasado casi doce años, sigue siendo en tu honor.

Histérica histórica, esa es la constante.


sábado, 8 de febrero de 2014

¿Cuántos óvulos, desde hace tantos años, estarán ahí atorados?

¿Llegará algún día en el que quieran florecer?

Espero que sí, porque estaré aquí tranquila y paciente, esperando...

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Así se escribe el año once.


For you I bleed myself dry.


Volver a verlo era lo que necesitaba para sentarme a escribir. Fingí no querer verlo, y durante un tiempo me escabullí, hui y me desaparecí como humo.

No fue un tiempo cualquiera, fueron diez semanas después de que cumplí treinta y de que él cumpliera cuarenta y tres. Empecé el doctorado, volví a la academia y regresé a dedicarme de lleno a la investigación y a escribir. Sin darme cuenta se agregó un año más a la lista, menos ceros a las deudas y un gato más a la familia. Seguí creyendo en el amor y creí haberme enamorado. Rompí mi propio esquema y me volví a estructurar. Decidí irme de ahí. Comencé a vivir en dos casas, con gasto doble y un gato menos. El metro de la Ciudad se convirtió en mi brioso corcel.

Mientras tanto, él hizo un mal negocio. Resolvió cuestiones de salud, se fue su salvador. No viajó, pero lo hará. No me amó, no lo hará, pero me extrañó. Once años después, estamos viviendo en la misma Ciudad, en la misma zona y casi se podría decir que llegamos a pie al domicilio del otro. No lo puedo creer. ¿En qué momento crecí?

Un mensaje que recordó el viejo programa de televisión, que él no había visto, en el que di mi testimonio sobre violencia intrafamiliar, fue el que nos hizo compartir el desayuno. Vino enorme, con el peinado que me gusta que use y con su coche gris. Como si no hubiera pasado el tiempo, le mostré a mi gato a través del balcón y se cambió de asiento para que yo condujera su auto. Te lo encargo mucho, me dijo. Manejé con cuidado, suave, despacio, como si se tratara del amor. Tomé el eje vial de ida y vuelta, después fuimos a desayunar.

En el camino noticias, risas y obituarios. Me estacioné como pude, y se bajó a abrirme la puerta del auto. Desayunamos. Ella se fue, tal parece que para nunca más volver; tan fue así, que pensé que había muerto. No lo sé él, pero yo no la volveré a ver ni por accidente. Y no me alegro, honestamente. Pasa que es de esas noticias que sabes que nunca vas a escuchar, que necesitas un trago para digerirlas, de esas que ni siquiera sabes si son verdad.

Luego el amor y la regadera y una lavandería. La lavandería en casa, la regadera fría y la cama vacía. Una pizza delgada, tres libros sin leer, un par de gatos que se entretienen rompiendo cosas en el salón. Como siempre, como si nada. Pero entonces hubo un pequeño paseo, su mano que tomó la mía en la banqueta, y dos cepillos de dientes que compramos en la esquina. Como nunca, como todo.

Antes otro paseo, uno que no había habido antes. En cuatro ruedas, dos grandes y dos chiquitas, pasó por mi mientras meditaba descalza sobre el concreto de la azotea. Reí como hacía mucho no reía. Nos divertimos como locos. Conté el tiempo, le dije que eran ya once años, y no volví a mencionar un tema serio en todo el día, ni en toda la noche, ni lo haré en todo el año que nos queda.

Todo este tiempo me he resistido a escribir el año once, sin darme cuenta de que al mismo tiempo no he dejado de escribirlo. Diciembre me arrollará, enero me sonreirá, y entonces febrero tendrá una cara de año doce que no sé si podré con ella.

Por lo pronto le dije una mentira, que no sabía qué día nos habíamos conocido, que había dejado de recordarlo. No es verdad. Lo conocí un lunes, el 5 de febrero. Asueto. Yo no había ido a la Universidad, él venía de comer en casa de su mamá. Muchas cosas he perdido mientras me encontré a mi misma. La fecha de cuando nos conocimos, no es una de ellas.

¿Y ahora? Se acabó el verano, intenté escribir una mierda de otoño, me mudé de casa y reestructuré mi vida. Viene el invierno, se acabará el año once y yo tengo que seguir escribiendo.


Cosas nuevas. Temas nuevos. Una teoría. Un doce me sonríe y no puedo dejar de guiñarle el ojo.

lunes, 22 de marzo de 2010

Domingo y primavera

Era muy temprano. El frío me despertó. A pesar de haberme quedado dormida vestida -otra vez-, ahora el frío se me metió por las plantas de los pies. Desconocí el lugar, desconocí la cama, a pesar de que había sido la cama de siempre, las sábanas blancas con flores azules, las cobijas amarilla y roja, la lámpara encendida en el buró del fondo.

Muerta de frío, me desperté y fui a buscarte. Y allí estabas, en el sillón que a veces olvido que ahí está. Estabas dormido, aún más de lo que estaba yo. Estabas respirando muy fuerte, con tu menudo cuerpo enroscado como si fueras un gato pequeño. Te miré, empujé tus piernas, me senté en el huequito que se hizo detrás de tus rodillas. Te miré, otra vez.

Intenté despertarte, pero no supe como. Seguí mirándote, comencé a olerte como si la que fuera un gato, ahora sea yo. Voltée hacia la ventana, miré el sol a través de la persiana, caí en la cuenta de que era domingo, y de que por fin había llegado la primavera.

Y te empujé, salió un quejido de tu garganta aún enronquecida, te hiciste a un lado, giraste, hiciste espacio, y me acosté junto a ti.

No importaba nada. Es primavera, era domingo, eras tu y era yo.

Era el sol a través de la persiana. Era de mañana, que por fin un domingo me puso feliz. Comencé a besarte, como debiera hacerlo cada que estoy contigo, como debiera ser todo el momento que pasa sin saberlo. Me sorprendí. Seguías dormido, pero querías estar despierto. Tenías los ojitos todavía cerrados, las pestañas pegadas, las manos giradas hacia el centro de tu pecho.

Desistí. Me fui. Me senté en la mesita de trabajo y prendí esta computadora. Comencé a leer, a escuchar la música que me arrulla, a escribir lo que en ese momento pasaba por mi cabeza. Y el gato que es de a de veras ocupó mi lugar en el sillón, volviste a girarte, volviste a respirar fuerte a través de esa garganta que a veces quiere albergarme.

Y lo volví a intentar. Me levanté y fui a donde la ventana, quité la persiana, me bañé de árboles atravesados por rayos de sol; de luz que a veces no quiero que llegue, de primavera que creo que ahora sí añoraba que viniera. Luego fui a donde tu. Volví a mirarte, y comencé a desabrochar los botones de tu camisa de rayitas negras.

No sé si despertaste. No sé si volví a dormir yo. Todo pasó, como pasa lentamente cuando estoy contigo. Olvidé la noche anterior, lo que habíamos hablado, lo que tu voz susurró junto a mi cuello. Olvidé mis letras, las canciones y mi pasado. Olvidé que estabas allí. Olvidé que quería seguir dormida.

Y algunas horas después, entonces sí desperté por completo. Sólo fue otra mañana de domingo. El invierno -y espero que el infierno también- por fin terminó, la primavera llegó con ese friecito a través de las palmas de mis manos, y otra estación comenzó en mi cuerpo.

Domingo de café por la mañana en un vaso de plástico. Domingo de manejar con el sol en todo su esplendor, con este calor que hace que Hans sea no sólo un auto de valores, sino de agradable sudor que también es insoportable. Domingo de chicas, como todos los del año que acaba de transcurrir. Domingo de mercadillo de Marruecos, de sonrisas con lentes de sol.

Domingo que me hizo feliz, quizá porque soñé contigo.

sábado, 13 de marzo de 2010

El ciruelo por fin floreció.

Hace apenas un par de horas que regresé a casa. Manejé, como tantas ganas tenía, por las avenidas de la Ciudad que más feliz me hacen. Son nobles, enseñan muchas cosas. Aclaran las mentes, hacen sonreír. Hacen sentir que los semáforos en verde, son ojos que me atraen, que me incitan a seguir adelante, son el par de ojos que me provocan, son las luces en verde que me excitan.

Me encontré, con que el ciruelo rojo que compró el soltero tóxico, y que aún conservo plantado en un macetón de barro, comenzó a florecer. La maldita primavera ya no se detiene, y tal parece que durará más que un segundo, que cada semana seguirá muriéndose un verano, hasta que estos tres meses se terminen.

Si el delgado árbol de ramas largas ha logrado florecer, supongo que la que sigue soy yo, son las otras mecetas, es mi pensamiento que cada vez vuela más alto.

Siento que las alas se van a desenrollar.

Es el mar. Necesito ver el mar. Necesito ver azul; tanto verde mirándolo fijamente, me provoca vértigos, me enchina la piel.

El mar. Necesito ver el mar.

Es oficial, el invierno se está acabando. El ciruelo por fin floreció. La primavera no tarda en llegar.

jueves, 11 de marzo de 2010

Estaciones en mi cuerpo

Tenía los pies diminutos, y unos ojos color verde mariguana.
Barbie Superestar, Joaquín Sabina.


No sólo hay estaciones de autobús, de tren, de Metro, de transporte público. No sólo hay estaciones del año, estaciones del tiempo, estaciones espaciales. También hay estaciones en mi cuerpo.

El lunes por la noche, luego de muchos meses si no es que años, tuve una crisis de ansiedad. No es nada grato, pero tampoco es grave. Lo mejor -si es que existe algo bueno en esto-, es que ahora sé manejarlas, sé identificarlas, y sé recuperarme en las seis u ocho horas siguientes. Y una cosa muy importante, es que ahora puedo hablar de ello abiertamente, sin sentirme mal por tener un tanto de TA. Somos muchas personas las que lo padecemos, pero pocas lo podemos asimilar, identificar, y hablar sobre ello.

Y aquí vengo, como siempre, buscándole el lado optimista a las circunstancias que me rodean.

Llevo ya casi ocho días sintiéndome mal, sigo mareada, sigo con náuseas, con cara de fuchi sin de veras sentirme fuchi, con unas ojeras terribles aún cuando he procurado dormir bien. O quizá sea que, una vez más, comienzo a acostumbrarme a este insomnio que de pronto regresa como regresan las estaciones del año.

Y es justo en primavera, cuando me pica la nariz, cuando no paro de estornudar, cuando me lloran los ojos por tanta flor, tanto verde y tanto polen; tanto "love is in the air" que se levanta cuando lo hace el sol. Justo con el calor, es cuando comienzo a quejarme del dolor de piernas, cuando los padecimientos de hace un par de años hacen su aparición. Y es como todo lo que me pasa, que me recupero pero no me curo al cien por ciento, todo es tratamiento, control, manejo de síntomas -como dice Mauricio-, para que no regrese la enfermedad.

Hoy, manejando sobre Thiers, me di cuenta que la primavera está sacando a patadas a este invierno de la Ciudad. Los árboles comienzan a verse todos verdes, luego de que en otoño las hojitas amarillas, rodaban por el pavimento. Los rayos del sol atravesaban las copas de los árboles, obligándome a entrecerrar los ojos, aún con las gafas puestas. Qué linda escena, pero qué puto calor.

Y lo que nunca me hubiera imaginado, ahora pasa que tengo la presión alta. ¿Por qué? No lo sé. Se supone que por estrés, por angustia, por este TA que hace su aparición de repente, aún cuando yo había ya echado las campanas al vuelo. Qué más dá. Así soy, ni modo. Y aún cuando intento no darle importancia, debo hacerlo. Pareciera que no me interesa, que ni siquiera me preocupo por mi propio cuerpo, por dormir o comer bien, por procurarme una buena compañía, un entorno que me sea viable. Pero no es así, sí me preocupo, sí me interesa, y entonces me angustio. Qué de la shit está la cosa.

El chico tendría que saber que no sé pedir ayuda, que soy medio bruta para esas cosas. Hace ya tanto tiempo que me concibo así, que a veces no comprendo que puedo pedir que me tiren un lazo. "¿Por qué no me llamaste a mi?", me preguntó el día después de la crisis. "Por que no se me ocurrió, porque pensé que estarías dormido, porque pensé que te molestaría al llamarte", le respondí, o le quise responder, o me imaginé que le respondí. A veces (lo reconozco), no digo todo lo que pienso, porque me da miedo hablar de más. Todavía este absurdo miedo de no decir lo que esperan escuchar.

Pero el chico tiene razón, y debería ponerle más atención. No es que no lo haga, pero tiene razón cuando dice que puedo llamarle a la hora que necesite, que puedo pedirle un consejo o compañía, que puedo mandarle un recado o escribirle una carta pidiéndole que venga a hacerme casito un rato. Todo se vale, el chiste es que yo me de cuenta que se vale. Y me cuesta, porque casi no recuerdo cómo es cuando uno comienza a salir con alguien.

Pero qué estupidez estoy pensando, si todo vuelve a comenzar siempre. Todo es una gran primera vez. Y este chico está viniendo a llenarme de primeras veces.

Mi memoria, como si fuera un gran monstruo, de pronto comienza a despertar, y a veces no sabe qué hacer. Y eso no importa, porque entonces comienza a llenar las paredes de su guarida, con nuevos colores, nuevos recuerdos, nuevas sonrisas, nuevos ojos que miran a los míos, aún cuando sostengo más de un instante la mirada.

Qué maravilla.

Por otro lado, el corazón, con su enorme coraza, comienza a hacerse blando. Y es entonces cuando me doy cuenta que los latidos de este corazón, que hacen que la presión arterial se altere, quizá no sean causados sólo por una ansiedad mala, sino por una emoción exorbitante. El cariño y los sentimientos también alteran, también matan, de buena y de mala manera. ¿Qué pasa cuando uno, sin reconocer las sensaciones del cuerpo, de pronto cae en la cuenta de que todo está bien? ¿Por qué la convivencia siempre es sorpresiva?

¿Por qué la mente me juega esta trampa, queriendo siempre planearlo todo, palomear todas las listas y tener el control de todo? ¿Por qué cuando me dejo llevar, casualmente se me sube la presión arterial?

De una cosa sí estoy segura: las cosas que mejor saben, o que mejor resultan, son las que no se planean; aún con este mareo, con el dolor de cabeza, y con las náuseas que me quitan el hambre, comienzo a disfrutar de cada una de las sensaciones de este monstruo que se despierta, de esta coraza que se cae, de este cariño que me toma por sorpresa.

La última vez que se me subió la presión, mi hermana Cristina me cuidó, y me llevó con ella a través de las avenidas de esta Ciudad; a comer a un restaurante de la colonia Condesa, a visitas de obra en las que ni siquiera me pude bajar del auto por la pesadez de mi cuerpo, por el dolor de mis piernas.

Ahora Cristina no me puede cuidar, y si no comienzo a cuidarme yo, nada valdrá la pena.

Y termino en donde partí, pidiéndole a Clío que regrese para que me haga escribir, para que pueda terminar lo que me hará arrancar una nueva Historia. San Antonio sigue de cabeza, el pobre ya no ve su hora, le falta poquito porque la mayoría de los milagros -que se confunden con primeras veces-, a comenzado a concedérmelos.

Es normal, que el vaso gota a gota de pronto se derrame. Es normal que la convivencia cree lazos maravillosos de afecto y compañía. Es normal que alguien venga a preocuparse por mi, e intente hacerme entender que debo hacerle caso a los síntomas de mi cuerpo.

Es normal querer seguir escribiendo. Es normal, que de pronto me lleguen unas ganas bárbaras por llenar las paredes de letras, de frases, de su nombre escrito en muchos idiomas, con muchas claves, con mi letra retorcida que a veces no pueden leer. Es normal que el sol y el polen me hagan estornudar, porque entonces es cuando sigo sintiendo, cuando ya no soy indiferente a las estaciones de mi cuerpo.

martes, 2 de marzo de 2010

La mirada desde la República de Babel

Más que agradecida, estoy encida de orgullo y de alegría, por las letras de un gran amigo, que se hace llamar Presidente de esta Nueva República de la que formo parte del Consejo de Gobierno.

Mucho he querido escribir sobre él, pero siempre se me olvida, y termino vomitándoselo todo en un corriente correo electrónico, en el que siempre termino con la misma frase: "tus palabras son como un oasis en el desierto de mis angustias y preocupaciones".

En diversas ocasiones se ha inspirado en mi para algunos de sus escritos. La mayor parte de las ocasiones, me dedica en manuscrita, casi todos sus poemas publicados.

¿Qué más le puedo pedir a la vida? Que me siga dando muchos buenos momentos de su compañía, de sus consejos, de la magnífica convivencia que tuvimos en el Programa de Investigación de la Facultad. A veces lo extraño tanto... que siento que va a venir a hacerme reír con sus pseudónimos de los lugares, de las oficinas, de las personas que nos rodean que no saben que están allí.

Lean pues, la magnífica relatoría que hizo del día que recién compartimos. Hace un par de semanas un chico me dijo que la noche en la que fuimos cómplices -que nos esforzamos para que siguiera siendo "ayer noche" al día siguiente por la mañana- era por mucho la mejor del año, y tuvo razón, y concordé con él. Sin embargo, son contextos diferentes, como los que me gusta manejar, y los que disfruto sobremanera vivir. El domingo anterior fue por mucho, el mejor de los últimos años. Las noches, se cuentan aparte. Gracias a ambos, por los elogios que hicieron de mi compañía.

Minería era una fiesta, dice el Presidente. Para mí fue una verbena, una bellísima romería. Hacía mucho que no se referían a mi, como "mi bellísima acompañante". Es un honor, y un gran piropo. Muchísimas gracias.

viernes, 5 de febrero de 2010

Pavimento mojado.

Hoy la Ciudad de México amaneció totalmente despejada, sin nubes, y con un sol que me obliga a entrecerrar los ojos al caminar. Me gusta, me gusta. El aire sigue frío, pero ya me siento más en mi Ciudad.

Pero antier, cuando la lluvia se apoderó de todos los que vivimos aquí, y nos hizo sacar los paraguas, gabardinas e impermeables, la Ciudad se volvió completamente loca.

Venía yo con mi felicidad desde los hombros hasta los tobillos, vestida toda de negro porque a media tarde tendría una reunión, manejando tranquilamente bajo la lluvia, sobre Xola justo pasando Cuauhtémoc, cuando un coche color rojo salió sin mirar y muy rápido de un estacionamiento que está frente a la estación Etiopía del Metrobús. Frené de inmediato, y debido al pavimento mojado, mi coche se patinó hacia la izquierda.

Controlé sin mucho éxito el volante, me espanté horrores, casi me subo a la banqueta, por supuesto que me quedé a centímetros del maldito coche rojo cuyo conductor no volteó a la derecha para mirar que yo venía muy cerca. Luego de la patinada, metí primera y seguí mi camino. No tuve cabeza para mentarle la madre o gritarle algo al conductor, estaba verdaderamente espantada.

Llegué a la oficina, todavía pálida por el susto, con la boca seca y un punzante dolor en el hombro izquierdo. No sé si fue por la impresión o por mover el volante, total que para en la tarde, me dolían también las pantorrillas y las muñecas.

No paró de llover en todo el día, ni en el siguiente.

Manejé de regreso a casa, como abuelita. Sigo espantada, no voy a decir mentiras, pero tenía que volver a casa y tengo que perder el miedo a manejar bajo la lluvia.

¿Qué pasa con los conductores, que cuando llueve se vuelven imbéciles? Mil veces mejor es bajar la velocidad durante la lluvia, que provocar accidentes por seguir manejando a la misma velocidad.

Y hoy, que ya no llueve, y que está el sol en el cielo en todo su esplendor, la gente sigue con esta agresividad que no sé qué demonios le sucede. Todo mundo avienta el coche, no ponen la direccional, te gritan de coche a coche, tocan el cláxon como si les pagaran por ello. Digamos, pues, que sigo viviendo en una histérica ciudad.

Debo perderle el miedo a manejar bajo la lluvia.

jueves, 4 de febrero de 2010

El beso del elevador

Nos encontramos, como casi siempre sucede, en medio de la Ciudad, en medio de los coches, saltándonos avenidas, y mojados por la lluvia. La lluvia... más bien el frío, como casi siempre a esa hora, como casi siempre que hace frío. Este invierno, además de ensañarse, nos ha regalado maravillosas horas antes del amanecer. Aún cuando son días que no laboro, tengo que despertarme temprano, pero no importa, él tiene que hacer algunas cosas, despertarse igual temprano, librarse de otras, y llegar a la avenida en donde nuestros coches comienzan la misma marcha.

Y a la misma marcha, uno tras el otro, vamos siempre al mismo lugar, de regreso a mi casa, de regreso a la suya. A la misma ducha, a preparar el mismo desayuno, a jugar con las mismas cosas, a hablar de lo que hubo los pasados días, los pasados lindos, los tristes pasados futuros.

Y ahí vamos otra vez, a mirarnos de frente sin saber que lo hacemos, a que me abrace de lado sin saber que lo hace, a tomarme por la espalda, sin haber pensado siquiera hacérmelo una vez más. A hablar de las cosas que moría por contarle, a escucharme como sabe hacerlo, como me gusta que me escuchen, como me gusta escuchar las opiniones importantes. A tener esta magnífica imagen frente a los dos, de ambos cuerpos abrazados y enlazados, de lado, de frente, de perfil, de espaldas, de como sea. La imagen ahí está, y se congela.

Ahí vamos, a desayunar en una mesita ratona que movemos como la gana nos da, a hablar de los coches como si de verdad nos importara, a hacer que no ha pasado nada, aún cuando sabemos que han pasado muchas cosas.

Y miro como toma esa ducha, esa que debería tomar con él allí dentro, como me gustaba cuando lo hacíamos después. Y me mira mientras tomo la mía, y platicamos, y se enfoca, y pierde el hilo, y le gusta mirarme mientras lavo mi pelo, con la misma marca de champú que copié de la regadera de su mujer, y lo desenredo con ese peine enorme, que imagina que juego con él.

Y mi pelo, sobre su cintura, parece que hace maravillas. Y el tiempo, que transcurre sobre nosotros, sobre esa habitación que se hace más pequeña, parece que se detiene para siempre.

Luego, se pone la indumentaria. Y yo, sin saber lo que estoy haciendo, me enfundo en el par de medias negras, en la falda a la rodilla que le gusta imaginar que arranca de mis caderas, en los tacones que parece que están pegados a las plantas de mis pies. Cojo el bolso, toma su cartera. Todo pasa como un día cualquiera. Los dos volvemos, y los coches nos esperan.

Nos esperan, como lo hace mi casa o la suya, hasta la próxima semana, hasta la siguiente luna del lunes que entra, del sábado que pasó, del domingo que no quiero que llegue.

Las trampas del destino son como carreteras; el destino, este ambiente que nos envuelve. ¿El final del camino? Que yo ría como lo hago, mientras me mira desde abajo, sin parpadear. Que el tiempo se vuelva a detener, para que platiquemos como nos gusta hacerlo.

Vuelvo a donde partí, vuelvo a pensar que todo está bien, vuelvo a mi rutina con el sabor de sus labios todavía en mi.

Salimos, yo camino más aprisa que él, me da escalofríos pensar en mis vecinos, o en los suyos. Sigue tras de mí, llamo el elevador, lo tomamos. Se recarga en el fondo del cubo de acero, se cierran las puertas, doy un paso hacia él y comienzo a besarlo como si fuera la última vez, como si esa luna de ese lunes o domingo siguiente no fuera a llegar; como efectivamente es, que yo estoy volviendo a la guerra.

Nos besamos como no lo hicimos en todas las horas anteriores, en todos los meses que pasaron, en todos los años que no supimos que estuvimos allí. Es un maravilloso beso, que dura lo que tarda en bajar tres pisos el elevador, que hace que nos fundamos en ese instante, por unos segundos, entre el fluído y mi respiro. Y sentimos que es el último que nos vamos a dar.

Se abren las puertas, nos separamos, salgo yo primero, él me sigue -y puedo jurar que me mira el trasero, o intenta hacerlo cuando se dibujan en mi falda los sujetadores en mis muslos por detrás-, y volvemos a despedirnos. Como siempre, como nunca, como nada, como todo.

Me subí pues al coche, y cuando escuché el sonido del portazo de mi lado, me desperté. Aquí, en mi cama, sin ningún otro cuerpo en mi colchón. Y el corazón, no ha dejado de latirme. ¿Cuándo va a llegar? Ni me quejo, porque todavía sigo de buen humor.

jueves, 21 de enero de 2010

A las 19:30 en el Ivoire.

Llegué tarde. Los apagones que ha tenido la Ciudad, hacen que nos hagamos más locos. Jugué carreritas con unos tráilers sobre Baja California, tomé Patriotismo sin problema y sin luz todavía, pero cruzar para Reforma fue una odisea. No fue suficiente con que fuera viernes de quincena, encima se tenía que ir la luz en una de las zonas más transitadas de la Ciudad de México.

En una oreja el auricular del móvil, en la otra, el audífono del ipod porque Hans todavía no tiene radio. Como pude, y en un tiempo récord -tomando en cuenta el caos citadino- tomé Reforma a 80 kilómetros por hora. Tuve que parar, por supuesto, casi enfrente del Museo de Antropología, porque ahí comenzó la línea de coches que siempre se hace frente al Auditorio Nacional. Justo cuando crucé la esquina de Gandhi, el ipod me sorprendió con "Victoria y Soledad" de Andrés Calamaro. Me puse como verdadera eufórica. Me hizo tanto bien escucharla a todo volúmen, que comencé a bailar, a manotear, y a cantar a todo pulmón. Los chicos de los coches a mi lado, morían de risa y me volteaban a ver.

Justo frente al Hard Rock Café, a punto de girar a la derecha para tomar Julio Verne, mi euforia por venir cantando y bailando a Calamaro, hizo que mis pies bailaran perdiendo el ritmo de Hans, y se me apagó el coche. Me muero de risa de acordarme todavía. Pero rápido, esos reflejos que me hacen parecer una gatita, prendieron las intermiententes, pusieron neutral, cerraron la marcha y encendieron el coche otra vez, casi ipso facto.

Me encontré con María casi a las 20 horas. Me esperaba en el lounge, muerta de frío, en un silloncito que estaba junto a una de esas antorchas para mitigarse, y con una coca light en la mano. Traía puesto un vestidito corto, cortísimo para su parecer, perfecto para mi. Medias negras y botas. El abrigo casi como piel. Yo, antes de salir de la oficina, me puse el vestido verde, un par de medias negras gruesas, casi mallas, y mis botas negras. Saqué del bolso la pañoleta de leopardo que Copo me trajo de Toronto, y me la até al cuello. Me reí. La etiqueta que no le he querido quitar, para que quede constancia de que fue un regalo de mi amiga viajera, se asomaba detrás de mi oreja. No hubo tijeras para cortala, aún cuando uno de mis jefes las buscó en tres oficinas. Ni modo. La escondí bajo mi pelo suelto, me puse el abrigo negro, y me fui. Y le atiné, porque no hubo discrepancias ni con el estilo del lugar, ni con el de mi acompañante.

En el Ivoire impera la presencia de judíos, dado que Polanco sigue siendo el barrio judío de la Ciudad de México por excelencia; pero también se pueden encontrar chicos de todos los credos y todos los oficios.

María invitó también a Guso, quien siempre está ocupado y le dice que no cuando se le hace una invitación, pero esta vez, cuando ella le dijo que quería que me conociera a mi, el chico accedió. Y nos sorprendió, que antes de las 21 horas, Guso apareciera, enfundado en un abrigo negro también, con una bufanda atada al cuello.

Hacía mucho frío, el chico prefería que tuviéramos una mesa en el restaurante, pero nosotras insistimos en quedarnos en el lounge, a pesar del aire, a pesar del frío, a pesar de que los abrigos no nos dejaban mover.

Platicamos de muchas cosas. Guso pidió una bebida que yo no conocía, ron con miel, caliente, servida en una "copita coñaquera" (qué risa me da llamarla así), con el pretexto de que le dolía la garganta. No hay pretextos, pensé sin decirlo, para pedir la bebida que se nos antoje. Yo, que ahora resulta que me he vuelto abstemia, a raíz de la adquisición de Hans, no bebí más que coca-cola light con hielo.

Guso no estuvo mucho tiempo con nosotras, sólo el suficiente para beber dos copas, y reír sin parar con nosotras. Para conocernos, porque yo nunca lo había visto, a pesar de que María habla mucho de él. Se despidió, y como todo un caballero, pagó la cuenta.

Nosotros hicimos -literal- como si nada pasara, o como si nunca hubiera aparecido. Seguimos con nuestra conversación sobre chicos, sobre nuestras familias, sobre nuestra hermana Cristina. Seguimos platicando sobre las actitudes que ahora se tiene ante las relaciones amorosas. Dilucidamos si quedarnos allí otro rato, o irnos a otro lugar para bailar, o a otro lugar para cenar. No sabíamos qué hacer, pero seguimos la conversación como si hiciera mucho tiempo que no nos veíamos.

Y en realidad, hacía mucho tiempo que no nos veíamos así. La mera verdad es que hacía mucho tiempo que no platicábamos, ni siquiera por el móvil.

La relación con esta amiga es muy especial. Y no digo especial en la acepción de la palabra que significa "singular o fuera de lo particular". Y lo siento mucho, pero lo que es, es. Y la relación que tenemos es de cuando ella tiene ganas: ganas de verme, ganas de hablar conmigo, ganas de compartirme algunas cosas, ganas de que le ayude en otras, o ganas de quererme un poquito. Hay veces en las que me canso de buscarla, de llamarle y de que no me responda, de pedirle ayuda y no obtener una respuesta, aunque sea negativa. Pero así es, y no la podré cambiar.

Este día en particular, lo pasamos muy bien. Reímos tanto, que un chico sentado en un par de mesas al lado, se levantó y se acercó a decirnos que nosotras eramos las chicas que mejor se la estaban pasando en ese lugar, que quería saber por qué nos reíamos tanto. Y le platicamos lo que se podía contar, le contamos el resumen gerencial de nuestra noche allí, de nuestra amistad, y de nuestros chistes que a veces sólo a nosotras nos hacen reír.

Luego hablamos de lo que estábamos evitando. Hablamos de su chico y del que yo todavía no tengo. Me dijo que casi no podía comprender cómo puede existir un hombre, cuya relación es casi rayando en la indiferencia. Yo, sin decir nombres propios ni revelar identidades, le dije que la entendía, que yo también he conocido hombres que rayan en la indiferencia, y que yo misma, a veces proponiéndomelo y algunas otras sin hacerlo, me comporto de la misma manera.

Ese hombre que es tan frío, tanto como la región de donde viene. Ese que María ha escogido para pasar los veranos y los inviernos, para incluirlo en sus planes sin que él lo sepa, sin que él la tome en cuenta. Ella no se puede explicar qué es lo que lo hace ser de acero, lo que lo hace no tener nada, pero tener mucho al mismo tiempo. No sabe qué es lo que lo hace venir al Pacífico mexicano, con ella, a compartir los días y las horas como si se hubieran visto ayer, o como si ya fueran las últimas.

Me abstuve -además de beber-, de dar mis sinceras opiniones, porque probablemente le resultaran duras, más frías, o incomprensibles. Pero la mera verdad, es que a mi modo de ver es una pérdida de tiempo, y una tristeza, que María se preocupe por alguien a quien no le consta que piense en ella. María necesita alguien como ella, parecidos, alguien que la quiera como es, que la quiera de a de veras, caliente, como el trópico candente que ella escogió para comprar otra casa.

María, como todos nosotros, merece ser feliz. Y este chico, dudo que pueda compartir esta felicidad, o ser un complemento de ella.

Con poco apetito, pasadas las 22, decidimos irnos derechito a las hamburguesas al carbón de Fuentes de Satélite. Pedir los coches en el valet parking fue una calamidad. No me intimidé ni tantito al entregarlo, aún cuando en la fila para que me lo recibieran, Hans -mi Volskwagen negro- iba después de un Ferrari color rojo, y antes de un Mercedes Benz plateado. Pero a la hora de pedirlo, les dije bien clarito cómo debían abrir mi coche, y nadie tuvo la cortesía de decirme que no podían con sus sistema de seguridad, lo que por un lado me encanta, porque hace de Hans un pequeño búnker.

Así pues, terminé yendo por él en el coche de María, y por supuesto, con mis propios medios, porque el valet se dio por vencido.

Nos seguimos, hablándonos por el móvil de coche a coche, hasta llegar a Plaza Satélite y dar vuelta a la derecha, para tomar, más adelante, Circuito Oradores. Llegamos a las hamburguesas, pedimos tres grandes para llevar y nos fuimos a su casa. ¿Tienes todavía cerveza? Le pregunté, me dijo que sí, que el sueco había dejado algunas todavía más frías que él, así que me dio chance de beberlas todas si así lo quería.

Cenamos sentadas en la barrita de la cocina, recordando las anécdotas de antiguos chicos, novios, amantes, maridos, o como se les quiera llamar. Todavía teníamos fuerzas para reír.

Una noche particular, especial en el sentido propio de la palabra, que me hizo pasarlo muy bien con María. Me sentí bien, y me puse alegre. Me tomé dos Indio bien frías, llegué a casa casi durmiéndome porque estaba verdaderamente cansada. Y me acordé que así es cuando se sale. Aún cuando se tiene un plan, las personas llegan o no llegan, el plan se modifica, se termina bebiendo cuando se supone que no se debe porque se va a conducir, y se lo pasa uno muy bien.

De mi oficina al Ivoire. A reír a carcajadas. Recoger a Hans del otro lado del Parque Lincoln. Directo a las hamburguesas. Terminar la noche en la barra de la cocina de una amiga.

Noches como esta deben ser comunes en la vida de la Ciudad. Pero para María y para mí dejaron de serlo hace algún tiempo. Por eso valió la pena.

miércoles, 20 de enero de 2010

Mi propia historiografía impresa.

Pero esta noche estrena libertad un preso
desde que no eres mi juez,
tu vudú ya pincha en hueso,
tu saque se enredó en mi red.
[...]
Dónde crees que vas,
quién te parece que soy,
no mires atrás que ya no estoy.

Pero dónde crees que vas,
quién te parece que soy,
si miras atrás mañana es hoy.

Dónde crees que vas,
quién te parece que soy,
puede que quizás luego sea hoy.

Nena dónde crees que vas,
quién te parece que soy,
no mires atrás que ya me voy.
Que sepas que el final no empieza hoy.

Tiramisú de limón, Joaquín Sabina.


A las 17:30 salí de la oficina, muy nerviosa porque iba a recoger la obra terminada. Tomé Cuauhtémoc, luego me desvié a la derecha para tomar avenida Universidad. Aprendí, que de ida o de vuelta, todas las avenidas llevan a Ciudad Universitaria.

Muchos semáforos me tocaron en verde, algunos pocos en rojo, y éstos últimos me sirvieron para acordarme de cuando fui estudiante -que no hace mucho tiempo de eso- y de mis días en la Facultad y de mis días de Macroproyecto, de investigación de bases de datos, mientras trabajé en Ciudad Universitaria. Me acordé del soltero tóxico, lo recordé con amor, con cariño; y mi cabeza, sin saber lo que hacía, de vez en vez pensaba, "ahh, te quise tanto, te quise tanto, te quiero un poco todavía, y me gustaría que estuvieras aquí para que compartiera esto contigo".

Hans se portó muy bien. Yo no me desubiqué, e hice honores del apodo que me puso San Román, eso de GPS se me da muy bien, quizá porque tengo buena memoria.

Seguí derecho y pretendía dar vuelta en U pasado el Superama que casi entronca con Insurgentes Sur, pero me atreví a gritarle de coche a coche a un taxista, para preguntarle cómo era mejor tomar avenida Copilco. Me dijo que lo siguiera, y lo seguí.

Llegué a mi destino justo cuando dije que llegaría, a las 18:00. Pedí permiso para estacionarme, y entré, todavía muy nerviosa, al local. Histeria como siempre, histeria colectiva, histeria por tener los trabajos listos, por atender a la gente, por ediciones que no quedaron como deberían quedar. Afortunadamente, con mi trabajo no hubo ningún inconveniente, salvo que debía esperarme cerca de 45 minutos, para que la edición digital estuviera lista. No me importó, ya no importaba nada. Yo estaba allí, esperando ver a mi hijo listo, al primero de los hijos que tendré, envuelto en pasta color azul, impreso con letras color dorado, como siempre quise que fuera, porque mi sangre es azul y mi piel es dorada.

De pronto el tiempo se detuvo, y sin darme cuenta comencé a fumar, ya eran las 19:30.

Me emocioné, pero esta vez no me salieron las lágrimas, más bien se me durmió el brazo derecho -como suele ser cuando estoy a punto de tener una crisis de ansiedad- y sentí un hormigueo en el centro del pecho. Los trajeron listos, todos apilados, todos bonitos, con esas letras que me tardé más de tres años en ordenar.

Ahora sé cómo sabe ver tu propia historiografía impresa.

Pagué, estos pesos que me costó mucho conseguir. Que era fácil, pero quizá no para mi. Este dinero que mucha falta me hace, pero que pronto llegará, que la rueda de la fortuna de la vida -y de la economía- estoy segura que en poco tiempo me regresará. Esta edición fue un presente, y aún cuando no estoy obligada a pagarla, la vida no me alcanzará para pagar el apoyo y la atención que mi mejor amigo ha tenido conmigo.

Subieron a los pequeños, guardados en dos cajitas de cartón, al coche, me despedí de los chicos editores, arranqué y me fui de regreso a avenida Universidad. Es oficial, iba de regreso a casa con la primera edición lista. Es oficial, mi Historia está impresa.

La mera verdad que no sabía cómo volver a casa, sin tomar por supuesto, Periférico Norte, que a esa hora siempre va a reventar. Le mandé un mensaje al Rey Sol para pedirle una ruta, pero no me respondió. Seguí mi camino, le llamé a la Diseñadora de Modas, y entonces sí comencé a llorar cuando la escuché.

No hablamos mucho, ella venía en Metro, y la llamada se cortó. Al escucharla se me quebró la voz. Pero le alcancé a decir que en ese momento nada me importaba más, estaba feliz porque lo había logrado, y por fin sentía dentro de mi corazón que todo había valido la pena.

Lo que sigue, un montonal de trámites burocráticos, mucho tiempo más de espera, me harán volver a la realidad. Pero en ese momento, y ahorita todavía, estoy tan feliz que nada más importa.

Seguí pues por Universidad, acordándome de la ruta que tomaba el soltero tóxico para ir a Santa Margarita. Era desviarse hacia Gabriel Mancera y dar vuelta en Matías Romero. Sí, así lo haría. ¿Pero después? ¿Qué haría después, si lo que quería era evitar Periférico? Ah pues seguí por Mancera acordándome si entroncaba con Xola, para tomar Monterrey como todos los días cuando vuelvo de la oficina, y así fue. Una vez más, de coche a coche, le grité al de mi lado derecho, y me dijo que si. Le pregunté, a grito pelado, si Sánchez Azcona estaba "para acá o para allá", me dijo que para "allá", así que me pasé al carril de la extrema derecha.

Di vuelta en Xola, dos más derecho, di vuelta a la izquierda, tomé Sánchez Azcona, y así, sin ningún congestionamiento, seguí derechito hasta Tiber. Canté. Canté otra vez a todo pulmón, con el ipod enchufado a mi oído izquierdo. ¿Habrá habido en el mundo, una mujer más contenta que yo en ese momento? Dudo que así haya sido.

Seguí hacia Marina Nacional, riéndome de los que iban para Río San Joaquín o Circuito Interior -ahora llamado Bicentenario- porque iban prácticamente detenidos. Seguí, seguí, y justo en la desviación para tomar México-Tacuba, leí el letrero de enfrente que decía: Invierno, Tezozomoc para adelante, Tacuba para la derecha. Sin dudarlo para la derecha, ¿quién quisiera ir, sin tener que hacerlo, hacia donde hay más invierno?

Llegué a casa. Vacié el coche, guardé a Hans. Me di un baño. Cené. Estoy bebiendo coca-cola light. Fumo, casi sin parar. No sé siquiera, si me dará sueño pronto.

Hoy, sin dudarlo, es el principio del fin de este ciclo.

2010. He prometido tener fe. Buena estrella está llegando con él.

viernes, 15 de enero de 2010

Cielo de invierno

Como era de esperarse en viernes de quincena, el periférico y Río San Joaquín venían a reventar. Casi no se avanzaba. Y hoy, el café que me tomé con mi papá duró más de lo que esperábamos, así que se me hizo un poco tarde.

Cuando tomé Río San Joaquín, le llamé a San Román para contarle como va el asunto del presupuesto. Mal, mal. Pero él siempre me alienta, me da ánimos, me hace reír con que va a venir a salvarnos una "ballena mística" de esta crisis mundial y crisis de valores. En fin. Reímos como niños, y comenzó a quitárseme el estrés.

Con un grande light latte entre las piernas -como siempre-, mis guantes de piel, un cigarro en la mano derecha que me hace hacer malabares para meter las velocidades del coche, y mi manos libres en la oreja para hablar con San Román, de pronto miré de frente pero hacia arriba, arriba de los coches y arriba de los edificios. Un cielo de invierno, color azul celeste brillante, comenzaba a asomarse entre las nubes redondas que se empezaban a deshacer.

Le dije, "me acabo de dar cuenta, que enfrente tengo un bellísimo cielo azul que se está asomando, ¿ya lo viste?". No, me respondió, no me he asomado a la ventana, pero ahorita lo hago para verlo también. Seguimos hablando. Nos despedimos.

Me quedé mirando el cielo mientras mis pies hacían danza, al alternar clutch, freno y acelerador. Tomé Thiers por donde no debía, le marqué a la Diseñadora de Modas pero no me respondió. Seguí mi camino a la oficina.

Llegué diez minutos tarde, pero no me importó. Hace mucho frío todavía, pero hoy hay sol. Hace mucho viento, que es lo que hace que el cielo brille detrás de las nubes gordas, y eso me hizo sonreír.

Un atisbo de luz detrás de la neblina. Y un correo electrónico en mi bandeja de entrada, atisbo de que el problema del presupuesto está por resolverse.

Me gusta el cielo de invierno.

sábado, 9 de enero de 2010

(creo que) Necesito un amante

Ya había dicho yo que el frío no tiene remedio, y Calamaro lo explicó muy bien en una canción, que si el invierno hace frío baja al infierno un poco. Me siento en las mismas. Y en este instante me iría derechito al infierno con tal de no sentir este frío que hace que me duelan los huesos, o me iría derechito por estos malos pensamientos.

Me prometí a mi misma no hacer llamadas de pánico, ni volver a usar este calefactor que el soltero tóxico me regaló hace algunos inviernos; pero el frío, este maldito frío, me hace olvidarme hasta de las promesas especiales.

Anoche, sin darme más explicaciones, busqué el calefactor, lo saqué de su caja y lo encendí a un lado de mi cama. Eché encima dos cobijas más, y me acosté haciéndome rosca. Lo mejor de todo es que pude conciliar el sueño muy rápido, y cuando sentí que eso sucedía, apagué el calefactor para quedarme con el calorcito que logró mi cuerpo.

Hoy quedé para salir con mi mamá y con María. No estuvo nada mal, salvo por la lluvia que no cesó en todo el día.

Es sábado en la noche, me animé a llamarle a Mateo, me dijo que no podía salir porque tiene gripa y no tiene dinero. Saqué la cobija que también el soltero tóxico me regaló, esta que es color amarillo casi dorado, y me la eché encima. San Román tampoco quiso salir, que estaba demasiado cansado y tenía mucho frío. Yo, con todo y frío, hubiera salido, con Mateo, con María, con Abundis, con San Román, con quien me hubiera dicho que sí.

Estoy a un palmo de creer lo que mi lectora me dijo, que necesito un amante para los ratos en los que no estoy escribiendo. Es cierto. Pero, como me dijo el Rey Sol hace un tiempo, igualmente los amantes no resuelven ni todos los problemas ni todas las soledades. Supongo que por lo menos, mi amante me haría reír.

Tengo tanto frío, que seriamente estoy pensando en dormirme vestida. Tengo las piernas pegadas al calefactor, y las botas ya me están quemando de todo lo que se han calentado. Si tuviera un amante, estaría pensando seriamente en dormir desvestida.

Mira nomás lo que el frío me hace pensar. (Creo que sí necesito un amante).

lunes, 4 de enero de 2010

"Amo mi trabajo, amo mi trabajo, amo mi trabajo".

"Amo mi trabajo", no importa cuántas veces tenga que repetírmelo a mi misma para creérmelo. Algunas veces ocasiona que sea más histérica que de costumbre; y aunque gano muy poco, estoy muy lejos de casa, pero no me importa, me mantiene ocupada, con la mente en otras cosas, y fuera de casa. Y aquí hace muchísimo frío, parece que el otoño se instaló para siempre, aún cuando este invierno amenaza con que hará llover. Y muero de frío, pero amo mi trabajo.

Cuando llego aquí, todo se me olvida, todo lo que no quiero saber o lo que no quiero pensar. Todo es como si no existiera, como si Hans me transportara a un lugar de silencio -a pesar que la gente no deja de hablar y a veces gritan mucho-, a un lugar donde nada importa más que responder el teléfono, recitar pendientes, servir café, resolver problemas que no son míos -yuuuuupi-, platicar de cosas que a veces no me incumben pero que me hacen reír.

A veces no me gusta, pero "amo mi trabajo" por eso. Es lo que hay, ni modo. No me voy a quedar de brazos cruzados, no me voy a quedar en casa pensando en las cosas que no me competen y que no puedo resolver. No me voy a quedar en casa sumida en esta ansiedad -que llegando aquí también se me olvida-, que me hace tirarme en la cama por muchas horas, hasta que me duela la espalda, aunque duerma cuando dejo de soñar.

"Si la vida te da limones, haz limonada". Y "si la vida te da la espalda, agárrale el trasero", aunque no tenga ganas de hacerlo. Es lo que hay, ni modo.

Me resisto a sonar conformista, a hacer cosas que no quiero hacer, pero es lo que hay. Y me mantiene ocupada, aunque lo que más quiera en el mundo sea investigar y escribir, e irme lejos por supuesto.

Mientras eso sucede hay esta otra cosa, y tengo trabajo que ahora resulta muy difícil por la situación de mi país, y amo mi trabajo, así debe ser. ¿Si no, qué?

jueves, 31 de diciembre de 2009

Esto, que me cuesta tanto trabajo

Estas fechas, que me cuestan tanto trabajo, y que me esfuerzo por ignorar, están por terminar. No fueron tan malas al fin y al cabo, aunque del frío siempre me quejaré, en mi corazón poco a poco se comienza a sentir calor.

Al principio de la temporada, cuando en el supermercado me obligaron a oler los pinos navideños y a entrecerrar los ojos por tantos foquitos de colores encendidos, sólo lograba pensar que aquí veníamos de nuevo, que el año estaba por terminar y que pronto debía comenzar a hacer otras listas para palomear. No todo ha sidoto tan malo. No todas han sido malas experiencias. No todas las lágrimas fueron de desilusión.

Y mi corazón en venta volvió a desear una navidad sangrienta. Pero antes, salí de fiesta, y me alboroté el pelo y me puse mis botas altas, me subí a Hans y conduje hacia donde mis amigos me esperaban. Fui a reirme a carcajadas al Xiva pre-party club, a comer un antipasto muy british al King's Pub. A compartir con los chicos de la oficina que me hacen feliz, que me contagian su histeria -lo que no es muy difícil- y me hacen estar despierta más de la cuenta.

Fui con Mafka a conocer al compadre de su pareja, a beber cerveza obscura en tarros enormes mientras nos bizarreábamos por los gritos de las chicas de la barra. A platicar sobre los procesos históricos y las pésimas decisiones de nuestro país. Fui a deambular por la línea dos del Metrobús, a la estación Dr. Vértiz, a la estación Escandón a conocer a un chico trajeado, muy guapo, que no hizo falta que se acercara a hablarme, a la estación La Salle para perderme en la San Miguel Chapultepec.

Anduve muerta de frío, envuelta en dos abrigos y con una gran pañoleta en el cuello. Salí a caminar por la Ciudad. Salí a fumar por las calles de mi Ciudad. Salí a caminar por Paseo de la Reforma cuando la hicieron peatonal, a dejarme caer frente a un inmeso árbol de navidad color azul con ángeles que parecen disecados, que recuerdan la Independencia que ya no se sabe que fue.

Salí, y mientras pensaba en los resultados del año, me di cuenta que en general las cosas valieron la pena; conocí a algunos chicos, Matías, mi chico favorito de la Santa María la Ribera, Mateo, los Ojos redondos, mi tocayo, el chico del segundo encuentro en Bellas Artes, el fantástico mimo que me regaló una noche azul. Y los chicos que siempre están aquí, el Rey Sol y San Román. Hubo momentos que quedaron congelados en graciosísimas fotografías, saliendo del mar luego de un intento de surf, la foto de una graduación con tacones y a lo loco, y la buenísima imagen bajo una luz azul cuando tuve una noche de copas sin beber ni una gota de alcohol.

Salí, pero ahora me até el pelo en la coronilla, me envolví el cuello de color magenta y me dejé abrazar por el maxiabrigo gris. Mis manos tuvieron siempre piel sobre la mía, lo que llega a excitarme de vez en cuando, y sólo así me fui al cine, a ver las que me hacían falta, a angustiarme con los thrillers que no me esperaba.

Es agradable salir de la oficina. Es agradable salir con la oficina. Es agradable salir en la oficina cuando la risa no se puede contener. Es agradable reír de lo que no te imaginas que te pudo haber dado risa.

A veces quisiera quedarme callada, y justo cuando creo que voy a lograrlo, los presentes que no imaginé recibir en esta navidad sangrienta, provocan en mi garganta una serie de reacciones que van desde gritos hasta gemidos. Me emocioné. No todos los días -ni todas las navidades- se recibe de regalo la edición de coleccionistas de la muñeca Barbie de 1959, ni el disco que ganó doble platino de Joaquín Sabina, ni una chamarra roja de parte de la diseñadora de modas, ni un bellísimo llavero que adorne el volante de Hans mientras ando con él de parte de Mafka, ni unos botines de fábula para usar con minivestido y un par de camisetas por la paz y el green planet de parte de Toya, ni un libro con una dedicatoria amorosísima por parte de mi padre.

Recibí el cariño de cada uno de ellos, y el que me recuerdan que la soledad todavía no se ha logrado instalar en esta Historia.

¿Mi familia? Prefiero escribirles de mi familia del corazón, la misma que me recibe en su mesa para los desayunos de los domingos, y los findes enteros en donde nacieron los árboles de la vida. Estos chicos con quien cenaré hoy asado de brochetas, costillas adobadas, ensalada de zanahoria y pastel de queso.

Y que los demás lean el juramento los días primero de cada mes, y que si logran conectar con su sentido común por mera casualidad, intenten aceptarme como soy. Me vale madres que opinen que cambio lo bonito por lo feo. Finalmente, quien persigue ser feliz soy yo y no ellos.

Feliz año nuevo.
Nos vemos en el 2010, una buena estrella también viene con él.

domingo, 27 de diciembre de 2009

Un amante que me haga feliz

De veras que si me pongo a escribir lo que ha pasado la última semana, va a parecer que ahora me dedico a escribir novelas. Hay veces en que quisiera no pensar tanto, o no vivir tanto, o que no me tocara vivir estas cosas que pasan, que me desfilan frente a los ojos.

Hoy salí en la noche a tomar café con San Román. Sacamos la lista de propósitos que hicimos juntos hace un año. Lo que estuvo directamente en mis manos lo cumplí, salvo lo de entrenar el maratón, y lo más estúpido es que volví a fumar. Bajé más de diez kilos, conseguí varios empleos, terminé de escribir el libro, logré cierta estabilidad, y mis ahorros se fueron en comprar a Hans.

Tuve una reunión con una de mis lectoras, una que está feliz por haber leído mi Historia. Abiertamente me dijo que crecí como escritora, que ahora me pueden llamar historiadora. Que aprendí a escribir, y a dejar de escribir como si platicara. No se puede platicar en el texto, más bien se escribe, se ordenan las ideas.

Nos acordamos de que cuando fui su alumna, me daba tanta emoción leer una fuente bruta que rompía en llanto. Ahora ya no lloras, me dijo, ahora infieres y escribes, analizas mientras investigas, y eso tu lector lo puede sentir.

Me sentí muy orgullosa. Y creo que esa es de las mejores recompensas que me pudo haber traído el batallar con la investigación mientras batallé todo el 2009.

El año fue muy duro, pero me dejó muchas experiencias y otras tantas enseñanzas. De entrada que puedo salir adelante, y que sólo me tengo a mi misma. Y que a pesar de que sólo me tengo a mi misma, tengo a mis amigos, a mi familia de corazón que no me han dejado sola. Finalmente las cosas comenzaron a acomodarse.

Está orgullosa de mi. Hay una lectora orgullosa de una exalumna, que ahora es profesional. Eso me hace feliz.

Hablamos de muchas otras cosas. De nuestras familias, del futuro que viene, de los posgrados, los proyectos, las oportunidades que hay en el extranjero. Hablamos de las cuestiones personales y de las listas que tenemos cada una para palomear. Que quizá el matrimonio ya no sea opción, que los hijos luego de los 30 tampoco, que mejor vivir a como una decida y tener un amante que nos haga feliz.

Un amante que nos haga feliz. Habráse visto insolencia, cinismo y alevosía. Habráse visto que por fin pude tener una conversación de éstas. Otra chica, que pudiera ser mi madre, pero que no lo es, que sin involucrarse da un consejo por el bien de otra chica. Y cuesta trabajo, y no es de un día cualquiera, pero basta ver mis fotografías.

¿Y el amante? No lo sé, y quizá nunca lo sepa. Mientras tengo algunos que me acompañan cuando duermo, en mis sueños, junto a mi en mis libros, que están en mis personajes, en mis cd's, que caminan conmigo susurrándome a través de los audífonos que traigo en los oídos. La libertad cierra el pico, pero no se calla. La libertad supera, nos alcanza, la libertad y la tecnología siempre llegan acá.

La libertad se ha enamorado de mi soledad.

Las fotos que San Román me tomó esta noche no me dejarán mentir. No soy la misma, pero soy igual. Estos kilos de menos me hacen parecer otra persona. La chamarra de cuero me envuelve, piel sobre piel, como me fascina cuando sucede. Mis manos enfundadas en más piel, toman mis escritos, toman mis sueños, abrazan esas oportunidades que no quiero que se me vayan. Mi pelo casi siempre va atado. Mi mechón cano hace que todo brille, aún más que las luces de esta fría Ciudad.

Y ahora que ya sé escribir, creo que ya podré dormir.


lunes, 21 de diciembre de 2009

21 de diciembre

Creo que esta es la fecha a la que más le temía en el calendario. Y ahí estuvo, bum, bum, bum, todo el año latiendo y acercándose a mi.

Es oficial, el invierno ha llegado, yo tengo muchísimo frío y me duele el pecho de tan vacío.

No sé más qué hacer para sentirme bien. No sé dónde más esconder este frío que tengo por dentro, que me duele en los huesos, que me duele en los pies. Es oficial, te extraño. Qué más da si eres tóxico, qué más dá si no me quisiste, qué más dá si tu madre no quería lo nuestro. Te extraño, y nadie tiene que enterarse, Mauricio no lo tiene que saber, tu madre no lo debería imaginar, mi padre debería quererme con que te extraño.

Ya no me acuerdo cuántos años cumples hoy. No me acuerdo cuántos años cumple el invierno aquí, dentro de mi, apareciendo cada doce meses pero viviendo hablándome a la cara en el espejo.

Hace un año estaba contigo, en alma si no es que en cuerpo. Allí estuve, dejándome abrazar por las noches, acompañándote con todo y tus brebajes y hierbas e ideas irracionales. Te amaba, ¿sabes que te amaba? Y hoy te extraño. Te extraño en mi casa, sentado en mi coche, acostado en mi sillón viendo películas, sentado a mi lado los sábados por la mañana para el desayuno, parado afuera de la estación Barranca del Muerto esperando a que llegara.

Y diste conmigo. Muchos meses después de no verte más, diste con mi columna, con mi perfil, con mis letras y mis historias. Y te atreviste a presentarte otra vez, a reclamarme que salí con un chico de una camioneta azul cuando sabes que eso es ficción, que es la mezcla de vida y mito que me gusta escribir.

Y quisiera dar contigo, pero no me acuerdo de tu número de teléfono. Es increíble como la memoria bloquea cosas para que uno no cometa actos de pánico. Nunca me hubiera imaginado que mi memoria te borrara de mi vida, o que la vida que ahora tengo te borrara de mi memoria. El tiempo finalmente fue el mejor de los consejeros.

Qué poca madre de 21 de diciembre, entra el invierno, no siento los pies de tanto frío, es lunes y no puedo andar en Hans, y es tu cumpleaños y no te puedo ver. Y no sé si te quiero oler o escuchar, sentir o mirar, hablar o abrazar. Y no sé si podría besarte otra vez, compartir días enteros, compartirte lo que me hace feliz ahora, platicarte los éxitos que tuve este año, estos meses, este tiempo que no he sabido de ti, pero que tú sí supiste cuando leíste este espacio y te autodenominaste "soltero tóxico". Y qué fuerte, qué grave, haberlo hecho sin saber si hablaba de ti, porque solteros hay muchos, y tóxicos aún más.

Y hoy que estoy tan triste, tan deprimida, que nadie responde el móvil, que nadie me quiere mirar, que no quiero que ella se me acerque, que me siento vacía; hoy no me acuerdo de cómo eres, no me acuerdo de tu pelo, de tu estatura, no me acuerdo si eres guapo o más o menos; no me acuerdo de tu aroma, no me acuerdo de tu sonrisa, no me acuerdo de tu voz. ¿Cómo traes ahora la barba, corta? ¿Subiste de peso? ¿Sigues comiendo en el mercado de Tizapán? ¿Sigues yendo al cine al Centro Cultural? ¿Sigues teniendo el coche blanco?

Me hace llorar mucho saber que fui muy feliz, y que ahora ya no me acuerdo de como era. Me pone muy triste no acordarme de ti. Me siento mal de no haber tatuado en mi piel una de esas sonrisas que me dabas al despertar, una de tus firmas en los recados que me dejabas en la almohada, esas puestas de sol en la playa, la forma en la que me abrazabas cuando tomábamos el sol en la terraza.

Te quise tanto, que creo que ahora ya no podré querer más. Te amé, y si tu me amaste a mi, nunca me lo dijiste así, nunca escuché de tu boca decir "te amo". Y no me importaba, no me importaba nada, sólo me importabas tu. Hubiera renunciado a todo lo demás, si tu hubieras respondido como lo habíamos acordado.

Seguramente eres feliz con la chica que ahora tienes, seguramente te quiere y le dices que la amas. Seguramente yo no voy a cambiar, ni volveré a querer igual, y pasará mucho tiempo más para que un chico llegue acá. Todos tenemos lo que merecemos, y comienzo a pensar que merezco esto que ahora tengo. Ya no quiero nada. Quisiera, sólo un momento, acordarme de cómo eras.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Me pesa la memoria, me pesan los recuerdos.

Me siento como si supiera donde debo nadar, y no pueda hacerlo. En un mar de información y de recuerdos, no sé por donde comenzar.

No puedo recordar dónde tengo guardadas las fotos de mis años de Universidad, de mi graduación, de mis años de preparatoria, de mi primer novio, de mis amigas entrañables. No puedo recordar dónde dejé mis libros de radio y eso me preocupa mucho; la mayoría de ellos no son míos, son prestados, y me preocupa no saber dónde están por no poder devolverlos cuando todo esto termine.

No recuerdo mis navidades felices.

No recuerdo mis noches de copas.

No recuerdo mis años nuevos de antes.

Estoy a punto de olvidar a mi hermana que me deja vivir a través de ella, y eso me pone mal.

No recuerdo que los inviernos hayan sido así.

Pienso que la razón es porque todo es nuevo, los inviernos diferentes, la gente que llega y se va, la que no viene más, las fotos que no debo mirar.

No puedo dejar de angustiarme porque no puedo recordar. Mi memoria ya no es la de antes.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Todo también pasará

Esperé una hora la grúa que me llevaría de regreso a casa. Hans no quiso seguir más, tal parece que a veces no le gusta estar conmigo o algo me quiere comunicar. Cuando el mecánico lo revisa se porta bien, no se acelera, mantiene el motor como si fuera de carreras... pero si no se le da la gana, ni siquiera se le apetece que el asiento se recorra a mi altura.

No lo tomo personal, simplemente Hans me da lecciones que de otro modo yo no podría aprender. Tengo que valerme por mí misma al cien por ciento, tengo que seguir con esta metamorfosis y llegar hasta el final. Sólo entonces, ya nada me podrá detener.

Al salir de la oficina de camino a casa, el edificio de Intercam, que se encuentra sobre Tíber, entre Río Pánuco y Río Nazas, me gritó de frente que pronto será navidad. En su explanada, un árbol navideño adornado con esferas azules, y foquitos plateados que tintinean rápidamente, me hizo asimilar que en diez días es nochebuena. Chale. ¿En qué momento no me di cuenta? Luego, que Hans no haya querido seguir caminando, me catapultó del pasado hacia mi presente.

Y me vi. Sentada en mi coche, esperando una grúa cuyo tiempo era de dos horas -finalmente sólo fue una-, hablando por el móvil con el chico de la aseguradora como si fuera mi pariente, escuchando a Fito Páez con los audífonos, bebiendo mi cherry moka más frío que este invierno, fumándome el último cigarro de la cajetilla; y mirando de frente la realidad de que en mi lista de contactos del móvil, no figuraba ningún nombre para llamar.

Los números de las personas que podrían haberme acompañado ya se habían marcado, y sólo de uno tuve respuesta. San Román llegó, tarde pero llegó, justo cuando subían a Hans a la plataforma de la grúa. Me acompañó en el trayecto, y me ayudó a meterlo en el garage. Luego fuimos a cenar, platicamos mucho, y terminé por desahogarme. Estaba sorprendido de verme tan tranquila y con un nivel de histeria del uno ó 1.5. Se había imaginado que me encontraría llorando o muy enojada, pero todo fue al revés.

Me preocupé mucho, eso sí, pero lo demás lo pude controlar. Me parece que es un punto a mi favor estar consciente de la vida moderna que se vive. Hace un año, cuando me chocaron a Andrés, que me tocó llevarlo todo sola, comencé a asimilarlo. Y debo agradecer que esta noche nadie vino a recordarme que soy soltera, que no podía venir mi papá, un hermano o un novio a ayudarme con los trámites de la grúa. San Román vino, para sujetar mi bolso mientras yo descendía de la plataforma, luego para acompañarnos mientras tomamos café y cenamos club sándwich. Eso fue lo que esperaba. A eso se debía mi tranquilidad.

Ahora, a averiguar qué le pasó a Hans, cómo lo arreglaré, qué onda con el dinero que gasto mucho y gano poco, y como me irá mañana en el trayecto en Metro a la oficina.

Estoy cansada. Tengo sueño. No puedo quedarme dormida, simplemente no he podido, por eso me senté a escribir.

Con esto intentaré conciliar el sueño. Tengo fe, voy a creer, hoy voy a creer. Todo esto pasará y las cosas cambiarán. Yo seguiré metamorfoseando y seré feliz, por fin dejaré de preocuparme. Todo también pasará. Entonces ya nada me podrá detener.

martes, 8 de diciembre de 2009

El mimo y yo

Se mató la calle con aquel detalle de dejarnos solos.
El rocanrol de los idiotas,
Joaquín Sabina.



La camiseta rayada.


Me llamó por ahí de las 16:30 para preguntarme los detalles de su vestuario. Pues de mimo, le respondí. No, me dijo, lo que pasa es que tengo varios personajes. Bueno pues traelos todos, le dije. Y llegó, casi una hora después, arrastrando dos maletas y cargando un portafolios en el hombro, con la cara a medio maquillar, de la nariz para abajo color blanco, y, efectivamente, vestido de mimo, con una camiseta rayada y un pantalón color negro.

Luego de presentarse, abrió la maleta grande para mostrarme todos sus personajes, y me hizo sonreír la sorpresa que me llevé al mirar que traía allí dentro dos sombreros, tres trajes, un esmoquin, su maquillaje y un violín. Aún con la cara a medias, me explicó cada uno de las figuras mientras intentaba decirle que la última plabra la tiene el director, y que yo sólo puedo hacer una que otra sugerencia.

Así, me parece que deberías desmaquillarte por completo, quedarte con lo de mimo e intentar una rutina de estatua viviente, me atreví a decirle. El director entonces le pidió el personaje color rojo, se fue de regreso al foro, y el mimo directo al baño para salir, de la manera más abstracta, vestido de escarlata.

Y me gusta mucho tu camiseta, sonreí mientras confesaba, yo quiero una igual. Si me dan el papel, sonrió igual que yo, te la regalo y te invito a comer, esto es un trato. Sonreí otra vez, y él arrastró su indumentaria hasta la salita, donde se preparó para terminar de pintarse el rostro completamente de blanco.

El chico tiene unos 30 y tantos años, mide poco más de 1.60 y es sorprendentemente simpático. Soy actor, me dijo, y fisicoterapeuta; pues yo no te digo cual es mi profesión, le respondí, porque no creerías qué es lo que hago aquí. Hice caso de mi propio consejo de no revelar que soy historiadora así como así, porque las personas no lo entienden o lo toman a mal. Y también porque a fin de cuentas, lo que menos me interesa es escuchar que no tengo nada que hacer trabajando con unos publicistas de televisión.

Al mismo tiempo de que todo esto sucedió, llegaron algunos personajes más, por lo que ya sumaban cinco. Se presentaron igualmente, y comenzaron a pasar en orden de arribo, para efectuar su rutina y buscar una oportunidad. Mientras, atendí a las chicas en bikini, a los chicos que venían a hacerle de bomberos, y a las mamás de los niños que por fin venían a celebrar.

¿Me regalas una mariposa?

Una amena reunión de repente se hizo en mi lugar. Vinieron conmigo dos directoras más, el chico de sistemas y el ingeniero. Nos reímos tanto, que tuvieron que pedirnos que guardáramos silencio. Hay ocasiones en que tenemos momentos muy amenos, y que no podemos hacer más que reír. Definitivamente las últimas semanas compartiendo con estos chicos, me han hecho mucho bien.

De lejos, sin tener éxito, intenté mirar al personaje color rojo que terminaba de ultimarse en la salita de estar. A punto de perder la paciencia, rota por mi curiosidad, me alejé de la reunión de mi escritorio y me acerqué a él. La diamantina me gusta mucho, me hace reír, le dije. Sonrió, igual que yo, y le dije que siempre quise que me pintaran una mariposa en el rostro. Pues la mariposa irá incluida, si me dan el papel, no sólo te regalo la camiseta rayada y te invito a comer, también te iluminaré la cara de mariposa. Y volvió a cerrar el trato. Reí, me sonrojé, le dije que me parecía maravilloso, y no pude hacer nada más que regresar a mi lugar, nerviosa justo como cuando le dicen a alguien un piropo que no se espera escuchar.

Al llegar su turno, me dejó encargadas las maletas y el portafolios. Por último, volvió a abrir aquella que era enorme, y sacó una chaqueta, el sombrero color negro y el violín blanco -magnífico violín, por cierto- y entró al foro. Al salir se fue directo al baño, con todo y maletas, para salir como si nada hubiera ocurrido, sin una gota de maquillaje y vestido nuevamente con la camiseta de rayas.

A doble o nada.

Y entonces, como si se hablara de las noticias en el desayuno, comenzó a conversar conmigo y me preguntó si tenía hijos, si tenía novio, y qué iba a hacer saliendo de la oficina. Volví a sonrojarme. Me dijo que tenía que ir a la inauguración de una exposición a Cuernavaca, y que se preguntaba si me gustaría acompañarlo. De entrada no supe qué responder, luego disimulé, y le dije que no era mala idea, pero que no sabía a qué hora saldría.

Oye, continuó, y el día ocho me voy al Caribe a hacer unas presentaciones, ¿de casualidad también quisieras acompañarme? Y no, bueno, allí verdaderamente que me quedé muda. No tengo ningún plan, deberás saber, de hecho no sé en dónde pasaré las fiestas, ¿y tu? Y fue cuando poco a poco comence a girar la conversación hacia su lado, para que él también contestara mis preguntas. Llegó su turno de decir que es soltero, que no tiene hijos y que el único plan, del día ocho hasta el próximo año, era estar trabajando en el Caribe. Pues no tengo nada, insistí, y tampoco tengo hijos que cuidar, ni novio que atender. Rió, y comenzó a gustarme mirarlo mientras me hablaba de frente.

Inténtalo, vamos, insistió, mira que si sales temprano podemos ir y venir a Cuernavaca sin problemas; me iré al coche a terminar de cambiarme, y avísame si puedes salir temprano. No lo sé, fue lo primero que se me ocurrió, será cosa de 40 minutos por muy pronto, tengo todavía que recibir a algunas personas y no sé si se le ofrecerá algo a mi jefe, terminé de decirle con un rotundo quizás. Avísame, vamos, toma mi teléfono y dime si sales temprano, te espero afuera, en mi coche, me insistió una vez más. Anoté, sin saber qué hacía, su número en un papel, y nos despedimos con la mano mientras él arrastraba sus maletas hacia la salida.

Me reí, nerviosa, y me hice la misma pregunta que me hago siempre en esta situación: ¿qué puedo perder? Por supuesto que no voy a salir a carretera con un perfecto desconocido, que encima, entró con la cara mitad blanca y mitad color piel, sin saber siquiera qué debía representar. Pero lo intenté, hablé con mis jefes y salí veinte minutos después.

Tu ibas camino de cualquier lugar.

Caminé a mi coche y quedamos de vernos en la gasolinera de Dr. Vértiz. Manejé, pedí el tanque lleno y una factura, y mientras ahí se hacía lo propio, el chico se orilló junto a mi coche para decirme que ya no daba tiempo de llegar a su exposición, lo que celebré porque yo no quería salir a carretera. Entonces me dijo que era mejor que se fuera a la reunión que tenía pendiente, porque le daba cargo de conciencia no asistir.

Salió la indiferencia que traigo dentro, y aunque no quise sonar así, le dije que estaba bien, que se fuera a su reunión y que entonces sería otra ocasión en la que continuaríamos nuestra charla. El señor de la gasolinera se acercó para darme mi cambio y la factura, hice cuentas, le agradecí, guardé todo en el bolso y me puse los guantes de piel.

El mimo, ahora vestido de jeans y con camisa negra, me dijo que mejor fuéramos a cenar a unos buenísimos tacos al carbón, que están en la glorieta donde convergen Dr. Vértiz y Cumbres de Maltrata. Me parece bien, te sigo, le dije mientras Hans sonrió haciendo ruido con el motor.

Nos estacionamos en fila, pasando Xola sobre Vértiz. Descendí envuelta en mi saco, la pañoleta y el maxiabrigo color gris. ¡Qué bárbara!, se sorprendió, ¿es que tienes mucho frío? Y si, le respondí, muero de frío casi siempre, todo el tiempo a todas horas, por eso tomo mis precauciones; y sólo así crucé las avenidas del brazo de un chico que parece no tenerle miedo a nada, o por lo menos no a los coches. Yo, aterrada como suelo estar al cruzar una calle, me enrosqué detrás de su menudo cuerpo, intentando creer que su camisa color negro lo hacía ser inmortal. Reímos, y celebré su audacia, mientras confesaba que atravesar avenidas a pie me pone mal.

La luna llena me iluminó el mechón cano como si quisiera deslumbrar al mimo. Nuestros dientes delataban el hambre que ocultábamos, y mis ojos comenzaron a brillar de más.

A mi se me moría una ciudad.

Llegamos a cenar unos tacos que me animaron a mantener una de las conversaciones más amenas e interesantes que he tenido en los últimos meses. Fue un poco de todo, de mi profesión, de la suya. Quiso saber mucho de mi, tanto que en un momento se me olvidó lo cansada que estaba. Verdaderamente cansada, y eso salió a relucir, justo cuando creí que nadie podía darse cuenta.

No me dejó pagar mi cena, la charla continuó, regresamos a su coche para que buscara la chamarra de piel. Piel sobre piel, como algunos saben que me fascina, pero en ese momento convenía no saber. Y nos vibramos bien, y el chico confesó que tampoco es fácil, y que le gusta sorprenderse con los encuentros que no espera vivir. Entonces llegó mi turno de platicarle esto que hago, esto que escribo que me hace sentirme feliz y tranquila, que me desahoga y que hace que mi pluma ensaye y vuele, y sueñe tanto como lo hacen mis pestañas debajo del cielo que casi se pone morado.

Para darle un ejemplo, le platiqué de las historias que escribo de mi Ciudad, y de que hay ocasiones en que una simple charla con un taxista, o ver un tigre en una banqueta de Insurgentes, me dan suficiente sustancia para continuar con mi labor. Me dijo entonces, que él sentía que esa noche veríamos a un chango, que todavía nos faltaba más por saber, que la noche aún no acababa, y que era momento de buscar un café.

Que disparate de partida de ajedrez.

Reímos más cuando mi móvil sonó con la canción Suspicious minds de Elvis Presley, lo que nos regalaría una feliz casualidad, cuando al pasar por el bar de la esquina, escuchamos la misma canción a todo volumen. ¿Ves lo que nos están regalando?, me preguntó. Y pensé, que dentro de todo el huracán en el que se han convertido mis últimas decisiones, la Ciudad me estaba regalando felicidad.

Encontramos, luego de caminar un rato platicando sobre su pasado, un café de chinos que no sabíamos que se encontraba allí. El café era tan bizarro como la misma noche que estábamos viviendo. Una casualidad nos llevó a otra, a cruzar avenidas, a escuchar a Elvis cuando no se espera hacerlo. A comer pan con nata cuando no se sabe que puede suceder, a que un chico viniera a regalarme una situación memorable que nunca imaginé.

Vimos al chango. Sorprendentemente un señor, con cara de primate, nos hizo gestos de estarnos escuchando desde el fondo del local. Yo perdí la noción del tiempo. A la hora del noticiero, los dueños del lugar subieron el volumen del televisor, y no tuvimos otra alternativa más que comenzar a hablar de las imágenes, no tan agradables, que nos obligaron a escuchar.

Algunas veces me da miedo tener noción del destino. De alguna forma creo en él, pero también sé que de uno depende el camino que comencemos a andar. Teníamos que conocernos, estoy segura y quiero pensar que así debió ser. El chico cuyo nombre de pila también corresponde a un personaje, se mareó, dijo que no podía verme fijamente porque mis ojos lo sobrepasaban. Tus ojazos no se pueden ver mucho tiempo, confesó. Le pedí que no fuera exagerado, y que siguiera contándome cómo es que uno puede llegar a una situación donde no existe punto de regreso. Siguió hablándome de frente, intentando mirar mis ojos mientras controlaba el giro del local. Intenté escucharle, pero mi mente ya había regresado al mes de julio del 2008.

De ti no se acordaba el verbo amar.

No cabía otra cosa, más que ser sincera. Confesé -y me liberó hacerlo- que su conversación me estaba haciendo comprender a mi última pareja; yo lo amé, continué casi sin aliento, tanto que le hubiera dado mi vida o por lo menos mis pulmones, y mis ojos para que pudiera volver a mirar como lo hacía cuando lo conocí.

Lo más extraño de todo, aún más que estar compartiendo con un mimo -cuya particularidad es que regularmente no hacen ningún ruido-, fue que nos entendimos como si nos conociéramos de años. Escuchó una a una todas las palabras que tenía que decir. Me sentí tan bien, que llegué al punto en el que deseé dejar de referirme al soltero tóxico como tal. Mi corazón y mi memoria, mi pasado sobre todo, se merecen ponerle otro nombre.

Esa noche nuestros pasados se desnudaron un poco, dejaron entrever lo bucaneros que fueron, lo fantásticos que hacen ahora a nuestras vidas, y los milagros que podemos hacer que sucedan.

Tuve que mirar el reloj, y reparé en que eran las 23 horas. Hubo más despedida de la que pude imaginar. Volvió a pagar la cuenta, nos reimos con los chicos del lugar, caminamos de regreso, sobre Cumbres de Maltrata hasta Vértiz. Nos dimos un abrazo, quise desearle feliz año nuevo pero no me dejó, prefirió decirme que estaba dispuesto a aplazar su viaje e invitarme a comer aún si no le daban el papel. Me debes una mariposa, le dije soltándole la mano, y caminé hacia Hans.

Tu no besabas para no soñar.

Mi coche color negro siguió al suyo color blanco, hasta que di vuelta en Uxmal para girar a la izquierda en La Morena. Luego, tomé Sánchez Azcona, la que algunos kilómetros después me llevarían directo a Río San Joaquín, para poder seguir por la ruta de Periférico Norte.

Llegué a casa arañando la media noche. Mi madre disfrutó inverntarse que seguramente soy amante del Rey Sol. No quise responder. Tampoco tuve fuerzas para volver a llorar. Y ella ya no puede asimilar, la ofensa que me provoca cuando me dice esas cosas. Ni se imagina con quién compartí la noche. No se merece saber.

De todos los encuentros que he tenido, por mucho este ha sido uno de los mejores. Gran personaje, buen chico, buena charla, bien el frío, mejor mis carcajadas. Verdaderamente que me sentí feliz. Nunca antes había conocido a un mimo, nunca antes habían confiado tanto en mi, en tan poco tiempo de conocerme. Fue una gran cita, y otra vez fue casualidad.

Y mi futuro con pan duro en el cajón.

Dormí mejor de lo que pensé que podía dormir. Soñé con él, con su pelo negro y su sonrisa blanca. Soñé que lo volvía a ver, y que lo acompañaba a una fiesta donde él vestía de Peter Pan y yo de Mariposa. Y hoy, que por fin pude hilar esta historia, y que no sé si es factible que la Ciudad nos regale un segundo encuentro, prefiero quedarme con la certeza de que de vez en cuando es lindo creer que la química existe, que se puede convertir en deseo; que los corazones todavía buscan tener parte.