Cómo me acuerdo de ti cuando escribo sobre el materialismo histórico. No me acuerdo cuándo fue la última vez que escribí leyendo a Carlos Marx. Quizá fue en tu departamento, usando el ordenador color azul, viéndote de lejos en el estudio, mientras yo estiraba los pies sobre la silla de la mesa de cristal. Te extraño, maldita sea.
Me prometí a mi misma que no te dejaría de ver nunca, me prometí seguir prometiéndome que siempre estaríamos juntos. Tu me prometiste que no me dejarías sola, que no me dejarías de querer; que siempre estarías allí sosteniendo mi bate para pegarle a las peores curvas que me enviara la vida. Y todo cambió.
Ahora, cuando llega la mejor curva que me ha enviado la vida, la ansiedad hace su aparición, me esconde el bate, me confunde, me hace sentir mal.
El amor... carajo, aún cuando con certeza todavía no sé lo que es, llega y no se detiene. Me siento feliz, de eso estoy segura. Pero de pronto, hay cosas que me hacen falta...
Es muy común, que dentro de una vida llena de inestabilidad, uno se acostumbre a autosabotearse, a meterse el pie, a hacer de cuenta que nada está valiendo la pena. Y es entonces, estoy segura, cuando me acuerdo de ti, cuando me acuerdo de lo que teníamos y de cómo eras cuando estabas conmigo. Nada parecido a lo que eres hoy, cuando de lejos te vuelvo a ver. Entonces viene otra vez la ansiedad a estacionarse en mis muñecas, a ocasionar que mis puños se cierren, y que no pueda ponerme a escribir.
Son muchas cosas, tantas... que es un huracán.
Me da miedo comenzar a extrañarte tanto. Debo conformarme con verte descender del coche todas las tardes, por algunos cuantos días más. Y aunque suene a cliché, todo esto que siento no eres tú, es mi circunstancia.
Esta tristeza no soy yo, no es para mi, es la circunstancia. Esta nostalgia que quiere convertirse en sentimiento de soledad dentro de mi, no soy yo, no es para mi, es la etapa de inicio de año que toda la vida me ha costado tanto trabajo.
Mis demonios son felices en su jaula, viviendo todo el año unos con otros, a puerta cerrada. El problema es cuando me siento tan triste, tan mal, tan que nada vale la pena... que entonces debo cuidar que los demonios no se vayan lejos, se vuelvan a meter, para echarles llave otra vez.
Debo terminar todo de una vez, para entonces sí echarme a dormir días enteros.
Todo está bien. No debo sentir por eso, que algo anda mal.
Me prometí a mi misma que no te dejaría de ver nunca, me prometí seguir prometiéndome que siempre estaríamos juntos. Tu me prometiste que no me dejarías sola, que no me dejarías de querer; que siempre estarías allí sosteniendo mi bate para pegarle a las peores curvas que me enviara la vida. Y todo cambió.
Ahora, cuando llega la mejor curva que me ha enviado la vida, la ansiedad hace su aparición, me esconde el bate, me confunde, me hace sentir mal.
El amor... carajo, aún cuando con certeza todavía no sé lo que es, llega y no se detiene. Me siento feliz, de eso estoy segura. Pero de pronto, hay cosas que me hacen falta...
Es muy común, que dentro de una vida llena de inestabilidad, uno se acostumbre a autosabotearse, a meterse el pie, a hacer de cuenta que nada está valiendo la pena. Y es entonces, estoy segura, cuando me acuerdo de ti, cuando me acuerdo de lo que teníamos y de cómo eras cuando estabas conmigo. Nada parecido a lo que eres hoy, cuando de lejos te vuelvo a ver. Entonces viene otra vez la ansiedad a estacionarse en mis muñecas, a ocasionar que mis puños se cierren, y que no pueda ponerme a escribir.
Son muchas cosas, tantas... que es un huracán.
Me da miedo comenzar a extrañarte tanto. Debo conformarme con verte descender del coche todas las tardes, por algunos cuantos días más. Y aunque suene a cliché, todo esto que siento no eres tú, es mi circunstancia.
Esta tristeza no soy yo, no es para mi, es la circunstancia. Esta nostalgia que quiere convertirse en sentimiento de soledad dentro de mi, no soy yo, no es para mi, es la etapa de inicio de año que toda la vida me ha costado tanto trabajo.
Mis demonios son felices en su jaula, viviendo todo el año unos con otros, a puerta cerrada. El problema es cuando me siento tan triste, tan mal, tan que nada vale la pena... que entonces debo cuidar que los demonios no se vayan lejos, se vuelvan a meter, para echarles llave otra vez.
Debo terminar todo de una vez, para entonces sí echarme a dormir días enteros.
Todo está bien. No debo sentir por eso, que algo anda mal.
