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lunes, 14 de marzo de 2011

Siempre primeras veces

El lunes fue la primera vez que me pidió que le abriera la regadera en la mañana, el miércoles planché toda la ropa limpia como nunca lo había hecho en mi vida, y... anoche tuvimos una gran pelea.

Este último mes me ha quedado claro por qué la gente no se casa, por qué es que no se pueden poner de acuerdo, cómo es que se acostumbra que las cosas se hagan en contra de la voluntad de una pareja. Que si lo correcto es, o es incorrecto. Que si se debe tener hijos. Que si se debe firmar un acta. Que si, que no, que ya me vale madres.

Tengo que darle algún mérito a que la ansiedad se ha olvidado de mi, eso me pone feliz. Pero por otro lado, he tenido pesadillas, recurrentes, de esas que hacen que uno se sobresalte antes de las seis de la mañana. Es raro, pero no es ansiedad.

Hubo una gran crisis, fue una gran pelea, y debí saber que vendría una primera vez en la que una llega hecha un mar de lágrimas a un Starbucks, donde un Salvador siempre está con los oídos listos para escucharnos. Manejé, despacio, a poner gasolina y a tomar avenida Universidad. Di vuelta en Eje 5, envié varios mensajes. Hay planes que se cancelan, lágrimas que no dejan de salir, y sentimientos que por primera vez se dejan ver sobre la piel.

Dudé si debía bajarme del coche. No lo hice. Todavía había cosas qué cancelar. El chico de los ojos verdes no me llamó, sé que se inmutó, sé que también se le partió el corazón, pero por un lapso de cuatro horas guardamos silencio.

Siempre hay una primera vez para una gran pelea, y para preparar el baño en la mañana.

El frapuccino de té verde fue gratis, por fin pude dejar de llorar, creo que el hielo machacado me congeló las ideas, y el temor de presentarme al seminario del terror. Estacioné el auto y caminé, entré al seminario con el rímel y las sombras embarradas alrededor de los ojos. No me di cuenta. Y tampoco de que el recuerdo de cómo dejé a los ojos verdes, me estaba arañando por dentro.

Diecinueve y quince. Salí. Conduje. No pensé. Arrivé.

No me acuerdo en qué momento nos dieron las cuatro de la mañana. Día dos. Doble gran pelea. Doble mala noche. Primera pesadilla que me hace despertar, por el calor que siento en el pecho.

Siempre me dijeron que luego de una gran pelea existe una gran reconciliación. En este caso hubo un camino atropellado a Tecamachalco, Interlomas, dos pares de ojos hinchados, y algunos besos de amor, de pura y plena confianza.

¿Qué puedo hacer, si de veras amo? Mi lengua tararea tu voz, cuando me dices que quieres estar conmigo. Mi lengua recorre todas las ideas que pasan por mi cabeza, y luego las saborea. Entonces yo también quiero estar contigo. Me desespero, soy histérica, qué le vamos a hacer... Te amo, me amas, mi lengua lo sabe bien.

La primera vez de una gran pelea. Mi coche y la Ciudad lo supieron bien.

lunes, 21 de febrero de 2011

Desperté dos años atrás.

He comprobado que hay cosas que verdaderamente se eliminan de nuestros recuerdos, si es que así lo deseamos. Me propuse olvidar, dejar de recordar o dejar de alimentar, o como queramos llamarle, los detalles de las noches que pasé contigo, de los desayunos que compartimos, y de los días de campo que organizabas para hacerme sonreír. El subconsciente, como los demonios, también hace trampa; y es entonces cuando parece que la Ciudad se pone de tu parte, como se puso hace muchos años para que estuviéramos juntos por primera vez.

Anoche nos disponíamos a dormir viendo una película en lo que agarrábamos sueño, y sirvió no para ponerle atención, sino para que la voz y la melodía de Enya me llevara a un lugar inimaginable. No estoy segura si fue por el agobiante calor que comenzó a hacer, o por el maravilloso orgasmo en el que todavía me encontraba, pero me quedé dormida sin darme cuenta.

Soñé, como todas las noches sueño. Autos, ciudad, avenidas ultrarrápidas. Comida, cigarrillos, pasteles de chocolate, helados de yogurt. Zapatos de tacón, minifaldas negras. Tu madre. El sillón del departamento del Periférico Sur. Los gatos, montones de gatos. Tú. Lléndote. Como siempre, te ibas. Sobresalto. Cinco de la mañana. Me desperté.

Es una pesadilla recurrente, es una rutina diaria, película, música, buen café; un cigarrillo que se apaga, los dientes que se lavan con pastita de menta, las manos que se lavan con vainilla líquida. Un orgasmo, quizá dos. Un par de pies calientes. Una cobija que alcanza para tapar al mundo entero. Mis sueños. ¡Demonios! Apareces tú.

Y entonces, como sucedió por muchas madrugadas durante cuatro años, justo a las cinco horas o a las cuatro 45, me despierto cuando siento que te vas, te veo salir por la puerta, con tu espalda ancha de libertador del sur y tus hombros de piel de jaguar. Me angustio. Despierto. Hace mucho frío. Ya no estás aquí, no has estado, y no quiero que estés.

Me siento de un brinco, estiro la pierna derecha, comienzo a sentir un halo de calor. Unas piernas delgadas y amorosas me reconocen. Lo siento junto a mi, y entonces vuelvo a acurrucarme, abrazando su cintura, tranquilizándome porque sólo fue un sueño, del que desperté dos años atrás.

Me molesta que vengas a invadirme como lo hizo la señora de pelo de maíz antes de navidad. Déjenme dormir. Ya no más cruzarás esa puerta, debo curarme de tus partidas en la madrugada como me curé de amor. Cómo me duele que ahora busques hacerte presente.

Debo encontrar la llave para guardarte de regreso en tu jaula.

martes, 1 de febrero de 2011

Las personas se apoderan de las aceras.

Me llegó, juro que sin querer -y ahora también quisiera tener párpados en las llemas de mis dedos-, uno de sus últimos trabajos. Sin saber que yo soy su ex mujer, me pidieron una opinión sobre la última edición de este ensayo, en fin, ya decía yo que el mundo es una gran rueda de la fortuna, y ahora con mucha alegría afirmo que arriba me toca estar a mi. También su chica se ha puesto en contacto conmigo, y bueno, él dice que es su chica, ella dice que es su mujer, ella no sabe que yo sé, que él no quiere saber nada, y que de hace ocho años que tengo de conocerlo, ya no queda nada.

Pero el gremio de los historiadores es cerrado, es pequeño, y todo se sabe de todos, en todas partes, de todos lados.

El trabajo, desde el primer párrafo, presenta errores garrafales, terribles, que nunca me imaginé que él, tan escrupuloso como era para criticar, los esté cometiendo. Y bueno... de hecho, ahora recuerdo que nunca tuve en mis manos un trabajo suyo terminado, siempre estaban en construcción, bajo corrección o en comentarios, pero digamos que el señor creía que podría escribir la mejor disertación con el mínimo esfuerzo, en el mínimo tiempo previsto, y con un cronograma inmutable. El señor no tomaba en cuenta que debía tener todo el empeño posible, y que debía dejar de aislarse a sí mismo en los jardines solitarios de la Ciudad, y en los rincones más remotos de su existencia.

Tal y como las contradicciones en las que caía, el trabajo que tuve en mis manos también está lleno de ellas. Los signos de puntuación no correspondían a la narrativa que se proponía desde el título, y él se creía ser el mejor investigador de todos los tiempos, o por lo menos, de la Ciudad de México.

Ahora que puedo leerlo, que puedo hacer un "resumen de actividades post-proyecto", me da gusto haber renunciado a tiempo. A la cima uno no llega solo -él debería saberlo-. Y llegar a la cima cuesta mucho trabajo, se necesita mucho esfuerzo; eso, estoy aprendiéndolo en carne propia.

Y en medio de toda la protesta, de toda la lectura, y de todo lo que conlleva un dictamen o digamos, un fallo a nuestro favor, tal parece que las personas ajenas se apoderan de las aceras.

La Ciudad ya no es la misma, y yo también he cambiado como ella.

Toda la semana pasada soñé con él y con su madre. Estaban apoderados de la Ciudad, y yo no podía dar un paso sin encontrármelos, sin estar envuelta en los juegos que siempre querían jugar. El tipo volvía de lejos, de algún viaje o de siempre (¿me explico?), y venía a decirme como siempre lo hacía, que yo era la mujer de su vida y que no podía vivir sin mi. Llegaba, como la última vez, a decirme que esto era para siempre, que me amaba, que no podía seguir si no lo intentábamos una vez más.

Sentí una angustia que hace mucho no sentía estando dormida, la misma angustia que curiosamente sentí cuando se fue, y que he sentido todas las veces que sueño con él, o que siento que está cerca. También sentí miedo. Tenía miedo de decirle cómo eran las cosas de verdad, y hacia dentro de mi pensaba que era una tranquilidad saber que mis Ojos Verdes estaban junto a mi. Tenía que encontrar el momento justo para decirle que esta es mi banqueta, es mi cuadra, mi manzana entera, toda mi Ciudad, que mis Ojos Verdes la compartían conmigo, y que él debía regresar al lugar de donde venía. Nada era igual.

La señora de pelo de maíz era, como siempre, exigente, falsa, actriz. Tan actriz, que ella no sabía que no era ella. También me daba miedo. Su rostro parecía una máscara rígida, con una dentadura protuberante color amarillo, de dientes animalescos, como de caballo. Esa imagen fue una rara mezcla de la realidad, caricaturizada. Exigente, repito. Había que hacer las cosas como ella decía, no queríamos que se mostrara su toxicidad.

Desperté, gracias, como siempre despierto. Tuve un mal sueño otra vez. Y al arreglarme para salir, y ponerme mis mejores zapatos de tacón, me di cuenta, ya pisando mi Ciudad, que las aceras siguen siendo arrebatadas por muchas personas que no tienen identidad, que sólo quieren pisotear y encima con unos zapatos nefastos -como los de la señora de pelo de maíz-, amorfos, insensibles e irreales.

Debo encontrar la forma de que todos los fantasmas de mi pasado se queden en un lugar. Pensé en un principio que sería en la zona Sur de la Ciudad, hasta que supe que también tengo que regresar a trabajar por allá. Pensé que podrían quedarse en su departamentito sin muebles, lleno de altares sin sentido, que rezan por que los análisis de laboratorio salgan limpios, para poder tener un lugar en la cama de alguien. Nunca imaginé que se llegara a tal nivel de desconfianza. Pedirme una constancia para tener una oportunidad para el amor, hubiera sido más que una de sus enormes ofensas.

Me da miedo pensar en ese espacio sin muebles, con altares y gatos cojos o sin cola rondando los coches de alrededor.

Me da miedo que mis demonios se hayan acostumbrado a pelearse unas cuantas aceras. Me da miedo que mis demonios ya no quieran regresar a su jaula. Sólo esta semana les queda, para seguir paséandose por toda la Ciudad.

lunes, 11 de octubre de 2010

¿Dónde estaban mis ojos verdes?

Hacía mucho tiempo que no tenía un sueño de terror, y esta noche lo tuve. Fue una pesadilla rara, quizá un sin sentido, pero me dio muchísimo miedo.

Soñé que me casaba con el soltero tóxico. Que pasaba todo lo que pasó, igualito, con todo y el hermano que a la mera hora sí quería ser hermano, y con la señora de cabello de maíz.

Yo venía sentada en el asiento de atrás de un coche negro, con un vestido blanco de fiesta, de muchos listones color lavanda, me acuerdo que me preocupaba que no trajera crinolina porque el vestido se me aplastaba.

Volteaba a la ventanilla, y veía venir al soltero tóxico vestido de traje, con la corbata desamarrada, y bebiendo, ¡qué raro! Venía con el dichoso hermano y otro hombre que no me acuerdo quién era. Caminaba junto al coche en el que yo venía y pasaba de largo, no me veía o no se quería detener; yo tenía la sensación de que no había querido detenerse.

Me daba mucho miedo que me fuera a dejar plantada en el altar, ah porque además, he de decirles que me iba a casar por la iglesia en una boda comunitaria. Algo me causaba ver a las otras novias alrededor mío, ellas acompañadas, muy felices e ilusionadas, y yo, sumamente angustiada, por mi lado, y el sotero tóxico por el suyo. Cuando yo lo veía pasar a un lado de mi auto, sentía cierto alivio porque ya había llegado, y entonces yo me bajaba del coche, me levantaba la falda de mi vestido, y me iba caminando a la entrada de la iglesia.

Me casaba, así, sin más. Me acuerdo de mi hermana y de mi papá, estaban también mis amigos y muchas personas de mi familia. Yo estaba triste, me sentía muy angustiada, y no había ninguna persona que lo fuera a acompañar a él.

Salíamos de la iglesia y él se iba, me dejaba ahí parada. Yo me levantaba otra vez la falda de mi vestido y comenzaba a caminar, y los listones color lavanda se comenzaban a arrastrar en el pavimento. Me veía mi anillo de casada y pensaba que todo había sido un error gravísimo, que me había equivocado otra vez, que cómo demonios había aceptado casarme con él si me había tratado tan mal y había faltado a sus promesas y se había burlado de mis planes. Comenzaba a llorar y me iba caminando por la calle.

Vestida de novia, llegaba a unos escaparates de unas tiendas de zapatos. Veía muchos zapatos, botas, sandalias, tacones de colores, y entonces me ponía feliz.

Llegaba a un departamento de alfombra color hueso, muy bonito, con elevador. Ahí tomaba yo mi móvil, que me acuerdo perfectamente que era una blackberry color negro, y le llamaba, marcaba su teléfono de memoria, y lo que más miedo me dio ¡es que me acordé del puto número! O sea, llevo meses perdiendo datos en mi cabeza, y en una noche todo regresó. Total que me respondía el afamado hermano, me decía que ese no era el número del chico tóxico, que él se había ido de la Ciudad, y que ni modo, pero no podía estar conmigo en esos momentos.

De pronto, el tóxico descolgaba la otra bocina del teléfono, me decía ¿hola, Mariposa? Y yo comenzaba a llorar, y en lugar de reclamarle nada, le decía que iba a estar en mi departamento, por si quería venir a verme. No me decía nada más. Yo pensaba que había sido todo un gran error porque el chico de pronto había vuelto para pedirme que me casara con él, pero yo ya no lo amaba, entonces ¿por qué le había dicho que sí, si yo tenía una pareja maravillosa y amorosa? ¡Y era cierto! ¿Dónde estaba mi novio?

Comenzaba una búsqueda desenfrenada para dar con mis ojos verdes, y no los podía encontrar, maldita sea, yo me acordaba de ellos, de que eramos muy felices, y de pronto no aparecían más y yo estaba haciendo puras estupideces. Hablaba con mis amigos, con mi hermana, con mi papá, y nadie me sabía dar razón de los ojos verdes, eran un hermoso recuerdo en mi cabeza, pero resultaba que ¡yo no los había conocido todavía!

Comencé a llorar y me desperté.

Fui a tomar un Starbucks donde la bebida caliente de otra persona me cayó encima, en lugar de hacer corajes, mi padre y yo nos reímos mucho. Regresé a casa. De pronto me acordé del sueño, y me dio mucha tristeza. Los ojos verdes están trabajando, muy ocupados como siempre, quiero hablar con ellos.

Pienso que el sueño sí sucedió, en el sentido de que cuando todo pasó, los ojos verdes todavía no llegaban a mi vida. Lo dramático de todo esto, es que yo me acordaba que estaban conmigo, pero nadie me sabía dar razón de ellos.

La vida nos tiene preparadas cosas maravillosas, personas maravillosas que vienen a hacernos el camino feliz, ameno, completamente pleno. La vida me tenía guardado a un hombre maravilloso, que vino a que el amor se hiciera.

No importa todo lo que sueñe o no sueñe, o si sigo viviendo en la misma Ciudad. Hay personas que se borran de la memoria para siempre, que sólo cuando está abierto mi subconsciente pueden aparecer; pero las reales, las que abrazo todas las noches para dormir, las que me llenan de besos por las manañas, las que me dicen que me aman tanto como las amo yo, no se irán a vivir al país de los sueños nunca.

miércoles, 16 de junio de 2010

Las horas después.

Pensé que esta ocasión sería diferente. Cuando una crisis de ansiedad me sorprende, es mayúsculo mi malestar y por obvias razones se incrementa mi desgano. Generalmente se me quita el apetito, mas en contadas ocasiones, me ha venido un hambre voraz, no puedo dormir la noche siguiente a la crisis, y para acabarla de amolar, me duele el cuerpo y la cabeza.

Hoy, que dormí como pude, que al despertar me dolía todo comenzando por el cuello y la cintura, que me he sentido como barco en altamar todo el día, y que no he tenido el hambre que suelo tener, estoy cayendo en la cuenta de que soñé con él y con el cumpleaños de su madre.

Siempre jugaban a que era bruja, porque su nacimiento tuvo lugar el 31 de octubre. Tiempo después me habría de enterar yo que no era un juego, y que la mujer tenía de dama lo que yo de modelo AAA. En mi sueño había mesas redondas y un hermoso baño completo alfombrado con mobiliario color gris.

La zona de la casa (porque estábamos en su casa) no era linda como donde vivían cuando los conocí, pero era la misma casa. El señor de barba, las puertas para entrar a la cocina, la alacena grande donde el gato se quedaba dormido, el calentador de agua saliendo para el jardín, la mesa del comedor enorme, color natural, las esculturas y las obras de arte, el sillón frente a la ventana en el que me quedaba dormida debajo del sol por las tardes, el cuadro redondo que estaba hecho en su mayoría por laminilla de oro que brillaba mucho por las mañanas. La chimenea en el centro del salón, las escaleras de madera que hacían ruido cuando subíamos, el sillón de piel que nos abrazaba cuando nos quedábamos dormidos, y que lo albergaba a él cuando yo elegía dormir sola.

Todo estaba en su lugar, todo era bonito por dentro, pero por fuera estaba horrible. No había pavimento en las calles, llovía a mares, no había escaleras y en su lugar sólo eran rampas de cemento a medio terminar. Personas que me miraban extrañamente, envoltijadas en harapos que se veían casi podridos. En fin. No era un lugar agradable, no era como yo recuerdo que era.

Había una fiesta, yo estaba compartiendo con unas chicas, estaban las amistades que compartimos, y él estaba allí, sentado frente a mi, con su piel de terciopelo de jaguar en celo, y sus rostros de libertadores que más parecían ajenos que mis favoritos. Tenía el pelo justo como cuando lo conocí, se veía bastante bien y su madre también, eran radiantes, la casa era bonita y me gustaba estar hasta en la cocina.

Todo era como siempre quise que fuera. No existían toxicidades, ni hermanos olvidados que después resultaban más tóxicos que el benjamín. No había malos tratos ni tampoco gatos, mucho menos perros, y estaban allí todos esos posters color gris.

Desperté, sintiéndome muy mal físicamente, pero en el fondo pensé que todo estaba en orden.

Hace ya muchos meses que se murieron en mis sueños, en mi memoria, en mi cuerpo, y que sólo falta que me confirmen que se murieron de verdad o que se mudaron de Ciudad.

Soy malísima para la interpretación de los sueños. No sé qué querrá decir haber soñado con ellos justo la noche del día en el que tuve una de las crisis más fuertes del año; ni tampoco sé qué querrá decir haberlos soñado tan perfectos.

Tengo que aceptar que en el fondo deseo que el chico tóxico no tenga más malestares y que sea feliz; que la vida no se le complique más de lo que él se la estaba complicando. Debo confesar que deseo que todo esté perfecto tal y como lo soñé.

No todo lo que brilla es oro, y esta ansiedad no se quiere ir lejos, se quiere quedar dándome vueltas como lo hace ahorita el gato alrededor de mi mesa de trabajo. Ni modo. Cada quien lo que le toca, y supongo que tendré que aprender otra vez -o acostumbrarme- a vivir con ella poco más de tres días cada seis meses.

lunes, 22 de marzo de 2010

Domingo y primavera

Era muy temprano. El frío me despertó. A pesar de haberme quedado dormida vestida -otra vez-, ahora el frío se me metió por las plantas de los pies. Desconocí el lugar, desconocí la cama, a pesar de que había sido la cama de siempre, las sábanas blancas con flores azules, las cobijas amarilla y roja, la lámpara encendida en el buró del fondo.

Muerta de frío, me desperté y fui a buscarte. Y allí estabas, en el sillón que a veces olvido que ahí está. Estabas dormido, aún más de lo que estaba yo. Estabas respirando muy fuerte, con tu menudo cuerpo enroscado como si fueras un gato pequeño. Te miré, empujé tus piernas, me senté en el huequito que se hizo detrás de tus rodillas. Te miré, otra vez.

Intenté despertarte, pero no supe como. Seguí mirándote, comencé a olerte como si la que fuera un gato, ahora sea yo. Voltée hacia la ventana, miré el sol a través de la persiana, caí en la cuenta de que era domingo, y de que por fin había llegado la primavera.

Y te empujé, salió un quejido de tu garganta aún enronquecida, te hiciste a un lado, giraste, hiciste espacio, y me acosté junto a ti.

No importaba nada. Es primavera, era domingo, eras tu y era yo.

Era el sol a través de la persiana. Era de mañana, que por fin un domingo me puso feliz. Comencé a besarte, como debiera hacerlo cada que estoy contigo, como debiera ser todo el momento que pasa sin saberlo. Me sorprendí. Seguías dormido, pero querías estar despierto. Tenías los ojitos todavía cerrados, las pestañas pegadas, las manos giradas hacia el centro de tu pecho.

Desistí. Me fui. Me senté en la mesita de trabajo y prendí esta computadora. Comencé a leer, a escuchar la música que me arrulla, a escribir lo que en ese momento pasaba por mi cabeza. Y el gato que es de a de veras ocupó mi lugar en el sillón, volviste a girarte, volviste a respirar fuerte a través de esa garganta que a veces quiere albergarme.

Y lo volví a intentar. Me levanté y fui a donde la ventana, quité la persiana, me bañé de árboles atravesados por rayos de sol; de luz que a veces no quiero que llegue, de primavera que creo que ahora sí añoraba que viniera. Luego fui a donde tu. Volví a mirarte, y comencé a desabrochar los botones de tu camisa de rayitas negras.

No sé si despertaste. No sé si volví a dormir yo. Todo pasó, como pasa lentamente cuando estoy contigo. Olvidé la noche anterior, lo que habíamos hablado, lo que tu voz susurró junto a mi cuello. Olvidé mis letras, las canciones y mi pasado. Olvidé que estabas allí. Olvidé que quería seguir dormida.

Y algunas horas después, entonces sí desperté por completo. Sólo fue otra mañana de domingo. El invierno -y espero que el infierno también- por fin terminó, la primavera llegó con ese friecito a través de las palmas de mis manos, y otra estación comenzó en mi cuerpo.

Domingo de café por la mañana en un vaso de plástico. Domingo de manejar con el sol en todo su esplendor, con este calor que hace que Hans sea no sólo un auto de valores, sino de agradable sudor que también es insoportable. Domingo de chicas, como todos los del año que acaba de transcurrir. Domingo de mercadillo de Marruecos, de sonrisas con lentes de sol.

Domingo que me hizo feliz, quizá porque soñé contigo.

domingo, 14 de febrero de 2010

Historia de una habitación.

Así como en el sueño anterior la habitación se hacía más pequeña conforme el tiempo pasaba, esta vez la habitación se hizo tan grande como mi asombro, tan grande como la noche, tan grande como la obscuridad que nos abrazó cuando sólo se quedó encendida la luz de la escalera.

No recuerdo bien cómo llegamos allí, no me acuerdo bien cómo empezó todo. Sólo estoy segura de mi vestidito negro, de su estatura, de mis botas hasta la rodilla, de los calcetines que no vi más. Me acuerdo que me hizo muy feliz ver todo desde el suelo, saber que las habitaciones giraban como giraban nuestros cuerpos. Desde abajo, todo parecía expandirse como se expandían mis emociones, sus latidos, mi sudor, el olor de su cabello y mi propio cabello.

Mi sueño de que los besos no estén vetados se hizo realidad. Nos besábamos tanto, que me hacía creer que esa era la última noche en este planeta, teníamos que aprovecharla por completo, sin importar mi edad, sin importar mi estado civil, sin importar la habitación que nos envolvía. Nos besábamos tanto, que me hacía creer que el amor podía existir, que el amor podía superar, que el amor podía estar en cualquier lugar, con cualquier persona, sin siquiera imaginar que pudiera suceder.

Me acuerdo que estaba sorprendida por el calor que pueden irradiar un par de cuerpos. Hacía mucho frío, lo sentía sobre todo en las plantas de los pies, pero nosotros manteníamos ese calor, lo hacíamos crecer, hacíamos que envolviera la casa misma, a través de las ventanas, de las escaleras, de los candados de las puertas que no querían seguir cerradas.

Como siempre, odiaba las despedidas, y odiaba saber que la luz del amanecer que nos recibía era de un maldito domingo; odiaba tener que decir adiós. Pero esta vez no me angustiaba tanto, no sentía que la Ciudad nos fuera a separar. El chico me llevaba a casa, en este sueño Hans no figuró más, y yo me bajaba de su auto color grafito mientras él no se movía del volante. Nos besamos, nos despedimos, nos dijimos hasta mañana aunque casi estaba por despertar.

No me angustió la despedida, pero me invadió una terrible ansiedad cuando pensaba que era posible que nos pudiéramos enamorar. No, no, me decía en voz alta mientras bajaba del coche y entraba a mi casa. No te puedes enamorar Mariposa, no puedes seguir adelante. ¿Por qué carajos no? ¿Quién dice que no? ¿Por qué mi mente me jugaba esta terrible trampa?

Me acostaba en mi cama todavía vestida, me envolvía en la gabardina color azul y apenas reparaba en quitarme las botas color café. Lloré, las lágrimas me salían de los ojos mientras mis oídos escuchaban a Norah Jones.

Y me desperté, luego de otro fabuloso sueño, limpiándome las lágrimas que de verdad salieron de mis ojos, y escuchando la vocecita chillona de la locutora que suplió a Jesús Martín Mendoza en las noticias de la mañana. No estaba vestida, por supuesto, las botas estaban en su lugar, la gabardina llena de polvo bajo ese guarda trajes color gris. El vestido me sigue esperando en el tubo del clóset y el chico, no sé si vuelva a verlo alguna vez.

domingo, 7 de febrero de 2010

Puras pesadillas.

Dormí poco y mal. De hecho, seriamente me he dado cuenta de que estoy abusando de las pastillas para el dolor, de las aciditas de colores, de las que son para la nariz, para la alergia, para dormir, para la garganta, para despertar, para mantenerme de buenas, de las de menta y de las que todavía no se me ocurre que me puedo tomar.

Hay distintos tipos de analgésicos, unos comunes, otros muy específicos. Con ninguno, y también con cada uno de ellos, tengo una relación estrecha, y cierta disposición a traerlos en el bolso o a guardarlos en el cajón del otro buró que casi no uso. A veces me da miedo. Se supone que ya confían en mi, que ya puedo guardar todo tipo de substancias en mis pertenencias, que ya puedo cargar con ellas, que ya no es necesario que algún pariente o persona de confianza sepa que las compro o que estoy en manejo con ellas.

Algunas veces, me doy miedo a mi misma.

Desperté, exaltada por no poder respirar, con un gato que pesa cerca de siete kilos encima de mi, y con el pelo echado todo en la cara. Soñé horrible. Soñé que la cita que tengo el martes no llegaba, que yo estaba confundida, que no sabía donde había pasado la noche y que todo en mi memoria era mi Universidad con cuartos de baño y lujosas zonas de comida, y que en un cóctel de pastillas me había perdido hasta el mediodía, justo cuando mi jefa me dejaba un mensaje en el móvil que decía "te esperamos a las diez, y tu nunca llegaste".

Ni lloré, ni me desmayé, y ni pensé en vomitarme. Comencé a quejarme como si me estuvieran dando un golpe en el pecho, y a lo lejos escuché un ronroneo, luego abrí el ojo y vi la luz del mediodía metida en mi habitación. Intenté liberarme de las pesadas cobijas, luché en contra de los brazos de Morfeo, y me senté de un brinco en la cama. Le saqué la lengua al puto domingo que empezaba para mi.

Todavía un coqueto gato ronroneaba en mi panza, mi nariz estaba completamente tapada, por eso no podía respirar, por eso sentía esa pesadez en el pecho de que me faltaba el aire. Sólo fue un mal sueño. Sólo fue la pesadilla de terror más terrible que he tenido en los últimos meses, y que justo mi subconsciente pudo elucubrar para mostrarme de frente el mayor de mis temores: no estar presente en la reunión por la que tanto he esperado.

Dieron las trece horas y yo seguía en la cama. Ahorita sigo cansada. He tenido dolor de cabeza todo el día. Tengo muchas cosas para quejarme, pero no lo voy a hacer. Tengo muchos dolores que mitigar, y tendría muchas razones para tomar todas las pastillas del mundo, pero no lo voy a hacer. Todavía me duele el cuello y el brazo izquierdo, no aguanto la espalda, y la cabeza siento que me va a estallar.

Debe ser ansiedad. Debe ser cansancio. Me voy a dar un baño, y no voy a tomar nada más.

Nada más, aún cuando ese frasquito me está haciendo ojitos desde el tocador. Aún cuando ahora recuerdo que tengo unas deliciosas pastillitas en forma de diamante que la Diseñadora de Modas me regaló, y que de hecho no estoy segura de que sepa qué fue lo que en realidad me dio.

Dos veces en mi vida he sido infiel, pero hoy no me voy a ser infiel a mi misma, ni por unas aspirinas para el desamor lo haría. Lo prometo.

jueves, 4 de febrero de 2010

El beso del elevador

Nos encontramos, como casi siempre sucede, en medio de la Ciudad, en medio de los coches, saltándonos avenidas, y mojados por la lluvia. La lluvia... más bien el frío, como casi siempre a esa hora, como casi siempre que hace frío. Este invierno, además de ensañarse, nos ha regalado maravillosas horas antes del amanecer. Aún cuando son días que no laboro, tengo que despertarme temprano, pero no importa, él tiene que hacer algunas cosas, despertarse igual temprano, librarse de otras, y llegar a la avenida en donde nuestros coches comienzan la misma marcha.

Y a la misma marcha, uno tras el otro, vamos siempre al mismo lugar, de regreso a mi casa, de regreso a la suya. A la misma ducha, a preparar el mismo desayuno, a jugar con las mismas cosas, a hablar de lo que hubo los pasados días, los pasados lindos, los tristes pasados futuros.

Y ahí vamos otra vez, a mirarnos de frente sin saber que lo hacemos, a que me abrace de lado sin saber que lo hace, a tomarme por la espalda, sin haber pensado siquiera hacérmelo una vez más. A hablar de las cosas que moría por contarle, a escucharme como sabe hacerlo, como me gusta que me escuchen, como me gusta escuchar las opiniones importantes. A tener esta magnífica imagen frente a los dos, de ambos cuerpos abrazados y enlazados, de lado, de frente, de perfil, de espaldas, de como sea. La imagen ahí está, y se congela.

Ahí vamos, a desayunar en una mesita ratona que movemos como la gana nos da, a hablar de los coches como si de verdad nos importara, a hacer que no ha pasado nada, aún cuando sabemos que han pasado muchas cosas.

Y miro como toma esa ducha, esa que debería tomar con él allí dentro, como me gustaba cuando lo hacíamos después. Y me mira mientras tomo la mía, y platicamos, y se enfoca, y pierde el hilo, y le gusta mirarme mientras lavo mi pelo, con la misma marca de champú que copié de la regadera de su mujer, y lo desenredo con ese peine enorme, que imagina que juego con él.

Y mi pelo, sobre su cintura, parece que hace maravillas. Y el tiempo, que transcurre sobre nosotros, sobre esa habitación que se hace más pequeña, parece que se detiene para siempre.

Luego, se pone la indumentaria. Y yo, sin saber lo que estoy haciendo, me enfundo en el par de medias negras, en la falda a la rodilla que le gusta imaginar que arranca de mis caderas, en los tacones que parece que están pegados a las plantas de mis pies. Cojo el bolso, toma su cartera. Todo pasa como un día cualquiera. Los dos volvemos, y los coches nos esperan.

Nos esperan, como lo hace mi casa o la suya, hasta la próxima semana, hasta la siguiente luna del lunes que entra, del sábado que pasó, del domingo que no quiero que llegue.

Las trampas del destino son como carreteras; el destino, este ambiente que nos envuelve. ¿El final del camino? Que yo ría como lo hago, mientras me mira desde abajo, sin parpadear. Que el tiempo se vuelva a detener, para que platiquemos como nos gusta hacerlo.

Vuelvo a donde partí, vuelvo a pensar que todo está bien, vuelvo a mi rutina con el sabor de sus labios todavía en mi.

Salimos, yo camino más aprisa que él, me da escalofríos pensar en mis vecinos, o en los suyos. Sigue tras de mí, llamo el elevador, lo tomamos. Se recarga en el fondo del cubo de acero, se cierran las puertas, doy un paso hacia él y comienzo a besarlo como si fuera la última vez, como si esa luna de ese lunes o domingo siguiente no fuera a llegar; como efectivamente es, que yo estoy volviendo a la guerra.

Nos besamos como no lo hicimos en todas las horas anteriores, en todos los meses que pasaron, en todos los años que no supimos que estuvimos allí. Es un maravilloso beso, que dura lo que tarda en bajar tres pisos el elevador, que hace que nos fundamos en ese instante, por unos segundos, entre el fluído y mi respiro. Y sentimos que es el último que nos vamos a dar.

Se abren las puertas, nos separamos, salgo yo primero, él me sigue -y puedo jurar que me mira el trasero, o intenta hacerlo cuando se dibujan en mi falda los sujetadores en mis muslos por detrás-, y volvemos a despedirnos. Como siempre, como nunca, como nada, como todo.

Me subí pues al coche, y cuando escuché el sonido del portazo de mi lado, me desperté. Aquí, en mi cama, sin ningún otro cuerpo en mi colchón. Y el corazón, no ha dejado de latirme. ¿Cuándo va a llegar? Ni me quejo, porque todavía sigo de buen humor.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Y sí, me acuerdo...

Te extraño un rato, cuando leo los expedientes que hablan de la dependencia en la que trabajaste tantos años. Cuando salen nombres de conocidos tuyos, desconocidos míos, recién presentados a nosotros.

Te extraño cuando paso por el Vip's y veo la mesa en la que desayunábamos. Cuando Jazmín me cuenta de ti, y me dice que sigues comiendo de tres a cuatro. Cuando me acuerdo de cómo hueles y del largo de tus brazos.

Te extraño cuando mido el tiempo, y atravieso corriendo Eje 6 sur, cuando paso con el coche por la Glorieta Insurgentes, cuando camino bien lento la explanada del Museo que me compraste. Te extraño cuando veo que alguien toma Sol bien fría, cuando me dicen que no hay tehuacán con hielos, y que los de a lado comen tacos de carnitas con doble tortilla.

Te extraño cuando manejo periférico sur y tomo el distribuidor vial de San Antonio, y en lugar de tomar para Tintoreto, me desvío para Viaducto. Pienso entonces que quizá podríamos vernos, si las horas coincidieran, si tu mano me esperara, si la Ciudad lo permitiera.

Quisiera caminar por el pasillo y verte de frente, sentado en tu escritorio, a través del cristal. Con esa camisa azul de rayitas que era mi favorita. Soñar contigo me hace acordarme de cosas. Quiero verte de frente, ya no me acuerdo bien de como son tus ojos, de frente y de pie, con tu traje negro y sin corbata.

domingo, 30 de agosto de 2009

El amor se debe celebrar

Eran como las ocho de la mañana del domingo, un mensaje de texto me despertó "ya somos novios" decía. Ya son novios, y tienen de salir lo que yo tengo de conocer a los Ojos redondos. Lo leí, respondí entre sueños y me volví a dormir profundamente. Sola, con un gato en los pies y sin ver más ojos, ni redondos ni de otros.

Soñé que estaba embarazada y que daba a luz a un bebecito muy bonito, con poquito pelo, María estaba conmigo, envolviéndolo en cobijitas y haciéndome compañía. Yo lo abrazaba mucho, le daba besos, lo cargaba para darle de comer, lo arrullaba, lo cuidaba. De momento, lo ponía sobre la cama y el bebecito comenzaba a mover sus manitas, se zafaba de la sabanita y salía en cuatro patas un bonito y peludo gatito color gris obscuro. ¡Qué monada! Yo me sentía muy contenta, me preguntaba qué había pasado con el bebé, pero no me daba angustia. Cogía al gatito con las dos manos, le daba besos y pensaba "supongo que es más fácil poner una caja de arena, que cambiar pañales". Me desperté. Me dio risa el sueño, porque no había sido nada monstruoso, ni había habido una fea transformación, simplemente mi bebé se hacía gato, y me daba mucho gusto tener un gatito chiquito.

De la noticia de un nuevo amor, a mi sueño profundo con dar a luz, bebés y mis adorados gatos. De relacionar el amor de alguien con la vocación mía, con bebés y libros escritos, proyectos terminados y papeles recibidos. Del amor que comienza para una gran amiga, al amor que tengo yo con mi Ciudad, con mis hermanas y con mis amigos. Del amor de una pareja que nace, al enamoramiento que tengo de confianza en mi misma.

Enhorabuena querida, el amor se debe celebrar. Una razón para no sacarle la lengua al domingo.

Y como siempre me dijo el presidente de la Nueva República de Babel, "¿cómo va el bebé?" Las que me han visto desde que el "bebé" era apenas un cigoto, saben que la gestación ha sido muy dura. Ya es momento de dar a luz, de hace tres años y ocho meses, a tres meses y ya sólo faltan dos.

viernes, 14 de agosto de 2009

Lista para el amor

Hoy lo vi, y espero que no sea la última vez. Ahora, aún con que me pongo muy nerviosa porque el corazón me late a mil por hora cuando lo veo, los trámites que tenía que terminar me impidieron continuar la conversación que el chico inició conmigo.

Creo que era de esperarse, que al momento de saber que ya no trabajaría ahí, las cosas cambiarían; pero es una contradicción, porque si el hecho de que ya no seríamos compañeros de oficina, tiende una posibilidad para conocerlo, ¿cómo entonces se supone que sucederá si no lo veré más? Pude platicar de él, por fin pude contar que unos ojos vestidos con camisa azul de rayitas, me quitaban el aliento de lunes a viernes, a las 15:45 justo cuando iba a comer.

Hace mucho que no salgo con alguien, confesé, y a veces no siento todo el tiempo que va pasando en mi Ciudad, en mi corazón, en mi cuerpo. La memoria no es que me falle, sino que a veces no tengo manera de refrescarla como yo quisiera. Quizá entonces no sea tanto tiempo, sino que en mi antiguo contexto, eso no era común que sucediera.

Y todo es muy parecido a una cotidiana ironía, a una ley de murphy, contrario a lo que sucede en mis sueños. Todas las veces que he compartido con él, en ellos, sucede lo que tiene que suceder. Y mis ganas son inusuales, porque se limitan a la compañía masculina, a un mano que abraza la mía.

Hace unos días, la última vez que soñé con él, hubo un elevador, un departamento, mucha gente que nos miraba y un coche negro. Había más coches en movimiento, calles, un estacionamiento; y el chico vestía una camisa sin corbata con ese saco color verde que tanto me gusta en él. Estos sueños son justo como lo que veían mis ojos a través del cristal de su oficina, desde la mía, intentando alcanzar a los suyos, a sus pies, a su pelo negro peinado hacia atrás.

¿Cuántos años tendrá? ¿Cuál será su nombre completo? No es posible que si hoy tuve una pequeña charla con él, no pensé en aprovecharla para preguntarle lo básico, ¿cómo te llamas? ¿Es cierto que vives por el norte, como yo? Las respuestas a si sabe bailar y si le gusta el cine, vendrían después.

Ahorita, que me preparo para dormir y recuerdo que todo el día estuve contenta y alegre, caigo en la cuenta de que quizá las cosas con el chico se queden tal como están y simplemente haya sido que hoy también desperté sintiéndome como si estuviera enamorada. Aún cuando hay muchos lugares que no tengo con quien caminarlos de la mano, exposiciones que veré sola, palabras que no escucharán, letritas que no leerán, me doy cuenta que yo soy el motivo para sentirme enamorada.

Hace calor, y la caprichosa lluvia de verano me recibe mientras camino Paseo de la Reforma, por el momento no necesito nada más.

jueves, 25 de junio de 2009

Crónica platónica

Si hubiera sabido que no iba a durar más de cinco meses en esa oficina, hubiera comenzado a mirarlo desde que fui a aplicar para ese puesto, en lugar de hacerlo desde mi primer día de labores.

No me acuerdo de su nombre, creo que era Ángel. Era muy alto, tenía unos 36 años y sonreía maravillosamente. A las 13, cuando yo llegaba, él ya estaba en la oficina. A las 15:30 coincidíamos en el comedor, a las 17:00 hablando por el móvil en el pasillo; y a las 19:00 fingía comprar soditas para verlo salir por la puerta, hasta el día siguiente.

El chico pronto se dió cuenta. Los hombres son listos, o fingen serlo. Nos hicimos cómplices. Hacía que me salieran chapas, sobre todo cuando detrás del cristal que separaba su lugar del mío, alzaba la cabeza para verme de espaldas. Supongo que las cintas de las cámaras de seguridad, deben guardar evidencia de los esfuerzos en vano que hacíamos para coincidir en alguna sala.

Nos hicimos cómplices, y pronto no hizo falta cumplir palabras. Con mis atuendos nos mandábamos mensajes; yo los recibía cuando él iba de jeans, o de camisas de color tenue sin camisetas debajo. Cambiamos de peinado varias veces. Y algunos días nos mandamos mensajes a través de las palabras escritas en nuestras camisetas. Mis botines de flecos querían correr hacia él. Sus botas caminaron más de una vez frente a mi, de costado, y sonreía cuando me veía por detrás.

Tropezamos, se me cayó el móvil y a él el bolsito del City Market. Lo miré desde el suelo, justo cuando me agaché a recoger el teléfono, y balbuceé lo que pasó por mi cabeza: "pero qué alto, ¿sabes bailar?". Fui una tonta. Pero por lo menos nos reímos al mismo tiempo, me dijo que sí, y que debía apurarme si no quería que la lluvia me sorprendiera al cruzar el patio.

Me hacía bromas sobre la máquina de coca-cola, sobre el pan dulce y el café de Starbucks. Hubiera querido saber cómo era pasar una tarde con él, si tenía hijos, si vivía solo. Hubiera querido saber con certeza cuántos años tenía. Los días que no iba a la oficina eran azules, medio grises, de esos días feos en los que los conejos no quieren salir de las madrigueras.

A través del cristal yo veía su lugar vacío. Y a mi se me acababan los motivos para ir al comedor, para llamar desde el pasillo y para fingir comprar soditas.

Luego del tropiezo, mis fantasías se llenaban de una pista de baile, una maravillosa cena, y su mano alrededor de la mía.

Ni el café se me cumplió. Supongo que las cintas de los vídeos de seguridad, también albergan mi carita desolada cuando se fue de la oficina. Días después me fui yo también. A veces pienso que él era el motivo de que yo hubiera asistido a ese lugar, debí aprovecharlo. Era muy lindo tener una ilusión para llegar y firmar la entrada a las 12:55.

También es muy lindo saber que (¡por fin!) pude hacer que no fuera mortal. Tanto por hacer, y me cansé.

martes, 14 de abril de 2009

No tiene fondos

Estoy completamente mojada.

Anduve en la calle desde las siete de la mañana. Dormí otra vez con pesadez de calor y de soledad, así que como zombie me metí a bañar y me arreglé.

Hace rato, luego de la jornada cotidiana, venía para mi casa y pasé al super mercado a comprar algo para comer, coca-cola light, agua purificada y unos cigarros. Llegué a la caja, le di mi tarjeta a la señorita y me contestó: "Marca que su tarjeta no tiene fondos". "¿Qué? Ok, pase esta por favor" -le respondí dándole la segunda tarjeta que TAMPOCO TUVO FONDOS. "Bueno pues, permisito y gracias". Me di la vuelta y me fui.

Hice lo que odio hacer: llamarle a mi papá para decirle que me quedé sin fondos. "¿Tu?, ¿sin fondos?" - me dijo. Pues sí, yo, la histérica histórica que guarda los vouchers para hacer las cuentas y que no gasta de más si no es necesario... yo merita sin fondos, muerta de sed y de calor y con alguito de hambre.
Y ni modo. Esta onda de los papeles del coche me desfalcó y todavía no se acaba, aún falta pagar la diferencia de la póliza de seguro y ahora ya no sé con qué.

Sin perder la razón me vine para la casa. Justo comenzó a llover.
Apenas cerré la puerta y comencé a sacarme todo y me puse bajo la lluvia a sentir cómo caía sobre mi piel gota por gota.

Sentía que me estaba derritiendo. Cuando venía de regreso, también sentí por un momento las medias, los tacones y la ropa interior pegadas a mi cuerpo como si fueran de látex. Ahora ya me siento mejor, ya comprobé que no tenía nada pintado en el cuerpo y se me quitó el calor.

Sigo sin fondos. Y lo que más risa me da es que hacía mucho tiempo que no me pasaba.
Ni modo. Como dijera Janis: "Con la cabeza en alto Mariposa, con la cabeza en alto".

Feliz semana.
Felices y frescos sueños para ustedes.

lunes, 13 de abril de 2009

De CU a Barranca del Muerto

A pesar de haber tenido sueño y de haber dormido las reglamentarias 5 ó 7 horas, no pasé buen sueño. Tuve algo de pesadillas, muchísimo calor, luego frío... luego sentí una punzada en la frente. Me di vueltas, me desvestí, intenté que la noche transcurriera aún cuando una sensación de orgasmo incompleto me invadió.

Creo que fue porque hablé con ella.

La persona que mejor me conoce en esta vida, mi alma gemela, me confesó a través de la bocina que tampoco puede vivir sin mi. Lloré como nunca. Ya me hacía falta.
También me confesó, que la otra noche lloró dormida soñando conmigo. "No podías llorar" -Me dijo. Y entonces mis lágrimas salieron como cuando destapamos la sidra en año nuevo.

La extraño mucho. Al mismo tiempo dijimos que nuestro consuelo es que volveremos a estar juntas como antes, como siempre.

"Extraño mucho la Ciudad" -Me dijo. "Extraño el Palacio de Bellas Artes y tomar café en los Azulejos. Extraño mis cafecitos de Polanco e ir a mis Starbucks pendejos que tanto me gustaban. Pero más, lo que no puedo superar, es el trayecto sobre periférico de CU a Barranca del Muerto; no puedo evitar llorar cada que lo recuerdo, y no puedo dejar de extrañar manejar en la Ciudad".

Lloré peor y nos abrazamos en el teléfono. Le dije que todo sigue igual, que mejor disfrutara su nueva vida allá. Su vida de sueños cumplidos y deseos concedidos; de amor leal...

La Ciudad es noble -le expliqué-, y te recibirá con los brazos abiertos. Todo estará bien, y todo lo demás también. Además le dije que se sienta muy orgullosa de todo lo que me enseñó; así cada que mi mano coge la pluma para hacer mi firma, seguro que estoy viendo su mano, haciendo la suya.

Quizá no estaba preparada para una charla así. Quizá la evité todos estos meses queriendo pensar que sólo yo tenía problemas.
No es así. También le cuesta trabajo seguir adelante.

También le cuesta trabajo así, sin mi.

jueves, 26 de febrero de 2009

Lo que hacen cinco minutos de sueño profundo

Anoche, cerca de las tres de la madrugada me acosté pensando en Sergio Aguayo y en su manera de escribir la historia; me acordé de su barrio de Guadalajara, del Tenebras, de su banda los Vikingos y de su carrera intelectual que tanto me... ¿excita? (digo no sé si me excita, pero es un hombre que me parece muy interesante). Me acordé también de la canción Los chicos de Andrés Calamaro, de mi hermana Cristina, del gato ronroneándome en la oreja... y me quedé dormida.

A las cinco me levanté. A las siete -más o menos- el gato pidió salir. Me volví a acostar. Prendí la radio y me quedé profundamente dormida escuchando las noticias.

Y en una "cabeceadota" de esas en las que ya no se siente el "chicoteo" del sueño, me vi de la mano de Barack Obama, en una casita duplex pintada de color amarillo huevo. Estábamos riéndonos y colgando unos cuadros en las paredes, también tomábamos algo en vasitos chaparros medios coquetos. Barack se veía re bien, me decía cosas lindas y sonreía. De pronto me dijo "no te puedo ver como quisiera, pero tampoco te puedo dejar, dame tiempo, Michelle... ¡¿Michelle?!" Y ahí estaba, Michelle Obama en la puerta de la casita duplex y Barack ¡se salía por la ventana! Michelle y yo, grandes amigas, nos sentábamos a tomar café y galletitas -que ya estaban acomodadas en una mesita ratona- como si nada en la vida.

¡Soñé que era la mistress de Barack Obama!

Me consta que no fueron más de diez minutos de sueño profundo porque mi celular sonó. Respondí. Luego pensé "órale, qué heavy". Me levanté y me metí a bañar. Las noticias seguían sonando.
Vaya sorpresa que me trajo el sueño de cinco minutos después de una noche de insomnio. ¿No hubiera sido más lógico soñar con el primero? ¡¡¿Por qué Obama?!!

martes, 10 de febrero de 2009

Luego, desperté

Poco a poco lo he ido recordando todo. Me volví a quedar dormida bien profundo. Me despertó mi madre casi a las ocho de la mañana. Entró a mi recámara a despedirse, a darme los buenos días y un beso. Le dije que había soñado horrible, que tenía mucho miedo; "soñé que se moría en un accidente" -le dije. Me abrazó. Me dijo que no me preocupara.
Me levanté en automático a prender la laptop, a mandar unos e-mails y a leer las noticias. Poco a poco lo recordé.

Soñé con muchos gatos, lindos y peludos gatos. Resulta que mi gato se me había perdido y me obligaba a seguirlo. Encontraba muchos gatos en el camino, nuevamente estaba donde me quedé antes: en la calle de mi antigua casa, en Ahuehuetes. Gatitos en un árbol, saliendo de garages, siguiéndome en la calle. Algunos me hacían cariños, otros se me subían a los brazos. Varias veces abracé a otro gato creyendo que era el mío. Yo no los quería, quería al mío pero tampoco hice por ahuyentarlos. Había gatos mojados, secos, pero todos lindos. Unos comían, otros tomaban agua, otros sólo maullaban.
Buscaba algo. Tanto gato me dio algo de miedo. Había camitas para gatos también.

Luego me tomé un latte y me comí un sandwich de pavo. Me fui al metro a encontrarme con Janis. Fuimos a Ciudad Universitaria. Poco a poco se me quitó el miedo.

Y ahora resulta que es de lo peor soñar accidentes y soñar gatos. Me aventé toda una página de interpretación de sueños y en ningún momento le ven positivo soñar con gatitos, ni aunque hayan sido bonitos. Por el contrario, si sueñas un accidente y eres sólo espectador significa una cobardía que será recompensada.
Entre tantas cosas, necesito también una pitonisa.

Mal presagio

Desperté hace como diez minutos. Me siento mal. Tengo frío, un poco de sueño, tengo miedo. Mucho miedo.

Soñé con él. No lo recuerdo todo completo. Resulta que me decían que siempre se "alquila dos putas", que no era lo que parecía. Todo estaba mal, desde hace unos cuatro años todo estaba mal. El corazón se me hacía una esponja seca. Todavía lo quería.

Nos subíamos al coche, a su coche blanco. Él conducía y yo iba a un lado. Íbamos al Pedregal, por donde su antigua casa, a visitar a Pacho. Como siempre no había lugar, Pacho siempre decía que buscáramos lugar desde una cuadra antes de la calle Colegio, y así lo hicimos. Me dijo "bájate Mariposa, nos vemos allá adelante". Lo hice, azoté la puerta y el coche avanzó y lo perdí al dar la vuelta.

Luego muchos gritos, gritos de verdadero terror. Nada más gritos. Corrí, ya no era la calle Colegio, era Ahuehuetes, mi calle de cuando niña y mi madre y mi hermano estaban en el jardín de adelante. Él estaba aplastado, así, aplastado. No lo puedo seguir diciendo, me da escalofríos. Se veía horrible, al dar la vuelta ne la calle le había caído un poste infinito encima, con todo y coche. Había muchos gritos, me tiré al suelo hincada, lloré y lloré. Luego estaba él solo, con mucha sangre y sin coche, sin pelo y a ratos se movía. Estoy segura de que estaba muerto, entonces ¿porqué se movía? Había mucha sangre.

Fueron mis gritos los que me despertaron.

El gato estaba sobre mi tocador a un lado del teléfono, pidiendo salir. Subió y bajó de mi cama varias veces. Me duele el pecho. Me siento como aquella noche de diciembre cuando sentí que me iba a morir y entonces cogí a los santos y me los puse en la muñeca. Hace rato todavía traía los santos en la muñeca y no sirvió de nada.

Si Mauricio me estuviera leyendo me llevaría consigo, no titubearía.

Quiero volver a dormir. Hace frío. El gato salió, no maullará hasta dentro de tres horas. Tengo miedo de prender la luz. Me quiero volver a dormir pero me da miedo.

La radio. Bendita radio. Dormiré con ella. Ya comenzaron las noticias con Sarmiento. Eso siempre cura, escuchar otras voces, otras risas, otras conversaciones. Eso me salva.

domingo, 30 de noviembre de 2008

Lo que se va

No fue sólo octubre o noviembre. Los últimos meses de este año han pasado sin respiro, y aunque cada uno ha sido diferente, de cierto modo todos me han dado mucho frío.

La Ciudad no se detiene, y ese movimiento que tiene en sus ejes viales se lo ha transmitido poco a poco a mi corazón. Las personas que conocí desde que comenzó este "invierno de mentiritas", se han comenzado a ir; y para mi propia sopresa, unas cuantas han estado de vuelta.

De unas semanas para acá, no sé qué ha pasado en el universo que hace que viejos conocidos se acuerden de mi a altas horas de la noche. Un día el móvil no paró de sonar. Me llegaron mensajes de gente de la que no tuve razón por varios meses, y también debo decirles que hubo números que no reconocí. Dice el par de ojos verdes que los números nunca se deben borrar. Por el contrario, yo estoy segura de que hay números que estorban; prefiero no saber quien me llama y sorprenderme al reconocer una vieja voz, que repasar un número en mi lista sin estar obligada a hacerlo. No sé... mi madre a veces piensa que soy un poco radical pero bueno, en fin ¿quién logra saber la ciencia de las libretas telefónicas?

Y qué más da si se van, si regresan o si nunca llegan; supongo que llegó el momento en el que yo ya no puedo hacer nada para que las cosas cambien. Mi soledad ha comenzado a caerme bien y me pongo bien cuando no me abandona. Listo y diferente.

El tiempo también se me va. Ya no diré nada de la vida (menos del amor). Mi compañera por excelencia se irá a vivir a los states. Y nada. ¿Qué puedo hacer? Todos se van, yo soy la que me quedo. Quizá en un futuro las cosas cambien, y sea yo también la que cambie de lugar. Como lo he dicho antes, mientras algo no me ate acá y sigan dejándome plantada los sábados por la tarde, supongo que puedo cambiar de residencia. Sí, eso es, debo estar lista por si sale de repente.

También me canso de hacer planes todo el tiempo. Creo que me volé la barda pensando si me convenía o no enamorarme... caray, a qué extremo he llegado. Si yo hubiera sabido que noviembre lo iba a terminar en citas con el especialista y exámenes de laboratorio, digamos que no me hubiera detenido para echar una ilusión. Hay veces que ni soñar es bueno. (By the way, los besos siguieron vetados y el amante intentó regresar pero conmigo no tuvo suerte).

Bienvenido "último tramo del camino".
Buenas noches "peli de terror".

Arriba los preparativos para la navidad, abajo los domingos.
Arriba los besos en los labios, abajo las despedidas.
Arriba yo, abajo tu.
(Si me animo podremos compartirlo).

martes, 11 de noviembre de 2008

Ultramarina

Una nube blanca,
una nube azul,
en la nube un sueño
y en el sueño, tú.

Gaviotas del norte,
luceros del sur,
sobre el mar el cielo
y en el cielo, tú.

Música de errantes
cítaras de luz,
y luz en el alma
y en el alma, tú.

Las ondas me traen
cartas del Perú,
y en las cartas besos
y en los besos, tú.

Tú en la noche blanca,
tú en la noche azul
y en lo misterioso,
dulcemente, tú.

Rafael Heliodoro Valle


Desde la primera vez que leí esta poesía, cuando niña, me volví loca por ella. Me encanta eso de: en las cartas besos y en los besos tú. Qué delicia.

Disfrútala conmigo.