jueves, 25 de junio de 2009

Crónica platónica

Si hubiera sabido que no iba a durar más de cinco meses en esa oficina, hubiera comenzado a mirarlo desde que fui a aplicar para ese puesto, en lugar de hacerlo desde mi primer día de labores.

No me acuerdo de su nombre, creo que era Ángel. Era muy alto, tenía unos 36 años y sonreía maravillosamente. A las 13, cuando yo llegaba, él ya estaba en la oficina. A las 15:30 coincidíamos en el comedor, a las 17:00 hablando por el móvil en el pasillo; y a las 19:00 fingía comprar soditas para verlo salir por la puerta, hasta el día siguiente.

El chico pronto se dió cuenta. Los hombres son listos, o fingen serlo. Nos hicimos cómplices. Hacía que me salieran chapas, sobre todo cuando detrás del cristal que separaba su lugar del mío, alzaba la cabeza para verme de espaldas. Supongo que las cintas de las cámaras de seguridad, deben guardar evidencia de los esfuerzos en vano que hacíamos para coincidir en alguna sala.

Nos hicimos cómplices, y pronto no hizo falta cumplir palabras. Con mis atuendos nos mandábamos mensajes; yo los recibía cuando él iba de jeans, o de camisas de color tenue sin camisetas debajo. Cambiamos de peinado varias veces. Y algunos días nos mandamos mensajes a través de las palabras escritas en nuestras camisetas. Mis botines de flecos querían correr hacia él. Sus botas caminaron más de una vez frente a mi, de costado, y sonreía cuando me veía por detrás.

Tropezamos, se me cayó el móvil y a él el bolsito del City Market. Lo miré desde el suelo, justo cuando me agaché a recoger el teléfono, y balbuceé lo que pasó por mi cabeza: "pero qué alto, ¿sabes bailar?". Fui una tonta. Pero por lo menos nos reímos al mismo tiempo, me dijo que sí, y que debía apurarme si no quería que la lluvia me sorprendiera al cruzar el patio.

Me hacía bromas sobre la máquina de coca-cola, sobre el pan dulce y el café de Starbucks. Hubiera querido saber cómo era pasar una tarde con él, si tenía hijos, si vivía solo. Hubiera querido saber con certeza cuántos años tenía. Los días que no iba a la oficina eran azules, medio grises, de esos días feos en los que los conejos no quieren salir de las madrigueras.

A través del cristal yo veía su lugar vacío. Y a mi se me acababan los motivos para ir al comedor, para llamar desde el pasillo y para fingir comprar soditas.

Luego del tropiezo, mis fantasías se llenaban de una pista de baile, una maravillosa cena, y su mano alrededor de la mía.

Ni el café se me cumplió. Supongo que las cintas de los vídeos de seguridad, también albergan mi carita desolada cuando se fue de la oficina. Días después me fui yo también. A veces pienso que él era el motivo de que yo hubiera asistido a ese lugar, debí aprovecharlo. Era muy lindo tener una ilusión para llegar y firmar la entrada a las 12:55.

También es muy lindo saber que (¡por fin!) pude hacer que no fuera mortal. Tanto por hacer, y me cansé.

4 comentarios:

Buen Tono 23 dijo...

fingimos ser listos, yo creo que por eso no aprovechamos las buenas oportunidadas. Gran relato, imaginé hasta las grabaciones de las cámaras. saludos desde buentono 23

MAM dijo...

Alzo la copa por los amores idílicos y utópicos de oficina... le ponen sabor al día, le cambian el color a los papeles, hacen temblar las patas de los escritorios... es todo un momentito de nada y con eso suficiente para toda la jornada...

Un placer, como siempre!
M.

Lilith dijo...

Esos amores son perfectos!!! no los echamos a perder con la posibilidad de conocer las mutuas fallas, jeje... lo malo es que suelen ser una distraccion de la realidad... pero que bella distracción, jeje.
Te dejo un gran beso y espero que tengas un excelente fin de semana!!!
TQM

Lilith dijo...

Hola amiguis!!!!
Gracias por tus comentarios... solo pase a dejarte unos abrazos para desearte feliz inicio de semana!!
xoxoxo