viernes, 8 de octubre de 2010

Juntos por la mañana

Suena el despertador, nunca puedo abrir los ojos. Estás a un lado mío, cama pequeña, cama grande, como sea, estás a un lado mío.

Encender la radio, volver a escuchar el despertador, apagarlo para siempre, o por lo menos hasta la mañana siguiente. Encender la estufa, calentar el agua para tu primer café del día. Despertar contigo, salir juntos por la mañana.

Si el tiempo lo permite, un baño con agua caliente. Si la chicharra se hace larga y lenta, lejada y ajena... entonces un regaderazo de prisa, como todo lo que hago antes del penúltimo seminario de la semana. Primero yo, luego tu, así te gusta, así estoy organizada. Si el azar se pone de tu lado, la ducha puede ser nuestra aún cuando durmamos como separados.

Mi pelo que se enreda, el tuyo que no cede. Lo primero que saco del clóset, es tu rastrillo que me espera en el primero de los cajones. Todo parece mío cuando completamente es tuyo. No sé a qué se deba, que de pronto la gente ya no opine nada, y eso me gusta y entonces no te importa nada.

El otoño entonces hace su primera aparción, y el cielo se comporta como si todo el tiempo fuera media tarde. Los coches se arremolinan, yo no tengo hacia donde hacerme. Siempre me desespera pasar tanto tiempo sentada en mi coche, moviendo los pies acorde con mis manos, con las mirada de frente, girando la cabeza hacia todos lados.

De un tiempo a esta parte, me he dado cuenta de que no me da miedo acostumbrarme a volcar mi rutina hacia donde tu, volcarla sobre lo que tú haces. No me importa tener que despertarme más temprano, quizá porque estoy segura de que no te causa problema dormir menos horas, o despertarme a las cinco, o que yo te llame a las cuatro treinta.

Primera parada: Benjamín Franklin. Y aún cuando el Circuito Interior nunca cede, el semáforo donde te bajas para que yo siga hacia mi trabajo, siempre nos espera en rojo, se pone de nuestra parte, nos damos un beso en la mañana, y entonces ahí te ves hasta dos noches siguientes.

La Ciudad necesita más otoño, menos rojo, más verde, y muchos de estos besos en cada crucero que tiene.

Curiosamente, las imágenes de vestidos blancos que revisé la noche del sábado ya no aparecen más. Fue muy emocionante hacer esa búsqueda, averiguar cómo se siente escoger vestidos para una ocasión especial. No discernimos mucho en nuestros gustos, en realidad casi siempre queremos las mismas cosas, y casualmente ahora, que es en serio esto de elegir un vestido y de ponernos de acuerdo, mi memoria visual se esfumó. puf!

No hay comentarios: