viernes, 19 de septiembre de 2008

Amor mortal

'Mis manos son de tu color;
pero me avergüenzo de llevar un corazón tan blanco.'
Shakespeare.

Las cosas deben ser así. Para que el amor no muera, debe quedarse en proyecto o en mera ilusión. Ahora sé que los amores platónicos nunca mueren, y que, cuando consumamos el amor lo hacemos mortal.

¿Lista para el reencuentro, Mariposa Tecknicolor?
Juntos eramos dinamita pura, mejor era que estuviéramos separados. Pensábamos muy parecido, analizábamos las cosas de la misma manera y, por lo general, estuvimos de acuerdo en las cosas que sucedían o que hacíamos juntos.
La última vez me dijiste que te portaste mal, no tienes problema en reconocerlo. Es mejor así, y de hecho, creo que no viene mucho al caso recordarlo. El tiempo pasó y nuestra etapa se superó, nuestro pasado se pisó.
Paralelamente, reconoces también las cosas que hiciste bien; y sabes, por otro lado, que así estuvieron bien. Buenas o malas, mejores o peores, las cosas así tenían que ser.
Los años han pasado, gacho que sí. Utópicos encuentros nunca se han realizado. Todavía nos extrañamos.

Te odio porque te amo.
Es el mejor motivo para odiar. Ojalá pudiera saber si también te amaría por odiarte.
Parece que fue ayer cuando nos vimos por última vez. Dices que has cambiado, que has subido algunos kilos y que traes el pelo muy corto. También, en contra de todos los pronósticos, has comprado otro coche. Y bueno, que el tiempo también ha pasado por mi cuerpo: ya no soy la esquelética de seis años atrás, y suelo arreglarme el pelo para salir. Ya no le tengo miedo a la Ciudad y ahora puedo vivir con mi soledad. La tinta siguió corriendo por mi piel y cada día soy más singular. Lo ordinario no figura en mi vocabulario.
Parece que has podido comenzar una relación formal. Me da gusto. A veces te fastidiabas con tu soledad. Un gato nunca es suficiente. (Y ahora resulta que hasta el chico de la cámara ha vuelto. Mis palabras se han cumplido una vez más).

Yo no sé por qué sigues queriendo escuchar mi opinión de las cosas. Cuando hablamos, sigues diciendo que tienes mil broncas para resolver y en el fondo sé que quieres que te pregunte más. Las utopías se hacen presentes. Utópica primera cita, utópico reencuentro, utópica mujer, relación, vida, comida en deuda... Gracias a dios que leímos filosofía.
Hoy, que mi memoria me ha vuelto a hacer una jugada, una vez más me has salvado en mis recuerdos. Y ya deberías comenzar a creerme que no soy la Histérica histórica que solía ser. Me sigo esforzando y te sigo queriendo; la diferencia está en que últimamente, me he querido más a mi que a cualquier otra persona. Me había olvidado de los pericos de Colón, de la Invención de América y de los repuestos de pluma Pilot. Ahora, este real futuro de nuestro pasado juntos, me ha regalado muchas nuevas imágenes y otras perspectivas de aquel efímero presente. Sé que veías por mi, pero nunca supe cuanto te importé. Recordar los errores no viene al caso, quisiera saber si dar las gracias queda en mi papel.

Quizá ya se murió (o comenzó la peli de terror) y yo no me di cuenta.
Total que se consumó. Siempre fuiste un caballero y los dos, muy conscientes, nos dimos a la tarea de hacerlo mortal, le dimos final y hasta le pusimos fecha. Casi casi que hicimos la crónica diaria del desenlace.
Quisiera poder afirmar que hubo -o habrá- un hombre que se porte mejor que tu. Tengo mucha fe en que pronto podré hacer esa aseveración. Pero ¿qué se puede hacer contra una cortesía casi enfermiza? Digo, porque al hombre que haya venido -o que vendrá- le corresponde superar un arduo camino: no todos están acostumbrados a llamar el día siguiente de las peleas, de la alegría o del amor.

Tuvimos la oportunidad de crear una situación platónica, y la desaprovechamos. Para el efecto de inmortalidad se echó a perder. Para el efecto de inolvidable... lo hicimos al pie de la letra.



No me juzgues, pues, de tener las manos de diferente color.
Ambos sabemos que aún tenemos el corazón blanco.

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