Me quedé dormida pensando en ti, y afortunadamente soñé contigo. Entonces de pronto es como si en el corazón se prendieran unas cuantas velas, como si encendieran el calefón. Como si le dieran algo de esperanza a un condenado a muerte. Y te acordaste de mi, fue maravilloso entrar al local, formarme como cualquier persona, y de pronto ver tu cara de sorpresa cuando me viste allí, ¿pensaste que no iba a volver? Pues volví, y mejor que nunca.
Fue hoy, al mediodía, cuando comencé a sentir el calor de los papeles de hace 75 años, que me acordé que este viaje es idéntico al anterior, lo único que es diferente es mi corazón.
Estoy en la misma ciudad, en el mismo departamento, voy al mismo café, he frecuentado los mismos lugares para comer. Llegué a conversar con la misma gente. También llegué a trabajar con la misma gente, al mismo lugar, con los mismos papeles viejos que me marchitan las manos y me resecan el cabello. De pronto es como si el tiempo no hubiera pasado, como si todo fuera exactamente igual; como si el autobús hubiera viajado de regreso conmigo adentro, con todo y maleta, con todo y soledad.
Y entonces la gente intuye y comienza a esbozar preguntas, intenta articular argumentos y más y más preguntas... y entonces es una maravilla no tener historia, no tener memoria y hacerse como si no hubiera pasado. Como si lo pasado, en efecto estuviera pasado. Y sonrío, me alboroto el cabello plateado y me cubro con mis raybans. Ni siquiera ha sido necesario decir mentiras o negar algo, simplemente hago uso de mi derecho a reservar mi opinión y a comunicarme. ¡Zip! Me quedo callada.
No hay motivo entonces para recordar la angustia que me invadió cuando supe que venía por mi. ¿Te acuerdas que llegué con él al café, en la penúltima noche que me quedaba acá? ¿Recuerdas su aspecto? ¿Recuerdas mis palabras entrecortadas? Que bueno que no. Yo me acordaba de ti, pero no de tu pelo largo, ni de tu complexión, y tampoco me acordaba de tu nombre. Hasta hoy por el mediodía me acordé que me hizo llorar frente a mi plato de enchiladas mineras, que nada le satisfizo, que la experiencia no le fue suficiente para despertar su capacidad de asombro.
Es incoherente e inaceptable que mi madre se ponga de su parte.
Y si no era el dinero, era que yo externaba las cosas que me hacían feliz, que me causaban placer o que simplemente me gustaba elegir. No puedo creer que llegué al punto tal de olvidarme de mi misma. Me alegra que la vez pasada no me hubieras pedido mi número de teléfono para salir, porque hubiera sido doble la pena.
Al parecer todo es igual, el viaje ha sido el mismo. Nada más pasaron nueve meses, viví trece días de juzgados, hice cinco mudanzas, perdi los muebles completos para poner una casa, olvidé un par de botas azules, me deshice de un vestido de novia, pasó un día biciesto, falleció mi mejor amiga; fui a la playa a revolcarme en las olas del mar, perdí ocho kilos, dejé de fumar, comencé a dormir de noche, tomé condición física, tuve un accidente, aprendí a vivir con el alma rota, me hice cargo de mi misma, le menté la madre al miedo, tuve el valor de seguir adelante. Tuvo que pasar todo esto, para que pudieras verme entrar a la tienda con mi portafolios en el hombro y mi pelo alborotado, para que pudiéramos conversar una semana más, y pudiera yo ubicar mi domicilio conocido en el Jardín Unión.
Por eso me alegro muchísimo de haberme quedado dormida pensando en ti.
Todo es igual, el viaje ha sido el mismo. Lo único que cambió es que esta vez es primavera.
1 comentario:
Hay pocas cosas que me hacen tan feliz como leerte. Gracias Mariposa!
Dejo besos tronados!
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