sábado, 15 de agosto de 2009

Una vez más, el Auditorio Nacional

Fue muy curioso cómo me di cuenta, a la altura de la Defensa Nacional, que la cita a la que iba no me causaba la expectación de las citas de antes. Aún así, doblé la primera plana de mi periódico y decidí dejarme llevar por la situación. Dudé en si me había puesto o no el perfume adecuado, suficiente o si hizo falta usar un poco más; mis tenis color turquesa desentonaban con mi pelo suelto, los labios color orquídea parecían no quedar con la camiseta desnuda que traía puesta, si hubiera puesto atención, hubiera creído que la cita fracasaría. Qué bueno que no fue así, de cualquier forma fue otra cita con mi Ciudad.

Llegué al Auditorio Nacional a las 18:25, en un arranque de preocupación me bajé casi enfrente de la Fuente de Petróleos y terminé el camino a pie. Empezó a lloviznar. Había mucha gente en la calle, muchos coches en línea, muchos camiones que esperaban pasar, tantos que hasta creí que esa noche habría concierto estelar.

Me senté como siempre en la escalinata de frente a la pantalla. Rey Sol inaguró ese lugar como punto de encuentro, y yo lo he adoptado como si fuera mío. Me acomodé en los escalones y saqué el periódico para terminar las líneas pendientes. Leí las opiniones que más me interesaron, y una vez que me cansé de las letritas y me fastidiaron las gotitas en mis lentes, cerré el periódico y me puse a ver los lugares que reconocía junto con los coches que pasaban por mi.

El pasado no es tan lejano, y sin embargo parece desconocido. La pantalla del Auditorio Nacional me ha visto feliz, nerviosa, y también me ha visto llorar. Ha visto los coches que pasan por mi, los peseros de los que desciendo, los taxis que abordo. Las personas que encuentro, los chicos que reconozco, los corazones de los que me enamoro. Empezó entonces la proyección del festival de cortometrajes, y los Ojos redondos llegaron en punto de las 19 horas.

Reforma nos esperaba desierta, con su muestra de lago, con la entrada al zoológico de Chapultepec. Ojos redondos y yo hablamos tanto que mucho antes del Museo de Arte Moderno, yo ya tenía mucha sed. El chico se parece mucho a mi cuando cruza las avenidas, cuando la paranoia de los coches que viajan rápido le rozan la nuca. Mi perfume fue perfecto, los tenis me salvaron mucho más, y la camiseta nude me hizo ver más morena que de costumbre.

Até mi pelo, y los Ojos redondos no dejaron de verme de frente, y me preguntaron por qué los gestos que hago después de una cascada de carcajadas. Muchas respuestas no se las pude dar, pensé que tal vez no me conozco lo suficiente. Me invitó a cenar, caminamos de la mano de regreso a la Torre Mayor. Los chorritos de la fuente de la Diana Cazadora me dibujaron los dientes, y hasta ese momento la emoción de la única cita me hormigueó los dedos de los pies.

El Periférico norte también me sonrió y regresé a casa rapidísimo, quizá antes de que el chico estuviera a mitad de camino hacia la suya. Hice una escala en Echegaray, y todavía pude alistar unos documentos antes de dormir. A ratos pensé en qué lugar podría sustituir al Auditorio Nacional. Alguna estación del Metro quizá, o Metrobús, o la Glorieta de Insurgentes, o ¡ya sé! El Poliforum Cultural Siqueiros.

Como sea, el Auditorio me queda, me baña de las luces de los coches que pasaban por mi, de los recuerdos que me hicieron feliz, de los chicos que no veré más, de las citas a ciegas de otras personas que les hacían pensar que era yo a quien estaban esperando, de los revendedores cuando hay concierto estelar, de las camisetas de souvenir cuando terminan los eventos, de Carlos Fuentes y la conferencia magistral.

Es como cuando se tienen personas predilectas, así también tengo lugares predilectos. Es como cuando mi madre escogió al Museo de Antropología para pasar los fines de semana cuando niños, o cuando encuentro un bar o un café en el que estoy tan contenta que las horas se me pasan sin sentirlas. La Ciudad me sigue consintiendo, me sigue refugiando en Ciudad Universitaria, y me da un lugar que me arropa en el plantel metropolitano.

Quizá del chico no sepa más, debo confesar que el hormigueo de los dedos de mis pies me duró lo que dura el trayecto del microbús, de la Diana Cazadora al entronque con Masaryk. Quizá en próximas noches reciba las llamadas lindas, o en las tardes las llamadas largas, o de madrugada los mensajes que me hacen empezar el día con el pie derecho. Quizá la Ciudad me lo conceda.

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