Hacía mucho tiempo que no me paraba en un estudio fotográfico, y tuve que hacerlo, porque como sabrás, tenía que tomarme unas fotos oficiales.
Los lunes son peculiares, ni feos ni bonitos, obligatoriamente felices, pues preceden a los domingos que tanto me caen mal, pero son diferentes. De entrada, desde hace un tiempo que me he vuelto a acostumbrar a andar a pie, porque Hans no circula los lunes, entonces hoy anduve hecha una loca desde muy temprano.
De mi casa al café con papá, luego a la Facultad, al estudio fotográfico, al escritorio público donde finalmente pagué un dineral por unas cuantas líneas mecanografiadas, a la Facultad de regreso, a lidiar y poner a prueba mi paciencia en el departamento de "automatización" de la Biblioteca, luego a la coordinación de la carrera. Hice muchas cosas, y aún así, con todo lo que corrí, con los transbordos que hice, con que me dio muchísimo calor y luego un tanto de frío, pude llegar a la oficina a las 13:05, cinco minutos después de la hora que acordamos el viernes pasado.
Con todo y carreras, las cosas salieron bien, y me parece que ya no habrá ningún otro contratiempo. Pero mi paciencia, comencé a ponerla a prueba desde muy temprano en el estudio fotográfico. Que si mi pelo estaba muy alborotado, que si el chongo estaba muy arriba, que si se me abultaba en la coronilla, que si tenía poco rímel en las pestañas, que mis labios necesitaban estar más rojos. Pero si ya me los pinté, le dije al fotógrafo, pues pínteselos más, me dijo con una sonrisota, porque como las fotos son con retoque, en blanco y negro y completamente mate, usted va a salir como muerto si no le damos color.
Total que le hice caso, y además de las uñas que intento pintarme de carmesí, ahora mis labios fueron de un brillante escarlata, como ese color tan magnífico de la capa de un emperador. Me convencieron para usar una de esas camisas que están allí de emergencia, que no nos consta cuánto tiempo tienen sin haber tocado el agua y el jabón, que están un tanto amarillentas por tanta planchada de cuello y delanteros. Me sentaba fatal. Con una camisota que parecía sábana, y mi saquito pegado encima, parecía que "el muerto estaba más grande", o que traía puesto un "abriguito".
La primera toma salió mal. Y cómo no, con tantas indicaciones que llegaban como bolas de béisbol: saque el pecho, enderécese, menos sonrisa, no, no, un poco más, gire a la derecha, no tanto, mejor a la izquierda, levante el mentón, haga que los ojos brillen, sonría, no tanto, mejor sonría con los ojos, pero sin los labios, que se note que está alegre pero sólo con la mirada. Me cansé, ¡demonios que sí! Pero fue divertido, muy divertido.
La repetimos, ya con los labios súper rojos, mi alborotado cabello que se abultaba, aplastado con un pasador, atado detrás de mi cabeza en un chongo que yo le llamo "de cacahuate", pero que según mi madre se llama "de barquillo", y sin la camisa esa que tiene siglos colgada en el mismo perchero. Quedó bien. Re bien, es oficial.
Pero siempre hay un "pero", y este pero se llama así: photoshopearon mi mechón de canas. Y es oficial, ahora puedo comprobar que sin él, me veo unos cuatro o cinco años menor, pero que no me gusta que todo mi cabello brille de azabache.
Así que, aún cuando tengo esperanzas de que no haya algún contratiempo más en la Facultad, a ver si no hay un problema de que en las fotos el pelo me salga completamente negro, y en la realidad me brille el lado derecho de la frente color plata.
Ahora entiendo por que uno se hace fan de los retoques: sin ojeras, sin barritos, sin este sexy bozo al estilo de Frida Kahlo, con los labios perfectamente delineados, las pestañas levantadas, los ojitos -que a veces son enormes- bien abiertos, pero sin canas. Y por cierto, es oficial, no salgo con cara de reo.
¿Acaso el fotógrafo se puso de acuerdo con mi madre? ¿Y por fin, entre los dos, y sin que yo me diera cuenta, lograron que quede para la posteridad, en un documento oficial, mi melena completamente de color negro?
Una vez más, la Ciudad necesita una limpia. Ahora pues, a seguir vibrando que no haya problemas con que me retocaron hasta el color del pelo, porque pues se supone que en la foto debo salir yo, y no yo, irreconocible en unos años, cuando intente acordarme cómo fue ese estudio fotográfico.
Los lunes son peculiares, ni feos ni bonitos, obligatoriamente felices, pues preceden a los domingos que tanto me caen mal, pero son diferentes. De entrada, desde hace un tiempo que me he vuelto a acostumbrar a andar a pie, porque Hans no circula los lunes, entonces hoy anduve hecha una loca desde muy temprano.
De mi casa al café con papá, luego a la Facultad, al estudio fotográfico, al escritorio público donde finalmente pagué un dineral por unas cuantas líneas mecanografiadas, a la Facultad de regreso, a lidiar y poner a prueba mi paciencia en el departamento de "automatización" de la Biblioteca, luego a la coordinación de la carrera. Hice muchas cosas, y aún así, con todo lo que corrí, con los transbordos que hice, con que me dio muchísimo calor y luego un tanto de frío, pude llegar a la oficina a las 13:05, cinco minutos después de la hora que acordamos el viernes pasado.
Con todo y carreras, las cosas salieron bien, y me parece que ya no habrá ningún otro contratiempo. Pero mi paciencia, comencé a ponerla a prueba desde muy temprano en el estudio fotográfico. Que si mi pelo estaba muy alborotado, que si el chongo estaba muy arriba, que si se me abultaba en la coronilla, que si tenía poco rímel en las pestañas, que mis labios necesitaban estar más rojos. Pero si ya me los pinté, le dije al fotógrafo, pues pínteselos más, me dijo con una sonrisota, porque como las fotos son con retoque, en blanco y negro y completamente mate, usted va a salir como muerto si no le damos color.
Total que le hice caso, y además de las uñas que intento pintarme de carmesí, ahora mis labios fueron de un brillante escarlata, como ese color tan magnífico de la capa de un emperador. Me convencieron para usar una de esas camisas que están allí de emergencia, que no nos consta cuánto tiempo tienen sin haber tocado el agua y el jabón, que están un tanto amarillentas por tanta planchada de cuello y delanteros. Me sentaba fatal. Con una camisota que parecía sábana, y mi saquito pegado encima, parecía que "el muerto estaba más grande", o que traía puesto un "abriguito".
La primera toma salió mal. Y cómo no, con tantas indicaciones que llegaban como bolas de béisbol: saque el pecho, enderécese, menos sonrisa, no, no, un poco más, gire a la derecha, no tanto, mejor a la izquierda, levante el mentón, haga que los ojos brillen, sonría, no tanto, mejor sonría con los ojos, pero sin los labios, que se note que está alegre pero sólo con la mirada. Me cansé, ¡demonios que sí! Pero fue divertido, muy divertido.
La repetimos, ya con los labios súper rojos, mi alborotado cabello que se abultaba, aplastado con un pasador, atado detrás de mi cabeza en un chongo que yo le llamo "de cacahuate", pero que según mi madre se llama "de barquillo", y sin la camisa esa que tiene siglos colgada en el mismo perchero. Quedó bien. Re bien, es oficial.
Pero siempre hay un "pero", y este pero se llama así: photoshopearon mi mechón de canas. Y es oficial, ahora puedo comprobar que sin él, me veo unos cuatro o cinco años menor, pero que no me gusta que todo mi cabello brille de azabache.
Así que, aún cuando tengo esperanzas de que no haya algún contratiempo más en la Facultad, a ver si no hay un problema de que en las fotos el pelo me salga completamente negro, y en la realidad me brille el lado derecho de la frente color plata.
Ahora entiendo por que uno se hace fan de los retoques: sin ojeras, sin barritos, sin este sexy bozo al estilo de Frida Kahlo, con los labios perfectamente delineados, las pestañas levantadas, los ojitos -que a veces son enormes- bien abiertos, pero sin canas. Y por cierto, es oficial, no salgo con cara de reo.
¿Acaso el fotógrafo se puso de acuerdo con mi madre? ¿Y por fin, entre los dos, y sin que yo me diera cuenta, lograron que quede para la posteridad, en un documento oficial, mi melena completamente de color negro?
Una vez más, la Ciudad necesita una limpia. Ahora pues, a seguir vibrando que no haya problemas con que me retocaron hasta el color del pelo, porque pues se supone que en la foto debo salir yo, y no yo, irreconocible en unos años, cuando intente acordarme cómo fue ese estudio fotográfico.
4 comentarios:
Jajaja, que me haz hecho reir con tus peripecias. Yo tengo unas fotos donde me retocaron tanto que no se me ven facciones, de veras, mi boca es una linea, la nariz otra, y los ojos como dos bolitas.. y asi quedaron para la poseridad en mi carta de pasante. Yo creo que un buen fotografo te pued "mejorar" pero sin dejar de ser tu... sino entonces ¿Quien se graduo? jajaja
Un beso.
jajajaja, esta increible! te imagino aca toda loca, con todo lo que pasaba en tu cabeza en ese momento, si yo hubiera sido el fotografo te hubiera dejado tal y como eres, traes una personalidad barbara! te quiero marioposa te va a ir increible en este nuevo ciclo FELICIDADES!
Mariposaaaa! Me encantó como relatas tu pato-aventura durante la sesión de fotos.
No me gusta que traten de cambiar a las personas y menos que quiten algo que sea característico de ellas. Estoy segura de que cuando veas esa foto en unos años sonreirás y te veras con ese mechón cano aunque no este
Un saludote Mariposa, muchísimos abrazos y besos.
Mariposa, qué te digo? Ya entraste a la lista de famosas retocadas por el photoshop! jajaja no sabes como me rei recordando la blusa mugrosa que generaciones hemos usado! Bendito que el mechón sólo te lo borró la foto, cuando leí el título de tu post, pensé que te lo habías pintado o algo...pero uff! me volvió el alma ala cuerpo.
Besos, guapa
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