He dormido muy poco los últimos días. Sigo pensando que este trabajo me va a matar, que pronto bajaré los ocho kilos que me hacen falta, y que espero que entonces el pelo no se me vea tan lacio.
Los días se vuelven semanas, las semanas meses, un año pasa rápido, y en unas cuantas semanas cumpliré veintiséis. Las palabras terminan de ordenarse, San Román se fue a Guadalajara, yo muero por ver el mar, y poco a poco los ciclos comienzan a cerrarse. El cognac debe saber mejor, luego de tanto tiempo que esa botella nos ha estado esperando.
En Bellas Artes, bajo el reloj, a las 14:02
Me encontré con mi jefa pasadas las nueve de la mañana. En mucho tiempo no había sido tan provechoso haberme levantado tan temprano, en sábado. Luego de la yarda obscura de barril del viernes por la noche, caí muerta en los brazos de Morfeo. Seis horas después de eso, yo abordaba un taxi camino a la calle de Arrallanes. El premio Edmundo O'Gorman me esperaba en su casa, con plátanos y yogurth.
Como en los viejos tiempos, platicamos de muchos temas a la vez; a ella también la había visto un día antes, y pronto le dimos punto final a la línea que llevaba muchos meses muerta. Nos vimos como amigas, nos vimos como maestra y pupila, nos vimos como madre e hija. Nos vimos bien. Después de tantas semanas de silencio, pudimos romper el hielo.
Salí de ahí feliz, rumbo al Sanborn's de los Azulejos. Desayuné con una grata compañía, comí chilaquiles verdes y bebí mucho café. Después de un rato el móvil sonó para avisarme que el chico me esperaba en Bellas Artes a las 13:40. La plática era muy buena, yo no podía estar más feliz, así que negocié con él y quedamos para las 14:02.
Llegué puntual a las 14:01, nos dió risa jugar con las horas, eso nos pone bien, nos entendemos bien de por sí. Tomamos el segundo tren, y fuimos para su casa. Yo hablé mucho rato por el móvil, como cualquier sábado, entre las 14 y las 14:30 mi padre acapara los momentos. El chico quedó con sus amigos, mientras necesitábamos hacer tiempo.
La nieve de mango y de queso con zarzamora.
"¿Y si vamos por un helado?" -le pregunté. Dijo que sí, y comenzamos a caminar de la Ribera en dirección al kiosco Morisco. Siempre hace bromas con que soy una Guía Roji, y puedo estallar en carcajadas cuando platica de memoria, una y otra vez, que soy la chica con mejor ubicación que conoce.
Hablamos de mis ojos, de la nieve de mango, de mi nieve de queso en barquillo sabor nuez. Atravesamos calles, vimos vidrieras, pregunté todo lo que quise en la tienda de antigüedades. El chico sólo me miraba, me miraba los ojos, me miraba el pelo, e intentaba ver hacia dentro a través de mis gafas de carey.
Mis ojos otra vez, me preguntó por ellos, por lo que miran, y preguntó qué siento cuando lo veo a él. El paseo fue muy ameno, todo encajaba perfectamente junto con su camisa blanca recién planchada y su pelo color café. La nieve se derrite, mis botas se manchan de zarzamora líquida, y cada minuto que pasa lo conozco un poco más. Es agradable que él tampoco se jacte de conocerme, y que cada que tiene la oportunidad me diga que quiere seguir haciéndolo; así, justo así, de mi mano, por las banquetas, con el Chopo e Insurgentes alrededor. Con el PRI que nos mira de costado, y su calle, la más linda de todas, que nos espera ensanchándose cada vez más.
A seis cuadras de Chabacano.
Nos encontramos con los chicos, fuimos a su casa. Siempre es lo mismo, y ya comienza a fastidiarme hacerme siempre la misma pregunta a esa hora del día: "¿cómo regresaré a casa?", y afortunadamente Mafka siempre llega a mi rescate. Ella también se lo pregunta, pero es un gran alisiente saber que como sea, siempre regresamos juntas.
La reunión fue en la colonia Algarín, que mi memoria de histérica histórica y de GPS -como me dice San Román- ubicaron perfectamente. Nos subimos al coche, él quedó de mi lado derecho, y a pesar de todo el sueño que nos embargaba por el desvelo que tuvimos la noche anterior, no pensamos en otra cosa más que en seguir mirándonos por el retrovisor. Nos instalamos, sus amigos fueron atentos conmigo y lo pasamos re bien.
Radio Taxi a la 1:47
Estuvimos entre Bolívar y Antonio Plaza, a seis cuadras de Calzada de Tlalpan, a dos del Metro Lázaro Cárdenas, a tres de Eje 3 poniente, a otras tres o cuatro de Viaducto. Maf llegó casi a las 19, ambas nos fuimos casi a las dos.
Hacía mucho tiempo que no iba a esa zona de la Ciudad, hacía mucho también que no me llenaban de cumplidos y que no me sacaban a bailar. Todavía no sé qué fue lo más memorable de la tarde, quizá que no haya pensado tanto en San Román, o que pude estar con el chico más de doce horas guiñándonos el ojo, riendo y conociéndonos cada vez más.
Nadie tiene el trabajo perfecto, nadie está del todo satisfecho, qué gran aprendizaje es compartir con diferentes personas que no creerías que tienen cosas en común. Quizá la Universidad haya sido el factor sorpresa, y entonces la atracción, el gusto por estar con los amigos y por conocer a otros nuevos, sean la cereza del pastel en la madrugada del domingo.
Nadie pasa de los treinta, todos buscamos pero todavía no sabemos qué, ni dónde se encontrará. No tiene importancia que sigamos viviendo con nuestros padres, cada uno sabe lo que tiene que hacer. Las carreras finalmente dan bases, el camino lo hacemos nosotros solos.
Caminamos de la mano hasta la puerta del coche, no quedamos en nada, no teníamos que quedar.
Ayer llegué a trabajar en calidad de zombie, y sin darme cuenta muy quedito comencé a tararear. Mi programa de las doce ya me esperaba, del viaje a la Luna afortunadamente, y por siete horas seguidas no hice más que pensar en él. Pasadas las cuatro ya no tarareaba, y comencé verdaderamente a cantar. La chica de Imágenes del Turismo notó de inmediato que algo me pasaba, era evidente que el día anterior me había hecho lo que muchas noches no habían podido.
La vida me regala alas, la Ciudad me abre las puertas. Ahora sé que no debo titubear cuando de aventura se trata, qué más da si no tengo cómo regresar.
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