Cada noche hacíamos el amor en partes, poco a poco.
Cada noche que intentábamos compartir, comenzaban a fluir estas palabras, nuestras confesiones, nuestros deseos. Nuestros pasados se hacían protagonistas, a veces él, a veces yo. Nunca imaginé que él comenzara a platicarme cómo era, cómo fue, cómo quería seguir siendo.
Y estas horas... benditas horas que ya no son minutos, que dejan de ser instantes. Estas horas que me provocan, porque comenzaron a hacerse días. Que de pronto, cuando menos lo imaginamos, él o yo, ya era el otro día, ya brillaba el sol por la mañana, ya comenzaba a ser domingo sin que nos pesara.
Cada noche, yo seguía escribiendo, él seguía leyendo, los dos comenzamos a acompañarnos sin saber que eso podía suceder. Y comenzamos a conocernos, sin estas mierdas de "no te enamores de mi", ni de "todo puede ser eterno". Comencé, como me dijo Copo de Nieve, a tener confianza en él y en mi misma cuando estaba con él. La historia comenzó a contarse sin saber que podía tener lugar, sin siquiera imaginarnos que podía tener punto final.
Eran noches de intimidad, de silencios absolutos mientras intentaba revivir mi línea muerta. De frases que no se terminaban, mientras él decidía acostarse en el sillón que está a espaldas mías para intentar dormir un poco. No sé si yo trabajaba, no sé si sólo quería terminar los puntos suspensivos, no sé si él tenía que trabajar más, recibir llamadas por el móvil, responder los mensajes del contestador. Estaba cansado, yo parecía más muerta, pero estábamos juntos, y eso hacía especiales estas noches obscuras en la Ciudad.
El amor, como nunca se imagina y ahora intento comprender, puede hacernos sentir lo que nada más podrá. Puede convertirse en el detonante no sólo de amistad o de cariño; puede convertirse en el motor que hace que todo funcione, que uno vuelva de pronto a la realidad, cuando esa misma realidad es la que se está evadiendo.
Y se rompió mi rutina. Una noche, fue sólo una vez, que su visita hizo que me dieran un batazo en la cabeza. De pronto me vi del otro lado del espejo. Me vi sentada a aquí, vestida casi con nada, con el cabello hecho un desastre y mis libros apilados por todos lados, saltando obstáculos de periódicos apilados sobre la alfombra, de zapatos que no se sabe cuándo se estrenarán, apilados sobre los respaldos de los sillones. Me vi respirando una nube de pelos de gato, de polvo pasado, de papeles que ya no se pueden leer.
Y regresé. Intenté hacer lo que tenía que hacer desde hacía mucho tiempo. Tirar los polvos, levantar el papel, sacudir los libros, darle un lugar a cada par de zapatos, meter las cobijas en bolsas de plástico, y el chico no estuvo precisamente aquí para mirar todo esto. En cambio, sí estaba para verme sonreír, para mirarme mientras yo hacía gestos y observaba el techo. Sí estuvo aquí, para decirme que nuestras conversaciones le hacían bien, lo hacían sonreír.
Quizá debí decirle que fue el detonante que rompió mi rutina, quizá debí decirle que sus ojos fueron el motor de mis sonrisas, de algunas decisiones, de mis ganas de intentarlo otra vez. Quizá debí saber la respuesta que tenía para mi, esa contraparte que siempre me gustaba escuchar, que siempre esperé con muchas ganas.
Se rompió la rutina, pero se ordenó una enorme habitación de mi vida.
Se rompió la rutina, y entonces comenzaron a dejarme de caer mal los domingos.
Se rompió la rutina, y me dejó de importar que las personas hagan ruido cuando se quedan dormidas, cuando no pueden más, cuando caen rendidas en la lona de esta ennegrecida Ciudad.
Tuve que saber que quería hacerme suya, tenerme allí, sentir cómo sonreía. Tuve que saber cómo era que me hablara de usted, cómo era verlo mientras tomaba el café de las mañanas, tuve que saber que podía reflejarse el cielo en cada una de sus cosas, que nunca me interesó que dijera que lo suyo siempre iba a ser sólo suyo, pero que también quería que yo fuera suya mientras se hacía sólo mío, exclusivamente de usted, me dijo.
Tuve que saber, que el amor se puede hacer poco a poco, noche a noche, instante a minuto, minuto a hora, hora a día.
Tuve que saber, que el amor no se consuma de golpe, que puede hacerse poco a poco, lentamente, noche a noche.
Cada noche que intentábamos compartir, comenzaban a fluir estas palabras, nuestras confesiones, nuestros deseos. Nuestros pasados se hacían protagonistas, a veces él, a veces yo. Nunca imaginé que él comenzara a platicarme cómo era, cómo fue, cómo quería seguir siendo.
Y estas horas... benditas horas que ya no son minutos, que dejan de ser instantes. Estas horas que me provocan, porque comenzaron a hacerse días. Que de pronto, cuando menos lo imaginamos, él o yo, ya era el otro día, ya brillaba el sol por la mañana, ya comenzaba a ser domingo sin que nos pesara.
Cada noche, yo seguía escribiendo, él seguía leyendo, los dos comenzamos a acompañarnos sin saber que eso podía suceder. Y comenzamos a conocernos, sin estas mierdas de "no te enamores de mi", ni de "todo puede ser eterno". Comencé, como me dijo Copo de Nieve, a tener confianza en él y en mi misma cuando estaba con él. La historia comenzó a contarse sin saber que podía tener lugar, sin siquiera imaginarnos que podía tener punto final.
Eran noches de intimidad, de silencios absolutos mientras intentaba revivir mi línea muerta. De frases que no se terminaban, mientras él decidía acostarse en el sillón que está a espaldas mías para intentar dormir un poco. No sé si yo trabajaba, no sé si sólo quería terminar los puntos suspensivos, no sé si él tenía que trabajar más, recibir llamadas por el móvil, responder los mensajes del contestador. Estaba cansado, yo parecía más muerta, pero estábamos juntos, y eso hacía especiales estas noches obscuras en la Ciudad.
El amor, como nunca se imagina y ahora intento comprender, puede hacernos sentir lo que nada más podrá. Puede convertirse en el detonante no sólo de amistad o de cariño; puede convertirse en el motor que hace que todo funcione, que uno vuelva de pronto a la realidad, cuando esa misma realidad es la que se está evadiendo.
Y se rompió mi rutina. Una noche, fue sólo una vez, que su visita hizo que me dieran un batazo en la cabeza. De pronto me vi del otro lado del espejo. Me vi sentada a aquí, vestida casi con nada, con el cabello hecho un desastre y mis libros apilados por todos lados, saltando obstáculos de periódicos apilados sobre la alfombra, de zapatos que no se sabe cuándo se estrenarán, apilados sobre los respaldos de los sillones. Me vi respirando una nube de pelos de gato, de polvo pasado, de papeles que ya no se pueden leer.
Y regresé. Intenté hacer lo que tenía que hacer desde hacía mucho tiempo. Tirar los polvos, levantar el papel, sacudir los libros, darle un lugar a cada par de zapatos, meter las cobijas en bolsas de plástico, y el chico no estuvo precisamente aquí para mirar todo esto. En cambio, sí estaba para verme sonreír, para mirarme mientras yo hacía gestos y observaba el techo. Sí estuvo aquí, para decirme que nuestras conversaciones le hacían bien, lo hacían sonreír.
Quizá debí decirle que fue el detonante que rompió mi rutina, quizá debí decirle que sus ojos fueron el motor de mis sonrisas, de algunas decisiones, de mis ganas de intentarlo otra vez. Quizá debí saber la respuesta que tenía para mi, esa contraparte que siempre me gustaba escuchar, que siempre esperé con muchas ganas.
Se rompió la rutina, pero se ordenó una enorme habitación de mi vida.
Se rompió la rutina, y entonces comenzaron a dejarme de caer mal los domingos.
Se rompió la rutina, y me dejó de importar que las personas hagan ruido cuando se quedan dormidas, cuando no pueden más, cuando caen rendidas en la lona de esta ennegrecida Ciudad.
Tuve que saber que quería hacerme suya, tenerme allí, sentir cómo sonreía. Tuve que saber cómo era que me hablara de usted, cómo era verlo mientras tomaba el café de las mañanas, tuve que saber que podía reflejarse el cielo en cada una de sus cosas, que nunca me interesó que dijera que lo suyo siempre iba a ser sólo suyo, pero que también quería que yo fuera suya mientras se hacía sólo mío, exclusivamente de usted, me dijo.
Tuve que saber, que el amor se puede hacer poco a poco, noche a noche, instante a minuto, minuto a hora, hora a día.
Tuve que saber, que el amor no se consuma de golpe, que puede hacerse poco a poco, lentamente, noche a noche.
3 comentarios:
Totalmente de acuerdo, el amor se construye poco a poco, dia a dia.
Besosssss!!!
Que gusto que te rompan la rutina, que bien que la habitación de tu vida quede organizada. Me da gusto poder leerte feliz, libre.
Perdón por desaparecerme un poco, lo bueno de estas vacaciones es que tendré tiempo para hacer cosas que me gustan, como leerte.
Te mando un abrazo fuerte y un beso tronado!
Ay! lo que más me gusta es que esta vez no es un sueño! Soy una ególatra de las peores y me encanta ver mi nombre en dos entradas tuyas seguidas...jajaja Pero lo que más me encanta es que sea el amor el que te rompa la rutina. Disfruta, sin miedo, valiente, valiente!
Qué feliz me hace que seas feliz! Que viva el amor, pero que viva en ti.
Te quiero
Publicar un comentario