De regreso a la Facultad de Filosofía y Letras, a empujones en el Metrobús, al calor insoportable. De regreso con el sol en la cara, tomando un taxi que me llevó increíblemente rápido a la puerta de la Biblioteca Central, con otro de regreso que me llevó toreando semáforos en rojo, a la puerta de la oficina.
De regreso a perderme por las escaleras y por los pasillos que ya no me acordaba como eran. Con ese olor característico a libros, a gente caminando por todos lados, a perfumes e inciensos, a aromas lejanos, ajenos, de la Ciudad, de tierra adentro. De regreso a leer en el pizarrón del salón 304, que me esperaban en la sala de maestros o en el cubículo de frente. A seguir corriendo. A seguirle con esta guerra en contra del tiempo.
De regreso a no querer encontrármelo de frente. A este miedo que creí que ya se había ido, pero que regresa cuando es real la posibilidad de volver a ver al soltero tóxico cuando no quiero hacerlo. De pronto, entre mis prisas y toda esta corretiza, me acuerdo que estoy vestida con un traje que él no conoce. Que hace mucho que no me mira. Que por más que pueda acordarse de mi, o yo de él, quizá no podamos reconocernos más. Este, mi traje de 57 kilos, incluye también una sonrisa diferente y un desenfado de estreno, que se mira luego luego al andar.
Todo salió bien. Logré reunirme en el siguiente salón, luego de que no se pudo en el cubículo de siempre. Platicamos. Nos reímos. Nos pusimos al corriente en la documentación y en la vida de la Academia que poco a poco me coquetea para regresar a ella.
A correr, otra vez. Recordando que no siempre reciben de mis decisiones lo que esperan. Recordando la tristeza o el desencanto que me llevo al ver la cara de las personas que no me comprenden. La histeria de mi padre, las incongruencias en las opiniones de mi madre, las presiones de ambos. Que consiga otro empleo, que sea otra persona, la que ellos quieren que sea. Que viva la vida que ellos hubieran querido. Que no vaya o no haga lo que ellos no hubieran hecho.
Que si el pelo está bien largo, que si debería ser mejor completamente negro. Que si se maneja de un modo, que si se bebe de otro. Que si duermo mucho, que si tengo ojeras por no dormir nada. Que si me estoy desperdiciando, que si mi carrera no ha servido para otra cosa. Que por qué sigo soltera, que por qué no logro salir con el chico que ellos quieren, que por qué no salgo digamos que con cualquiera, que por qué no regreso con el ex novio de la preparatoria. Que por qué intenté formar un hogar hace unos veinte meses, que por qué no pudo fructificar.
Que porque no entienden cómo es cuando me enamoro, que porque no saben cómo es cuando tomo una decisión.
Y es bien simple, o para mi parece que lo es. Las respuestas están visibles en mi persona, en la manera en la que hago las cosas. Basta un poco de atención. Mi vida no es una extensión de la suya, mis decisiones no son suyas, mi carrera no es la que ellos hicieron, mi familia no es la que ellos me dieron, y me parece que deberían preocuparse en vivir sus vidas, en lugar de las vidas de los demás.
Así soy, les guste o no. Con todo y mis 57 kilos, y lo que eso conlleva, voy a seguir adelante con mis decisiones, con mis planes, con mis proyectos.
No me gusta tener estas reacciones, a veces me desconozco, me siento mal por decir algo que pienso que no debo decir. Pero las cosas son como son, y lo que parece es, como decía mi maestra de Historia del Arte. No se puede tapar el sol con un dedo, eso hasta yo lo sé.
De regreso a perderme por las escaleras y por los pasillos que ya no me acordaba como eran. Con ese olor característico a libros, a gente caminando por todos lados, a perfumes e inciensos, a aromas lejanos, ajenos, de la Ciudad, de tierra adentro. De regreso a leer en el pizarrón del salón 304, que me esperaban en la sala de maestros o en el cubículo de frente. A seguir corriendo. A seguirle con esta guerra en contra del tiempo.
De regreso a no querer encontrármelo de frente. A este miedo que creí que ya se había ido, pero que regresa cuando es real la posibilidad de volver a ver al soltero tóxico cuando no quiero hacerlo. De pronto, entre mis prisas y toda esta corretiza, me acuerdo que estoy vestida con un traje que él no conoce. Que hace mucho que no me mira. Que por más que pueda acordarse de mi, o yo de él, quizá no podamos reconocernos más. Este, mi traje de 57 kilos, incluye también una sonrisa diferente y un desenfado de estreno, que se mira luego luego al andar.
Todo salió bien. Logré reunirme en el siguiente salón, luego de que no se pudo en el cubículo de siempre. Platicamos. Nos reímos. Nos pusimos al corriente en la documentación y en la vida de la Academia que poco a poco me coquetea para regresar a ella.
A correr, otra vez. Recordando que no siempre reciben de mis decisiones lo que esperan. Recordando la tristeza o el desencanto que me llevo al ver la cara de las personas que no me comprenden. La histeria de mi padre, las incongruencias en las opiniones de mi madre, las presiones de ambos. Que consiga otro empleo, que sea otra persona, la que ellos quieren que sea. Que viva la vida que ellos hubieran querido. Que no vaya o no haga lo que ellos no hubieran hecho.
Que si el pelo está bien largo, que si debería ser mejor completamente negro. Que si se maneja de un modo, que si se bebe de otro. Que si duermo mucho, que si tengo ojeras por no dormir nada. Que si me estoy desperdiciando, que si mi carrera no ha servido para otra cosa. Que por qué sigo soltera, que por qué no logro salir con el chico que ellos quieren, que por qué no salgo digamos que con cualquiera, que por qué no regreso con el ex novio de la preparatoria. Que por qué intenté formar un hogar hace unos veinte meses, que por qué no pudo fructificar.
Que porque no entienden cómo es cuando me enamoro, que porque no saben cómo es cuando tomo una decisión.
Y es bien simple, o para mi parece que lo es. Las respuestas están visibles en mi persona, en la manera en la que hago las cosas. Basta un poco de atención. Mi vida no es una extensión de la suya, mis decisiones no son suyas, mi carrera no es la que ellos hicieron, mi familia no es la que ellos me dieron, y me parece que deberían preocuparse en vivir sus vidas, en lugar de las vidas de los demás.
Así soy, les guste o no. Con todo y mis 57 kilos, y lo que eso conlleva, voy a seguir adelante con mis decisiones, con mis planes, con mis proyectos.
No me gusta tener estas reacciones, a veces me desconozco, me siento mal por decir algo que pienso que no debo decir. Pero las cosas son como son, y lo que parece es, como decía mi maestra de Historia del Arte. No se puede tapar el sol con un dedo, eso hasta yo lo sé.
2 comentarios:
Bien por ti Mariposa, vive tu vida como tu la definas y que los demás digan misa. Leyendote pense en Alicia (vi la pelicula ayer) y de repente te vi ahí pensando 6 imposibles antes del desayuno y partiendo a China jeje. Un beso y Feliz Dia de la Mujer.
mariposa FELIZ DIA DE LA MUJER y muy bien tu entrada vive la vida como la kieras vivir asi sit equivocas sera x tiii y aprenderas de tiii a pesar d todo siempre seras una gran mujer k no?.... saluditos
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