sábado, 23 de mayo de 2009

Alrededor de tu recuerdo

No puedo recordar claramente cómo fue la última vez que estuvimos juntos. De unos días para acá, has estado dando vueltas en mi cabeza como las mariposas que han aparecido desde hace ocho días.

Recuerdo que fue a mitad de la semana, un día martes o miércoles. Yo comenzaba a tener mucho tiempo libre porque estaba terminando el último semestre de la Universidad. Hacía un poco de frío, tenía yo el pelo muy largo. Fue en el mes de mayo.

Y no sé en qué artes, siendo una histérica histórica, ese día no está registrado en mis calendarios. Me llegan a la mente vagas imágenes: tu coche azul, mis jeans rotos, el Centro Histórico, Eje Cuatro Sur, Pabellón Polanco, tu color gris y mi color blanco.

Llegué a tu casa temprano, en la mía no había luz. El Metro siempre ha sido mi aliado. Hablábamos por el móvil y confiabas en mi. Me sentía bien, a pesar de la contractura en la espalda. Y si, ya comienzo a acordarme poco a poco de cómo pasó.

Todavía me acompañaban los ansiolíticos en el bolso, pero como tenía que hacer exámenes y escribir ensayos, no los tomaba como antes. Mejor, decías, debía relajarme pasando ratos tranquilos, amenos; en el cine, acompañada de a de veras. No como con el chico que virtualmente estaba acá y que no estaba conmigo.

Si era martes, no recuerdo por qué nos habíamos podido ver. Los lunes comías con tu madre, y si te quedaba tiempo, usualmente nos veíamos por la noche. Siempre dormías a deshoras. No mal, nunca insomnio, más bien eran costumbres. Cuando bien me iba, yo podía dormir todo el día, prefería el sillón que el dormitorio, pero ese día hice una excepción.

Estaba enojada por aquello de los jeans rotos. Tu gato arañaba la puerta, y dije mentiras a través del auricular. El móvil de pronto dejaba de sonar por horas. Y entonces fue cuando me sentí más feliz. Tenías la capacidad de hacer que el tiempo se detuviera, y yo podía pasar horas tirada en tu tapete de tiras de piel, mechudo como yo. Tomaba café, caminaba alrededor.

Fuimos al cine y me llevaste de compras. Luego de regreso a casa. Cenamos con ellos a media luz. Conversamos. Te veías bien. Y quizá si ahora te viera caminar por la acera no te reconocería. Luego de haberte enterado de mi furtiva compañía, te enojaste conmigo. Y quizá me lo merecí, pero debes saber que nunca imaginé que todavía me quisieras.

Era el mes de mayo. De día hacía mucho calor, y al irse el sol hacía mucho frío. Llovía. Mi bolso era aquel enorme, de piel color café. Todo cabía en él, hasta tus documentos. Confiabas en mi. Qué tonta fui. Recuerdo -eso sí- que yo no quería decirte que todavía te quería, tenía mucho miedo a que me dijeras que no; en el fondo sabía que era mejor tenerte, aunque fuera de esa manera.

Si las cosas funcionaban bien, algunas veces no entiendo por qué se terminaron. ¿Qué habrá sido de ti, de tu coche azul y de tu gato? Tal vez desde aquel entonces eramos extraños, y de todas formas no nos reconoceríamos. Ahora ya dudé, me parece que fue a principios de junio y por eso mi recuerdo de las lluvias. No lo sé.

2 comentarios:

copo dijo...

Ah con los recuerdos que alborota la lluvia...me parece que les falto aquello que los marinos llaman ETA (Estimated Time of Arrival)La idea no es mia, es de Bioy Casares, pero creo que aplica bien a tu historia.
Abrazo para tus alas!

Lilith dijo...

Nostalgica muy nostalgica, pero creo que como dijo Copo podemos echarle la culpa a la lluvia. Y si vienen por estos lares ya nos pondremos de acuerdo para que conozcan Tonala (ambas las dos).
Besos.