Sólo tenías que darme tiempo y tenerme paciencia, yo iba a crecer sola, a mi ritmo, e iba a llegar a ser quien ahora soy.
Te extraño, te extraño mucho más de lo que me imaginé. Pero en días como hoy, en los que pendientes estúpidos que mi memoria no se dio el lujo de albergar, y que por necesidad hacen que tengamos que entablar conversación, me acuerdo de por qué no pudimos ser pareja. Y se me hace un nudo en la garganta de escuchar cómo me hablas y lo descortés que te has vuelto cuando hablas conmigo.
Te extraño, te extraño mucho más de lo que me imaginé. Pero en días como hoy, en los que pendientes estúpidos que mi memoria no se dio el lujo de albergar, y que por necesidad hacen que tengamos que entablar conversación, me acuerdo de por qué no pudimos ser pareja. Y se me hace un nudo en la garganta de escuchar cómo me hablas y lo descortés que te has vuelto cuando hablas conmigo.
Eramos un buen equipo, pero siempre me exigiste mucho. Y no me quejo, fui muy feliz, siempre intenté hacer lo que se necesitaba hacer para salir contigo, aunque nunca me hubieras presentado a tus amigos, aunque sólo haya visto a tu madre una vez, aunque fuera la noviecita escondida, la muñequita en una caja de cristal que se cuida, para que nadie la vea, para que nadie sepa que ahí está.
Pero a cambio, fuiste todo lo que se puede esperar de una cita, de un chico, aunque no te hayas comprometido conmigo. Me apoyaste como nadie nunca me apoyó. Me ayudaste hasta las últimas consecuencias. Y ahora, cada que coincidimos en la misma banqueta, o que por necesidad tenemos que hablar sobre los pendientes que quedaron, me hablas como si fuéramos una de esas parejas que luego de un monstruoso divorcio tienen que coincidir sentados en la misma mesa. Te diriges peor que si yo fuera una persona desconocida.
Mi vida ha cambiado tanto, que de no ser por estos recuerdos que tengo contigo casi no creería los últimos ocho años. No puedo decir si mi vida es más fácil o más difícil, porque creo que eso es relativo. Pero estoy tranquila. A veces quisiera tomar arrebatadamente el móvil como lo hice por mucho tiempo, para llamarte y contarte las cosas maravillosas que ahora sé, que estoy segura de que sólo tu valorarías. A veces quisiera enviarte un mensaje para decirte que necesito ir a tomar el desayuno contigo, o a irme a dormir contigo en las mañanas, porque necesito platicar con alguien como lo hacíamos en la mesa de algún restaurante con tu computadora y mis periódicos color de rosa.
Pero entonces recuerdo que tu corazón otra vez está cerrado por completo, vamos de vuelta a la hielera. Entonces soy yo la que pincha en hueso.
Ya no soy la chica de diecinueve años que quería comerse el mundo a mordidas. Necesitaban pasar ocho largos años para que yo pudiera tomar las decisiones que ahora tomo, y afrontar mi vida como ahora la afronto. No siempre iba a ser insegura y sentimental. Ojalá hubiéramos pensado en esa posibilidad, y más aun, ojalá la hubiéramos considerado.
Ahora duermo todas las noches con un chico que así como me hace reír y me hace sentir querida, algunas veces me hace explotar porque pierdo la paciencia. Cocino y bebo café con alguien que nunca imaginé. Hoy no lo espero, porque él me llama antes de que yo vaya a tomar la segunda taza de café en el Instituto. Hoy no batallo por que me diga que me ama. No reniego porque me deja escoger el menú, y porque soy yo la que elige qué se comerá el resto de la semana. Hoy no lavo los trastes, porque él lo hace luego de que yo cocino durante toda la tarde.
Hoy te sigo extrañando, sí. Pero me doy cuenta de que no debía esperarte.
Yo gané querido, te extraño con todas mis fuerzas, pero yo gané.
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