sábado, 26 de septiembre de 2009

Sobre el escenario

Las horas para dormir no han sido suficientes. Pareciera que soy una sonámbula que camina por las calles con el rumbo bien fijo, pero que a veces olvida cómo regresar de donde vino. Viajé dos horas en coche, dos y media en Metro, tres y poquito más de regreso, pero el chico ha estado de mi lado conmigo de alguna u otra manera.

Oficialmente el otoño entró el miércoles pasado y junto con él, mi corazón también ha ido cambiando de color. Las cosas no han salido como se planearon hace unos meses, pero tampoco tengo mucho de qué quejarme, sigo haciéndole de camaleón y propiciando buenos encuentros, y el optimismo no ha decidido dejar de estar conmigo.

Su departamento es diferente cuando es de noche, él no viste con los jeans negros que tanto me gustan, ni con la chamarra de cuero color azul con gris. Esta vez usa pantalones deportivos, hace café en un pocillo, y se pelea con el marco de la ventana del comedor, la que nos regala la vista de la Ciudad iluminada cuando nos sentamos a cenar. Casi no hay ruido, tampoco hace frío. Llegué directa a sacarme las medias porque me lastimaban las corvas luego de tantas horas pisando el clutch y el freno al mismo tiempo, y también me saqué los calcetines y las zapatillas.

Me sirvió el café, sin azúcar como me gusta, y se lo preparé con dos de splenda como lo toma él. La peli duró unos ocho minutos, lo que tardé en quedarme dormida en el sillón, recargada sobre su hombro izquierdo. Cuando desperté casi una hora después, ya tenía echada encima una cobijita color chocolate, y tenía puestos unos calcetines deportivos, como él. Entonces sí nos pusimos al corriente, y platicamos todas las horas que hacían falta, poco antes del amanecer, justo cuando tuve que volver a mi casa.

Nunca te había visto tan de cerca, le confesé mientras su brazo pasaba por detrás de mi cabeza. Me incorporé y le miré la barba cerrada, los ojos color miel redonditos y protuberantes, las cejas despeindas, las pestañas largas y enroscadas que se enredan en el párpado superior. Tienes una boca pequeña, volví a confesar, los dientes alineados, la piel de la cabeza suave. He tenido la sensación de que tu aroma ha venido conmigo todos estos días, desde que salimos la primera vez, y él me respondió que nunca su aroma se había querido ir con alguien, hasta que llegué yo.

Más tarde pensé que quizá sea que los recuerdos que comienzo a construir con él tienen aroma, y no es al revés, cuando un aroma es lo que nos hace recordar. Tiene una memoria casi como la mía, fotográfica, obsesiva, y también recuerda cada una de las palabras que salen de mi boca y los detalles de mis movimientos, de los pasos de mis piernas, de las ondas de mi pelo. También me di cuenta de que el café sabe diferente, los panes de chocolate no engordan, la suprema de toronja es dulce y las ensaladas me alimentan de verdad.

Nunca me habían llevado a mi casa en dos coches, y esta primera vez me hizo muy feliz. Aún cuando las cosas han cambiado desde que Hans llegó, el chico no ha dejado de acompañarme hasta la puerta, manejando su avispón verde tras de mí, mirándole el trasero iluminado. Hacía mucho frío -como siempre lo siento en las manos y en los pies-, y dormí el tiempo mínimo para irme a trabajar. Otra vez fui una noctámbula, hasta que el texto de la tarde siguiente me dijo que todo estaba bien, que las horas de madrugada nos hicieron felices.

Y no tengo prisa. Ninguna prisa. Ya no me preocupa que no haya besos en los labios y que no haya calles de la mano. Esta vez me siento bien cuando me da el brazo, o sujeta mi codo cuando desciendo un escalón o toma mi muñeca cuando bajo del coche. Así es su estilo, y mientras no presione el estilo que tengo yo, no tengo prisa y seguiré moviendo mis alas.

Ayer nos encontramos en la lateral de Periférico norte, yo venía harta de tanta gente en el transporte colectivo, y todo el malestar desapareció con el piropo que me dijo al subirme al coche. Me invitó el latte por el que moría desde el martes pasado, y como no teníamos plan terminamos asistiendo a la noche colonial que María nos propuso.

Bailamos como si nos conociéramos de años, la gente nos aplaudió, la banda nos invitó a subir al escenario. Junto a él me veo mucho más bajita de lo que soy y mucho más delgada. Bailamos sobre el escenario dos piezas, bajamos a la pista a bailar las lentas y la gente volvió a aplaudirnos. Fue otra cita que quiero recordar. Nos reímos tanto que me dijo que le dolían las mejillas, a mi se me quitó el frío y me quité los guantes de piel.

Me gusta que baile, me gusta bailar con él y que llevemos el ritmo como si lleváramos mucho tiempo bailando juntos. Me gustan estos nuevos recuerdos y que su aroma algunas veces se venga conmigo.

No había bailado antes sobre un escenario, con la banda detrás. Nunca antes había bailado de puntitas. Este chico me está llenando de primeras veces. Supongo que otros escenarios nos esperan, y hay algunos que él me quiere enseñar; sin embargo todavía no estoy segura de darle paso al backstage del escenario de mi corazón.

Gran semana. Grandes noches. Feliz domingo el que vendrá mañana. Los planes vienen, nos incluímos los dos. El otoño tira las hojitas, pero hace receptivo a mi corazón.

2 comentarios:

SonrisaMiel (: dijo...

Mariposa, ¿qué puedo decirte?
Me hiciste imaginarlo todo, hiciste que me enamorara de tu relato.
Es hermoso que alguien te llene de esas primeras veces y que lo que ya viviste parezca nuevo. Que el otoño entre de lleno favorablemente a tu corazón.

Saludos Mariposa, mando besos y abrazos llenos de buenos deseos.

Anónimo dijo...

Chico dulce, chica dulce; caries segura. Que bien que andes de alegrias...

Un becho.

*Comentada la anterior