Literal, tengo la página en blanco.
Supongo que eso no representa un gran problema, pero me causa mucho estrés.
Me quedé pensando en la forma en la que la chica hablaba de su antigua pareja, es forma que tenemos las mujeres de expresar que "nada está pasando" cuando en realidad ha pasado de todo... ¿También yo fui así cuando hablaba del soltero tóxico? ¿También me hacía que no pasaba nada? La verdad ya no me quiero acordar, pero ahora sé que puedo hacer que no pasaba nada mientras recorro cada una de las calles que recorría con él.
Cada vez que tengo que atravesar la Calzada México-Xochimilco, o que tengo que dar vuelta en Arenal para tomar Insurgentes sur cuando vamos a punto de tomar carretera hacia Cuernavaca. El fantasma de su auto blanco, o de la señora de pelo de maíz, siempre ronda por esos lares.
Me encontré de frente al embajador, cuando ambos salíamos de la conferencia de Carlos Fuentes. Creo que el chico tóxico no volvió a verlo, lo que creo que representa una enorme falta de atención y lo hace ser un malagradecido aunque no lo haya sido. Las relaciones nunca se pierden, eso hasta yo lo sé. No estoy segura de si me reconoció, en realidad se veía muy diferente a la última vez que estuve cenando en su casa, pero se me erizó la piel, y me acordé también de los sillones de su casa que se iluminaban siempre a través de la cortina de la ventana.
Cuando paso cerca de esa casa, el soltero tóxico se sube a mi auto, y a veces me acaricia la pierna mientras conduzco. Y ahí vamos otra vez. A desayunar en la mesita de jardín, bajo la sombrilla con el gato sobre las rodillas. A recoger el periódico mojado por la lluvia, a que la bolsa de plástico que lo recubre nos moje los dedos, y comentemos en el garage las noticias mientras nos metemos a la casa. Ahí vamos a arrebatarnos la Proceso todos los domingos en la mañana, domingos que adoraba, pero que luego de él aborrecí, que no me daban lugar, no tenía un espacio, y me hacían sentir asfixia pura.
Luego, como siempre los domingos, caminábamos Santa Margarita hasta Tlacoquemécatl, él con la ropa del día antes, yo con la ropa de él. Los dos con el aroma de la noche que acababa de pasar, los guantes de piel y los lentes obscuros, sandalias de plástico, al más estilo layer cake. De regreso, siempre, bebíamos porque parecía que no podíamos hacer nada mejor. A veces no ibamos a mi casa, y pasaba mucho tiempo hasta que yo regresara para allá.
Uno se puede hacer que nada está pasando, en eso nos hacemos expertos. El problema es cuando nos acostumbramos a vivir así. Como salía por un café por las noches, o pasaba a la San Borja a comprar cualquier cosa que no me hacía falta, pero que en ese momento me hacía falta.
No sé si lo extraño. Es una cosa rara. A veces siento que anda por ahí, cuando camino Cuicuilco viendo escaparates. Viendo, otra vez, todas las cosas que no me hacen falta, y que ya no compro, porque en verdad, de lo que me hacía falta ahora estoy llena.
Las placas, los números, la combinación de las letras, se han de seguir paseando alrededor de los campos de béisbol; junto con utópicos días de campo, comidas al aire libre, siestas debajo de la puesta de sol. ¿Hace cuánto que no veo una puesta de sol? ¿Cuántas puestas de sol vimos juntos? ¿Te acuerdas las que tenían de telón de fondo tus lentes YSL y mi bikini de crochet tejido color negro?
Fui muy feliz. Y espero no estar contándolo como si no pasara nada... pasó mucho, de todo, más de lo que mi historia podría contar. Pero no lo extraño, no [todavía].
Supongo que eso no representa un gran problema, pero me causa mucho estrés.
Me quedé pensando en la forma en la que la chica hablaba de su antigua pareja, es forma que tenemos las mujeres de expresar que "nada está pasando" cuando en realidad ha pasado de todo... ¿También yo fui así cuando hablaba del soltero tóxico? ¿También me hacía que no pasaba nada? La verdad ya no me quiero acordar, pero ahora sé que puedo hacer que no pasaba nada mientras recorro cada una de las calles que recorría con él.
Cada vez que tengo que atravesar la Calzada México-Xochimilco, o que tengo que dar vuelta en Arenal para tomar Insurgentes sur cuando vamos a punto de tomar carretera hacia Cuernavaca. El fantasma de su auto blanco, o de la señora de pelo de maíz, siempre ronda por esos lares.
Me encontré de frente al embajador, cuando ambos salíamos de la conferencia de Carlos Fuentes. Creo que el chico tóxico no volvió a verlo, lo que creo que representa una enorme falta de atención y lo hace ser un malagradecido aunque no lo haya sido. Las relaciones nunca se pierden, eso hasta yo lo sé. No estoy segura de si me reconoció, en realidad se veía muy diferente a la última vez que estuve cenando en su casa, pero se me erizó la piel, y me acordé también de los sillones de su casa que se iluminaban siempre a través de la cortina de la ventana.
Cuando paso cerca de esa casa, el soltero tóxico se sube a mi auto, y a veces me acaricia la pierna mientras conduzco. Y ahí vamos otra vez. A desayunar en la mesita de jardín, bajo la sombrilla con el gato sobre las rodillas. A recoger el periódico mojado por la lluvia, a que la bolsa de plástico que lo recubre nos moje los dedos, y comentemos en el garage las noticias mientras nos metemos a la casa. Ahí vamos a arrebatarnos la Proceso todos los domingos en la mañana, domingos que adoraba, pero que luego de él aborrecí, que no me daban lugar, no tenía un espacio, y me hacían sentir asfixia pura.
Luego, como siempre los domingos, caminábamos Santa Margarita hasta Tlacoquemécatl, él con la ropa del día antes, yo con la ropa de él. Los dos con el aroma de la noche que acababa de pasar, los guantes de piel y los lentes obscuros, sandalias de plástico, al más estilo layer cake. De regreso, siempre, bebíamos porque parecía que no podíamos hacer nada mejor. A veces no ibamos a mi casa, y pasaba mucho tiempo hasta que yo regresara para allá.
Uno se puede hacer que nada está pasando, en eso nos hacemos expertos. El problema es cuando nos acostumbramos a vivir así. Como salía por un café por las noches, o pasaba a la San Borja a comprar cualquier cosa que no me hacía falta, pero que en ese momento me hacía falta.
No sé si lo extraño. Es una cosa rara. A veces siento que anda por ahí, cuando camino Cuicuilco viendo escaparates. Viendo, otra vez, todas las cosas que no me hacen falta, y que ya no compro, porque en verdad, de lo que me hacía falta ahora estoy llena.
Las placas, los números, la combinación de las letras, se han de seguir paseando alrededor de los campos de béisbol; junto con utópicos días de campo, comidas al aire libre, siestas debajo de la puesta de sol. ¿Hace cuánto que no veo una puesta de sol? ¿Cuántas puestas de sol vimos juntos? ¿Te acuerdas las que tenían de telón de fondo tus lentes YSL y mi bikini de crochet tejido color negro?
Fui muy feliz. Y espero no estar contándolo como si no pasara nada... pasó mucho, de todo, más de lo que mi historia podría contar. Pero no lo extraño, no [todavía].
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