Apenas hace cinco días, después de despedirnos, prometí no volver a escribirte ni a responderte siquiera el teléfono.
Me tomé una siesta maravillosa, antes de que cayera una tormenta. Desperté con la sensación de no estar en mi hogar, me sentí extraña, y lo más triste fue que tuve la sensación de no saber tu nombre. Me incorporé, y fue después de eso que tomé la decisión de borrar tu voz de mi memoria.
Te escribí la última carta. La envié pasada la media noche. Disfruté, y me quedé dormida. Hice un esfuerzo para hacer como si nada pasara, pero no lo logré. Irremediablemente recordé tu rostro cuando me viste por la mañana: al salir del elevador, no pude más que ver tus ojos, a través del salón, que buscaban los míos.
La chica nos dejó solos. Nos saludamos como si no nos hubiéramos visto en años. Conversamos sólo medias palabras, reímos sólo medias risas. Me explicaste el papeleo. Lo leí, lo entendí y firmé. Sin darnos cuenta caimos en la conversación que temíamos caer, más personal no pudo ser. Te expliqué por qué venía en autobús y dónde se había quedado mi coche; el caos que vive nuestra Ciudad en estos días nos hizo pensar otras cosas. Las palabras te salieron del alma. "¿Cómo te regresarías, si quedaras de este lado debido a una manifestación?", preguntaste. Sonreí. "Terminarías en mi estudio, de este lado de la Ciudad, tu y yo, sin poder volver", me dijiste. Otra vez sonreí, y fingí no haber entendido el significado de tu frase.
La chica volvió y yo me despedí. Antes me presentaste, conversé algunos minutos, y salí literalmente corriendo hacia la Biblioteca. Me dijiste que no me fuera. Pregunté a qué hora saldrías. Quedamos de vernos en poco más de una hora en tu oficina, yo necesitaba usar tu computadora. Me fui, por fin, y terminé los trámites pendientes.
La hora y cuarto se pasó en cinco minutos. El papeleo fue exitoso, me puse a trabajar. Al ver la hora recordé que debía verte antes de tu siguiente junta. Subí. Moría de frío, tenía sed, y tú morías de silencio. Me presentaste con esos colegas tuyos que parece que nunca se irán, cerraste la puerta para que no me diera frío, comencé a escribir. Me apuré tanto, que sentí que sudaba. Estaba tapada con mi pashmina y me solté el cabello. Moría de frío, y comencé a sentir una prisa terrible que me mordía las yemas de los dedos para escribir más rápido, más rápido, más... Terminé justo cuando tu colega dijo que también se iba, me despedí, pero salieron detrás de mi. Caminé aprisa -¿qué me pasó?- pero me detuviste en la escalera. "Te busco en una hora, no te vayas sin despedirte", me sentenciaste.
Volví a mi mesa de la Biblioteca. Seguí leyendo y haciendo mis notas. Bebí agua. Hice un par de llamadas por teléfono. Me comí una manzana. Tal y como se provoca una pasión, esa manzana me dio un hambre terrible. Decidí irme. Otra vez correr. Hice un par de llamadas más. Voy para allá, avisé. Guardé mis cosas, me despedí de mis colegas y cogí mi bolso.
Tenía que avisarte que me iba como me lo pediste, pero me esperé hasta el último momento. De la puerta del Instituto te llamé. No hubo respuesta. Guardé el móvil, comencé a caminar. Una esquina más adelante volví a llamarte. Nada. Volví a guardar el móvil y a buen paso di la vuelta en la esquina de Rodin y Holbein. Seguí caminando, mientras me metía los dedos entre el cabello. Seguí caminando con el sentimiento de no saber tu nombre. Hacía frío, tenía hambre.
De frente, sobre la misma banqueta, tu. Te llamé, te dije, porque ya me tengo que ir. "Acabo de notarlo", respondiste. Sin querer despedirnos, comenzaste a caminar conmigo hasta Patriotismo, donde debía tomar el autobús. Justo en la esquina, comenzaste a hacerme la plática. No querías despedirte, pero tampoco me podía quedar. Me diste las gracias, siempre agradeces. Me até el cabello, te pedí monedas para el autobús. Otra vez esa conversación que debemos evitar... nuestros corazones sobre la banqueta y todas las palabras que no alcanzo a decir y que tú no te permites sujetar.
Tus halagos, tus buenas maneras, tus lindas palabras. Mi cabello suelto, luego atado, mis bolsos sobre el hombro. Los libros, la biblioteca, los trámites, los pretextos... tus manos sobre las mías. Media vuelta y te fuiste. Me subí al autobús. Fue todo tan rápido que no entendí bien qué era lo que había sucedido. Fue hasta que desperté de la siesta esa misma tarde, cuando sentí como si no supiera tu nombre, como si te estuviera olvidando poco a poco.
Hay muchas cosas a las que no me puedo aferrar, y muchas otras que no puedo elegir. Pero esta vez elegí aferrarme a tu recuerdo, por eso es que no te quiero olvidar.
Decidí no responderte más porque me duele ver como te despides con lágrimas en los ojos, me duele quedarme con el corazón encogido y las palabras hechas nudo en la garganta. Me ha comenzado a doler no poder estar contigo.
"No somos de piedra", me dijiste un par de veces. Mi última carta decía lo mismo. Tienes razón, no soy de piedra y me duele extrañarte.
No sé qué pasará. Sólo sé que sigue mi sed y sigue tu silencio, sigue este sentimiento, sigue que te extraño. Descubrí mi corazón y ahora me da miedo olvidar tu nombre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario