jueves, 22 de abril de 2010

Monsieur Madrid, Joaquín Sabina.

Él quería escribir la canción más hermosa del mundo,
y yo siempre he querido estar ahí para escucharla.


Luego de la catarsis de la noche de ayer, me quedé muda por un rato grande, traía la cabeza tan revuelta por tantas emociones, que preferí guardar silencio.

Llegué al Auditorio Nacional cuando se anunciaba la segunda llamada para el chou. Esta vez también me iba a encontrar con un chico, pero no frente a la pantalla electrónica de todas las veces, la que me ha visto los últimos ocho o nueve años encontrarme con distintas personas, con diferentes semblantes, de diferentes humores; la que me ha visto cuando me dejaron plantada, cuando se despidieron de mi, cuando le dije al soltero tóxico que no necesitaba más cargar con sus paquetes ni con sus recuerdos.

Esta vez, el chico me esperaba a un lado de la escultura, junto a las taquillas. Había mucha gente, de hecho yo no lo vi, no lo pude encontrar; y como nos ha pasado desde que nos conocimos, fue él quien me encontró a mi.

El primer sacudidón de emoción que tuve, fue cuando vi los lugares a los que correspondían nuestros boletos. Me emocioné mucho, estábamos verdaderamente cerca del escenario, y comencé a sentir que esta iba a ser una gran experiencia, y que la Ciudad nos estaba regalando otra maravillosa noche, en la que nos quería abrazar hasta que hoy amaneciera.

Unos quince minutos antes de las nueve de la noche, las luces se apagaron, se iluminó el escenario, y Joaquín Sabina se hizo presente, vistiendo unos pantalones color gris, una camiseta negra, una chaqueta de camuflaje verde, y su tan emblemático bombín color negro.

Grité, me levanté del asiento, aplaudí, casi pierdo los estribos; me quité el sombrero, y si hubiera traído un bombín como lo traía él, se lo hubiera lanzado al escenario. Me dio muchísima emoción mirarlo allí, con todos sus años, con las arrugas de su voz, con todo esto que todavía tiene para la gente, para quienes queremos escucharlo horas y horas, por años y años.

Abrió, como me lo esperaba, con la fabulosa Tiramisú de Limón; siguió con Viudita de Clicquot y luego se arrancó con muchísimas canciones, no todas las del último disco, pero sí muchas viejas, casi olvidadas, de esas que no te imaginas escuchar nunca en vivo, como Ganas de... y Medias negras. Cuando escuché esta última, entre todo el frenesí que estaba sintiendo por dentro, comencé a llorar conmovida por completo. Me acuerdo muy bien que siempre me pasa en los conciertos de Sabina, en el anterior, sin recordar ahora por qué fue, lloré muchísimo con la canción Mentiras piadosas. Anoche, no pude evitar acordarme de mi hermana Cristina, de cuando escuchábamos la canción mientras andábamos a toda velocidad en José María, recorriendo las calles de esta contaminada Ciudad.

Ayer, quizá no tan conmovida por el recuerdo de mi hermana, lloré de emoción y de felicidad, porque estaba escuchando una canción que nunca me esperé, y que ahora también está llena de lindos significados. Quizá deba darme cuenta de una vez, que "de estufa corazón, te tengo a ti" es una realidad, y que estoy más acompañada que nunca.

Joaquín Sabina ha declarado en muchas ocasiones, en diversos medios de comunicación, que él nunca se propuso llegar a donde está ahorita, que "sólo quería escribir la canción más hermosa del mundo". Y lo logró. A mi parecer, lo logró.

Creo que la maravilla radica en poder comunicarse con el mundo de afuera, con el que no sabemos a veces que nos está escuchando o nos está leyendo. Uno puede tener mucho qué dar, pero quizá no sepa cómo darlo.

Estoy muy contenta de haberlo escuchado anoche, de haberlo visto tan de cerca, de haber reído y llorado con él, de haber bailado con sus canciones, de haber gritado hasta donde pude. Es uno de los mejores regalos que he recibido en los últimos años, y eso me hace verdaderamente feliz.

Luego, el resto de la noche y un par de horas de la madrugada, nos esperaban. Un coche estacionado frente al Marriott, una cena improvisada, un café pasada la media noche, muchas palabras que no se habían dicho, algunas llamadas por teléfono; y estos ojos, que aún cuando se miran casi todos los días, a veces no encuentran el momento justo para hablar mientras se miran.

Si todos los instantes fueran como ayer en la noche, el amor se haría universal.

Ya pasó un día completo, y sigo muda. Todavía no tengo mucho qué decir.

La mañana fría, el sol que no salió por completo, un taxi, estos camiones que me gustan mucho, otro transbordo, mi casa más fría que cuando la dejé ayer, fuera ropa porque todo me lastimaba. Una llamada larga por teléfono. Una siesta que parecieron dos. Muchos libros, más hojas en blanco, las Reformas Borbónicas que ya no recordaba. Otra llamada a las 16:36 para decirme "Hola", y "te quiero mucho". "Yo también", le respondí con toda la seriedad que me llena cuando me pongo a estudiar. Tacos dorados para la cena. Coca-cola light muy fría. No más cigarros por hoy. Un gato que se duerme sobre mis piernas. Estos ojos que quieren verlo otra vez. Mi corazón, que late más fuerte que nunca. Los recuerdos de la música entrando por mis dedos, de su mano tomando la mía sobre mi rodilla, de sus besos sobre mis hombros, sobre mi pelo, luego del desayuno.

No me quiero olvidar, pero tampoco puedo obligarme a no hacerlo. Creo que lo dijo así: "Los sombreros sirven para camuflarse en los escenarios, y para quitárselos cuando la ocasión lo amerita".

Supongo que podré escribir mejor, cuando ya no esté tan muda.

Me siento tan contenta, que tengo ganas de ponerme a escribir en todas las páginas en blanco, en todas las paredes blancas, en toda la ropa apilada, y en la piel que cubre sus costillas.

miércoles, 21 de abril de 2010

Voy a tratar de conseguir tiempo.

San Román me llamó, casi tan histérico como yo cuando suelo ser más histérica que histórica. Tiene que entregar un proyecto hoy, a más tardar a las diez de la noche, y no tiene ni idea de como continuarlo, ni de cómo se debe terminar de armar. "Voy a tratar de conseguir tiempo", me dijo antes de que termináramos la conversación.

Esta vez sí lo escuché muy preocupado, y entonces esto parece como una guerra de angustias, porque me pregunta cómo me va y cómo me siento, y de pronto le vomito todo lo que traigo atorado porque no tengo dinero para arreglar a Hans.

Chale. Bienvenidos al mundo moderno, a la vida real de un adulto joven.

San Román necesita tiempo. Yo también. Necesito poder quedarme despierta mucho tiempo, para terminar de leer todo lo que hace falta, todo lo que tengo que recordar o poder manejar en unos pocos días.

Necesito el tiempo suficiente, para terminar el borrador que tengo muerto, comenzarle con Edward Palmer Thompson, y ponerme monísima para irme en la noche al Auditorio Nacional. Shiiiiiiit. De veras que a mi me gusta chiflar y comer pinole.

En la quinta chilla, en la sexta angustia, en el séptimo cielo al que intento acostumbrarme pisar desde hace un par de meses, el chico me llamó para platicarme cómo iba su día y para preguntarme cómo iba yo. No me volqué como suelo hacerlo con San Román. Son personalidades distintas, es la misma confianza, pero manifestada de diferente forma. Pero con toda sinceridad le platiqué lo que está sucediendo. "Es sólo un coche, Mariposa, es sólo un coche" -me decía del otro lado del auricular; "¿ya estás lista, no tendrías que estar saliendo de casa ahorita?". Y si, el chico tiene razón. Son casi veinte para las seis, y yo sigo enfundada en mis mallones negros con la blusa de la suerte y mis botas vaqueras, no me he maquillado, por lo menos mi pelo no es un desastre, y no recuerdo dónde guardé el pantalón de lino que quiero usar esta noche.

Ya me voy, si no quiero llegar tarde a la cita.

Conversamos nada más unos instantes más. No tuve tiempo de decirle que tiene razón, que es sólo un coche, y que a veces no me doy cuenta de que todo alrededor está marchando en orden, aún cuando Hans se pone los moños para querer arrancar, aún cuando dejé temporalmente mi empleo y no tengo dinero, aún cuando las noches no nos son suficientes para decirnos todo lo que queremos decir, para compartir todo lo que estamos listos para compartir.

Ya me voy, ahora sí. Me pondré las ballerinas de JULIO, porque definitivamente también fueron un regalo para él, y a ver de dónde me saco ese fabuloso pantalón ancho, que quiero combinar con una blusita color gris.

"Es sólo un coche". Parece mentira que tenga la sensación de estarme escuchando a mi misma, cuando mi padre, mi hermana o San Román, se quejan de que sus autos no funcionan o algo les hace falta. Este chico parece que está del otro lado de mi espejo, o que vino también a conectarse directamente con mi pensamiento. Esa frase, de que sólo es un coche, se la dije ayer a mi padre, cuando me mostró el rayón que le hizo a su deportivo en la defensa trasera. Mi consejo fue, que no hay que aferrarse a los bienes materiales; y ahora el chico, sin saberlo, viene a decírmelo como me lo debí decir hoy por la mañana, cuando todo el jaleo por la reparación comenzó.

Ahora sí ya me voy. Una vez más, intentaré conseguir tiempo. Temo que se me haga tarde de verdad. Que el tránsito en Periférico y el transporte colectivo, se apiaden de mi.

Mediodía del día número nueve.

Hans no quiso andar más ayer por la noche. Luego del regreso por unas zonas de la Ciudad verdaderamente solitarias, que ni de día me gusta transitar, pero que fue necesario debido a que las vías rápidas están cerradas luego de las veintitrés horas, Hans me dejó tirada a unas cuantas cuadras de mi casa. De los males el menor, y por lo menos no corrí ningún peligro. Lo empujé para estacionarlo bien, luego le llamé a un taxi y llegué a mi casa como si nada.

Dormí. Venía contenta porque luego de estar estudiando todo el día, tuve un encuentro muy agradable lleno de sorpresas: boletos para el concierto de hoy en la noche, una cena en terraza a la "luz de las velas" -que en realidad fue un farol jaja-, y una conversación de esas maravillosas que no se quieren olvidar nunca.

Hoy, de vuelta a la realidad, me la he pasado del taller mecánico a la biblioteca, de regreso a mi casa a cocinar un arroz blanco relámpago, a comer con mi madre, de regreso a leer un rato, luego a recoger a Hans, que por cierto se ha portado más mal de lo que me imaginé; y ahorita, pasadas las dos de la tarde, me senté a intentar balancear todas estas emociones y preocupaciones.

Me parte en mil no poder solventar los gastos necesarios para que Hans vuelva a andar. Me preocupo mucho, me da por deprimirme cuando las cosas salen como lo esperaba, y cuando surgen algunos inconvenientes que no se esperaban.

Recapitulando, creo que no estuvo tan mal que Hans se descompusiera cerca de casa. De los males el menor, y aunque no quiero que suene a consejo de tontos, actualmente es una verdadera bendición no correr peligros o llegar bien a casa todas las noches.

En fin. No sé qué sucederá. Supongo que Hans y yo dejaremos de ser mancuerna por un tiempo, o por lo menos, en lo que yo termino esta guía de estudio y regreso a trabajar.

lunes, 19 de abril de 2010

Dos mil diez

Harto de malvivir el siglo veinte
muere de mal de amores.


Y la mentira vale más que la verdad
y la verdad es un castillo de arena.

Y por las autopistas de la libertad,
nadie se atreve a conducir sin cadenas.

Ganas de..., Joaquín Sabina.

Estamos cayendo en la cuenta de que el 2010 es el peor año para ponerse a escribir una disertación sobre la Revolución Mexicana.

Tantos escritos, tantas miradas, tantas cosas que se quieren decir, tantas historias que ahora resulta que estuvieron "olvidadas", tanto que se pudo decir antes pero que hasta ahora se ha tomado en cuenta.

Todo agobia, se te viene encima.

De repente, resulta que todo mundo tiene la última palabra, la verdad absoluta; la mejor intepretación de lo que sucedió o de lo que debió haber sido. La mejor conclusión, el fechamiento correcto, lo que en verdad se supone que fue que pasó. Y la verdad, es que todavía no se sabe nada.

2010, a un siglo de que estalló la Revolución Mexicana. Año en el que cumpliré 27 años de vida. Año en el que por fin me puedo llamar licenciada. Buen año para iniciar un posgrado, para pensar en cambiar de Ciudad, de país o de color de piel. Pero no tan buen año para escribir sobre el movimiento social que traspasó fronteras, que ni siquiera el "gobierno federal" se atreve a fechar correctamente.

Año de buenas decisiones, de mejores hábitos, de buenaventura en los 365 días que lo llenan.

Meses de amor, de volverlo a intentar, de dejarme llevar, de llenar a otra persona, y de sentir como gota a gota está viniendo a llenarme a mi.

Año de pensar seriamente si hace falta o no, romper con todo lo anterior y volver a comenzar. Quizá -definitivamente-, sea tiempo para una nueva protesta que se vuelva revolucionaria.

domingo, 18 de abril de 2010

La manicura francesa.

En realidad yo no sé cómo son las relaciones entre madre e hija. No lo sé, no porque no tenga a mi madre conmigo, sino porque quizá tenga que ser madre de otra mujer para saberlo.

Hace mucho que la relación entre mi madre y yo cambió. No sé si para bien, no sé siquiera si debo escribir sobre esto. Tampoco sé si para mal. No me consta si es normal. Simplemente mi madre y yo, de pronto pareció que hablábamos lenguajes diferentes.

Las cosas, de repente, como un huracán de emociones o como una avalancha de toma de decisiones, han llegado en los últimos meses a cambiar mis panoramas, a hacerme dejar de ver el horizonte vertical. También las cosas con mi madre han cambiado, y supongo que eso es lo que me hace tener un poco más de tranquilidad.

A veces la extraño mucho. Es una mujer con muchas cosas que hacer, es una buena compañía y por eso la extraño y por eso a pesar de tenerla cerca, a veces la siento muy lejos. Con María se lleva muy bien, platican por horas y horas y se entienden a la perfección. Conmigo es distinto. Solemos discutir, solemos tener puntos de vista dispares, vemos la vida desde diferentes filosofías y con diversas opciones. Poco a poco ha entendido que crecí, y yo voy entendiendo que ella se hace mayor.

Suele viajar mucho, a veces lejos, a veces cerca. A veces son viajes relámpago, a veces se va por tiempo indefinido pero después regresa. Otras, las más, yo no logro comprender que aún cuando su vida es sumamente dinámica, ella desee quedarse quieta. Para mi, lo que es es, lo que parece es, y simplemente es una toma de decisión -según nuestros intereses-, lo que hace que las cosas sucedan.

Trata de tender puentes hacia la vida que llevo, hacia la vida que tenemos juntas. Esos puentes nos han acercado, aún cuando nosotras ya no somos las mismas.

La semana pasada una sesión de manicura hizo que riéramos a carcajadas. Hacía mucho tiempo que no pasábamos un par de horas juntas, platicando de las noticias, de nuestras amistades, de nuestros proyectos o de cualquier cosa, sin discutir. Me preguntó que cómo tenía las uñas, le dije que como siempre, gachas, frágiles y los dedos agrietados y cansados. A ella también se le cansan. Son distintas las cosas que hacemos, nuestras manos reflejan mucho de nuestra personalidad, y me da mucha alegría que a pesar de eso, cuando miro ahora mis manos, parece que estoy mirando las de ella.

Me dijo que por su cuenta correría la manicura. Fuimos al primer salón, donde no nos pudieron atender. Fuimos al segundo, y encontramos nuestro lugar. Sentí, que a través de esa pequeña preocupación por los dedos de mis manos, mi madre volcó otra vez su cariño hacia mis intereses, mis cosas, mis historias, mis proyectos y mi salud.

Por fin me sentí otra vez en casa, hablándole como lo hacíamos antes de que estos últimos dieciséis meses comenzaran. Somos buenas amigas, ahora lo recuerdo. No todo es tan malo, no siempre nos llevamos mal, ni siempre discutimos por estas cosas. Fue muy agradable sentir esta conexión, que nos hizo estar contentas por las personas que han aparecido y nos han hecho pensar "qué sucederá si..."

Confieso, sí, una vez más, que no siempre entiende lo que significa escribir, que no sabe lo que siento cuando no logro identificar un dolor que se mueve por mi cuerpo y que no sé dónde va a parar. Pero de pronto algo ha ocurrido, confieso -y no me cansaré de hacerlo-, que esta avalancha de alegrías y de emociones que ha llegado a mi vida, me ha hecho tener paciencia para las cosas que creí que no se podían modificar.

Ella no va a cambiar, yo tampoco. Yo la amo tal como es, me hace mucha falta tenerla todas las noches, platicar con ella en las sobremesas, hablarle por el móvil para preguntarle como está; y de pronto, mirar otras relaciones de madres con hijos, me ha enseñado que siempre tengo otra oportunidad.

Paciencia, tolerancia. Qué más dá si no me entiende cuando sé perfectamente lo que tengo que decir o escribir, pero prefiero quedarme callada. Qué más dá si no sabe cómo es la angustia que uno siente cuando la página sigue en blanco, cuando la mente está cansada, cuando no se puede dormir de noche más que de día. Una manicura, o alguna salida de compras, o una plática de mujeres, ahora sé que nos puede acercar.

Confianza. Llegué a creer que no confiaba en mi. Y aunque no me siento lista para sacar ahora una conclusión, estoy segura de que puedo recuperar la imagen que tenía de mi. Me ha dicho que no le gusta verme sufrir, que no desea volver a verme llorar. Aún cuando no sabe qué es lo que se hace cuando esas cosas pasan, ahora me doy cuenta de que se esfuerza porque las cosas pasen.

Me gusta que volvamos a ser amigas, más que lo hija o lo mamá que somos, más allá de las preocupaciones que tengo de ella, por su salud, por su bienestar, por su patrimonio. Me gusta que una manicura francesa nos haya acercado, que hayamos decidido los diseños la una para la otra, el café que queríamos beber; me alegra que ella pueda hacer a un lado sus compromisos, para venir a comer conmigo a las tres de la tarde.

Deseo que las cosas se queden así. Deseo que se note que aprendo las mejores cosas de las personas, que tomo las experiencias que me hacen ser mejor, que no me canso de volverlo a intentar, de seguir adelante.

Me gusta ver cómo el chico, al borde de la pérdida de la paciencia absoluta, le responda a su madre: "si mamá, ahí voy". Me gusta saber que pongan de su parte, que lleven una buena relación en términos generales, que se tengan confianza entre ellos y se procuren. Me gusta que me hayan invitado a salir con ellos, a aprender de ellos, a convivir con ellos. Me siento contenta.

Es como si llenara mi libreta de notas, y viniera a aplicar todos esos conceptos a mi vida en casa, con la familia con quienes comparto mis venas.

Definitivamente, comienzan a caerme bien los domingos.

Estimado Andrés Neuman:

Supongo que más que sentarme a felicitarte en este momento, lo estoy haciendo como una lectora orgullosa de haber formado parte de una generación de escritores. Así es. Así lo sigo creyendo. Para que la Historia tenga lugar, debe tener un propósito; para que un escritor sea merecedor a un reconocimiento, debe tener lectores.

Así, yo me hice una de tus lectoras más fieles. No sé si se deba al destino, a mi gusto por las historias de amor, de esas situadas en un punto de la historia que nos permite conocerla a fondo; o sencillamente no sé si debérselo a uno de mis mejores amigos, que me regaló tu libro en mi cumpleaños, pero te conocí, conocí tu obra y fui inmensamente feliz.

Ayer me encontraba leyendo, escribiendo a mano otro tanto más que el resto de la semana pasada, acompañando a este chico que me ha alegrado las mañanas, cuando San Román me llamó para decirme que había escuchado en la radio que fuiste merecedor del Premio de la Crítica por la obra El viajero del siglo. Me emocioné casi hasta las lágrimas. San Román y yo hablamos, en partes, unos quince minutos; de todo y de nada, de él y de sus exámenes, de ti y de mi y de cómo ahora yo hablo de tu libro.

Él no sabía todos los datos tuyos que guardo en mi memoria. Se los repasé, en el menor tiempo posible, para que también él pueda transmitirlos después. Quiere leerte, no estoy segura de si así será, pero por lo pronto es muy agradable que se acuerde de mi cuando escucha tu nombre, y te identifique cuando yo hablo de uno de mis libros favoritos.

Casi no escribo sobre mi escritor predilecto, el consentido, el que no me canso de leer. Ese es Javier Marías. Si pudiera, releería sus libros una y otra vez, me perdería en su biografía, en su quehacer, en la labor que ha tenido su padre, en sus traducciones, en sus columnas semanales. A la par, haber dado con tu novela me ha enseñado muchas otras cosas, me ha llenado de distinta forma a como Marías lo hizo cuando lo conocí.

Intento pensar como escritora, y si yo fuera reconocida en uno y otro continente, estaría feliz por tener lectores a quienes mi obra les hubiera servido mucho más que para pasar el rato o estar entretenidos. Sería uno de los mayores premios que yo pudiera recibir.

Enhorabuena, mi estimado Andrés, por este último premio, que espero no sea el último, y al contrario, impulse tu tránsito en el camino de la narrativa hispanoamericana.

El premio que recibiste el año pasado me hizo conocerte, y el de este año me ha hecho no dejar de escribir de ti.

Un saludo desde la Ciudad de México,
Mariposa Tecknicolor.

***
Luego de con San Román, me enteré en El País, "Andrés Neuman gana el Premio de la Crítica".

Historia como libertad.

Cada mañana salto de la cama
pisando arenas movedizas.
Cuesta vivir cuando lo que se ama,
se llena de cenizas.

Y por las calles vaga solo el corazón,
sin un mal beso que llevarse a la boca.
Y sopla el viento frío de la humillación
envileciendo cada cuerpo que toca.
Ganas de..., Joaquín Sabina.

Anoche mientras cenábamos, salió al tema la violencia de pareja, de ella hacia él y de él hacia ella; como sea, violencia, pues. Tuve un flashback inmediato, serio, que me recorrió la piel y hasta la última punta de mi cabello. Quizá lo notó, porque me dijo que no habláramos más de eso, que yo era su "mechuda favorita", y me hizo reír.

Lo olvidé. Son cosas que no se guardan en mi cofre de deseos, en mi arcón de recuerdos, ni en mi selección de hechos relevantes. Son cosas que de pronto se recuerdan, para preservar el instinto de supervivencia.

Pero de pronto, el subconsciente entreabre esa habitación de mi pasado. Nunca me maltrató físicamente, o no que yo ahora lo recuerde como tal, pero su maltarto podía traspasar muchas barreras y algunos de mis límites.

A mi también alguna vez me bajó del coche, en medio de uno de sus síndromes de abstinencia o en un estado de absoluta alcoholemia. Los golpes iban hacia mis efectos personales, mis maletas, mi bolso, mis libros. Sus palabras parecían cuchilladas. Él es un drogadicto, y yo fui adicta a él.

No sé de dónde saqué fuerzas para sobrellevar todo esto, para recuperarme y para darle vuelta a la hoja. Escribir me ha aterrizado y me ha hecho libre; y el corazón lo vuelve a intentar.

Pasa el tiempo. Los recuerdos se hacen viejos. Desde hace algunos años, en mi lista de propósitos de año nuevo siempre figura la frase "no hagas nada que no quieras hacer, no te sientas obligada a hacer lo que la otra persona desea". Pronto lo comencé a creer.

El amor se vive, sólo así tiene parte. La Historia, según algunos estudiosos, también debe llevarse a la vida práctica para que exista, si no, no sirve de nada. Los fantasmas y las sombras del pasado de los hechos históricos, de los acontecimientos, deben estar perfectamente identificados para que la Historia tenga lugar. Y los demonios deben estar dormidos, dentro de mi cabeza, felices en su jaula, para que mi corazón pueda volver a creer.

Nunca imaginé, que volver a estudiar Teoría de la Historia le hiciera tanto bien a mi corazón. Es como cuando uno lee -o leyó- filosofía, y de pronto el mundo se mira como si se desfragmentara el monitor de la computadora: nítido y brillante.

Así, de pronto la reinterpretación le da nuevas oportunidades a los hechos históricos. Y exorcizar mis recuerdos, sanar mi pasado, no sacar del subconsciente lo que allí debe quedarse, le da nuevas oportunidades a mi corazón.

Qué diferentes son las cosas cuando uno decide hacerlas, cuando uno decide su curso, cuando uno toma decisiones maduras, de líneas paralelas, sin estar encima del otro, sin estar pendiente a las decisiones del otro; respetando siempre las prioridades, caminando de la mano, sin dejarse arrastrar ni estarse empujando.

Qué maravilla esto: de haber decidido tomar el tratamiento de desintoxicación.

Y si. Supongo que la Historia y seguir escribiendo, me harán libre.