domingo, 7 de febrero de 2010

Puras pesadillas.

Dormí poco y mal. De hecho, seriamente me he dado cuenta de que estoy abusando de las pastillas para el dolor, de las aciditas de colores, de las que son para la nariz, para la alergia, para dormir, para la garganta, para despertar, para mantenerme de buenas, de las de menta y de las que todavía no se me ocurre que me puedo tomar.

Hay distintos tipos de analgésicos, unos comunes, otros muy específicos. Con ninguno, y también con cada uno de ellos, tengo una relación estrecha, y cierta disposición a traerlos en el bolso o a guardarlos en el cajón del otro buró que casi no uso. A veces me da miedo. Se supone que ya confían en mi, que ya puedo guardar todo tipo de substancias en mis pertenencias, que ya puedo cargar con ellas, que ya no es necesario que algún pariente o persona de confianza sepa que las compro o que estoy en manejo con ellas.

Algunas veces, me doy miedo a mi misma.

Desperté, exaltada por no poder respirar, con un gato que pesa cerca de siete kilos encima de mi, y con el pelo echado todo en la cara. Soñé horrible. Soñé que la cita que tengo el martes no llegaba, que yo estaba confundida, que no sabía donde había pasado la noche y que todo en mi memoria era mi Universidad con cuartos de baño y lujosas zonas de comida, y que en un cóctel de pastillas me había perdido hasta el mediodía, justo cuando mi jefa me dejaba un mensaje en el móvil que decía "te esperamos a las diez, y tu nunca llegaste".

Ni lloré, ni me desmayé, y ni pensé en vomitarme. Comencé a quejarme como si me estuvieran dando un golpe en el pecho, y a lo lejos escuché un ronroneo, luego abrí el ojo y vi la luz del mediodía metida en mi habitación. Intenté liberarme de las pesadas cobijas, luché en contra de los brazos de Morfeo, y me senté de un brinco en la cama. Le saqué la lengua al puto domingo que empezaba para mi.

Todavía un coqueto gato ronroneaba en mi panza, mi nariz estaba completamente tapada, por eso no podía respirar, por eso sentía esa pesadez en el pecho de que me faltaba el aire. Sólo fue un mal sueño. Sólo fue la pesadilla de terror más terrible que he tenido en los últimos meses, y que justo mi subconsciente pudo elucubrar para mostrarme de frente el mayor de mis temores: no estar presente en la reunión por la que tanto he esperado.

Dieron las trece horas y yo seguía en la cama. Ahorita sigo cansada. He tenido dolor de cabeza todo el día. Tengo muchas cosas para quejarme, pero no lo voy a hacer. Tengo muchos dolores que mitigar, y tendría muchas razones para tomar todas las pastillas del mundo, pero no lo voy a hacer. Todavía me duele el cuello y el brazo izquierdo, no aguanto la espalda, y la cabeza siento que me va a estallar.

Debe ser ansiedad. Debe ser cansancio. Me voy a dar un baño, y no voy a tomar nada más.

Nada más, aún cuando ese frasquito me está haciendo ojitos desde el tocador. Aún cuando ahora recuerdo que tengo unas deliciosas pastillitas en forma de diamante que la Diseñadora de Modas me regaló, y que de hecho no estoy segura de que sepa qué fue lo que en realidad me dio.

Dos veces en mi vida he sido infiel, pero hoy no me voy a ser infiel a mi misma, ni por unas aspirinas para el desamor lo haría. Lo prometo.

viernes, 5 de febrero de 2010

Pavimento mojado.

Hoy la Ciudad de México amaneció totalmente despejada, sin nubes, y con un sol que me obliga a entrecerrar los ojos al caminar. Me gusta, me gusta. El aire sigue frío, pero ya me siento más en mi Ciudad.

Pero antier, cuando la lluvia se apoderó de todos los que vivimos aquí, y nos hizo sacar los paraguas, gabardinas e impermeables, la Ciudad se volvió completamente loca.

Venía yo con mi felicidad desde los hombros hasta los tobillos, vestida toda de negro porque a media tarde tendría una reunión, manejando tranquilamente bajo la lluvia, sobre Xola justo pasando Cuauhtémoc, cuando un coche color rojo salió sin mirar y muy rápido de un estacionamiento que está frente a la estación Etiopía del Metrobús. Frené de inmediato, y debido al pavimento mojado, mi coche se patinó hacia la izquierda.

Controlé sin mucho éxito el volante, me espanté horrores, casi me subo a la banqueta, por supuesto que me quedé a centímetros del maldito coche rojo cuyo conductor no volteó a la derecha para mirar que yo venía muy cerca. Luego de la patinada, metí primera y seguí mi camino. No tuve cabeza para mentarle la madre o gritarle algo al conductor, estaba verdaderamente espantada.

Llegué a la oficina, todavía pálida por el susto, con la boca seca y un punzante dolor en el hombro izquierdo. No sé si fue por la impresión o por mover el volante, total que para en la tarde, me dolían también las pantorrillas y las muñecas.

No paró de llover en todo el día, ni en el siguiente.

Manejé de regreso a casa, como abuelita. Sigo espantada, no voy a decir mentiras, pero tenía que volver a casa y tengo que perder el miedo a manejar bajo la lluvia.

¿Qué pasa con los conductores, que cuando llueve se vuelven imbéciles? Mil veces mejor es bajar la velocidad durante la lluvia, que provocar accidentes por seguir manejando a la misma velocidad.

Y hoy, que ya no llueve, y que está el sol en el cielo en todo su esplendor, la gente sigue con esta agresividad que no sé qué demonios le sucede. Todo mundo avienta el coche, no ponen la direccional, te gritan de coche a coche, tocan el cláxon como si les pagaran por ello. Digamos, pues, que sigo viviendo en una histérica ciudad.

Debo perderle el miedo a manejar bajo la lluvia.

jueves, 4 de febrero de 2010

De besos y ansiedades

E insisto: ¿por qué los besos siguen vetados? ¿Por qué no nos podemos besar cada que se nos antoje?

Hace mucho que no escribía sobre esto, pero ahorita al releerme, me doy cuenta de que esta situación con los labios, mis labios y los tuyos, o los suyos y los míos, ha seguido igual.

Los besos no deberían estar vetados.

Si besáramos más, estaríamos más tiempo de buenas, sonreiríamos más, y el corazón haría chispas en mis caderas.

Wow. Qué maravilla. Verdaderamente que esa situación en mis caderas, me haría completamente feliz.

El beso del elevador

Nos encontramos, como casi siempre sucede, en medio de la Ciudad, en medio de los coches, saltándonos avenidas, y mojados por la lluvia. La lluvia... más bien el frío, como casi siempre a esa hora, como casi siempre que hace frío. Este invierno, además de ensañarse, nos ha regalado maravillosas horas antes del amanecer. Aún cuando son días que no laboro, tengo que despertarme temprano, pero no importa, él tiene que hacer algunas cosas, despertarse igual temprano, librarse de otras, y llegar a la avenida en donde nuestros coches comienzan la misma marcha.

Y a la misma marcha, uno tras el otro, vamos siempre al mismo lugar, de regreso a mi casa, de regreso a la suya. A la misma ducha, a preparar el mismo desayuno, a jugar con las mismas cosas, a hablar de lo que hubo los pasados días, los pasados lindos, los tristes pasados futuros.

Y ahí vamos otra vez, a mirarnos de frente sin saber que lo hacemos, a que me abrace de lado sin saber que lo hace, a tomarme por la espalda, sin haber pensado siquiera hacérmelo una vez más. A hablar de las cosas que moría por contarle, a escucharme como sabe hacerlo, como me gusta que me escuchen, como me gusta escuchar las opiniones importantes. A tener esta magnífica imagen frente a los dos, de ambos cuerpos abrazados y enlazados, de lado, de frente, de perfil, de espaldas, de como sea. La imagen ahí está, y se congela.

Ahí vamos, a desayunar en una mesita ratona que movemos como la gana nos da, a hablar de los coches como si de verdad nos importara, a hacer que no ha pasado nada, aún cuando sabemos que han pasado muchas cosas.

Y miro como toma esa ducha, esa que debería tomar con él allí dentro, como me gustaba cuando lo hacíamos después. Y me mira mientras tomo la mía, y platicamos, y se enfoca, y pierde el hilo, y le gusta mirarme mientras lavo mi pelo, con la misma marca de champú que copié de la regadera de su mujer, y lo desenredo con ese peine enorme, que imagina que juego con él.

Y mi pelo, sobre su cintura, parece que hace maravillas. Y el tiempo, que transcurre sobre nosotros, sobre esa habitación que se hace más pequeña, parece que se detiene para siempre.

Luego, se pone la indumentaria. Y yo, sin saber lo que estoy haciendo, me enfundo en el par de medias negras, en la falda a la rodilla que le gusta imaginar que arranca de mis caderas, en los tacones que parece que están pegados a las plantas de mis pies. Cojo el bolso, toma su cartera. Todo pasa como un día cualquiera. Los dos volvemos, y los coches nos esperan.

Nos esperan, como lo hace mi casa o la suya, hasta la próxima semana, hasta la siguiente luna del lunes que entra, del sábado que pasó, del domingo que no quiero que llegue.

Las trampas del destino son como carreteras; el destino, este ambiente que nos envuelve. ¿El final del camino? Que yo ría como lo hago, mientras me mira desde abajo, sin parpadear. Que el tiempo se vuelva a detener, para que platiquemos como nos gusta hacerlo.

Vuelvo a donde partí, vuelvo a pensar que todo está bien, vuelvo a mi rutina con el sabor de sus labios todavía en mi.

Salimos, yo camino más aprisa que él, me da escalofríos pensar en mis vecinos, o en los suyos. Sigue tras de mí, llamo el elevador, lo tomamos. Se recarga en el fondo del cubo de acero, se cierran las puertas, doy un paso hacia él y comienzo a besarlo como si fuera la última vez, como si esa luna de ese lunes o domingo siguiente no fuera a llegar; como efectivamente es, que yo estoy volviendo a la guerra.

Nos besamos como no lo hicimos en todas las horas anteriores, en todos los meses que pasaron, en todos los años que no supimos que estuvimos allí. Es un maravilloso beso, que dura lo que tarda en bajar tres pisos el elevador, que hace que nos fundamos en ese instante, por unos segundos, entre el fluído y mi respiro. Y sentimos que es el último que nos vamos a dar.

Se abren las puertas, nos separamos, salgo yo primero, él me sigue -y puedo jurar que me mira el trasero, o intenta hacerlo cuando se dibujan en mi falda los sujetadores en mis muslos por detrás-, y volvemos a despedirnos. Como siempre, como nunca, como nada, como todo.

Me subí pues al coche, y cuando escuché el sonido del portazo de mi lado, me desperté. Aquí, en mi cama, sin ningún otro cuerpo en mi colchón. Y el corazón, no ha dejado de latirme. ¿Cuándo va a llegar? Ni me quejo, porque todavía sigo de buen humor.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Me lo merezco

La última vez que todas las cosas comenzaron a transcurrir tal y como las planeaba, comencé a pensar que no me lo merecía, que todo era una trampa del destino que me haría pensar las cosas de distinta manera. No sabía el camino que debía tomar, la certeza de mis decisiones, ni las compañías que debían estar junto a mi.

Quizá por eso ahora me sienta un poco extraña, rara, distinta, como si mi mente algunas veces viajara a distinta velocidad de lo que lo hace mi cuerpo.

Pero hoy, después de una larga jornada de trabajo, que venía sumamente cansada, manejando de regreso a casa, la llamada que recibí de San Román, me hizo aterrizar en la realidad, y comenzar a pensar de verdad, que todo esto me lo merezco.

Venía yo sobre Florencia, me tocó el semáforo en rojo así que tenía de frente al Ángel de la Independencia sobre Paseo de La Reforma. El móvil sonó, y del otro lado, un San Román sumamente contento, comenzó a platicar conmigo.

Como siempre, hablamos de todo y de nada. Tomé Tiber, luego Río San Joaquín, luego Periférico Norte. Sin darnos cuenta, llegué a casa, y entonces nuestra conversación tuvo que terminar. Es muy agradable venir sola en el coche, pero sentirse acompañada. La mitad del camino de regreso a casa, lo hice de la mano de este chico.

¿Y sabes qué? Todas estas cosas buenas me las merezco. Comienzo a pensar que por fin, todo el esfuerzo valió la pena. Estamos maravillados de darnos cuenta, de que todo por lo que tanto he luchado se está comenzando a materializar, todo toma forma, todo se vuelve realidad. Es como si por fin la resaca se terminara, y pudiera ver claramente el día después.

Hace un par de años, cuando las cosas estaban bien, casi no podía creer que la buena fortuna llegara a mi vida. Hoy, que comienzan a borrarse los baches del año pasado, estoy segura de que me lo merezco, de que por fin llega mi momento.

Y a vivirlo, como dijo San Román. A disfrutar cada momento, a sentirlo, a llenar mis pulmones de estos nuevos aires que hacen que mi pelo se agite, como se agita mi corazón.

lunes, 1 de febrero de 2010

Tan inalcanzable.

Y empieza la lucha por encontrarlo, por dar con él. Ahora no es tan sencillo como fue la primera vez. No siempre se corre con la misma suerte, pero ahora tengo herramientas que hace dos años no tuve. De entrada, San Antonio está otra vez de cabeza, ya prendí el cirio pascual, y a las trece horas de mañana ya me verás rezando el angelus o algo por el estilo. Y ni sé por qué digo que a las trece, me cae que desde tempranito voy a empezar a hacer labor de fe.

Ahora, de ese tiempo a esta parte, he aprendido que hay que valerse por todos los medios posibles para dar con una persona que representa a una institución, frente a la tribuna del pueblo. Y de verdad que a veces no sé ni cómo le hice, para dar con él la primera vez. Una cosa es que me hayan recomendado, que haya hecho la lucha por tener una cita con él, pero otra muy diferente, es que haya aceptado recibirme y que yo trabajara con él. Hice muy bien el trabajo de que se enamorara de mi investigación, ojalá pudiera ser tan fácil -o bajo una circunstancia similar-, hacer que un chico se enamorara de mi.

Como sea, lo perdí de vista. Perdí el contacto. La investigación ya terminó. Ahora él está en una dependencia que es inalcanzable, que no es para los mortales como yo, para los apolíticos, para los "sin tendencia". Y aún así -lo escribo bien clarito-, estoy segura de que voy a dar con él. Verás que si.

Tengo fe, y el 2010 se está llenando de sorpresas.

JURAMENTO DE AUTOESTIMA

Venga, reconócelo Mariposa Tecknicolor, sin contar con tu hombre ideal, eres lo mejor que hay en la tierra. Es verdad que a veces te deprimes y no quieres hacer nada porque nada vale la pena, pero también hay que reconocer que el resto de las veces eres muy optimista, perfeccionista y dedicada. Nadie sabe investigar Historia como tu. Si ya lo dicen tus amigos, eres ejemplo de constancia y de buenos sentimientos. Y también lo dicen tus lectores: la Historia que escribes vale toda la pena. Por eso, a partir de hoy vas a dejar de torturarte por no tener pareja ni el trabajo de tus sueños, y comenzarás a quererte por ser responsable, persistente, inteligente y por tener la capacidad de amar. Y si alguien llega y te dice que eres una persona equivocada, dile que puede coger y largarse a la fregada.