miércoles, 31 de marzo de 2010

31 de marzo de 1914.
* * *

Hermandad
Homenaje a Claudio Ptolomeo

Soy hombre: duro poco
y es enorme la noche.
Pero miro hacia arriba:
las estrellas escriben.
Sin entender comprendo:
también soy escritura
y en este mismo instante
alguien me deletrea.

Octavio Paz
Premio Nobel de Literatura 1990

martes, 30 de marzo de 2010

41

Cuarenta y uno hasta donde nos quedamos, cuando sólo hay veintiún lugares. Así es. A competir se ha dicho, como todo, como siempre.

Y como si fuera un gran piano, la Historia también se escribe a cuatro manos. Madame Copo de Nieve no sólo es mi amiga, colega, compañera, también es mi asistente redactora, mi correctora de estilo, mi otro par de manos que a kilómetros de distancia, me ayuda a terminar un escrito casi perdido.

Pasé algún tiempo preparando el trabajo, no mucho, no poco, las noches necesarias, algunos red bulls, algunos cafés por las mañanas. Tenía mucho sueño, a veces me daba cierta desesperación porque no es lo mismo escribir cuando no se sabe quién será el lector.

Entonces, a través del mensajero, Madame Copo de Nieve me ayudó como si estuviera sentada a lado mío. Enviamos, recibimos, transcribimos, todo en archivos. Buscando el mejor sentido de las frases, los nombres de los funcionarios de la Administración Pública Federal que ya no quieren saber más de investigación histórica, traduciendo cartas que hace unos años ella escribió. En mi escritorio, en el suyo, en uno rentado de un cibercafé, unos minutos antes de entregar el escrito.

A cuatro manos, me dijo, como se toca el piano a cuatro manos, así terminamos el proyecto.

Y el folio resultó ser el número 41. A competir, repito, así será. No es un número exorbitante de aspirantes, pero tampoco es de risa. No es un concurso de selección para entrar a estudiar a la Universidad Nacional, pero tampoco es conseguir un trabajo de recepcionista.

Tres tomos de Historia de México. Tres libros sobre Teoría de la Historia. Recordar -volver a vivir-, cómo es el oficio del historiador, qué criterios se utilizan cuando se hace Historia, qué de todo el pasado, de todo el tiempo, de este mundo, es lo que vale la pena.

Delimitaciones temporales, contextuales, temáticas. Me gusta. Voy a hacerlo, aunque no sea suficiente recordarlo y tenga que volverlo a aprender.

Es maravilloso cuando se tiene compañía que, además, apoya. Copo y yo no estamos juntas por el momento, pero estas maravillas tecnológicas nos acercan; hacen que nos alegremos de las alegrías de la otra persona.

No me consta, no lo sé porque lo olvidé, y ahora he decidido no hacer memoria, más bien crear nuevos recuerdos y saber cómo la Historia es.

domingo, 28 de marzo de 2010

Se rompió la rutina.

Cada noche hacíamos el amor en partes, poco a poco.

Cada noche que intentábamos compartir, comenzaban a fluir estas palabras, nuestras confesiones, nuestros deseos. Nuestros pasados se hacían protagonistas, a veces él, a veces yo. Nunca imaginé que él comenzara a platicarme cómo era, cómo fue, cómo quería seguir siendo.

Y estas horas... benditas horas que ya no son minutos, que dejan de ser instantes. Estas horas que me provocan, porque comenzaron a hacerse días. Que de pronto, cuando menos lo imaginamos, él o yo, ya era el otro día, ya brillaba el sol por la mañana, ya comenzaba a ser domingo sin que nos pesara.

Cada noche, yo seguía escribiendo, él seguía leyendo, los dos comenzamos a acompañarnos sin saber que eso podía suceder. Y comenzamos a conocernos, sin estas mierdas de "no te enamores de mi", ni de "todo puede ser eterno". Comencé, como me dijo Copo de Nieve, a tener confianza en él y en mi misma cuando estaba con él. La historia comenzó a contarse sin saber que podía tener lugar, sin siquiera imaginarnos que podía tener punto final.

Eran noches de intimidad, de silencios absolutos mientras intentaba revivir mi línea muerta. De frases que no se terminaban, mientras él decidía acostarse en el sillón que está a espaldas mías para intentar dormir un poco. No sé si yo trabajaba, no sé si sólo quería terminar los puntos suspensivos, no sé si él tenía que trabajar más, recibir llamadas por el móvil, responder los mensajes del contestador. Estaba cansado, yo parecía más muerta, pero estábamos juntos, y eso hacía especiales estas noches obscuras en la Ciudad.

El amor, como nunca se imagina y ahora intento comprender, puede hacernos sentir lo que nada más podrá. Puede convertirse en el detonante no sólo de amistad o de cariño; puede convertirse en el motor que hace que todo funcione, que uno vuelva de pronto a la realidad, cuando esa misma realidad es la que se está evadiendo.

Y se rompió mi rutina. Una noche, fue sólo una vez, que su visita hizo que me dieran un batazo en la cabeza. De pronto me vi del otro lado del espejo. Me vi sentada a aquí, vestida casi con nada, con el cabello hecho un desastre y mis libros apilados por todos lados, saltando obstáculos de periódicos apilados sobre la alfombra, de zapatos que no se sabe cuándo se estrenarán, apilados sobre los respaldos de los sillones. Me vi respirando una nube de pelos de gato, de polvo pasado, de papeles que ya no se pueden leer.

Y regresé. Intenté hacer lo que tenía que hacer desde hacía mucho tiempo. Tirar los polvos, levantar el papel, sacudir los libros, darle un lugar a cada par de zapatos, meter las cobijas en bolsas de plástico, y el chico no estuvo precisamente aquí para mirar todo esto. En cambio, sí estaba para verme sonreír, para mirarme mientras yo hacía gestos y observaba el techo. Sí estuvo aquí, para decirme que nuestras conversaciones le hacían bien, lo hacían sonreír.

Quizá debí decirle que fue el detonante que rompió mi rutina, quizá debí decirle que sus ojos fueron el motor de mis sonrisas, de algunas decisiones, de mis ganas de intentarlo otra vez. Quizá debí saber la respuesta que tenía para mi, esa contraparte que siempre me gustaba escuchar, que siempre esperé con muchas ganas.

Se rompió la rutina, pero se ordenó una enorme habitación de mi vida.

Se rompió la rutina, y entonces comenzaron a dejarme de caer mal los domingos.

Se rompió la rutina, y me dejó de importar que las personas hagan ruido cuando se quedan dormidas, cuando no pueden más, cuando caen rendidas en la lona de esta ennegrecida Ciudad.

Tuve que saber que quería hacerme suya, tenerme allí, sentir cómo sonreía. Tuve que saber cómo era que me hablara de usted, cómo era verlo mientras tomaba el café de las mañanas, tuve que saber que podía reflejarse el cielo en cada una de sus cosas, que nunca me interesó que dijera que lo suyo siempre iba a ser sólo suyo, pero que también quería que yo fuera suya mientras se hacía sólo mío, exclusivamente de usted, me dijo.

Tuve que saber, que el amor se puede hacer poco a poco, noche a noche, instante a minuto, minuto a hora, hora a día.

Tuve que saber, que el amor no se consuma de golpe, que puede hacerse poco a poco, lentamente, noche a noche.

sábado, 27 de marzo de 2010

Las consecuencias del amor.

Desempolvé mis zapatitos de cielo, porque desde este momento voy a caminar sobre las nubes.
Para mi amiga Madame Copo de Nieve.
Gracias.

Yo no lo sé, pero me han contado, que cuando el amor llega de repente, se tiene la misma sensación que cuando la música te entra a través de los dedos de las manos. Todo es diferente, se pueden ver atisbos de luz de colores, estrellas fugaces, colores inimaginables; se huelen aromas impensables, extraños, irreales.

Yo no lo sé, pero me han contado, que el amor parece una trampa del destino, de encontrarte con la persona que esperabas en el lugar menos preciso, en el tiempo menos imaginado, en la Ciudad que no existe, a través de la pantalla que no se enciende, junto al auto que no sirve. Todo se conjuga, y somos resultado de las decisiones que hemos tomado, de la vida que hemos vivido, de las experiencias que hemos guardado.

Y tampoco lo sé, pero un día esa conjugación de pasado y presente, de cielo y suelo, de tierra y mar, entonces llega y lo hace todo posible. Y esta maravilla de la química del amor, entonces se hace presente. Y dicen -no lo sé-, que se siente como si se flotara, como si se andara en arenas movedizas, como si siempre se tuviera un nudo en la garganta, como si de pronto la sangre se detuviera a mitad del tránsito por el cuerpo, y se dejaran unos momentos de respirar.

No me consta, no lo sé porque lo olvidé, y ahora he decidido no hacer memoria, más bien crear nuevos recuerdos y saber cómo el amor es.

Yo no lo sé, pero ahora quiero saber.

viernes, 26 de marzo de 2010

Love means loving the unlovable, forgiving means pardoning the unpardonable, and hope means hoping when things are hopeless.
G. K. Chesterton

jueves, 25 de marzo de 2010

Y si resulta que se fue el tren, las corridas de los camiones salen durante toda la noche.

No tuve hijos, me lo perdí.
Soledad, tendré una vida sin ti.
Sofi fue una nena de papá, Fito Páez.

Estoy tan cansada, que ya no sé dónde tengo la cabeza o los pies. Tengo mucho que escribir. Todo se resume en tres oportunidades. Tres, tres, tres. Tres fechas, tres escritos, tres horas que por lo menos debería dormir de corridito.

"¿Cuándo planeas tener un hijo?" La pregunta de mi doctora lleva taladrándome los oídos los últimos tres años. De plano, ayer cuando insistió con esta cuestión de ser madre, le dije que mi respuesta no había cambiado y que no cambiaría por lo menos, en los próximos diez años, y que agradecía que ahora no hubiera sido tan directa, así como agradecería que dejara de preguntarme lo mismo cada que nos vemos en su consultorio para la cita de rigor.

Al mismo tiempo, me he encontrado rodeada de bebés, niñitos que recién caminan, o niñitos de unos cuatro o seis años. "No estaría mal", de pronto mi subconsciente me traiciona pensando que no estaría nada mal tener un hijo antes de los 30; pero la realidad siempre dice una cosa diferente.

Me acordé de San Román, y de cómo se ríe -si no es que hasta se indigna- cuando digo que una de las cosas buenas de no tener bebés es que uno no huele a pañal. A mi me causa mucha risa, y él sabe que no lo digo en serio, pero de todas formas a veces me hace esa carita suya de desaprobación, cuando quiere decirme que no debo juzgar a todos los bebés o a todas las jóvenes madres de igual manera.

No, no debo. Y sí, tiene razón. Y no, no lo digo en mala onda. Con o sin querer, supongo que toda madre termina oliendo un poco a pañal. Y también estoy consciente, de que quizá en unos años, yo también huela igual.

El tiempo siempre apremia. Tic-tac, tic-tac. No importa si es por un escrito que se tiene que entregar, si es por una cita a la que se tiene que acudir, si es para tomar un café por la mañana, si es para tomar una ducha en la noche, si es para decidir tener un hijo, si es para decidir enamorarte de algún chico, si es para regresar a la escuela a estudiar. No importa. Siempre nos alcanza. Siempre apremia. No hay plazo que no se cumpla.

Hablábamos la otra noche, de esta decisión de continuar con la evolución profesional, de actualizarse, de hacerse especialista en un área. Decíamos que está bien planear el futuro en el sentido profesional, pero que generalmente cuando eso sucede, la cuestión personal no avanza. ¿Qué va a a pasar -le decía-, si me dedico sólo a investigar sin importarme nada más, y luego me doy cuenta de que no formé una familia? Él me miró, me dijo que dejara de pensar, y que de cualquier forma, ya eramos todos una familia, sin importar que nuevos miembros vinieran o no a agregarse.

"Lo que sigue, Mariposa -el chico me decía mientras trataba de tranquilizarme-, es que no te presiones por lo que ni siquiera sabes si puede suceder. Y debes dejar de hacerle caso a las recomendaciones de tu doctora, de a ver cuándo viene el primer hijo". Y tiene razón. En el fondo el chico me conoce bien.

Creo que es normal sentir un poco de cosquilleo en las manos, al pensar que quizá el tren se puede ir, el tiempo puede seguir pasando, y uno sólo puede elegir una opción.

Pero como dice mi carnala Diseñadora de Modas, si el tren se fue, se puede tomar un avión o un autobús. Total, las corridas salen cada dos horas y durante toda la noche.

La freaky age llegará -ahora lo estoy comprendiendo-, cuando yo permita que llegue.

lunes, 22 de marzo de 2010

Domingo y primavera

Era muy temprano. El frío me despertó. A pesar de haberme quedado dormida vestida -otra vez-, ahora el frío se me metió por las plantas de los pies. Desconocí el lugar, desconocí la cama, a pesar de que había sido la cama de siempre, las sábanas blancas con flores azules, las cobijas amarilla y roja, la lámpara encendida en el buró del fondo.

Muerta de frío, me desperté y fui a buscarte. Y allí estabas, en el sillón que a veces olvido que ahí está. Estabas dormido, aún más de lo que estaba yo. Estabas respirando muy fuerte, con tu menudo cuerpo enroscado como si fueras un gato pequeño. Te miré, empujé tus piernas, me senté en el huequito que se hizo detrás de tus rodillas. Te miré, otra vez.

Intenté despertarte, pero no supe como. Seguí mirándote, comencé a olerte como si la que fuera un gato, ahora sea yo. Voltée hacia la ventana, miré el sol a través de la persiana, caí en la cuenta de que era domingo, y de que por fin había llegado la primavera.

Y te empujé, salió un quejido de tu garganta aún enronquecida, te hiciste a un lado, giraste, hiciste espacio, y me acosté junto a ti.

No importaba nada. Es primavera, era domingo, eras tu y era yo.

Era el sol a través de la persiana. Era de mañana, que por fin un domingo me puso feliz. Comencé a besarte, como debiera hacerlo cada que estoy contigo, como debiera ser todo el momento que pasa sin saberlo. Me sorprendí. Seguías dormido, pero querías estar despierto. Tenías los ojitos todavía cerrados, las pestañas pegadas, las manos giradas hacia el centro de tu pecho.

Desistí. Me fui. Me senté en la mesita de trabajo y prendí esta computadora. Comencé a leer, a escuchar la música que me arrulla, a escribir lo que en ese momento pasaba por mi cabeza. Y el gato que es de a de veras ocupó mi lugar en el sillón, volviste a girarte, volviste a respirar fuerte a través de esa garganta que a veces quiere albergarme.

Y lo volví a intentar. Me levanté y fui a donde la ventana, quité la persiana, me bañé de árboles atravesados por rayos de sol; de luz que a veces no quiero que llegue, de primavera que creo que ahora sí añoraba que viniera. Luego fui a donde tu. Volví a mirarte, y comencé a desabrochar los botones de tu camisa de rayitas negras.

No sé si despertaste. No sé si volví a dormir yo. Todo pasó, como pasa lentamente cuando estoy contigo. Olvidé la noche anterior, lo que habíamos hablado, lo que tu voz susurró junto a mi cuello. Olvidé mis letras, las canciones y mi pasado. Olvidé que estabas allí. Olvidé que quería seguir dormida.

Y algunas horas después, entonces sí desperté por completo. Sólo fue otra mañana de domingo. El invierno -y espero que el infierno también- por fin terminó, la primavera llegó con ese friecito a través de las palmas de mis manos, y otra estación comenzó en mi cuerpo.

Domingo de café por la mañana en un vaso de plástico. Domingo de manejar con el sol en todo su esplendor, con este calor que hace que Hans sea no sólo un auto de valores, sino de agradable sudor que también es insoportable. Domingo de chicas, como todos los del año que acaba de transcurrir. Domingo de mercadillo de Marruecos, de sonrisas con lentes de sol.

Domingo que me hizo feliz, quizá porque soñé contigo.