lunes, 14 de diciembre de 2009

Hubo una epidemia de tristeza en la ciudad.

Así como un adicto se rehabilita, ¿cómo le hace una persona que quiere rehabilitarse de la tristeza? Obviamente que con alguna terapia, un psicoanalista, medicamentos contra la depresión, algún ansiolítico quizá para poder dormir, y mucha disposición del paciente para salir adelante. También una persona triste necesita seguir los pasos de reinserción a la sociedad.
No sé por qué me siento tan mal, simplemente es una sensación que no puedo controlar. Quizá sea esta epidemia, que se está apoderando de mi Ciudad.

martes, 8 de diciembre de 2009

El mimo y yo

Se mató la calle con aquel detalle de dejarnos solos.
El rocanrol de los idiotas,
Joaquín Sabina.



La camiseta rayada.


Me llamó por ahí de las 16:30 para preguntarme los detalles de su vestuario. Pues de mimo, le respondí. No, me dijo, lo que pasa es que tengo varios personajes. Bueno pues traelos todos, le dije. Y llegó, casi una hora después, arrastrando dos maletas y cargando un portafolios en el hombro, con la cara a medio maquillar, de la nariz para abajo color blanco, y, efectivamente, vestido de mimo, con una camiseta rayada y un pantalón color negro.

Luego de presentarse, abrió la maleta grande para mostrarme todos sus personajes, y me hizo sonreír la sorpresa que me llevé al mirar que traía allí dentro dos sombreros, tres trajes, un esmoquin, su maquillaje y un violín. Aún con la cara a medias, me explicó cada uno de las figuras mientras intentaba decirle que la última plabra la tiene el director, y que yo sólo puedo hacer una que otra sugerencia.

Así, me parece que deberías desmaquillarte por completo, quedarte con lo de mimo e intentar una rutina de estatua viviente, me atreví a decirle. El director entonces le pidió el personaje color rojo, se fue de regreso al foro, y el mimo directo al baño para salir, de la manera más abstracta, vestido de escarlata.

Y me gusta mucho tu camiseta, sonreí mientras confesaba, yo quiero una igual. Si me dan el papel, sonrió igual que yo, te la regalo y te invito a comer, esto es un trato. Sonreí otra vez, y él arrastró su indumentaria hasta la salita, donde se preparó para terminar de pintarse el rostro completamente de blanco.

El chico tiene unos 30 y tantos años, mide poco más de 1.60 y es sorprendentemente simpático. Soy actor, me dijo, y fisicoterapeuta; pues yo no te digo cual es mi profesión, le respondí, porque no creerías qué es lo que hago aquí. Hice caso de mi propio consejo de no revelar que soy historiadora así como así, porque las personas no lo entienden o lo toman a mal. Y también porque a fin de cuentas, lo que menos me interesa es escuchar que no tengo nada que hacer trabajando con unos publicistas de televisión.

Al mismo tiempo de que todo esto sucedió, llegaron algunos personajes más, por lo que ya sumaban cinco. Se presentaron igualmente, y comenzaron a pasar en orden de arribo, para efectuar su rutina y buscar una oportunidad. Mientras, atendí a las chicas en bikini, a los chicos que venían a hacerle de bomberos, y a las mamás de los niños que por fin venían a celebrar.

¿Me regalas una mariposa?

Una amena reunión de repente se hizo en mi lugar. Vinieron conmigo dos directoras más, el chico de sistemas y el ingeniero. Nos reímos tanto, que tuvieron que pedirnos que guardáramos silencio. Hay ocasiones en que tenemos momentos muy amenos, y que no podemos hacer más que reír. Definitivamente las últimas semanas compartiendo con estos chicos, me han hecho mucho bien.

De lejos, sin tener éxito, intenté mirar al personaje color rojo que terminaba de ultimarse en la salita de estar. A punto de perder la paciencia, rota por mi curiosidad, me alejé de la reunión de mi escritorio y me acerqué a él. La diamantina me gusta mucho, me hace reír, le dije. Sonrió, igual que yo, y le dije que siempre quise que me pintaran una mariposa en el rostro. Pues la mariposa irá incluida, si me dan el papel, no sólo te regalo la camiseta rayada y te invito a comer, también te iluminaré la cara de mariposa. Y volvió a cerrar el trato. Reí, me sonrojé, le dije que me parecía maravilloso, y no pude hacer nada más que regresar a mi lugar, nerviosa justo como cuando le dicen a alguien un piropo que no se espera escuchar.

Al llegar su turno, me dejó encargadas las maletas y el portafolios. Por último, volvió a abrir aquella que era enorme, y sacó una chaqueta, el sombrero color negro y el violín blanco -magnífico violín, por cierto- y entró al foro. Al salir se fue directo al baño, con todo y maletas, para salir como si nada hubiera ocurrido, sin una gota de maquillaje y vestido nuevamente con la camiseta de rayas.

A doble o nada.

Y entonces, como si se hablara de las noticias en el desayuno, comenzó a conversar conmigo y me preguntó si tenía hijos, si tenía novio, y qué iba a hacer saliendo de la oficina. Volví a sonrojarme. Me dijo que tenía que ir a la inauguración de una exposición a Cuernavaca, y que se preguntaba si me gustaría acompañarlo. De entrada no supe qué responder, luego disimulé, y le dije que no era mala idea, pero que no sabía a qué hora saldría.

Oye, continuó, y el día ocho me voy al Caribe a hacer unas presentaciones, ¿de casualidad también quisieras acompañarme? Y no, bueno, allí verdaderamente que me quedé muda. No tengo ningún plan, deberás saber, de hecho no sé en dónde pasaré las fiestas, ¿y tu? Y fue cuando poco a poco comence a girar la conversación hacia su lado, para que él también contestara mis preguntas. Llegó su turno de decir que es soltero, que no tiene hijos y que el único plan, del día ocho hasta el próximo año, era estar trabajando en el Caribe. Pues no tengo nada, insistí, y tampoco tengo hijos que cuidar, ni novio que atender. Rió, y comenzó a gustarme mirarlo mientras me hablaba de frente.

Inténtalo, vamos, insistió, mira que si sales temprano podemos ir y venir a Cuernavaca sin problemas; me iré al coche a terminar de cambiarme, y avísame si puedes salir temprano. No lo sé, fue lo primero que se me ocurrió, será cosa de 40 minutos por muy pronto, tengo todavía que recibir a algunas personas y no sé si se le ofrecerá algo a mi jefe, terminé de decirle con un rotundo quizás. Avísame, vamos, toma mi teléfono y dime si sales temprano, te espero afuera, en mi coche, me insistió una vez más. Anoté, sin saber qué hacía, su número en un papel, y nos despedimos con la mano mientras él arrastraba sus maletas hacia la salida.

Me reí, nerviosa, y me hice la misma pregunta que me hago siempre en esta situación: ¿qué puedo perder? Por supuesto que no voy a salir a carretera con un perfecto desconocido, que encima, entró con la cara mitad blanca y mitad color piel, sin saber siquiera qué debía representar. Pero lo intenté, hablé con mis jefes y salí veinte minutos después.

Tu ibas camino de cualquier lugar.

Caminé a mi coche y quedamos de vernos en la gasolinera de Dr. Vértiz. Manejé, pedí el tanque lleno y una factura, y mientras ahí se hacía lo propio, el chico se orilló junto a mi coche para decirme que ya no daba tiempo de llegar a su exposición, lo que celebré porque yo no quería salir a carretera. Entonces me dijo que era mejor que se fuera a la reunión que tenía pendiente, porque le daba cargo de conciencia no asistir.

Salió la indiferencia que traigo dentro, y aunque no quise sonar así, le dije que estaba bien, que se fuera a su reunión y que entonces sería otra ocasión en la que continuaríamos nuestra charla. El señor de la gasolinera se acercó para darme mi cambio y la factura, hice cuentas, le agradecí, guardé todo en el bolso y me puse los guantes de piel.

El mimo, ahora vestido de jeans y con camisa negra, me dijo que mejor fuéramos a cenar a unos buenísimos tacos al carbón, que están en la glorieta donde convergen Dr. Vértiz y Cumbres de Maltrata. Me parece bien, te sigo, le dije mientras Hans sonrió haciendo ruido con el motor.

Nos estacionamos en fila, pasando Xola sobre Vértiz. Descendí envuelta en mi saco, la pañoleta y el maxiabrigo color gris. ¡Qué bárbara!, se sorprendió, ¿es que tienes mucho frío? Y si, le respondí, muero de frío casi siempre, todo el tiempo a todas horas, por eso tomo mis precauciones; y sólo así crucé las avenidas del brazo de un chico que parece no tenerle miedo a nada, o por lo menos no a los coches. Yo, aterrada como suelo estar al cruzar una calle, me enrosqué detrás de su menudo cuerpo, intentando creer que su camisa color negro lo hacía ser inmortal. Reímos, y celebré su audacia, mientras confesaba que atravesar avenidas a pie me pone mal.

La luna llena me iluminó el mechón cano como si quisiera deslumbrar al mimo. Nuestros dientes delataban el hambre que ocultábamos, y mis ojos comenzaron a brillar de más.

A mi se me moría una ciudad.

Llegamos a cenar unos tacos que me animaron a mantener una de las conversaciones más amenas e interesantes que he tenido en los últimos meses. Fue un poco de todo, de mi profesión, de la suya. Quiso saber mucho de mi, tanto que en un momento se me olvidó lo cansada que estaba. Verdaderamente cansada, y eso salió a relucir, justo cuando creí que nadie podía darse cuenta.

No me dejó pagar mi cena, la charla continuó, regresamos a su coche para que buscara la chamarra de piel. Piel sobre piel, como algunos saben que me fascina, pero en ese momento convenía no saber. Y nos vibramos bien, y el chico confesó que tampoco es fácil, y que le gusta sorprenderse con los encuentros que no espera vivir. Entonces llegó mi turno de platicarle esto que hago, esto que escribo que me hace sentirme feliz y tranquila, que me desahoga y que hace que mi pluma ensaye y vuele, y sueñe tanto como lo hacen mis pestañas debajo del cielo que casi se pone morado.

Para darle un ejemplo, le platiqué de las historias que escribo de mi Ciudad, y de que hay ocasiones en que una simple charla con un taxista, o ver un tigre en una banqueta de Insurgentes, me dan suficiente sustancia para continuar con mi labor. Me dijo entonces, que él sentía que esa noche veríamos a un chango, que todavía nos faltaba más por saber, que la noche aún no acababa, y que era momento de buscar un café.

Que disparate de partida de ajedrez.

Reímos más cuando mi móvil sonó con la canción Suspicious minds de Elvis Presley, lo que nos regalaría una feliz casualidad, cuando al pasar por el bar de la esquina, escuchamos la misma canción a todo volumen. ¿Ves lo que nos están regalando?, me preguntó. Y pensé, que dentro de todo el huracán en el que se han convertido mis últimas decisiones, la Ciudad me estaba regalando felicidad.

Encontramos, luego de caminar un rato platicando sobre su pasado, un café de chinos que no sabíamos que se encontraba allí. El café era tan bizarro como la misma noche que estábamos viviendo. Una casualidad nos llevó a otra, a cruzar avenidas, a escuchar a Elvis cuando no se espera hacerlo. A comer pan con nata cuando no se sabe que puede suceder, a que un chico viniera a regalarme una situación memorable que nunca imaginé.

Vimos al chango. Sorprendentemente un señor, con cara de primate, nos hizo gestos de estarnos escuchando desde el fondo del local. Yo perdí la noción del tiempo. A la hora del noticiero, los dueños del lugar subieron el volumen del televisor, y no tuvimos otra alternativa más que comenzar a hablar de las imágenes, no tan agradables, que nos obligaron a escuchar.

Algunas veces me da miedo tener noción del destino. De alguna forma creo en él, pero también sé que de uno depende el camino que comencemos a andar. Teníamos que conocernos, estoy segura y quiero pensar que así debió ser. El chico cuyo nombre de pila también corresponde a un personaje, se mareó, dijo que no podía verme fijamente porque mis ojos lo sobrepasaban. Tus ojazos no se pueden ver mucho tiempo, confesó. Le pedí que no fuera exagerado, y que siguiera contándome cómo es que uno puede llegar a una situación donde no existe punto de regreso. Siguió hablándome de frente, intentando mirar mis ojos mientras controlaba el giro del local. Intenté escucharle, pero mi mente ya había regresado al mes de julio del 2008.

De ti no se acordaba el verbo amar.

No cabía otra cosa, más que ser sincera. Confesé -y me liberó hacerlo- que su conversación me estaba haciendo comprender a mi última pareja; yo lo amé, continué casi sin aliento, tanto que le hubiera dado mi vida o por lo menos mis pulmones, y mis ojos para que pudiera volver a mirar como lo hacía cuando lo conocí.

Lo más extraño de todo, aún más que estar compartiendo con un mimo -cuya particularidad es que regularmente no hacen ningún ruido-, fue que nos entendimos como si nos conociéramos de años. Escuchó una a una todas las palabras que tenía que decir. Me sentí tan bien, que llegué al punto en el que deseé dejar de referirme al soltero tóxico como tal. Mi corazón y mi memoria, mi pasado sobre todo, se merecen ponerle otro nombre.

Esa noche nuestros pasados se desnudaron un poco, dejaron entrever lo bucaneros que fueron, lo fantásticos que hacen ahora a nuestras vidas, y los milagros que podemos hacer que sucedan.

Tuve que mirar el reloj, y reparé en que eran las 23 horas. Hubo más despedida de la que pude imaginar. Volvió a pagar la cuenta, nos reimos con los chicos del lugar, caminamos de regreso, sobre Cumbres de Maltrata hasta Vértiz. Nos dimos un abrazo, quise desearle feliz año nuevo pero no me dejó, prefirió decirme que estaba dispuesto a aplazar su viaje e invitarme a comer aún si no le daban el papel. Me debes una mariposa, le dije soltándole la mano, y caminé hacia Hans.

Tu no besabas para no soñar.

Mi coche color negro siguió al suyo color blanco, hasta que di vuelta en Uxmal para girar a la izquierda en La Morena. Luego, tomé Sánchez Azcona, la que algunos kilómetros después me llevarían directo a Río San Joaquín, para poder seguir por la ruta de Periférico Norte.

Llegué a casa arañando la media noche. Mi madre disfrutó inverntarse que seguramente soy amante del Rey Sol. No quise responder. Tampoco tuve fuerzas para volver a llorar. Y ella ya no puede asimilar, la ofensa que me provoca cuando me dice esas cosas. Ni se imagina con quién compartí la noche. No se merece saber.

De todos los encuentros que he tenido, por mucho este ha sido uno de los mejores. Gran personaje, buen chico, buena charla, bien el frío, mejor mis carcajadas. Verdaderamente que me sentí feliz. Nunca antes había conocido a un mimo, nunca antes habían confiado tanto en mi, en tan poco tiempo de conocerme. Fue una gran cita, y otra vez fue casualidad.

Y mi futuro con pan duro en el cajón.

Dormí mejor de lo que pensé que podía dormir. Soñé con él, con su pelo negro y su sonrisa blanca. Soñé que lo volvía a ver, y que lo acompañaba a una fiesta donde él vestía de Peter Pan y yo de Mariposa. Y hoy, que por fin pude hilar esta historia, y que no sé si es factible que la Ciudad nos regale un segundo encuentro, prefiero quedarme con la certeza de que de vez en cuando es lindo creer que la química existe, que se puede convertir en deseo; que los corazones todavía buscan tener parte.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Estimado Andrés Neuman:

No es que haya sido predecible, pero pude adivinar que Hans instaría a Sophie a publicar y que la invitaría a traducir con él. Me gusta adivinar historias.

Ahora entiendo lo de la gran manivela, me gusta el término, me gusta el sentido de la palabra "manivela". Además, le he dado mis propias connotaciones aún cuando esto de la manivela maestra de los sueños me parece perfecta.

Mi estimado Andrés, me senté aquí a escribir con tantas ideas sobre tu libro, y ahora mi mente se ha quedado en blanco. Me gustaría ser capaz de explicarte lo útil que me ha sido leerte en esta etapa de mi vida. Me gustaría poder tener las palabras exactas para hacerme entender, para decirte por qué me gustan ahora las historias de amantes, de los amores infinitos que siguen viviendo aunque se sepa que van a tener fin, de los amores adúlteros en vez de los platónicos.

De todo lo que quisiera rescatar de la novela, me quedo por el momento con el erotismo que envuelve a la historia y a los personajes. De un tiempo a esta parte, se han comenzado a escribir historias íntimas, porque antes las figuras no tenían puertas cerradas, no se sabía qué era lo que hacían cuando se iban de los lugares o dejaban de ser públicas; o a propósito, se evitaba hablar de ello para que el lector pudiera imaginarlo. Pero los personajes de tu novela sienten y aman, y me han retratado maravillosamente la vida cotidiana de la mayoría de los lugares de la Europa del siglo XIX.

¿Sabes qué descubrí ayer? Que el lugar social de enunciación de El viajero del siglo no es constante. Y si no fue tu intención, pues ahora debes saber que existe una lectora que se hace llamar Mariposa Tecknicolor, que encontró tiempos que no se cuentan en años, estaciones del año que no duran sólo tres meses, y meses que pudieran parecer años.

Me di cuenta que el tiempo que parece haber transcurrido en la novela, por lo menos hasta la mitad del capítulo "La gran manivela", no es real. No se mide como los personajes lo viven, me parece que el tiempo que los rodea es mucho más largo. Me llevó a pensar, esta conversación que tienen en el café Álvaro y Hans, cuando el primero regresó de Londres, que aún cuando la historia en Wandernburgo va en el verano, a punto de que se cumpla un año de que Hans llegó a la ciudad, en realidad han sido muchos. El tiempo histórico que ha transcurrido en el resto del mundo, es el real, no el que ellos viven.

Quizá por eso la preocupación de Álvaro al regresar, para saber si Hans sigue allí, si las cosas siguen transcurriendo como suelen hacerlo, y si las personas siguen siendo las mismas. La ciudad sabemos que no, que ella cambia, que ella los pierde y los vuelve a encontrar. Los abraza y los detiene, y después les insiste en partir.

Mi querido Andrés, ojalá alguien pudiera verme devorar la novela mientras viajo en Metro, mientras revivo los tiempos muertos en mi oficina, mientras llego a leerla tirada en el sillón blanco de mi habitación.

Hoy en la mañana, pasé la parte en la que Sophie se encuentra con Hans cuando tiene el período. Aún cuando no me consta que las cosas hayan sido así para las chicas de esa época, me deleité sabiendo que esta historia está escrita por un varón, y pareciera que es una mujer quien la explica. La mayor parte de las veces que se hace alusión a este tema, suelen ser opiniones un tanto machistas las que imperan. En cambio, me sentí identificada un poco con las reflexiones de Sophie, con que es una lucha entre la conciencia y la ley de la naturaleza; con que no se puede rechazar lo que de entrada nos hace ser lo que somos.

Y luego la escena en la que ella confiesa que no siente tener madera de madre, qué maravilla. No sé si todos los hombres pensarían lo que Hans piensa de ella, pero al identificarse el uno con el otro de esa manera, es lo que los hace ser eternos, inmutables y profundamente sinceros.

Por mucho, y como te darás cuenta, he estado muy feliz de seguirte leyendo estas últimas semanas.

"Al principio nada lo atrajo tanto ni lo impresionó tan poderosamente", leyó Sophie en voz alta, "como la percepción de que Lucinde era de similar o igual carácter y espíritu que él; ahora cada día descubría nuevas diferencias. Pero incluso estas diferencias se basaban en una igualdad más profunda, y cuanto más ricamente se desarrollaba la personalidad de ambos, más polifacética y emocionante se volvía su unión". ¿Ves?, para mí este es uno de los pasajes más importantes de la novela. Y qué lejos de eso estamos todavía, ¿te imaginas una legión de narradores pensando en sus propios cambios porque las mujeres que aman han cambiado? ¿Y qué me dices de esto?, dijo Hans, mira, aquí, cuando él se compara con los amantes que se sienten ajenos al mundo, separados de todo porque se aman, y dice: "No así nosotros. Todo lo que amábamos antes, lo amamos más. El sentido del mundo se nos ha abierto", para mí esa visión es admirable, el amor no como huida sino como llegada al mundo, como forma de conocerlo. Eso quiere decir que una sociedad nueva empezaría por reinventar el amor. Muy cierto, dijo Sophie, aunque Schlegel también tiene sus contradicciones, acuérdate del capítulo que leímos hace un rato, ¿a ver?, creo que en este, hubo algo, espera, que me chocó bastante, y no me refiero a las tonterías de la mujer como el más puro de los seres y esas cosas, eso ya ni lo menciono, ah, aquí: "Cuanto más elevado es alguien, más semejante se vuelve a una planta, la más moral y hermosa de todas las formas de la naturaleza", eso. Más bien se trataría de todo lo contrario, ¿no?, de cuestionar las raíces, de oponernos a la supuesta naturaleza de las cosas, a veces por ejemplo, una mujer necesita desobedecer a la naturaleza para crecer. Además las plantas también evolucionan, se adaptan al terreno, cambian de necesidades, como las personas.
p. 376, Neuman, Andrés, El viajero del siglo, México, Santillana Ediciones Generales, 2009, 533 p.
Por fin he logrado saber el amor de otra forma.

Gracias.

Hasta pronto,
Mariposa Tecknicolor.


El amor sirvió de algo

Tras la separación, luego de muchos meses, sigo deshaciéndome de las cosas que no me interesan más. Hoy vi muchas fotos de él, fotos que no buscaba pero me encontraron. No se ve tan mal, los besos que nos dábamos parecen reales, nos veíamos bien. Sorprendentemente no sentí nada.

Hay cosas que por automático he tirado o regalado, vendí unas monedas la semana pasada, esas sí me estorbaban y me sacaron de algunos apuros, y confieso que hay cosas que no pienso regalar jamás. Un regalo de ellos, que me hace feliz todos los días y se ha vuelto la mejor de mis compañías, es mi gato. A él no lo voy a regalar por supuesto, no me puedo deshacer de él, y es irónico que haya sido un regalo del soltero tóxico. Ya lo había olvidado, y hace rato que llegué al sillón a leer y que vino a echarse en mi barriga para acompañarme, comprendí que sin mi pasado él no estaría conmigo.

Vaya ironía. Vaya vueltas que da la vida.

Olvidé el perfume Armand Basi y lo acabo de encontrar. Olvidé que debí olvidar, y entonces todo ha ido apareciendo. El espejo de su abuela todavía decora mi tocador, y no tengo intención alguna de deshacerme de él, me lo dio la señora y lo conservo con cariño. Pobres abuelas. No es la primera vez que sé que en la abuela de la familia, recae la razón de todos los integrantes. Una vez la señora me llamó por teléfono para pedirme que lo disculpara, que él me quería muchísimo, y que también disculpara a su hija, la madre de él, porque no sabía lo que hacía. Siendo sincera no sé si los disculpé, pero aquella noche el chico tóxico llegó a cenar a mi casa, con mi familia, a sentarse en un lugar de mi mesa. Puros errores cometidos una sola vez, porque como siempre eran nuevos, ni siquiera se podía tener la precaución de no volverlos a cometer.

Antes me daba mucha vergüenza platicar de estas cosas, recordar mis lágrimas sin razón, su llanto -fingido o no, no lo sabré nunca- pidiéndome disculpas, los desplantes y la mala educación de su madre. Más que tristeza, lo que sentía era una enorme cruda moral que con el paso del tiempo y con el ejercicio de deshacerme de los recuerdos que me estorbaban la memoria, se me ha ido quitando.

Y el viernes hice un gran ejercicio: al platicar con un perfecto extraño de las cosas que no platico con nadie más, me di cuenta de que no todo es pecado, y que de alguna forma el amor sí sirvió de algo.

Ahora, en retrospectiva, me doy cuenta de que las personas no cambian, que es increíble que a pesar de tener un gran intelecto, muchas veces no se esfuerzan por ser mejores aún. Y es difícil, porque entonces me pregunto también si yo he cambiado, si se nota el esfuerzo que hago para ser mejor chica, para tener mejor preparación, para conversar con ganas cuando cambia el tema mi interlocutor. No lo sé, quizá alguien tenga que venir a decírmelo.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Regresas para recordarme

Y vuelves, apareces, justo cuando te he borrado de todas mis memorias, de todos mis recuerdos; justo cuando pienso que no puedes volver más, que no regresarás de tus lugares, de tu tierra adentro, de tus papeles y oficios, de tus polvos occisos. Vuelves, y lo haces cuando me he sentido bien, cuando he tenido noticias tuyas a través de la tercera que compartimos, a través del periódico que me contó que hiciste tu presentación, a través del cartel de la Facultad que me explicó tu próxima investigación.

Y regresas, para escribirme magníficas cartas, para decirme cosas sorprendentes, para desearme feliz mañana a las 11:59, a punto de que entre el mediodía.

No sé si lo sepas, pero esta época me cuesta mucho trabajo. Y pinta para que no ocurran cambios. El invierno viene muy frío, y quizá tenga que bajar al infierno un poco. Me pregunté, luego de leerte y de escucharte por el móvil, si todavía sentía algo. No lo sé, no sé si me mueves, no sé si mi corazón late por tus palabras. Pero estoy segura de que me hiciste el día, de que estoy contenta, y de que no he parado de sonreír.

Regresas para recordarme que valgo la pena. Gracias.

martes, 1 de diciembre de 2009

El principio del fin

Hoy es primero de diciembre y desperté envuelta en las cobijas, con la sábana entre las piernas, muerta de frío y con mucha flojera. Me arreglé y tomé café con el Rey Sol. Hacía casi un mes que no nos veíamos, así que intentamos ponernos al corriente en el poquito tiempo que tuvimos para el desayuno.

Parece que en general le va bien, con algunos problemillas como es normal, pero el año pinta para terminarse normalmente. Yo, en cambio, al leer el titular del periódico que traíamos en las manos, le dije "primero de diciembre, por fin, es el principio del fin". ¿Del fin de año?, preguntó, no, el principio del fin de la pesadilla de terror, le respondí.

El 2009 fue verdaderamente cruel conmigo. Desde enero, las presiones y las desventuras no dejaron de llegar. Por ahí de mayo-julio, se detuvieron y me llegaron buenas noticias, buenos dictámenes y propuestas. Me dediqué a terminar mi texto, a pulirlo, a comenzar trámites para que todo fluyera como debía ser, y todo continuó sorprendentemente fácil.

Luego, septiembre, me recordó que seguía siendo 2009. Hice otra inversión que me ha dado estabilidad, pero eso de los movimientos de dineros todavía no se me da, porque en todo el año no logré los ingresos ni la liquidez que tuve en el 2008. Mateo vino a hacerme reír como loca y a llevarme al cine todas las veces que quise, pasamos maravillosas tardes en su departamento, y compartimos muchos desayunos en los que no era ni siquiera necesario que nos dirigiéramos la palabra, nos entendimos muy bien, hasta que se acabó la felicidad de los dos meses.

Así, todo se acaba, todo vuelve a empezar, y mi Fidel se fue llevándose un pedazo de mi corazón, a esperarme en la orilla del río, para cruzarlo juntos, camino al Mictlan. Y aunque sé que nos vamos a encontrar en algún tiempo, en lo que eso sucede, yo todavía no me repongo a que haya muerto como murió. La vergüenza y la tristeza, ahora me estan llenando de indiferencia. Sigo muy deprimida, e intentando averiguar por qué; creo que la razón es que Fidel haya muerto debido a una agresión física, dentro de mi propia casa. Nunca antes había estado en una situación similar, y supongo que es por eso que no lo sé manejar.

Que el año se acabe ya, por favor. Nuevas cosas vienen en camino, próximos encuentros vienen para mi; trámites que se terminan, personas que se quedarán acá y otras, espero que no vuelvan más. Recuerdos que se me olvidarán, calles que no volveré a caminar, espaldas que no volveré a mirar, besos que no tendré que dar.

Amor que viene a mi vida, compañías para desayunar que no me quieren abandonar, cuentas que se comienzan a saldar, amigas mías que no quiero extrañar.

La cuenta regresiva comienza, es oficial. Sólo faltan 31 días y aún me faltan dos. Hay tres de cinco, y los últimos dos me quieren matar. Venga, venga, que el 2010 me trae buena estrella.

JURAMENTO DE AUTOESTIMA

Venga, reconócelo Mariposa Tecknicolor, sin contar con tu hombre ideal, eres lo mejor que hay en la tierra. Es verdad que a veces te deprimes y no quieres hacer nada porque nada vale la pena, pero también hay que reconocer que el resto de las veces eres muy optimista, perfeccionista y dedicada. Nadie sabe investigar Historia como tu. Si ya lo dicen tus amigos, eres ejemplo de constancia y de buenos sentimientos. Por eso, a partir de hoy vas a dejar de torturarte por no tener pareja ni el trabajo de tus sueños, y comenzarás a quererte por ser responsable, persistente e inteligente. Y si alguien llega y te dice que eres una persona equivocada, dile que puede coger y largarse a la chingada.