Los planes que mejor salen, son los que no se planean. San Román y yo habíamos planeado un viaje por más de tres años, y no se había dado la oportunidad; pero la semana pasada, sin pensarlo más, me dijo "¿cuando me vas a cocinar? ¿Cuando voy a probar esas cosas tan ricas que preparas?" Y yo, pidiéndole que no exagerara, le respondí que sin ningún pretexto, ni celebración en puerta, podíamos organizar una comida en donde el menú lo escogiera él solito. De inmediato dijo que enchiladas verdes, y que me invitaba en ese momento, a su casa de Cuernavaca.
"Ok, pero son casi la una de la mañana, ya estaba dormida, no fui al bar con los chicos de mi trabajo porque moría de sueño", le respondí, así que luego de una corta negociación, quedó de pasar por mi al día siguiente, en punto de las ocho de la mañana.
Todo fue una calamidad, como suele suceder cuando se sale conmigo, o cuando se sale con un par de distraídos como San Román y Yo. Que si el tanque de la gasolina, que si las casetas, que si nos faltó la factura, que si me iba a quedar dormida y lo iba a dejar hablando solo mientras manejaba, que si la calcomanía de la tarjeta IAVE no estaba bien pegada; que si estábamos seguros siquiera, de tener la maldita tarjeta contratada.
En fin, ¿qué te digo? Que fue una salida fabulosa, una carretera despejada luego de las arterias atascadas de esta contaminada Ciudad. Que Temixco nos recibió soleado, con un airecillo frío que me hizo usar un suéter, con un mercado de antojitos que nos hizo comer de más. Con una tiendita en la esquina de la casa, que nos permitió abastecernos para beber casi toda la noche.
Y hablamos mucho, de muchas cosas. Una de las cosas que más me gusta de la compañía de San Román, es que no se nos termina el tema de conversación. Podemos hablar de actitudes subversivas, de política, de las profesiones, de los tiempos pasados, de nuestras amistades, de las experiencias horribles, de los buenos momentos.
Me complació haciendo sonar los tres discos que llevé para ambientarnos, ¿qué mas podía ser si no El amor después del amor, La lengua popular y Vinagre y rosas? Y aún cuando las opciones eran infinitas, opté por los tres álbumes que mejor me han puesto los últimos meses, de mis autores predilectos.
Cociné, el arroz blanco que durante tantos meses se saboreó, las enchiladas verdes que no podía creer. Me ayudó con lo que pudo. Comimos helado de nuez y de café. Bebimos, reímos. Lo pasamos muy bien. Hablábamos sobre el ritmo de vida de intelectuales, de que si es posible que una pareja lo soporte. Y de pronto me vi allí, sola, pero muy bien acompañada. ¿Qué pasaría cuando el viaje terminara? A sacarle la lengua al domingo, como es ya costumbre, porque la maldita resaca que nos dio, también nos regaló material para no querer que fuera más domingo, ni bajo el sol, ni a un lado de la alberca, ni de noche de regreso.
Y nunca, a pesar de llevar mucho tiempo dedicándome a transmitir a través de palabras y frases, me había puesto a pensar tan concienzudamente cómo un par de pastillas pueden mejorar cualquiera de los estados. Que si es depresión, que si es una pérdida de las cuentas, que si es un dolor de cabeza, que si es una resaca marca diablo, que si es un dolor de rodillas, que si es que se quiere dormir más de dos días. No sólo me refería a las pastillas para ser feliz o para no llorar, también hablamos sobre las Pastillas para no soñar. Unas pastillas que te sacasen de una preocupación, que evitasen que llegaras al Hospital del amor.
Algunas pastillas sin orden farmacológica, que te regale una amiga cercana, o una chica que no sabe en qué contexto de la Historia las usarás.
Gran pregunta la que me hizo la Diseñadora de Modas, de que qué tanto tengo de música o de escritora. Pregunta que no supe responder. Quizá con conocernos baste, para saber el camino que se pudo escoger.
Y tampoco, a pesar de mis costumbres de años, había bebido escuchando a Los Beatles. Y bajo ese maravilloso contexto, también hablamos sobre los animales, sobre las plantas, sobre qué va a pasar cuando ya no estemos más. Si mi gato fuera planta, les decía, sería un bonsai, y cuando la luna cambia de fase, como todo lo que tiene vida, mi gato también se pone a maullar sin parar. Poco me falta, les decía una vez más, para que yo me suba también a los tejados, a buscar a ese par de ojos que ahora me está haciendo escribir de más.
Y de todas las familias que uno puede tener, o que se pueden crear, ésta familia me gusta tal como es. Aún cuando me falta leer el libro que se llama Mi familia y otros animales, ésta es la familia que no cambiaría por nada.
Y así terminaba la noche, y así nos llegó a cubrir la luz del sol. Pudiera ser que algunas palabras hubiesen estado de sobra, que algunas hubiesen faltado, pero ese par de días nos dieron suficiente combustible para volver a la realidad de la trincadez de la vida de la Ciudad.
San Román se cabeceó un par de veces manejando en la carretera. Yo venía completamente rendida en el asiento de adelante. El congestionamiento que provoca que los autos vayan a menos de 60 kilómetros por hora, definitivamente nos hace hacer cosas que no imaginamos.
Y se quedó con eso, con la respuesta que no le pude dar, cuando él me preguntó si alguna vez algún chico había tolerado que me sentara a escribir por horas y horas, concentrada en mi trabajo, en mi lectura, en mis periódicos de años, sin hacer más caso a lo que pasara a mi alrededor. Repito, no supe responder. En el fondo quisiera saber que sí, que han sabido comprenderlo. Pero vuelvo a lo mismo: cuando una investigación se termina, debería seguir los pasos que sigue un preso al salir de la cárcel para reinsertarse a la sociedad.
Quizá así no tendría estas reacciones un tanto sorpresivas, cuando alguien intenta curiosear frente al borrador eterno que siempre traigo en el bolso. Todo se puede leer, le argumentaba, el chiste es que no me acostumbro a que de pronto alguien sienta interés por lo que mi mente traza a través de mis dedos, y se queda fijado con tinta azul.
Días de cocinar, de volver a lo que aprendí desde niña. Domingo de resaca, que en el fondo no quise odiar, que intenté disfrutar mientras me asoleaba. Noches de juerga, de barajas hasta el amanecer, de canciones que me recuerdan a mi hermana, de confesiones que no nos atrevíamos a hacer. Mañanas de comer guisados que no son nuestros, de trabajo de San Román mientras lo espero en el centro comercial. Ciudad que me presta ciudades más pequeñas, que al regresar nos deja atravesarla por las vías libres, y de paso, darnos una escapada para cenar. Días de festejos, de que no se nos terminan los éxitos para celebrar.
"Ok, pero son casi la una de la mañana, ya estaba dormida, no fui al bar con los chicos de mi trabajo porque moría de sueño", le respondí, así que luego de una corta negociación, quedó de pasar por mi al día siguiente, en punto de las ocho de la mañana.
Todo fue una calamidad, como suele suceder cuando se sale conmigo, o cuando se sale con un par de distraídos como San Román y Yo. Que si el tanque de la gasolina, que si las casetas, que si nos faltó la factura, que si me iba a quedar dormida y lo iba a dejar hablando solo mientras manejaba, que si la calcomanía de la tarjeta IAVE no estaba bien pegada; que si estábamos seguros siquiera, de tener la maldita tarjeta contratada.
En fin, ¿qué te digo? Que fue una salida fabulosa, una carretera despejada luego de las arterias atascadas de esta contaminada Ciudad. Que Temixco nos recibió soleado, con un airecillo frío que me hizo usar un suéter, con un mercado de antojitos que nos hizo comer de más. Con una tiendita en la esquina de la casa, que nos permitió abastecernos para beber casi toda la noche.
Y hablamos mucho, de muchas cosas. Una de las cosas que más me gusta de la compañía de San Román, es que no se nos termina el tema de conversación. Podemos hablar de actitudes subversivas, de política, de las profesiones, de los tiempos pasados, de nuestras amistades, de las experiencias horribles, de los buenos momentos.
Me complació haciendo sonar los tres discos que llevé para ambientarnos, ¿qué mas podía ser si no El amor después del amor, La lengua popular y Vinagre y rosas? Y aún cuando las opciones eran infinitas, opté por los tres álbumes que mejor me han puesto los últimos meses, de mis autores predilectos.
Cociné, el arroz blanco que durante tantos meses se saboreó, las enchiladas verdes que no podía creer. Me ayudó con lo que pudo. Comimos helado de nuez y de café. Bebimos, reímos. Lo pasamos muy bien. Hablábamos sobre el ritmo de vida de intelectuales, de que si es posible que una pareja lo soporte. Y de pronto me vi allí, sola, pero muy bien acompañada. ¿Qué pasaría cuando el viaje terminara? A sacarle la lengua al domingo, como es ya costumbre, porque la maldita resaca que nos dio, también nos regaló material para no querer que fuera más domingo, ni bajo el sol, ni a un lado de la alberca, ni de noche de regreso.
Y nunca, a pesar de llevar mucho tiempo dedicándome a transmitir a través de palabras y frases, me había puesto a pensar tan concienzudamente cómo un par de pastillas pueden mejorar cualquiera de los estados. Que si es depresión, que si es una pérdida de las cuentas, que si es un dolor de cabeza, que si es una resaca marca diablo, que si es un dolor de rodillas, que si es que se quiere dormir más de dos días. No sólo me refería a las pastillas para ser feliz o para no llorar, también hablamos sobre las Pastillas para no soñar. Unas pastillas que te sacasen de una preocupación, que evitasen que llegaras al Hospital del amor.
Algunas pastillas sin orden farmacológica, que te regale una amiga cercana, o una chica que no sabe en qué contexto de la Historia las usarás.
Gran pregunta la que me hizo la Diseñadora de Modas, de que qué tanto tengo de música o de escritora. Pregunta que no supe responder. Quizá con conocernos baste, para saber el camino que se pudo escoger.
Y tampoco, a pesar de mis costumbres de años, había bebido escuchando a Los Beatles. Y bajo ese maravilloso contexto, también hablamos sobre los animales, sobre las plantas, sobre qué va a pasar cuando ya no estemos más. Si mi gato fuera planta, les decía, sería un bonsai, y cuando la luna cambia de fase, como todo lo que tiene vida, mi gato también se pone a maullar sin parar. Poco me falta, les decía una vez más, para que yo me suba también a los tejados, a buscar a ese par de ojos que ahora me está haciendo escribir de más.
Y de todas las familias que uno puede tener, o que se pueden crear, ésta familia me gusta tal como es. Aún cuando me falta leer el libro que se llama Mi familia y otros animales, ésta es la familia que no cambiaría por nada.
Y así terminaba la noche, y así nos llegó a cubrir la luz del sol. Pudiera ser que algunas palabras hubiesen estado de sobra, que algunas hubiesen faltado, pero ese par de días nos dieron suficiente combustible para volver a la realidad de la trincadez de la vida de la Ciudad.
San Román se cabeceó un par de veces manejando en la carretera. Yo venía completamente rendida en el asiento de adelante. El congestionamiento que provoca que los autos vayan a menos de 60 kilómetros por hora, definitivamente nos hace hacer cosas que no imaginamos.
Y se quedó con eso, con la respuesta que no le pude dar, cuando él me preguntó si alguna vez algún chico había tolerado que me sentara a escribir por horas y horas, concentrada en mi trabajo, en mi lectura, en mis periódicos de años, sin hacer más caso a lo que pasara a mi alrededor. Repito, no supe responder. En el fondo quisiera saber que sí, que han sabido comprenderlo. Pero vuelvo a lo mismo: cuando una investigación se termina, debería seguir los pasos que sigue un preso al salir de la cárcel para reinsertarse a la sociedad.
Quizá así no tendría estas reacciones un tanto sorpresivas, cuando alguien intenta curiosear frente al borrador eterno que siempre traigo en el bolso. Todo se puede leer, le argumentaba, el chiste es que no me acostumbro a que de pronto alguien sienta interés por lo que mi mente traza a través de mis dedos, y se queda fijado con tinta azul.
Días de cocinar, de volver a lo que aprendí desde niña. Domingo de resaca, que en el fondo no quise odiar, que intenté disfrutar mientras me asoleaba. Noches de juerga, de barajas hasta el amanecer, de canciones que me recuerdan a mi hermana, de confesiones que no nos atrevíamos a hacer. Mañanas de comer guisados que no son nuestros, de trabajo de San Román mientras lo espero en el centro comercial. Ciudad que me presta ciudades más pequeñas, que al regresar nos deja atravesarla por las vías libres, y de paso, darnos una escapada para cenar. Días de festejos, de que no se nos terminan los éxitos para celebrar.
1 comentario:
Y de esos días, querida Mariposa, está hecha la felicidad. Se me antojaron las enchiladas y la noche con larga plática y tragos que parece que durarán para siempre y Fito, Joaquín y los Beatles de compañía.
Un abrazo,
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