domingo, 7 de marzo de 2010

57 kilos

De regreso a la Facultad de Filosofía y Letras, a empujones en el Metrobús, al calor insoportable. De regreso con el sol en la cara, tomando un taxi que me llevó increíblemente rápido a la puerta de la Biblioteca Central, con otro de regreso que me llevó toreando semáforos en rojo, a la puerta de la oficina.

De regreso a perderme por las escaleras y por los pasillos que ya no me acordaba como eran. Con ese olor característico a libros, a gente caminando por todos lados, a perfumes e inciensos, a aromas lejanos, ajenos, de la Ciudad, de tierra adentro. De regreso a leer en el pizarrón del salón 304, que me esperaban en la sala de maestros o en el cubículo de frente. A seguir corriendo. A seguirle con esta guerra en contra del tiempo.

De regreso a no querer encontrármelo de frente. A este miedo que creí que ya se había ido, pero que regresa cuando es real la posibilidad de volver a ver al soltero tóxico cuando no quiero hacerlo. De pronto, entre mis prisas y toda esta corretiza, me acuerdo que estoy vestida con un traje que él no conoce. Que hace mucho que no me mira. Que por más que pueda acordarse de mi, o yo de él, quizá no podamos reconocernos más. Este, mi traje de 57 kilos, incluye también una sonrisa diferente y un desenfado de estreno, que se mira luego luego al andar.

Todo salió bien. Logré reunirme en el siguiente salón, luego de que no se pudo en el cubículo de siempre. Platicamos. Nos reímos. Nos pusimos al corriente en la documentación y en la vida de la Academia que poco a poco me coquetea para regresar a ella.

A correr, otra vez. Recordando que no siempre reciben de mis decisiones lo que esperan. Recordando la tristeza o el desencanto que me llevo al ver la cara de las personas que no me comprenden. La histeria de mi padre, las incongruencias en las opiniones de mi madre, las presiones de ambos. Que consiga otro empleo, que sea otra persona, la que ellos quieren que sea. Que viva la vida que ellos hubieran querido. Que no vaya o no haga lo que ellos no hubieran hecho.

Que si el pelo está bien largo, que si debería ser mejor completamente negro. Que si se maneja de un modo, que si se bebe de otro. Que si duermo mucho, que si tengo ojeras por no dormir nada. Que si me estoy desperdiciando, que si mi carrera no ha servido para otra cosa. Que por qué sigo soltera, que por qué no logro salir con el chico que ellos quieren, que por qué no salgo digamos que con cualquiera, que por qué no regreso con el ex novio de la preparatoria. Que por qué intenté formar un hogar hace unos veinte meses, que por qué no pudo fructificar.

Que porque no entienden cómo es cuando me enamoro, que porque no saben cómo es cuando tomo una decisión.

Y es bien simple, o para mi parece que lo es. Las respuestas están visibles en mi persona, en la manera en la que hago las cosas. Basta un poco de atención. Mi vida no es una extensión de la suya, mis decisiones no son suyas, mi carrera no es la que ellos hicieron, mi familia no es la que ellos me dieron, y me parece que deberían preocuparse en vivir sus vidas, en lugar de las vidas de los demás.

Así soy, les guste o no. Con todo y mis 57 kilos, y lo que eso conlleva, voy a seguir adelante con mis decisiones, con mis planes, con mis proyectos.

No me gusta tener estas reacciones, a veces me desconozco, me siento mal por decir algo que pienso que no debo decir. Pero las cosas son como son, y lo que parece es, como decía mi maestra de Historia del Arte. No se puede tapar el sol con un dedo, eso hasta yo lo sé.

Brillante, casi amarillo.

Luego, en la habitación, todo parecía ser tan brillante como siempre. Tu, yo, nuestros pies desnudos sobre el piso de madera. Tu respiración que marca los latidos de mi corazón. Mi corazón, que recoge a tu cabeza, y te lleva poco a poco a que te quedes dormido.

Todo es como siempre, como debería ser, brillante, casi amarillo. Tu piel se ve del color de mi piel, bajo el agua la mía siempre es más obscura. Tus dedos se entrelazan con los míos; cuando están mojados prefieren hacer sonrisas de otra manera.

El tiempo, esta maravilla que a veces me vuelve loca, por fin se detiene. Y se detuvo, puedo asegurar que así fue. Se detuvo, una vez más, sobre ti y sobre mi, sobre esta mancuerna perfecta que se crea bajo el cielo estrellado, bajo el cielo que se pierde cuando comienza el mar.

Intento dormir, y lo voy a lograr. La luz de pronto me va a despertar, y (por favor) espero que todo siga siendo tan brillante como siempre. Que si no viene de pronto el color amarillo a mi mente, a que tiemblen mis piernas, espero que sea color azul, de este magnífico azul que a veces me contagian tus labios y tu sonrisa.

viernes, 5 de marzo de 2010

Todo sabrá bien.

Saber que se convirtió en una realidad que mis cientos de listas pendientes se están acabando, me hace la mujer más feliz del mundo.

Todavía quedan algunas listas por pagar, cuentas que saldar, líneas que escribir y párrafos que firmar. Sin embargo, lo más importante y lo que era más urgente, ha quedado saldado.

Me falta perfilar algunas rutas en la Ciudad, mirar algunas obras de arte, besarle los labios por horas y horas al chico que vive en la calle que lleva mi profesión por nombre, terminar un proyecto posfechado, para terminar los pendientes de los estudios que van a continuar; extender mi CV según mis últimas actualizaciones y las últimas páginas escritas.

Me falta buscar la revista Proceso del 27 de abril de 1997. De hecho, ya casi no puedo recordar para qué. No sabía que la primavera puede durar sólo un segundo, y que esta que viene pinta para durar un poquito más.

Me falta leer los libros que recién me regalaron, el libro del que pidieron mi opinión, buscar en mis archivos los textos de cuando escribí poesía, y quisiera seguir leyendo a Andrés Neuman. Me falta arreglarle unas cuantas cosas a Hans. Me falta creerme un rato, que en muy poco tiempo, por fin todo sabrá bien.

martes, 2 de marzo de 2010

La mirada desde la República de Babel

Más que agradecida, estoy encida de orgullo y de alegría, por las letras de un gran amigo, que se hace llamar Presidente de esta Nueva República de la que formo parte del Consejo de Gobierno.

Mucho he querido escribir sobre él, pero siempre se me olvida, y termino vomitándoselo todo en un corriente correo electrónico, en el que siempre termino con la misma frase: "tus palabras son como un oasis en el desierto de mis angustias y preocupaciones".

En diversas ocasiones se ha inspirado en mi para algunos de sus escritos. La mayor parte de las ocasiones, me dedica en manuscrita, casi todos sus poemas publicados.

¿Qué más le puedo pedir a la vida? Que me siga dando muchos buenos momentos de su compañía, de sus consejos, de la magnífica convivencia que tuvimos en el Programa de Investigación de la Facultad. A veces lo extraño tanto... que siento que va a venir a hacerme reír con sus pseudónimos de los lugares, de las oficinas, de las personas que nos rodean que no saben que están allí.

Lean pues, la magnífica relatoría que hizo del día que recién compartimos. Hace un par de semanas un chico me dijo que la noche en la que fuimos cómplices -que nos esforzamos para que siguiera siendo "ayer noche" al día siguiente por la mañana- era por mucho la mejor del año, y tuvo razón, y concordé con él. Sin embargo, son contextos diferentes, como los que me gusta manejar, y los que disfruto sobremanera vivir. El domingo anterior fue por mucho, el mejor de los últimos años. Las noches, se cuentan aparte. Gracias a ambos, por los elogios que hicieron de mi compañía.

Minería era una fiesta, dice el Presidente. Para mí fue una verbena, una bellísima romería. Hacía mucho que no se referían a mi, como "mi bellísima acompañante". Es un honor, y un gran piropo. Muchísimas gracias.

En Cuernavaca.

Los planes que mejor salen, son los que no se planean. San Román y yo habíamos planeado un viaje por más de tres años, y no se había dado la oportunidad; pero la semana pasada, sin pensarlo más, me dijo "¿cuando me vas a cocinar? ¿Cuando voy a probar esas cosas tan ricas que preparas?" Y yo, pidiéndole que no exagerara, le respondí que sin ningún pretexto, ni celebración en puerta, podíamos organizar una comida en donde el menú lo escogiera él solito. De inmediato dijo que enchiladas verdes, y que me invitaba en ese momento, a su casa de Cuernavaca.

"Ok, pero son casi la una de la mañana, ya estaba dormida, no fui al bar con los chicos de mi trabajo porque moría de sueño", le respondí, así que luego de una corta negociación, quedó de pasar por mi al día siguiente, en punto de las ocho de la mañana.

Todo fue una calamidad, como suele suceder cuando se sale conmigo, o cuando se sale con un par de distraídos como San Román y Yo. Que si el tanque de la gasolina, que si las casetas, que si nos faltó la factura, que si me iba a quedar dormida y lo iba a dejar hablando solo mientras manejaba, que si la calcomanía de la tarjeta IAVE no estaba bien pegada; que si estábamos seguros siquiera, de tener la maldita tarjeta contratada.

En fin, ¿qué te digo? Que fue una salida fabulosa, una carretera despejada luego de las arterias atascadas de esta contaminada Ciudad. Que Temixco nos recibió soleado, con un airecillo frío que me hizo usar un suéter, con un mercado de antojitos que nos hizo comer de más. Con una tiendita en la esquina de la casa, que nos permitió abastecernos para beber casi toda la noche.

Y hablamos mucho, de muchas cosas. Una de las cosas que más me gusta de la compañía de San Román, es que no se nos termina el tema de conversación. Podemos hablar de actitudes subversivas, de política, de las profesiones, de los tiempos pasados, de nuestras amistades, de las experiencias horribles, de los buenos momentos.

Me complació haciendo sonar los tres discos que llevé para ambientarnos, ¿qué mas podía ser si no El amor después del amor, La lengua popular y Vinagre y rosas? Y aún cuando las opciones eran infinitas, opté por los tres álbumes que mejor me han puesto los últimos meses, de mis autores predilectos.

Cociné, el arroz blanco que durante tantos meses se saboreó, las enchiladas verdes que no podía creer. Me ayudó con lo que pudo. Comimos helado de nuez y de café. Bebimos, reímos. Lo pasamos muy bien. Hablábamos sobre el ritmo de vida de intelectuales, de que si es posible que una pareja lo soporte. Y de pronto me vi allí, sola, pero muy bien acompañada. ¿Qué pasaría cuando el viaje terminara? A sacarle la lengua al domingo, como es ya costumbre, porque la maldita resaca que nos dio, también nos regaló material para no querer que fuera más domingo, ni bajo el sol, ni a un lado de la alberca, ni de noche de regreso.

Y nunca, a pesar de llevar mucho tiempo dedicándome a transmitir a través de palabras y frases, me había puesto a pensar tan concienzudamente cómo un par de pastillas pueden mejorar cualquiera de los estados. Que si es depresión, que si es una pérdida de las cuentas, que si es un dolor de cabeza, que si es una resaca marca diablo, que si es un dolor de rodillas, que si es que se quiere dormir más de dos días. No sólo me refería a las pastillas para ser feliz o para no llorar, también hablamos sobre las Pastillas para no soñar. Unas pastillas que te sacasen de una preocupación, que evitasen que llegaras al Hospital del amor.

Algunas pastillas sin orden farmacológica, que te regale una amiga cercana, o una chica que no sabe en qué contexto de la Historia las usarás.

Gran pregunta la que me hizo la Diseñadora de Modas, de que qué tanto tengo de música o de escritora. Pregunta que no supe responder. Quizá con conocernos baste, para saber el camino que se pudo escoger.

Y tampoco, a pesar de mis costumbres de años, había bebido escuchando a Los Beatles. Y bajo ese maravilloso contexto, también hablamos sobre los animales, sobre las plantas, sobre qué va a pasar cuando ya no estemos más. Si mi gato fuera planta, les decía, sería un bonsai, y cuando la luna cambia de fase, como todo lo que tiene vida, mi gato también se pone a maullar sin parar. Poco me falta, les decía una vez más, para que yo me suba también a los tejados, a buscar a ese par de ojos que ahora me está haciendo escribir de más.

Y de todas las familias que uno puede tener, o que se pueden crear, ésta familia me gusta tal como es. Aún cuando me falta leer el libro que se llama Mi familia y otros animales, ésta es la familia que no cambiaría por nada.

Y así terminaba la noche, y así nos llegó a cubrir la luz del sol. Pudiera ser que algunas palabras hubiesen estado de sobra, que algunas hubiesen faltado, pero ese par de días nos dieron suficiente combustible para volver a la realidad de la trincadez de la vida de la Ciudad.

San Román se cabeceó un par de veces manejando en la carretera. Yo venía completamente rendida en el asiento de adelante. El congestionamiento que provoca que los autos vayan a menos de 60 kilómetros por hora, definitivamente nos hace hacer cosas que no imaginamos.

Y se quedó con eso, con la respuesta que no le pude dar, cuando él me preguntó si alguna vez algún chico había tolerado que me sentara a escribir por horas y horas, concentrada en mi trabajo, en mi lectura, en mis periódicos de años, sin hacer más caso a lo que pasara a mi alrededor. Repito, no supe responder. En el fondo quisiera saber que sí, que han sabido comprenderlo. Pero vuelvo a lo mismo: cuando una investigación se termina, debería seguir los pasos que sigue un preso al salir de la cárcel para reinsertarse a la sociedad.

Quizá así no tendría estas reacciones un tanto sorpresivas, cuando alguien intenta curiosear frente al borrador eterno que siempre traigo en el bolso. Todo se puede leer, le argumentaba, el chiste es que no me acostumbro a que de pronto alguien sienta interés por lo que mi mente traza a través de mis dedos, y se queda fijado con tinta azul.

Días de cocinar, de volver a lo que aprendí desde niña. Domingo de resaca, que en el fondo no quise odiar, que intenté disfrutar mientras me asoleaba. Noches de juerga, de barajas hasta el amanecer, de canciones que me recuerdan a mi hermana, de confesiones que no nos atrevíamos a hacer. Mañanas de comer guisados que no son nuestros, de trabajo de San Román mientras lo espero en el centro comercial. Ciudad que me presta ciudades más pequeñas, que al regresar nos deja atravesarla por las vías libres, y de paso, darnos una escapada para cenar. Días de festejos, de que no se nos terminan los éxitos para celebrar.

lunes, 1 de marzo de 2010

Me subo a este tren.

En algún momento de mi existencia tengo que barrer la alfombra, tengo que terminar lo que empecé a escribir, tengo que enviar la correspondencia que hace falta, tengo que terminar de lavar la ropa, tengo que ir a hacerme las uñas, tengo que dormir bien.

Las dos entradas que me gané para la premiere de la película Precious, se perdieron. No tuve tiempo de ir a recogerlas a la estación de radio. Ni modo.

Y me da un poco de pendiente, que así como esas entradas, se me vayan algunas otras cosas por no tener tiempo de hacerlas o de terminarlas. Digo, como sea, el gato seguirá viviendo si se me olvida limpiarle la caja de arena una vez, ¿no? No está en peligro de muerte. Pero una buena oportunidad, un buen latido de mi corazón, un levantón de autoestima y de optimismo, me preocupa que se me vayan si no estoy atenta a que puedo tomarlos.

La vida en esta Ciudad sucede muy aprisa. Todo es para ayer, todo tiene que salir pronto, todo tiene que estar escrito, se deben tener conclusiones, no deben existir los puntos suspensivos. Cuando menos me doy cuenta, son las 21 horas, ya no me alcanza el tiempo, estoy cansada aún cuando quiero salir, me siento feliz aún cuando sigo sola, quiero escribir aún cuando a veces se me olvida el tema del que debo hablar.

Y entonces ya es viernes, luego el fin de semana no sirve para nada. El lunes me recuerda que hay que caminar, que la semana se tiene que aprovechar, que los siete días me tienen que dar abasto para las cosas que se tienen que hacer.

Al mismo tiempo, todo lo que se tiene que decidir. Quedarse en la oficina o irse a otro lugar. Quedarse en ese café, o terminar de beberlo en el coche. Manejar o andar en Metro. Dejarme llevar, o reprimir este sentimiento. Subirme a este tren, o hacer como que nunca llegará a mi estación.

Todo sigue siendo maravilloso. A veces siento que voy a explotar, que mi cabeza no puede pensar más, que mis piernas no dejarán de temblar, que el tiempo por fin me va a alcanzar, que las cosas no se me van a olvidar, que el chico ya no se va a ir, que la mudanza pronto llegará, que el siguiente ciclo está por arrancar. La maravilla radica en decidirlo o no. En tomar la decisión de llevar las cosas a cabo, en tener la confianza de que por fin sucederán.

Y en esta ocasión, como el año pasado, también he decidido tener fe.

Me voy a subir a este tren.

JURAMENTO DE AUTOESTIMA

Venga, reconócelo Mariposa Tecknicolor, sin contar con tu hombre ideal, eres lo mejor que hay en la tierra. Es verdad que a veces te deprimes y no quieres hacer nada porque nada vale la pena, pero también hay que reconocer que el resto de las veces eres muy optimista, perfeccionista y dedicada. Nadie sabe investigar Historia como tu. Si ya lo dicen tus amigos, eres ejemplo de constancia y de buenos sentimientos. Y también lo dicen tus lectores: la Historia que escribes vale toda la pena. Por eso, a partir de hoy vas a dejar de torturarte por no tener pareja ni el trabajo de tus sueños, y comenzarás a quererte por ser responsable, persistente, inteligente y por tener la capacidad de amar. Y si alguien llega y te dice que eres una persona equivocada, dile que puede coger y largarse a la fregada.