Todos estos días han sido un maremágnum de emociones. Algunas contradictorias, otras muy felices, otras de ansiedad. Así soy, ni modo. Muchas cosas se acercan, unas aprisa, otras lentamente, otras ya me alcanzaron. Hay que tomar algunas decisiones, hay que actuar, y debo dejar de pensar tanto, como generalmente lo hago.
No importa de lo que hablemos, si son noticias, si son tus problemas, si son los míos, si es sobre la laringoscopía que te harán mañana, si es de mi trabajo, si es de mis planes a futuro. Siempre, a la hora de despedirnos, la mejor parte de la mañana, es cuando me subo al coche con tu aroma pegado a mi abrigo o a mi chamarra. Abro la portezuela del coche, lo enciendo, giro mi brazo izquierdo hacia atrás para alcanzar el cinturón de seguridad, y entonces lo siento. Y vas allí, conmigo, sentado a mi lado en el coche, aún cuando nos despedimos con la mano mientras manejamos en direcciones contrarias.
Tu deportivo azul siempre se ve más lindo estacionado junto a mi Volkswagen negro. Tu aroma huele mejor, cuando lo traigo impregnado por el abrazo que te acabo de dar. Hablamos mucho, nunca nos falta conversación. A veces estás cansado, a veces yo estoy harta y enojada, pero hablamos. Me haces bien.
Y ahora, con todo esto que viene, no sé cómo le voy a hacer para platicarte los planes que tengo. Confieso que temo romperte el corazón. Confieso que me da mucho miedo hacerte daño, aún cuando sé perfectamente lo que tengo que hacer; y aún cuando quizá no te haga daño, y termines entendiéndome como siempre lo haces.
Nunca imaginé, que me acostumbraría tanto a compartir las mañanas contigo.
Nunca imaginé, que al paso de los años nos hiciéramos amigos.
Nunca imaginé que me quisieras como me quieres.
Tienes la maravillosa capacidad de sorprenderme, de decirme lo que quiero oír pero que nadie me dice, que no espero que me digan, que algunas veces tampoco espero escuchar. Tienes la magia de hacerme reír con un sarcasmo, una mala cara o uno de esos chistes que se decían en los años sesenta. Tienes el corazón más grande de lo que imaginé.
Tienes las manos tan suavecitas, que cuando nos las tomamos, te es posible hacerme sentir que mi soledad se disuelve.
Cuando estoy contigo, no importa lo sola que me haya sentido la noche anterior, o todo el día. Cuando no me ves, dices que tu día no vale la pena, que el café no sabe igual, que las noticias no significan lo mismo. Cuando hablamos por teléfono, puedo olvidar lo que te iba a decir, puedo olvidar que afuera hay tristeza, o que burlamos muchos obstáculos para estar juntos casi media hora, todas las mañanas.
Lo que sigue es el día nueve. Luego, entonces, una cosa a la vez, y podré platicar contigo como siempre.
No importa de lo que hablemos, si son noticias, si son tus problemas, si son los míos, si es sobre la laringoscopía que te harán mañana, si es de mi trabajo, si es de mis planes a futuro. Siempre, a la hora de despedirnos, la mejor parte de la mañana, es cuando me subo al coche con tu aroma pegado a mi abrigo o a mi chamarra. Abro la portezuela del coche, lo enciendo, giro mi brazo izquierdo hacia atrás para alcanzar el cinturón de seguridad, y entonces lo siento. Y vas allí, conmigo, sentado a mi lado en el coche, aún cuando nos despedimos con la mano mientras manejamos en direcciones contrarias.
Tu deportivo azul siempre se ve más lindo estacionado junto a mi Volkswagen negro. Tu aroma huele mejor, cuando lo traigo impregnado por el abrazo que te acabo de dar. Hablamos mucho, nunca nos falta conversación. A veces estás cansado, a veces yo estoy harta y enojada, pero hablamos. Me haces bien.
Y ahora, con todo esto que viene, no sé cómo le voy a hacer para platicarte los planes que tengo. Confieso que temo romperte el corazón. Confieso que me da mucho miedo hacerte daño, aún cuando sé perfectamente lo que tengo que hacer; y aún cuando quizá no te haga daño, y termines entendiéndome como siempre lo haces.
Nunca imaginé, que me acostumbraría tanto a compartir las mañanas contigo.
Nunca imaginé, que al paso de los años nos hiciéramos amigos.
Nunca imaginé que me quisieras como me quieres.
Tienes la maravillosa capacidad de sorprenderme, de decirme lo que quiero oír pero que nadie me dice, que no espero que me digan, que algunas veces tampoco espero escuchar. Tienes la magia de hacerme reír con un sarcasmo, una mala cara o uno de esos chistes que se decían en los años sesenta. Tienes el corazón más grande de lo que imaginé.
Tienes las manos tan suavecitas, que cuando nos las tomamos, te es posible hacerme sentir que mi soledad se disuelve.
Cuando estoy contigo, no importa lo sola que me haya sentido la noche anterior, o todo el día. Cuando no me ves, dices que tu día no vale la pena, que el café no sabe igual, que las noticias no significan lo mismo. Cuando hablamos por teléfono, puedo olvidar lo que te iba a decir, puedo olvidar que afuera hay tristeza, o que burlamos muchos obstáculos para estar juntos casi media hora, todas las mañanas.
Lo que sigue es el día nueve. Luego, entonces, una cosa a la vez, y podré platicar contigo como siempre.