jueves, 28 de enero de 2010

Contigo como siempre

Todos estos días han sido un maremágnum de emociones. Algunas contradictorias, otras muy felices, otras de ansiedad. Así soy, ni modo. Muchas cosas se acercan, unas aprisa, otras lentamente, otras ya me alcanzaron. Hay que tomar algunas decisiones, hay que actuar, y debo dejar de pensar tanto, como generalmente lo hago.

No importa de lo que hablemos, si son noticias, si son tus problemas, si son los míos, si es sobre la laringoscopía que te harán mañana, si es de mi trabajo, si es de mis planes a futuro. Siempre, a la hora de despedirnos, la mejor parte de la mañana, es cuando me subo al coche con tu aroma pegado a mi abrigo o a mi chamarra. Abro la portezuela del coche, lo enciendo, giro mi brazo izquierdo hacia atrás para alcanzar el cinturón de seguridad, y entonces lo siento. Y vas allí, conmigo, sentado a mi lado en el coche, aún cuando nos despedimos con la mano mientras manejamos en direcciones contrarias.

Tu deportivo azul siempre se ve más lindo estacionado junto a mi Volkswagen negro. Tu aroma huele mejor, cuando lo traigo impregnado por el abrazo que te acabo de dar. Hablamos mucho, nunca nos falta conversación. A veces estás cansado, a veces yo estoy harta y enojada, pero hablamos. Me haces bien.

Y ahora, con todo esto que viene, no sé cómo le voy a hacer para platicarte los planes que tengo. Confieso que temo romperte el corazón. Confieso que me da mucho miedo hacerte daño, aún cuando sé perfectamente lo que tengo que hacer; y aún cuando quizá no te haga daño, y termines entendiéndome como siempre lo haces.

Nunca imaginé, que me acostumbraría tanto a compartir las mañanas contigo.

Nunca imaginé, que al paso de los años nos hiciéramos amigos.

Nunca imaginé que me quisieras como me quieres.

Tienes la maravillosa capacidad de sorprenderme, de decirme lo que quiero oír pero que nadie me dice, que no espero que me digan, que algunas veces tampoco espero escuchar. Tienes la magia de hacerme reír con un sarcasmo, una mala cara o uno de esos chistes que se decían en los años sesenta. Tienes el corazón más grande de lo que imaginé.

Tienes las manos tan suavecitas, que cuando nos las tomamos, te es posible hacerme sentir que mi soledad se disuelve.

Cuando estoy contigo, no importa lo sola que me haya sentido la noche anterior, o todo el día. Cuando no me ves, dices que tu día no vale la pena, que el café no sabe igual, que las noticias no significan lo mismo. Cuando hablamos por teléfono, puedo olvidar lo que te iba a decir, puedo olvidar que afuera hay tristeza, o que burlamos muchos obstáculos para estar juntos casi media hora, todas las mañanas.

Lo que sigue es el día nueve. Luego, entonces, una cosa a la vez, y podré platicar contigo como siempre.

martes, 26 de enero de 2010

De por sí, todo siempre se acaba

Conocí una vez a una chica, que curiosamente era muy parecida físicamente -pero nada más- a mi. Tiene 29 años, una hijita de once años, un hijito de cuatro y un bebé de año y medio. La chica se separó del primer esposo, él se fue a vivir a los states, ella se quedó a vivir la vida que tenían, sin mayor planificación o tristeza. Pasó el tiempo. Conoció, luego de un tiempo, al chico que es el padre de los dos niños siguientes. Se enamoraron tórridamente, pero aún así nunca hicieron por tener un lugar propio, siempre vivieron con la abuela y la madre de la chica; que fue una de las cosas que yo nunca me expliqué, porque no era del tipo "juntos pero no revueltos", al contrario, estában más revueltos que juntos, y siempre tenían problemas.

Una de las veces que coincidimos, ella estaba embarazada del tercer bebé y me llamó mucho la atención que siempre tuviera cara de fuchi. Me cae gordo que las embarazadas piensen que todo se lo merecen, o que nada está bien para ellas. Me molesta, me fastidia más de lo que podía creer. Y esta chica, con su cara de guacala, sus dos niños, y el guapo y fornido hombre que se cargaba, era feliz, sumamente feliz.

La siguiente vez que coincidí con ella, el bebito ya había nacido, ella ya no tenía cara de fuchi, de hecho se veía muy guapa y en proceso de recuperar su antigua figura, y con el chico estaba feliz, bebiendo Torres 10 a escondidas y preparando biberones al mismo tiempo. Ese día, cargué a su bebé un largo rato. El chamaquito habrá tenido unos seis o siete meses, era tranquilo y tenía los ojos muy pero muy verdes. Lo cargué y lo cargué, hasta que literalmente me cansé.

Ese día, me shockeó que la gente le aplaudiera a la chica por el simple hecho de traer un bebé en brazos. Y yo pensaba, a mi, que me ha costado un huevo ser lo que soy, estudiar lo que he estudiado, leer lo que he leído, no me han aplaudido. Y para que conste en actas, siguen sin cederme el asiento en el autobús.

Y sabes como soy, sabes que no estoy sedienta de esa aprobación, o de que me hagan caso, pero hay veces en que me sigue poniendo de malas que me traten diferente por el simple hecho de ser soltera y de no tener hijos. Por lo menos, ese día, mi madre fue feliz y me tomó fotos hasta cansarse, porque tuve un bebé en brazos por mucho rato.

En un momento, la chica y yo nos quedamos solas en la cocina. Yo le decía que su bebé estaba hermoso, y bromeaba diciéndole que me lo regalara, que ella ya tenía dos, así que yo bien podría hacerme cargo del tercero. Nos reímos mucho. Me decía que no, que era su bebé, que los hijos son "la neta", que estaba feliz, y que además, ya había cerrado la fábrica.

Me quedé de a seis, ignorando los impulsos que ella intentaba despertar en mi, animándome a que tuviera un bebé aún sin estar casada o tener una pareja. Me parecía mucho más grave, el hecho de decidir no tener más hijos siendo tan joven, y viviendo una vida no estable, más que en el terreno emocional. Porque todo se ve de maravilla por fuera, pero todos sabemos, que no se puede vivir del amor.

Me atreví y se lo dije, que me parecía súper valiente que hubiera decidido no tener más hijos, aún con su corta edad, y con que la vida siempre es un albur. Ella decía que no querían más hijos, y que aún sin estar casada con su chico, estaba segura de que iban a estar juntos para siempre. Para siempre.

Hasta que hace quince días, su chico murió. Así, sin más, de un infarto fulminante. Me quedé, una vez más, atónita frente a su historia.

Confieso que no me gustan los velorios, ni los entierros, ni nada que tenga que ver con eso, aún cuando soy optimista ante la partida de un ser querido. Con todo eso, fui al velorio, luego al entierro. Estuve con ella el tiempo que más pude, y mientras éste transcurría, lo que más se atoraba en mi garganta, haciendo el nudo de mi corazón más denso, era pensar que había enviudado con tres niños atrás.

Quizá deba de dejar de pensar en tanta realidad, dejar de pensar las cosas tanto antes de hacerlas, y pensar, que si se hacen a la "viva México", se sufre y duele menos. No lo sé. No puedo ser así, pero quizá deba intentar.

Aunque suene a pleonasmo, a fin de cuentas, el amor acaba. Siempre se acaba, todo termina, y todo vuelve a empezar. Ella sabía que iban a estar juntos para siempre, y así será, pero algo se terminó, el amor se terminó, de una parte se terminó.

Y una nueva vida empezará para ella, quizá difícil, quizá triste; comenzará desde el instante en que el chico se le fue. A apechugar, y a darle que es mole de olla.

Yo, por lo pronto, dejaré de pensar que las cosas duelen. Un gran avance es que ya se, que de por sí, todo siempre se acaba.

lunes, 25 de enero de 2010

Sin mechón de canas

Hacía mucho tiempo que no me paraba en un estudio fotográfico, y tuve que hacerlo, porque como sabrás, tenía que tomarme unas fotos oficiales.

Los lunes son peculiares, ni feos ni bonitos, obligatoriamente felices, pues preceden a los domingos que tanto me caen mal, pero son diferentes. De entrada, desde hace un tiempo que me he vuelto a acostumbrar a andar a pie, porque Hans no circula los lunes, entonces hoy anduve hecha una loca desde muy temprano.

De mi casa al café con papá, luego a la Facultad, al estudio fotográfico, al escritorio público donde finalmente pagué un dineral por unas cuantas líneas mecanografiadas, a la Facultad de regreso, a lidiar y poner a prueba mi paciencia en el departamento de "automatización" de la Biblioteca, luego a la coordinación de la carrera. Hice muchas cosas, y aún así, con todo lo que corrí, con los transbordos que hice, con que me dio muchísimo calor y luego un tanto de frío, pude llegar a la oficina a las 13:05, cinco minutos después de la hora que acordamos el viernes pasado.

Con todo y carreras, las cosas salieron bien, y me parece que ya no habrá ningún otro contratiempo. Pero mi paciencia, comencé a ponerla a prueba desde muy temprano en el estudio fotográfico. Que si mi pelo estaba muy alborotado, que si el chongo estaba muy arriba, que si se me abultaba en la coronilla, que si tenía poco rímel en las pestañas, que mis labios necesitaban estar más rojos. Pero si ya me los pinté, le dije al fotógrafo, pues pínteselos más, me dijo con una sonrisota, porque como las fotos son con retoque, en blanco y negro y completamente mate, usted va a salir como muerto si no le damos color.

Total que le hice caso, y además de las uñas que intento pintarme de carmesí, ahora mis labios fueron de un brillante escarlata, como ese color tan magnífico de la capa de un emperador. Me convencieron para usar una de esas camisas que están allí de emergencia, que no nos consta cuánto tiempo tienen sin haber tocado el agua y el jabón, que están un tanto amarillentas por tanta planchada de cuello y delanteros. Me sentaba fatal. Con una camisota que parecía sábana, y mi saquito pegado encima, parecía que "el muerto estaba más grande", o que traía puesto un "abriguito".

La primera toma salió mal. Y cómo no, con tantas indicaciones que llegaban como bolas de béisbol: saque el pecho, enderécese, menos sonrisa, no, no, un poco más, gire a la derecha, no tanto, mejor a la izquierda, levante el mentón, haga que los ojos brillen, sonría, no tanto, mejor sonría con los ojos, pero sin los labios, que se note que está alegre pero sólo con la mirada. Me cansé, ¡demonios que sí! Pero fue divertido, muy divertido.

La repetimos, ya con los labios súper rojos, mi alborotado cabello que se abultaba, aplastado con un pasador, atado detrás de mi cabeza en un chongo que yo le llamo "de cacahuate", pero que según mi madre se llama "de barquillo", y sin la camisa esa que tiene siglos colgada en el mismo perchero. Quedó bien. Re bien, es oficial.

Pero siempre hay un "pero", y este pero se llama así: photoshopearon mi mechón de canas. Y es oficial, ahora puedo comprobar que sin él, me veo unos cuatro o cinco años menor, pero que no me gusta que todo mi cabello brille de azabache.

Así que, aún cuando tengo esperanzas de que no haya algún contratiempo más en la Facultad, a ver si no hay un problema de que en las fotos el pelo me salga completamente negro, y en la realidad me brille el lado derecho de la frente color plata.

Ahora entiendo por que uno se hace fan de los retoques: sin ojeras, sin barritos, sin este sexy bozo al estilo de Frida Kahlo, con los labios perfectamente delineados, las pestañas levantadas, los ojitos -que a veces son enormes- bien abiertos, pero sin canas. Y por cierto, es oficial, no salgo con cara de reo.

¿Acaso el fotógrafo se puso de acuerdo con mi madre? ¿Y por fin, entre los dos, y sin que yo me diera cuenta, lograron que quede para la posteridad, en un documento oficial, mi melena completamente de color negro?

Una vez más, la Ciudad necesita una limpia. Ahora pues, a seguir vibrando que no haya problemas con que me retocaron hasta el color del pelo, porque pues se supone que en la foto debo salir yo, y no yo, irreconocible en unos años, cuando intente acordarme cómo fue ese estudio fotográfico.

Mirá, mirá, mirá


Pocas cosas valen la pena. Pocas cosas vale la pena voltear a mirarlas, o muchas... sin darnos cuenta. Ojalá tuviera más tiempo -eso es lo que digo siempre-, para ver todas las cosas que se me escapan. Aún así, me siento afortunada, porque puedo sentir o respirar, la maravilla y el amor de mi alrededor.
Gracias.

viernes, 22 de enero de 2010

Escritorio público del terror

Y que armamos la Expedición Máquina de Escribir, y Zaba y yo nos lanzamos a buscar algún local donde nos rentaran una, o nos llenaran la forma que tengo que entregar en la Facultad.

Y lo encontramos, en la esquina de Petén y Cumbres de Maltrata. Afuera decía: "Formas Fiscales, Escritorio Público", pero no nos quisieron atender. Nosotras con cara de "¿qué no quiere trabajar?" Nos quedamos mirándonos la una a la otra, sin comprender que la señora no quisiera atenderme aún cuando eso implicara un costo, digo, ese es su negocio, ¿no? Y salimos del local, de regreso a la oficina.

Ni modo. Zaba me propuso ir a Centro Médico, a donde una oficina del gobierno, donde afuera generalmente hay escritorios públicos móviles, pero le dije que no, mejor esperarme a que la señorita secretaria de la coordinación de Humanidades de mi Facultad, me echara la mano.

Compramos cigarros, M&m's y coca cola, regresamos a la oficina a contar nuestra experiencia con el escritorio público del terror. Ni modo. Ninguno de nosotros comprendimos, que la señora no haya querido trabajar, mecanografiando la forma que tengo que entregar en la Facultad.

Síganme deseando suerte...

Mi máquina de escribir.

La herramienta por excelencia del escritor, la mía, la que tengo desde hace un chorro de años de cuando estudié mecanografía, mi maquinita de escribir, olivetti lettera del año del caldo, me gritó de frente, ayer por la noche, que está descompuesta.

Y no es el hecho de que se descomponga, digo, cualquiera puede enfermarse, sino la urgencia que tengo por llenar unas formas para la Facultad. Ya lo había escrito yo aquí, que los trámites me traerían de regreso a la realidad.

Hoy por la mañana le llamé a todas las personas que pensé, podrían tener una máquina de escribir para que me la prestaran, pero ninguna me pudo ayudar. O no tienen una máquina, o de plano no saben lo que eso es. Digo, sí saben, pero nunca han tenido una en su casa o nunca han usado una.

Híjole, ya no sé si es ventaja o desventaja, haber nacido en el 83 y haber tenido una educación de esas casi de monjitas -sin haber estudiado en colegio católico-, donde me enseñaron a hacer de todo.

Si no consigo una máquina pronto, terminaré con algún escribano de la Plaza de Santo Domingo. Por lo menos, no he parado de reír, esto de conseguir una máquina me ha traido comentarios muy amenos. San Román me dijo que si terminaba en la Plaza de Santo Domingo, que de una vez le sacara un título, jaja, de esos de doctor en Medicina Biomédica, o en Fisico matemático. En fin. No hemos parado de reír. Aquí en la oficina, me sugirieron algo similar a lo de San Román, que si ya me lanzaba a Santo Domingo, pues de una vez pidiera que me hicieran el título, pa' no seguir pasando penurias.

En fin, ya pasa del mediodía y aún ni una noticia de una máquina de escribir.

El formato lo tengo que entregar hoy en la tarde.

Deséenme suerte.

jueves, 21 de enero de 2010

A las 19:30 en el Ivoire.

Llegué tarde. Los apagones que ha tenido la Ciudad, hacen que nos hagamos más locos. Jugué carreritas con unos tráilers sobre Baja California, tomé Patriotismo sin problema y sin luz todavía, pero cruzar para Reforma fue una odisea. No fue suficiente con que fuera viernes de quincena, encima se tenía que ir la luz en una de las zonas más transitadas de la Ciudad de México.

En una oreja el auricular del móvil, en la otra, el audífono del ipod porque Hans todavía no tiene radio. Como pude, y en un tiempo récord -tomando en cuenta el caos citadino- tomé Reforma a 80 kilómetros por hora. Tuve que parar, por supuesto, casi enfrente del Museo de Antropología, porque ahí comenzó la línea de coches que siempre se hace frente al Auditorio Nacional. Justo cuando crucé la esquina de Gandhi, el ipod me sorprendió con "Victoria y Soledad" de Andrés Calamaro. Me puse como verdadera eufórica. Me hizo tanto bien escucharla a todo volúmen, que comencé a bailar, a manotear, y a cantar a todo pulmón. Los chicos de los coches a mi lado, morían de risa y me volteaban a ver.

Justo frente al Hard Rock Café, a punto de girar a la derecha para tomar Julio Verne, mi euforia por venir cantando y bailando a Calamaro, hizo que mis pies bailaran perdiendo el ritmo de Hans, y se me apagó el coche. Me muero de risa de acordarme todavía. Pero rápido, esos reflejos que me hacen parecer una gatita, prendieron las intermiententes, pusieron neutral, cerraron la marcha y encendieron el coche otra vez, casi ipso facto.

Me encontré con María casi a las 20 horas. Me esperaba en el lounge, muerta de frío, en un silloncito que estaba junto a una de esas antorchas para mitigarse, y con una coca light en la mano. Traía puesto un vestidito corto, cortísimo para su parecer, perfecto para mi. Medias negras y botas. El abrigo casi como piel. Yo, antes de salir de la oficina, me puse el vestido verde, un par de medias negras gruesas, casi mallas, y mis botas negras. Saqué del bolso la pañoleta de leopardo que Copo me trajo de Toronto, y me la até al cuello. Me reí. La etiqueta que no le he querido quitar, para que quede constancia de que fue un regalo de mi amiga viajera, se asomaba detrás de mi oreja. No hubo tijeras para cortala, aún cuando uno de mis jefes las buscó en tres oficinas. Ni modo. La escondí bajo mi pelo suelto, me puse el abrigo negro, y me fui. Y le atiné, porque no hubo discrepancias ni con el estilo del lugar, ni con el de mi acompañante.

En el Ivoire impera la presencia de judíos, dado que Polanco sigue siendo el barrio judío de la Ciudad de México por excelencia; pero también se pueden encontrar chicos de todos los credos y todos los oficios.

María invitó también a Guso, quien siempre está ocupado y le dice que no cuando se le hace una invitación, pero esta vez, cuando ella le dijo que quería que me conociera a mi, el chico accedió. Y nos sorprendió, que antes de las 21 horas, Guso apareciera, enfundado en un abrigo negro también, con una bufanda atada al cuello.

Hacía mucho frío, el chico prefería que tuviéramos una mesa en el restaurante, pero nosotras insistimos en quedarnos en el lounge, a pesar del aire, a pesar del frío, a pesar de que los abrigos no nos dejaban mover.

Platicamos de muchas cosas. Guso pidió una bebida que yo no conocía, ron con miel, caliente, servida en una "copita coñaquera" (qué risa me da llamarla así), con el pretexto de que le dolía la garganta. No hay pretextos, pensé sin decirlo, para pedir la bebida que se nos antoje. Yo, que ahora resulta que me he vuelto abstemia, a raíz de la adquisición de Hans, no bebí más que coca-cola light con hielo.

Guso no estuvo mucho tiempo con nosotras, sólo el suficiente para beber dos copas, y reír sin parar con nosotras. Para conocernos, porque yo nunca lo había visto, a pesar de que María habla mucho de él. Se despidió, y como todo un caballero, pagó la cuenta.

Nosotros hicimos -literal- como si nada pasara, o como si nunca hubiera aparecido. Seguimos con nuestra conversación sobre chicos, sobre nuestras familias, sobre nuestra hermana Cristina. Seguimos platicando sobre las actitudes que ahora se tiene ante las relaciones amorosas. Dilucidamos si quedarnos allí otro rato, o irnos a otro lugar para bailar, o a otro lugar para cenar. No sabíamos qué hacer, pero seguimos la conversación como si hiciera mucho tiempo que no nos veíamos.

Y en realidad, hacía mucho tiempo que no nos veíamos así. La mera verdad es que hacía mucho tiempo que no platicábamos, ni siquiera por el móvil.

La relación con esta amiga es muy especial. Y no digo especial en la acepción de la palabra que significa "singular o fuera de lo particular". Y lo siento mucho, pero lo que es, es. Y la relación que tenemos es de cuando ella tiene ganas: ganas de verme, ganas de hablar conmigo, ganas de compartirme algunas cosas, ganas de que le ayude en otras, o ganas de quererme un poquito. Hay veces en las que me canso de buscarla, de llamarle y de que no me responda, de pedirle ayuda y no obtener una respuesta, aunque sea negativa. Pero así es, y no la podré cambiar.

Este día en particular, lo pasamos muy bien. Reímos tanto, que un chico sentado en un par de mesas al lado, se levantó y se acercó a decirnos que nosotras eramos las chicas que mejor se la estaban pasando en ese lugar, que quería saber por qué nos reíamos tanto. Y le platicamos lo que se podía contar, le contamos el resumen gerencial de nuestra noche allí, de nuestra amistad, y de nuestros chistes que a veces sólo a nosotras nos hacen reír.

Luego hablamos de lo que estábamos evitando. Hablamos de su chico y del que yo todavía no tengo. Me dijo que casi no podía comprender cómo puede existir un hombre, cuya relación es casi rayando en la indiferencia. Yo, sin decir nombres propios ni revelar identidades, le dije que la entendía, que yo también he conocido hombres que rayan en la indiferencia, y que yo misma, a veces proponiéndomelo y algunas otras sin hacerlo, me comporto de la misma manera.

Ese hombre que es tan frío, tanto como la región de donde viene. Ese que María ha escogido para pasar los veranos y los inviernos, para incluirlo en sus planes sin que él lo sepa, sin que él la tome en cuenta. Ella no se puede explicar qué es lo que lo hace ser de acero, lo que lo hace no tener nada, pero tener mucho al mismo tiempo. No sabe qué es lo que lo hace venir al Pacífico mexicano, con ella, a compartir los días y las horas como si se hubieran visto ayer, o como si ya fueran las últimas.

Me abstuve -además de beber-, de dar mis sinceras opiniones, porque probablemente le resultaran duras, más frías, o incomprensibles. Pero la mera verdad, es que a mi modo de ver es una pérdida de tiempo, y una tristeza, que María se preocupe por alguien a quien no le consta que piense en ella. María necesita alguien como ella, parecidos, alguien que la quiera como es, que la quiera de a de veras, caliente, como el trópico candente que ella escogió para comprar otra casa.

María, como todos nosotros, merece ser feliz. Y este chico, dudo que pueda compartir esta felicidad, o ser un complemento de ella.

Con poco apetito, pasadas las 22, decidimos irnos derechito a las hamburguesas al carbón de Fuentes de Satélite. Pedir los coches en el valet parking fue una calamidad. No me intimidé ni tantito al entregarlo, aún cuando en la fila para que me lo recibieran, Hans -mi Volskwagen negro- iba después de un Ferrari color rojo, y antes de un Mercedes Benz plateado. Pero a la hora de pedirlo, les dije bien clarito cómo debían abrir mi coche, y nadie tuvo la cortesía de decirme que no podían con sus sistema de seguridad, lo que por un lado me encanta, porque hace de Hans un pequeño búnker.

Así pues, terminé yendo por él en el coche de María, y por supuesto, con mis propios medios, porque el valet se dio por vencido.

Nos seguimos, hablándonos por el móvil de coche a coche, hasta llegar a Plaza Satélite y dar vuelta a la derecha, para tomar, más adelante, Circuito Oradores. Llegamos a las hamburguesas, pedimos tres grandes para llevar y nos fuimos a su casa. ¿Tienes todavía cerveza? Le pregunté, me dijo que sí, que el sueco había dejado algunas todavía más frías que él, así que me dio chance de beberlas todas si así lo quería.

Cenamos sentadas en la barrita de la cocina, recordando las anécdotas de antiguos chicos, novios, amantes, maridos, o como se les quiera llamar. Todavía teníamos fuerzas para reír.

Una noche particular, especial en el sentido propio de la palabra, que me hizo pasarlo muy bien con María. Me sentí bien, y me puse alegre. Me tomé dos Indio bien frías, llegué a casa casi durmiéndome porque estaba verdaderamente cansada. Y me acordé que así es cuando se sale. Aún cuando se tiene un plan, las personas llegan o no llegan, el plan se modifica, se termina bebiendo cuando se supone que no se debe porque se va a conducir, y se lo pasa uno muy bien.

De mi oficina al Ivoire. A reír a carcajadas. Recoger a Hans del otro lado del Parque Lincoln. Directo a las hamburguesas. Terminar la noche en la barra de la cocina de una amiga.

Noches como esta deben ser comunes en la vida de la Ciudad. Pero para María y para mí dejaron de serlo hace algún tiempo. Por eso valió la pena.