viernes, 6 de noviembre de 2009

Por correspondencia.

Hace frío. No pretendo que me pretenda. Sin saberlo, hacemos historiografía pura mientras me enseña a imaginar los sonidos que creaban, la atmósfera que no existía pero que hacían que existiera.

Lo bueno de la correspondencia es que no miro cuando me lee, y no sé como se siente cuando espera mi respuesta.
Lo bueno de la correspondencia, es que no estoy segura de cuándo llegará. Simplemente aparece en el buzón.

No sé si soy yo la que debe escribir luego de esta mañana. Tampoco sé si será él quien -como ha sido- dará el siguiente paso, enviará la siguiente carta, pedirá mi opinión, esperará mi respuesta, o me hará otra sugerencia.

Lo bueno de hoy, además de que no me quité el abrigo en todo el día, es que tengo sueño. Siento que por fin, hoy podré dormir.

Del frío, y de que no tiene remedio

Llegué a perder la cuenta del número de ramos de rosas que tuve en la mesa del comedor, en la sala, en mi mesa de trabajo y en mi mesita ratona. No eran rosas felices, eran rosas de perdón. No me hacían sonreír como el resto de las flores. Hay cuestiones que no se pueden remediar, aunque debo aceptar que los ramos eran la única forma que tenía para darse a entender. Así es. Para algunas personas no hay remedio.

Para mí, el frío no tiene remedio. Hoy saqué los guantes de piel, piel sobre piel, como me gusta, y volví a manejar el coche, consciente de que el frío a veces arrecia, el tiempo apremia, y las cosas no dejan de cambiar, no se detienen.

Este otoño que me huele a invierno, que viene muy frío, me hace pensar que tendré que bajar al infierno un poco. Se escuchan las cancioncitas en todos lados, el supermercado me recibe con la diamantina de colores que antes me hacía sonreír y me hacía hacer adornos para las puertas. Luego, la navidad sangrienta comenzó a serlo cuando me fastidié de tanta sonrisa falsa, tanto tatuaje que no debía estar allí. ¿Qué va a pasar si no hay más lugar para la depresión estacional?

Además de aprender a reconocer cuando unas flores eran de perdón, también aprendí a no engalanarme con los pinos navideños.

Pero una cosa va bien: hoy mi cafetería de todos los días se vistió de copos de nieve y de vasos de cartón color rojo, adornados con colgantes navideños que dicen "wish". También de música de fondo sonaba un álbum navideño, y escuché la voz de Norah Jones, que me hizo sonreír.

Espero que siga habiendo motivos que me hagan sonreír, aún cuando el invierno amenaza con venir muy frío.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Estimado Andrés Neuman:

Espero que estés muy bien. Me he sentado a escribirte otra vez, porque acabo de terminar de leer la segunda parte de tu libro El viajero del siglo. De entrada, los títulos de los capítulos me han dado mucho qué pensar, y algunas veces me han dado material para escribir. Disfruté "Aquí la luz es vieja", "Casi un corazón", y no quise empezar de inmediato a leer "La gran manivela" porque hay cosas que tuve que digerir. Hubo escenas de la lectura que no debían pasarme desapercibidas.

Es obvio que en este momento estoy sentada aquí, escribiendo unas palabras para ti, para el autor del que se ha convertido en mi libro favorito. Pero debo confesar -como usualmente lo hago cuando necesito hacerlo-, que traigo tantas cosas en la cabeza y que los últimos días me han llenado de tantas ideas, que ahorita no puedo escribir sólo de las impresiones que me ha dejado leer la segunda parte de tu libro.

Sigo pensando en cómo el amor puede ser el gran viaje, y como uno, sin saber algunas veces que tiene que tomar la decisión, se resiste a hacerlo, pensando que el viaje es el que se vive, que se tiene que continuar. Y no sé por qué me decidí a tomarte por lector. Y mira que todavía le tengo miedo a conocer quiénes son mis lectores. Quizá ni sepas que existo. Qué más dá. Todos los pretextos son buenos, supongo.

Me conmueve mucho saber que una persona que decide aprender a escribir y a leer, lo haga por ganas y no porque la enviaron a la escuela como me enviaron a mi. Aprendí a escribir antes que a leer, cuando veía a mis hermanos hacer la tarea. Antes del preescolar, mi abuela me cuidó y me enseñó a cocinar, lo que ahorita me viene a la mente es que quizá aprendí a escribir y a cocinar al mismo tiempo. Luego, con el periódico me enseñaron a leer sílabas y cómo era el sonido de las letras. Años más adelante, pude comenzar a hacer la comida yo sola, y supe que quería dedicarme a esto aproximadamente a los catorce años, antes de la gran depresión.

Esta escena magnífica, en la que Lisa forcejea con Hans el cesto de la ropa sucia, y él sin darse casi cuenta le dice que debería estar en la escuela, a lo que ella respode "¿Y entonces por qué no me enseña? Que me enseñe, a leer esos libros que usted lee, y no creo que sea tan difícil, conozco a gente estúpida que lee", quizá haya sido la parte que más leí y releí, antes de continuar. Me conmovió sobremanera.

Gran motivo, gran razón. Yo también conozco a gente estúpida que lee. Y de alguna forma, aún cuando no fui analfabeta, al desarrollar mi sentido común me llamó la atención lo mismo que a Lisa: la gente que lee, que mete la nariz en los libros, tiene otro semblante, mira diferente y también yo quise ser como ellos.

Y no he intercambiado billetes con amores platónicos, ni con amores imposibles, ni prohibidos, ni con posibles, ni con correspondidos. Alguna vez intercambié correspondencia, que venía de muy lejos, que yo escribía con mucha esperanza. Y las más, he intercambiado correos electrónicos. Los últimos, desde el mes de julio. Cada correo electrónico ha dicho mucho más de lo que hemos querido contar. Y los tres que me envió ayer, me platicaron que me ha leído muchas veces, de ida y vuelta; y me confesó, en el tercero, que mi carta es muy bonita, casi coleccionable, y que sentía horror al pensar que tenía que borrar el mensaje. Le dije que no lo hiciera, después habrá tiempo para eso.

Es grato saber como todos los días, hay personas que tienen la oportunidad de vivir pequeños fragmentos de una novela, escondidos en los encuentros que -la mayor parte de las veces- tampoco saben que existen.

Deberíamos sabernos viviendo magia, polvo de estrellas, ¿o qué tu crees?, ¿que el polvo de estrellas lo propiciamos o simplemente nos toca? Yo pienso que es como los encuentros, se pueden propiciar y orillar a que sucedan, aún cuando se sepa que de allí no pasará, que no habrá un segundo, ni bronca ni despedida.

Hoy, cuando me invitó al primer encuentro en persona, quise saberme viviendo polvo de estrellas. No pretendo que me pretenda. No espero un segundo encuentro, es más, ni que suceda. Quizá no nos encontremos entre la gente, quizá su tren se demore más que el mío. Quizá es una trampa que me haya citado a las diez en medio de la calle Ayuntamiento.

Pudiera ser, que en medio de toda la gente, sigamos sintiéndonos solos.

Me gusta leer a un Hans que trabaja, que transforma su habitación en estudio, con esa lámpara de aceite que quisiera tener acá conmigo. Por fin abrió el arcón, y miré todos los muertos que carga. Los míos, como los demonios, siguen encerrados en unas cajas de cartón, guardados en unas bolsas de mandado, y algunos mirándome a mi lado derecho. Porque sí, algunos de mis demonios, como mis muertos, me miran mientras escribo, mientras hablo sola, acaricio al gato o me saco la ropa.

El beso de Sophie me dejó sin aliento. Y la primera vez que hacen el amor, me quedé como cuando se queda uno después del amor, con pocas palabras, con muchos gestos, sintiendo que se dejan atrás algunas promesas rotas.

El amor que los funde, junto con el aceite de la lámpara, y se dan cuenta a través de las sombras de la pared que son uno mismo, fundidos en el ir y venir, del amor, del aliento, del aire que se quiere mover aún estancado en una habitación. Después de ese amor por fin se sabe, entonces, que siempre se fue el uno del otro, que aún antes fueron uno mismo.

Gracias, otra vez.

Saludos cordiales,
Mariposa Tecknicolor.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Otra vez el huracán

Mirando pasar el pasado, no me estoy quedando mirando.
Andrés Calamaro.

Cuando se acaba una investigación, se deberían seguir los pasos de reinserción a la sociedad que sigue un preso al salir de prisión. Ahora, al igual que cuando el amor se acaba, hay que saber en qué se empleará el tiempo que antes se le dedicaba a la investigación. Iniciar otra, supongo que es la opción.

Paso mucho tiempo sola, le dije, a veces no tengo con quien platicar todas estas cosas, y te pido una disculpa por mostrarme un tanto irascible cuando no tiene que ver. Es de llamar la atención que me haya sucedido con el Rey Sol, hacía mucho tiempo que el chico no me decía que me nota diferente, se preocupa, y yo me preocupo más cuando lo veo preocupado.

No puedo hacerme que no pasa nada, no es mi estilo, no me va. Y tampoco es verdad que no me importa nada. Pero como él me lo dijo hace mucho tiempo, la vida te envía la peor de las curvas y hay que tener listo el bate para pegarle a la bola. Una cosa a la vez, porque si no corro el riesgo de volverme loca.

Una camioneta se me echó encima, estoy segura que ni me vió, fastidió el lado derecho de mi coche. Y si pensaba que, aún con todo lo que ha pasado no podría venir nada más, una camioneta que parecía torta de cumpleaños, se me echó encima. Hans camina, es fuerte, me gusta que haya tenido un pasado bucanero aún cuando la gente piensa que eso demerita su valor. Yo lo quise aún con ese pasado bucanero que lo hizo andar de color verde. Lo quiero, y aunque sólo es un coche... es mi coche.

Y es como el resto de la Historia, todo sigue, hay que saber seguir escribiéndolo. Se tiene que tener la capacidad de darse cuenta cuando la situación cambia, se debe tener conciencia de saberse como es, como ahora se es. Me cuesta trabajo saberme como quise ser, como ahora lo soy. Otra vez, el huracán. ¿Cuándo va a parar?

También tuve un pasado bucanero, le dije. Se sobresaltó al mirar cómo mis reflejos reaccionan cuando intenta alcanzar mi brazo derecho, o la orilla de mi espalda. Me desacostumbré a comer de la mano, a tomar el brazo, a entrelazar mis dedos con los de otra mano. No tuvo nada que agregar. Es en esos momentos cuando las palabras sobran, y el chico conoce muy bien mi lenguaje corporal.

Él me sabe que cambié, me sabe como ahora soy. Se da cuenta del trabajo que me costó llegar acá, y de lo que todavía me cuesta mantenerme así. Me siento feliz de saberme -aún cuando muchos años han pasado- de su lado, empujando hacia el mismo lado. Hay personas que llegan a nuestras vidas por una sola razón, y quizá el Rey Sol no vino a ser mi pareja, ni mi chico, ni mi "felices por siempre"; quizá vino simple y sencillamente a hacerme feliz, a haceme sonreír y darme un poco de tranquilidad.

Mateo, por otro lado, ya se supo como un ave de paso. Y yo, ya entendí que no tiene nada de malo que haya comenzado por el final, que se haya sabido el final cuando se escribió el principio. Debo reconocer que tampoco quise invertirle mucho, ni apostarle todo al 38. No, mejor no. Y si no me vibra bien, mejor que no vibre más.

domingo, 1 de noviembre de 2009

JURAMENTO DE AUTOESTIMA

Venga, reconócelo Mariposa Tecknicolor, sin contar con tu hombre ideal, eres lo mejor que hay en la tierra. Es verdad que a veces te deprimes y no quieres hacer nada porque piensas que nada vale la pena, pero también hay que reconocer que el resto de las veces eres muy optimista, perfeccionista y dedicada. Nadie sabe hacer investigación histórica como tu. Si ya lo dice tu madre: eres la mejor historiadora del mundo. Por eso, a partir de hoy vas a dejar de torturarte por no tener pareja ni el empleo de tus sueños y comenzarás a quererte por ser responsable, inteligente y constante. Y si alguien llega y te dice que eres una persona equivocada, dile que puede coger largarse a la fregada.

jueves, 29 de octubre de 2009

Ya lo dije.

Hoy amor igual que ayer, como siempre, el diario no hablaba de ti ni de mi.
Joaquín Sabina.

Me estoy quedando ciega de releer las imágenes que tomé de las programaciones de la estación de radio cuya historia me propuse escribir. La radio no habló de ti, mi radio no se acordó de mi. Tantos periódicos que revisé, y ninguno me dijo nada de ti ni del final que debo escribir. Me da gusto que el final dependa de la disertación que haga, de la conclusión que ya está escrita.

Si no te veo, quizá no sepa más de ti. Cuando no estoy contigo, lo paso siempre escribiendo o leyendo el libro que tengo pendiente. Ayer me preguntaste si ya había empezado con Chesterton, que me regalaste el domingo anterior; no tengo tanto tiempo como quisiera, te respondí. No he podido estar contigo todo el tiempo que quisiera, debí responderte.

Es oficial, te extraño. Ya lo dije. Y no me importó el "qué dirán", te lo dije por teléfono ayer que hablamos en la noche. La semana ha estado muy apurada, con pendientes que dejan de serlo, con líneas muertas que vuelven a vivir. No hay plazo que no se cumpla, y poco a poco mi lista va a dejar de tener incisos para palomear.

Sigo leyendo el periódico como si me pagaran por ello. Literalmente que me han pagado por leerlo, pero de muchos años atrás. Estos días los diarios matutinos son los que me han tirado el cable a tierra. Dejo de tener temor de las modificaciones que se tendrán que hacer, poco a poco las juicios han llegado para bien y se me desvaneció la ansiedad a través de la confianza que no se quiere ir.

El domingo nos vimos un par de horas en la noche, porque yo sabía que no podría verte el resto de la semana. Sobre aviso no hay engaño. Ya es jueves y probablemente hoy podamos comer juntos. Probablemente no. No me imaginé que me importara tanto no recibir noticias tuyas. Te extraño. Ya lo dije.

Extrañaba manejar en la Ciudad de noche. Ya me di cuenta que no veo bien. Mi vista está más cansada que nunca estos días, y me parece que es momento para ir a revisar la graduación de mis lentes. Me cuesta trabajo creer que a mi edad se me dificulte leer de cerca, o de cerquita, y se me facilite a media distancia. Me parezco a mis papás, con la diferencia de que me llevan casi 40 años y que ellos no han leído imágenes de carteleras radiofónicas, en un monitorcito que se esfuerza por no hacerme llorar.

Ojalá el diario hubiera hablado de mi.
Ojalá pudiera seguir escribiendo de nosotros.

martes, 27 de octubre de 2009

En la calle Sierra Nevada

Entregué a los últimos de mis bebés antes de las once de la mañana. Tenía la opción de volver a casa a leer o a volver a hacer mis listas de pendientes, o ir a la estación de radio a recoger las entradas que me gané para la ceremonia de entrega de las Lunas del Auditorio Nacional. Tomé la segunda opción. Y en el camino me arrepentí porque a Hans se le descompuso el limpiador del lado del conductor, por lo que cuando comenzó a chispear justo cuando entré a Periférico, empecé a no ver nada.

La lluvia cesó y pasando el Campo Militar número 1, dudé en si debía desviarme por Conscripto para llegar a Palmas, y así a Lomas de Chapultepec. En lugar de hacer eso, le llamé al Rey Sol para preguntarle qué opinaba de mi ruta. Me sugirió llegar por Reforma y dar vuelta a la izquierda en la primera gasolinera.

Él estaba en Masaryk, y cuando le conté lo que sucedía con los limpiadores, me dijo que lo esperara en la calle siguiente de Prado Norte, que ya estaba dándose la vuelta para ir a alcanzarme e intentar arreglar el coche. Le obedecí, llegué a Montes Escandinavos y como no había lugar, me di toda la vuelta otra vez y me llamó, ¿dónde andas?, pues dándole la vuelta otra vez a la manzana, voy para allá, le respondí. Ya te vi, no cuelgues, oríllate. Y comenzamos una conversación por el móvil, de coche a coche.

La opción fue dar vuelta a la izquierda en la primera, y a la mitad de la calle Sierra Nevada nos orillamos en segunda fila para que revisara los limpiadores de mi coche. No hace mucho que lo había visto, tendrá unos quince días, pero hoy lo vi muy bien. Tiene las cejas notablemente más rojizas que el resto del pelo, y me acordé de que cuando lo conocí era verdaderamente pelirrojo. El color del pelo lo ha perdido tal y como lo he perdido yo: él se volvió casi rubio y a mi me salió un mechón cano del lado derecho de la frente.

Traía otro coche, no mi favorito, de él descendió y sacó unas pinzas, caminó hacia Hans. Me bajé, nos saludamos y nos abrazamos. Hacía mucho frío. Hoy hizo mucho frío y me llovió de regreso a casa. Desarmó los limpiadores, limpió el de mi lado que era el que no funcionaba, los midió, los probó, los volvió a armar y quedaron. Con unas pinzas corta cables y su Victorinox, dejó mi coche como nuevo. Lo revisó de nariz a nariz, le intentó arreglar el espejo lateral, miró el rayón de la puerta izquierda y me felicitó por los cuartos delanteros.

Usted me iba a vender unas monedas, me recordó. Lo había olvidado. Todo se me olvida si no lo apunto, le dije. Vacié mi enorme bolso, el que parece un nido de gaviotas, y hasta el fondo encontré la cajita de lámina en la que traía dos monedas. Las que no me traían más que malos recuerdos, y que ahora aliviarían algunos de mis males. ¿En cuanto está la onza de plata? No lo sé, le dije, creo que no pasa de 180 ó 190 pesos, y la otra es la conmemorativa de cien. Me compró, al precio que quiso para que yo resultara privilegiada, las monedas que a mi me estorbaban la memoria y a él le enriquecieron la colección.

Orillados en la calle Sierra Nevada, volvimos a hablar de dinero, de mis proyectos, de sus facturas por cobrar; de nuestros coches, de sus pendientes, del malestar de mi ordenador, de los hijos que entregué ayer y hoy, de cuando su pelo era todavía rojo y el mío brillaba de misterio color nogal.

Siempre tengo muchas cosas que decirte, y cuando te veo todo se me olvida, le confesé. Cuando me acuerde te llamo por teléfono, y ya te digo qué era lo que pasaba. Quedamos con el ordenador para mañana, hoy tuve mi curso de Independencia de México, lo que no me dejó ir a su oficina.

Comenzamos a despedirnos con nuestras frases que todo quieren resolver al último minuto, y casi no dicen nada. Volvimos a abrazarnos, comenzó a llover. Ya me llevo mis limpiadores, estoy contenta. Y no los pude arreglar bien, luego lo vemos, me respondió. Un último adiós y cada quien a su coche. Di vuelta a la izquierda para volver a Paseo de la Reforma, me siguió, di vuelta hacia la gasolinera y lo perdí de vista por el retrovisor.

Llegué a Montes Pirineos sin ningún problema. Recogí mis entradas y me fui hacia Periférico Norte. Volví a llamarle, para decirle que mi memoria ya se había acordado del asiento que se mueve cuando freno en cada tope, haciendo que mi acompañante que le haga de copiloto casi se pegue en la frente con el parabrisas. Nos reímos. Hizo bromas. Me gusta cuando hace bromas y trae puesta esa chamarra gris, como sus pantalones, de cierre al frente y bolsas al costado. Me gusta que nos encontremos cuando hace frío.

Me gusta que haga un momento para verme aunque sean unos veinte minutos. Nunca me hubiera imaginado que mi coche nos acercara más que nunca, y no precisamente porque me condujera hacia él.

El chico me hace feliz, me hace muy feliz que el Rey Sol siga figurando en esta historia, aún en los días lluviosos.