martes, 27 de octubre de 2009

En la calle Sierra Nevada

Entregué a los últimos de mis bebés antes de las once de la mañana. Tenía la opción de volver a casa a leer o a volver a hacer mis listas de pendientes, o ir a la estación de radio a recoger las entradas que me gané para la ceremonia de entrega de las Lunas del Auditorio Nacional. Tomé la segunda opción. Y en el camino me arrepentí porque a Hans se le descompuso el limpiador del lado del conductor, por lo que cuando comenzó a chispear justo cuando entré a Periférico, empecé a no ver nada.

La lluvia cesó y pasando el Campo Militar número 1, dudé en si debía desviarme por Conscripto para llegar a Palmas, y así a Lomas de Chapultepec. En lugar de hacer eso, le llamé al Rey Sol para preguntarle qué opinaba de mi ruta. Me sugirió llegar por Reforma y dar vuelta a la izquierda en la primera gasolinera.

Él estaba en Masaryk, y cuando le conté lo que sucedía con los limpiadores, me dijo que lo esperara en la calle siguiente de Prado Norte, que ya estaba dándose la vuelta para ir a alcanzarme e intentar arreglar el coche. Le obedecí, llegué a Montes Escandinavos y como no había lugar, me di toda la vuelta otra vez y me llamó, ¿dónde andas?, pues dándole la vuelta otra vez a la manzana, voy para allá, le respondí. Ya te vi, no cuelgues, oríllate. Y comenzamos una conversación por el móvil, de coche a coche.

La opción fue dar vuelta a la izquierda en la primera, y a la mitad de la calle Sierra Nevada nos orillamos en segunda fila para que revisara los limpiadores de mi coche. No hace mucho que lo había visto, tendrá unos quince días, pero hoy lo vi muy bien. Tiene las cejas notablemente más rojizas que el resto del pelo, y me acordé de que cuando lo conocí era verdaderamente pelirrojo. El color del pelo lo ha perdido tal y como lo he perdido yo: él se volvió casi rubio y a mi me salió un mechón cano del lado derecho de la frente.

Traía otro coche, no mi favorito, de él descendió y sacó unas pinzas, caminó hacia Hans. Me bajé, nos saludamos y nos abrazamos. Hacía mucho frío. Hoy hizo mucho frío y me llovió de regreso a casa. Desarmó los limpiadores, limpió el de mi lado que era el que no funcionaba, los midió, los probó, los volvió a armar y quedaron. Con unas pinzas corta cables y su Victorinox, dejó mi coche como nuevo. Lo revisó de nariz a nariz, le intentó arreglar el espejo lateral, miró el rayón de la puerta izquierda y me felicitó por los cuartos delanteros.

Usted me iba a vender unas monedas, me recordó. Lo había olvidado. Todo se me olvida si no lo apunto, le dije. Vacié mi enorme bolso, el que parece un nido de gaviotas, y hasta el fondo encontré la cajita de lámina en la que traía dos monedas. Las que no me traían más que malos recuerdos, y que ahora aliviarían algunos de mis males. ¿En cuanto está la onza de plata? No lo sé, le dije, creo que no pasa de 180 ó 190 pesos, y la otra es la conmemorativa de cien. Me compró, al precio que quiso para que yo resultara privilegiada, las monedas que a mi me estorbaban la memoria y a él le enriquecieron la colección.

Orillados en la calle Sierra Nevada, volvimos a hablar de dinero, de mis proyectos, de sus facturas por cobrar; de nuestros coches, de sus pendientes, del malestar de mi ordenador, de los hijos que entregué ayer y hoy, de cuando su pelo era todavía rojo y el mío brillaba de misterio color nogal.

Siempre tengo muchas cosas que decirte, y cuando te veo todo se me olvida, le confesé. Cuando me acuerde te llamo por teléfono, y ya te digo qué era lo que pasaba. Quedamos con el ordenador para mañana, hoy tuve mi curso de Independencia de México, lo que no me dejó ir a su oficina.

Comenzamos a despedirnos con nuestras frases que todo quieren resolver al último minuto, y casi no dicen nada. Volvimos a abrazarnos, comenzó a llover. Ya me llevo mis limpiadores, estoy contenta. Y no los pude arreglar bien, luego lo vemos, me respondió. Un último adiós y cada quien a su coche. Di vuelta a la izquierda para volver a Paseo de la Reforma, me siguió, di vuelta hacia la gasolinera y lo perdí de vista por el retrovisor.

Llegué a Montes Pirineos sin ningún problema. Recogí mis entradas y me fui hacia Periférico Norte. Volví a llamarle, para decirle que mi memoria ya se había acordado del asiento que se mueve cuando freno en cada tope, haciendo que mi acompañante que le haga de copiloto casi se pegue en la frente con el parabrisas. Nos reímos. Hizo bromas. Me gusta cuando hace bromas y trae puesta esa chamarra gris, como sus pantalones, de cierre al frente y bolsas al costado. Me gusta que nos encontremos cuando hace frío.

Me gusta que haga un momento para verme aunque sean unos veinte minutos. Nunca me hubiera imaginado que mi coche nos acercara más que nunca, y no precisamente porque me condujera hacia él.

El chico me hace feliz, me hace muy feliz que el Rey Sol siga figurando en esta historia, aún en los días lluviosos.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

No estarán, hoy, los Tigres del Norte, en las Lunas del Auditorio, por La Granja. Los censuraron.

Ese Hans es todo un cupido.

Amo cuando llueve.

Dos abrazos de treinta y tantos grados, cálidos, Mariposa.

Soler dijo...

El rey sol... no hay un príncipe arco-iris?

Soler dijo...

Lindo

Muchas veces cosas que nunca imaginamos, son las que resultan uniéndonos mas...

Un abrazo.