A nosotras entonces, nos toca conformarnos con ¡El Ken!Tal y como se publicó en: Karla Delgado.
El Ken, ese muñeco de plástico de mirada fija y vacía ( como también vacíos están sus bolsillos porque todo es de la Barbie ¿no?), el muñecón de facciones perfrectas que ni suda, ni se despeina. Con ese mal ejemplo crecemos las mujeres en el mundo pensando que ese es el modelo de hombre perfecto: un perfrecto idiota. Y si esos son los ejemplos que nos dan a seguir cuando niñas, pues entonces, ¿qué se podrá esperar de nosotras cuando adultas? Además, ¿cómo defraudar a la mamá y no seguir sus pasos? Si ellas empezaron casándose con nuestros papás. ¿Cómo les vamos a salir ahora defraudándolas consiguiéndonos, eso sí, un buen partido?
El caso es que el Ken, que en la vida de la Barbie sólo sirve para hacer visita en la sala rosada, de la casa rosada, llena de todas las demás Barbies vestidas, pues de rosado, al que spolo lo invitan a su casa, de visita y eso que es el marido de la popular muñeca. ¿Ese es el ejemplo a seguir? Eso es lo que quieren nuestras mamás para nuestro futuro: ¿al hombre de adorno que no sirve para nada? El Ken, tan mal dotado que uno le baja los pantalones y ¡ahí no pasa nada! Por eso desde pequeñas nos acostumbramos a conformarnos con tan poquito. Por eso nos encanta que la Barbie le ponga los cuernos al Ken con todos los muñecos del baúl: con el Increíble Hulk, y con todo el montón de soldaditos de plástico. Tan mal dotado estará que la Barbie popularizó la inseminación artificial. Ante la ineficiencia procreadora de Ken, los bebés de la Barbie no se conciben, sospechosamente aparecen ya listos dentro de una cajita rosada en los supermercados. Aparte vienen en todos los colores y razas. ¡La Barbie es terrible!
Sí, el Ken no es más que un donante de esperma. Pero será cuando lo derriten, porque todo el mundo sabe que la Barbie siempre anda con otros. El Ken es tan patético, que ni siquiera salió en Toy Story. En donde cabe resaltar, salieron todos los juguetes. Al muy cretino le ganaron el casting un chancho alcancía, un dinosaurio y un perro salchicha. Además al Ken le cabe aquella canción de ese otro Ken original, el venezolano... el del peinado esponjado: El Puma. Ese ídolo en decadencia que cantaba: "¿Dueño de tí, dueño de qué? ¡Dueño de nada! Sí,k el Ken además es un vaciado porque todo es de la Barbie.
La casa, el carro, la moto y la piscina son de la Barbie...
Y lo más humillante de todo: el bar y hasta el motel son de la Barbie. Pero ahí sí estoy de acuerdo: que todo sea de la Barbie porque al final todo termina siendo de una. Por eso amo a ¡la Barbie divorciada!.
Lo cierto es que la Barbie es la más hábil de todas las muñecas. Al menos tiene todo claro. Es la más independiente y la mejor neociante de todas. Nuestro modelo a seguir y la culpable de gran parte de nuestras frustraciones. Sí, porque tener como modelo a una muñeca casi perfecta, que no sabe lo que es una cana, a pesar de que ya es oficialmente una cucha (de ahí el popular término "Cuchi-Barbie"), que no necesita de la plata del marido para nada, que tiene hijos y ni se le nota y, que además tiene para pagarse su propia silicona y todas sus cuentas. La Barbie, que no tiene un solo pelo de plástico de tonta, tamibén es nuestro principal motivo de frustración latinoamericana.
Para evitar entonces que las mujeres del mundo crezcamos pensando que el esposo es un sin gracia. Para desde pequeñas aprender a respetar al marido, al propio o al menos al ajeno, sería más considerado que se inventaran una muñeca que sí nos ayude a prepararnos para el futuro y para nuestra verdadera realidad tercer in-mundista. Algo así cmo la Barbie Chibcha. Que se llame Yuris Johanna, Nini Paola, mejor dicho, que tenga un nombre más familiar. En fin que la Barbie latina, en vez de venir con piscina, helipuerto y salón de belleza propio y cosas de esas que no vamos a tener, que venga más bien con sus propios artículos de aseo... pero no personal, sino para limpiar la casa. Que venga con su propio Clorox, con su propio Ajax y con un bulto bien grande de caldo de gallina. Que ande en chancletas y que tome Prozac para la depresión Pre y Post parto que seguramente le va a dar cuando se dé cuenta del marido que le tocó. Que en vez de poder maquillarla, venga con un kit completo para hacerse la cera y quitarse el bigote que eventualmente nos sale a todas! Así unas nos depilemos con más frecuencia que otras.
Sí, que la nueva Barbie latina sea una pobre muñeca, pasada de peso y que trabaje en algo tan real como vendedora de L'Ebel. Eso es más realista. Eso sí que es preparanos para el futuro. Que venga con su propio accesorio, o sea, su marido. Que en vez de la sonrisa tonta que no se le borra ni con ácido de batería (ya lo he probado), viva deprimida ante la infidelidad del John Wilmer Ken, la versión latina del novio de la Barbie. Y que en vez del carro convertible rosado se suba en bus... o en carro pero pagado por cuotas. Nada de la flota de carros rosados convertibles parqueados en la puerta. ¿A quién quieren engañar cuando aún pensamos que todos nuestros sueños infantiles sí son posibles? Yasí, con una Barbie larina, podremos evitarnos toda esa frustración infantil por no ser altas, flacas, millonarias, súper populares y siliconudas...
Pero el Ken, ese sí, bajo ningún punto de vista puede ser el modelo de hombre que queremos en nuestras vidas. Tampoco recomendaría a las mamás regalar a sus hijas ningún tipo de Súperhéroe. ¿Para qué? Si en la vida real lo que nos toca es otra cosa. Imagínense la tragedia que sería si el novio de la Barbie fuera algo así como el Hombre Araña, por ejemplo.¿Para qué? Para que cuando crezcamos, nos toque cortarnos las venas, pues la ilusión del hombre arácnido se resume a un trepador que lo único que hace es pegarse como un chicle y escalar posiciones a costa nuestra. No gracias. Y esa es la cruel realidad. O qué tal Súperman, uno que vuele. ¿Para qué? ¿Para qué soñar con tanto si en la vida real lo que nos oca es uno que vuela, sí, pero a los brazos de la otra? O Batman y Robin, el dúo dinámico para que aprendamos a admirarlos desde pequeñas.. Para que en la vida real nos toque conformarnos con Barman y Robin, un par de borrachos que, entre otras son ¡re-gay! Admitámoslo, en la vida real, los únicos súperhéroes que nos tocan son FLASH... Pero Gordo, o el más popular de todos: el Hombre Invisible. Ese que con quien estuvimos un tiempo y luego desapareció de nuestras vidas sin dejar rastro...
Karla Delgado.
miércoles, 9 de junio de 2010
Barbie y Ken
lunes, 7 de junio de 2010
¿Es que pido demasiado?
Nunca nada es suficiente, ya lo había escrito en algún momento. No se es suficientemente mujer, suficientemente lista, guapa, delgada; suficientemente suficiente, eficiente, ágil, acomedida; suficientemente sexy, sensual, amorosa; nunca se es suficientemente perfecta, inteligente, trabajadora, profesionista, profesional. Siempre algo falta, siempre en algo se queda mal, siempre se espera más de uno, siempre algo faltó que se hiciera o que se dijera. Nunca se es suficientemente comprensiva, echadora, luchona, soltera, comprometida, nunca es suficiente.
¿Acaso es que pido demasiado? Por Dios, la gente se da cuenta de que no soy exigente, ¿entonces por qué demonios me exigen tanto a mi? ¿Por qué esperan que haga cosas o que reaccione de manera que no voy a reaccionar?
Estoy muy cansada, tengo la cabeza agotada, me duele la pierna derecha, creo que debería dejar de usar tacones para siempre, dejar de ponerme esos vestiditos que ahora pienso no valen la pena. Me siento mal. No es ansiedad -cosa que agradezco-, no es dolor físico, simplemente estoy agotada.
Me siento -una vez más-, como si estuviera con las alas pegadas, como si algo me impidiera volar.
¿Qué es lo que te ata? La pregunta me da mil vueltas en la cabeza y no la sé responder. Según yo no me ata nada, o no me ataba nada, o nada me quiere atar. No lo sé. Ahora ni siquiera sé si quiero quedarme quieta, si quiero dejar de hacer las cosas que hacía antes, si quiero seguir haciendo lo que hago ahora.
Ya no hay aire. Maldita Ciudad, no se puede respirar aquí. Somos muchas personas en tan poco espacio... ya no se puede más. Me falta el aire, me falta el aire, necesito que venga a llenar este huequito que tengo en la garganta y en el pecho.
Necesito aire en mi rostro, que me agite el pelo, que me entuma las manos. Necesito sentir que el aire viene a levantarme un poquito del suelo. Necesito la necesidad de entrecerrar los ojos debido al aire que me roce la cara.
Necesito salirme un poco de aquí. Maldita primavera que hace puta a esta Ciudad. Por Dios, ahora sí necesito respirar.
¿Acaso es que pido demasiado? Por Dios, la gente se da cuenta de que no soy exigente, ¿entonces por qué demonios me exigen tanto a mi? ¿Por qué esperan que haga cosas o que reaccione de manera que no voy a reaccionar?
Estoy muy cansada, tengo la cabeza agotada, me duele la pierna derecha, creo que debería dejar de usar tacones para siempre, dejar de ponerme esos vestiditos que ahora pienso no valen la pena. Me siento mal. No es ansiedad -cosa que agradezco-, no es dolor físico, simplemente estoy agotada.
Me siento -una vez más-, como si estuviera con las alas pegadas, como si algo me impidiera volar.
¿Qué es lo que te ata? La pregunta me da mil vueltas en la cabeza y no la sé responder. Según yo no me ata nada, o no me ataba nada, o nada me quiere atar. No lo sé. Ahora ni siquiera sé si quiero quedarme quieta, si quiero dejar de hacer las cosas que hacía antes, si quiero seguir haciendo lo que hago ahora.
Ya no hay aire. Maldita Ciudad, no se puede respirar aquí. Somos muchas personas en tan poco espacio... ya no se puede más. Me falta el aire, me falta el aire, necesito que venga a llenar este huequito que tengo en la garganta y en el pecho.
Necesito aire en mi rostro, que me agite el pelo, que me entuma las manos. Necesito sentir que el aire viene a levantarme un poquito del suelo. Necesito la necesidad de entrecerrar los ojos debido al aire que me roce la cara.
Necesito salirme un poco de aquí. Maldita primavera que hace puta a esta Ciudad. Por Dios, ahora sí necesito respirar.
domingo, 6 de junio de 2010
La primera llamada del domingo
Me desperté para despertarlo a él, luego Jana me llamó para cerciorarse de que ya estuviera despierta para poder levantarnos ambas. Par de bobas. Que si teníamos que desayunar o lavar la ropa, que si vendrá con nosotros más tarde, que si sí, que si no.
Me levanté, atendí al gato, puse la lavadora. Me estaba haciendo un licuado de papaya, algo ligero que no me llenara la panza porque al rato desayunaré con él, cuando el teléfono sonó. Era la señora argentina, madre del gringo, con quien he estado en estrecho contacto las últimas semanas. Es amable, y aún cuando es muy mayor, tiene todavía estas ideas revolucionarias en la cabeza, que más traemos los que rondamos los treina o menos. Me cae bien.
Llamó para preguntar por mi madre, por el último viaje y por el que quizá haga Carmela para la Florida. Llamó para felicitarme por estar enamorada, ¿cómo? Así, por estar enamorada. Dice que es maravilloso ver que personas jóvenes aún insistan en aventurarse para el amor, para la convivencia y sobre todo, para procurarse. Se permitió darme un consejo, no me molestó, al contrario, me pidió que tuviera paciencia, que le tuviera paciencia a él y a mi misma; que el amor no es sencillo, no es cosa de un día o unas horas, y coincidimos en esta idea de que uno tiene que hacerle de jardinera.
El sábado pasado nos vimos para comer, y platicamos de Cristina, de mi madre, de nuestras cosas con las amigas, de mis proyectos, de los suyos y de sus viajes. Hace rato me dijo que con razón me vio radiante: que el pelo me brillaba de una manera muy especial y natural, y que los ojos se me miran diferentes. Me dijo que ahora sabe porqué me veo tan diferente, tan bien y contenta. Dice que el amor se me nota como una nueva actitud que se viste como un par de zapatos nuevos.
Me dio tanta emoción, que casi se me salen las lágrimas. Eso ya no es nuevo en mi, ahora estoy tan sensible y susceptible a las cosas emocionales, que la emotiva he sido yo. Afortunadamente me han felicitado por muchas cosas a lo largo de mi vida, pero nunca antes me habían felicitado por haberme enamorado. Es muy lindo y me dejó sin palabras y con un nudo en la garganta que esta señora lo hubiera hecho.
A veces quisiera que este tipo de cosas vinieran de personas más cercanas a mi círculo. A veces quisiera que las personas que me miran a diario también se dieran cuenta de las cosas buenas que me pasan y de las buenas decisiones que tomo.
No se puede todo en la vida. Una cosa a la vez, un día a la vez. Cuando una parte de la vida se estabiliza, las otras tienden a entrar en caos. Pero ahora sé que no importa. Siempre que una parte de la vida se estabiliza, es más fácil sobrellevar el caos que surge del otro lado.
Me levanté, atendí al gato, puse la lavadora. Me estaba haciendo un licuado de papaya, algo ligero que no me llenara la panza porque al rato desayunaré con él, cuando el teléfono sonó. Era la señora argentina, madre del gringo, con quien he estado en estrecho contacto las últimas semanas. Es amable, y aún cuando es muy mayor, tiene todavía estas ideas revolucionarias en la cabeza, que más traemos los que rondamos los treina o menos. Me cae bien.
Llamó para preguntar por mi madre, por el último viaje y por el que quizá haga Carmela para la Florida. Llamó para felicitarme por estar enamorada, ¿cómo? Así, por estar enamorada. Dice que es maravilloso ver que personas jóvenes aún insistan en aventurarse para el amor, para la convivencia y sobre todo, para procurarse. Se permitió darme un consejo, no me molestó, al contrario, me pidió que tuviera paciencia, que le tuviera paciencia a él y a mi misma; que el amor no es sencillo, no es cosa de un día o unas horas, y coincidimos en esta idea de que uno tiene que hacerle de jardinera.
El sábado pasado nos vimos para comer, y platicamos de Cristina, de mi madre, de nuestras cosas con las amigas, de mis proyectos, de los suyos y de sus viajes. Hace rato me dijo que con razón me vio radiante: que el pelo me brillaba de una manera muy especial y natural, y que los ojos se me miran diferentes. Me dijo que ahora sabe porqué me veo tan diferente, tan bien y contenta. Dice que el amor se me nota como una nueva actitud que se viste como un par de zapatos nuevos.
Me dio tanta emoción, que casi se me salen las lágrimas. Eso ya no es nuevo en mi, ahora estoy tan sensible y susceptible a las cosas emocionales, que la emotiva he sido yo. Afortunadamente me han felicitado por muchas cosas a lo largo de mi vida, pero nunca antes me habían felicitado por haberme enamorado. Es muy lindo y me dejó sin palabras y con un nudo en la garganta que esta señora lo hubiera hecho.
A veces quisiera que este tipo de cosas vinieran de personas más cercanas a mi círculo. A veces quisiera que las personas que me miran a diario también se dieran cuenta de las cosas buenas que me pasan y de las buenas decisiones que tomo.
No se puede todo en la vida. Una cosa a la vez, un día a la vez. Cuando una parte de la vida se estabiliza, las otras tienden a entrar en caos. Pero ahora sé que no importa. Siempre que una parte de la vida se estabiliza, es más fácil sobrellevar el caos que surge del otro lado.
Le pedí y él me prometió.
Me da mucho miedo volverme loca.
Le hice prometerme un par de veces, que no permitirá que me vuelva loca.
Le pedí que si un día dejo de bañarme o me quedo tirada en la cama por muchos días, irá a mi casa a tender mi cama, a meterme a bañar, a darme de comer y a correr a la bola de gatos o perros o animales que se hayan hecho un lugar allí sin que yo me diera cuenta.
Le hice prometerme, que me aterrizará a tierra. Que si un día no respondo el teléfono o no me comunico con él, irá a buscarme para saber si todo sigue bien.
Le pedí que si me da un terrible cansancio mental, de esos en los que ya no se sabe qué es lo que se tiene que hacer o qué es lo que sigue, que si ya no puedo escribir más, que si ya todo lo olvidé, o de plano me da surmenage, que irá a visitarme para recordarme quién soy, quién fui y qué es lo que quería hacer.
Quizá tenga que ofrecerme mi comida favorita, o ponerme a Fito Páez quedito para que me quede dormida. No importa. El chico me dijo que no me volveré loca, que no tengo por qué hacerlo, y que de así suceder, él estará conmigo porque nunca me dejará sola.
Me da miedo. No puedo vivir con este miedo otra vez. Su respuesta me hizo llorar, me hace sentir bien, y espero verdaderamente que me crea, que este miedo a perder la razón es real y que me preocupa terminar como el escritor aquel que sólo hablaba con la señora de la verdulería en el mercado y sus ganas eran simplemente por realizar un estudio sobre el silencio -o en su defecto el ruido- en la Ciudad de México.
Le pedí, también -pobre chico y adorable que me dice que sí-, que si un día ya no puedo aprender más o ya no puedo retener más algún acontecimiento en mi memoria, y le sugiero entonces que quiero hacer realidad mi sueño frustrado de elaborar diseños o confecciones de ropa, o poner un puesto en un mercado de cabecera municipal, me va a yudar a hacerlo. El chico me respondió que entonces buscaremos un buen local, un distribuidor de chiles secos y semillas -o de lo que me haga feliz vender- y seré la mejor tendera del mercado.
El chico me prometió que seguirá a mi lado.
Pero bueno, vaya que las cosas así son, no le digas que te dije, porque prometí no hacerlo oficial hasta que por fin tenga parte.
Prometió, entre líneas, hacerme feliz todos los domingos. Y yo, en cambio, prometí que sostendría su mano y que seguiría mandando a la fregada todo lo que cause esta fatiga que ya no puedo cargar en mis hombros.
Prometí visitar a su madre todos los sábados, y le confesé que quiero compartir las puestas de sol a su lado.
A mi también me sucedió, y justo en primavera. Yo no sé (¡¡carajos!!), en qué momento le abrí la puerta de adelante para que entrara de par en par. Sé que estoy feliz, que me fascinan ahora los días -y particularmente los domingos- que tengo con él y que añoro y deseo vivir a su lado también todos los amaneceres que nos quedan.
Lo extraño más de lo que pensé cuando no duermo con él. Le pienso sin darme cuenta cuando voy a hacer las compras.
Habrá cualquier cosa, y coincido contigo en lo que dices de tus ojos verdes. Que vivamos a través de los nuestros de par en par.
Le hice prometerme un par de veces, que no permitirá que me vuelva loca.
Le pedí que si un día dejo de bañarme o me quedo tirada en la cama por muchos días, irá a mi casa a tender mi cama, a meterme a bañar, a darme de comer y a correr a la bola de gatos o perros o animales que se hayan hecho un lugar allí sin que yo me diera cuenta.
Le hice prometerme, que me aterrizará a tierra. Que si un día no respondo el teléfono o no me comunico con él, irá a buscarme para saber si todo sigue bien.
Le pedí que si me da un terrible cansancio mental, de esos en los que ya no se sabe qué es lo que se tiene que hacer o qué es lo que sigue, que si ya no puedo escribir más, que si ya todo lo olvidé, o de plano me da surmenage, que irá a visitarme para recordarme quién soy, quién fui y qué es lo que quería hacer.
Quizá tenga que ofrecerme mi comida favorita, o ponerme a Fito Páez quedito para que me quede dormida. No importa. El chico me dijo que no me volveré loca, que no tengo por qué hacerlo, y que de así suceder, él estará conmigo porque nunca me dejará sola.
Me da miedo. No puedo vivir con este miedo otra vez. Su respuesta me hizo llorar, me hace sentir bien, y espero verdaderamente que me crea, que este miedo a perder la razón es real y que me preocupa terminar como el escritor aquel que sólo hablaba con la señora de la verdulería en el mercado y sus ganas eran simplemente por realizar un estudio sobre el silencio -o en su defecto el ruido- en la Ciudad de México.
Le pedí, también -pobre chico y adorable que me dice que sí-, que si un día ya no puedo aprender más o ya no puedo retener más algún acontecimiento en mi memoria, y le sugiero entonces que quiero hacer realidad mi sueño frustrado de elaborar diseños o confecciones de ropa, o poner un puesto en un mercado de cabecera municipal, me va a yudar a hacerlo. El chico me respondió que entonces buscaremos un buen local, un distribuidor de chiles secos y semillas -o de lo que me haga feliz vender- y seré la mejor tendera del mercado.
El chico me prometió que seguirá a mi lado.
Pero bueno, vaya que las cosas así son, no le digas que te dije, porque prometí no hacerlo oficial hasta que por fin tenga parte.
Prometió, entre líneas, hacerme feliz todos los domingos. Y yo, en cambio, prometí que sostendría su mano y que seguiría mandando a la fregada todo lo que cause esta fatiga que ya no puedo cargar en mis hombros.
Prometí visitar a su madre todos los sábados, y le confesé que quiero compartir las puestas de sol a su lado.
A mi también me sucedió, y justo en primavera. Yo no sé (¡¡carajos!!), en qué momento le abrí la puerta de adelante para que entrara de par en par. Sé que estoy feliz, que me fascinan ahora los días -y particularmente los domingos- que tengo con él y que añoro y deseo vivir a su lado también todos los amaneceres que nos quedan.
Lo extraño más de lo que pensé cuando no duermo con él. Le pienso sin darme cuenta cuando voy a hacer las compras.
Habrá cualquier cosa, y coincido contigo en lo que dices de tus ojos verdes. Que vivamos a través de los nuestros de par en par.
Y después, se casan.
El señor Buendía y la señorita Jana insistieron en que me presentara a la boda, así, como si nada. Bueno, la mera verdad es que los tres fantaseamos con que me aventaba un zafarrancho increíble, con todo y eso de "tú dijiste que me amabas", y hasta Buendía sugirió que pidiéramos prestado un bebé, para darle más drama a la escena. En cambio Jana, decía que fingiera un embarazo como de seis meses, pretendiendo que eso causara suficiente remordimiento en el chico, que ahora se convertía en contrayente. Reíamos como estúpidos. ¡Pero qué par de locos!
Ninguna de las dos sugerencias rindió frutos. Sí me presenté a la boda, sin invitación por supuesto, pensando que todos tenemos acceso a la "casa de Dios", y ahí me quedé, como una invitada más, pensando que nada mejor podía pasarme en ese momento, o podía pasarnos a los dos.
No me dio tristeza, tampoco sentí nostalgia. Esas lágrimas absurdas que a veces se apoderan de mis ojos, porque todas las bodas me hacen llorar, esta vez no se hicieron presentes. Me quedé ahí, como estatua. Ni siquiera conocía a sus amigos, ni a sus compañeros de trabajo. Como nunca me presentó a su familia, ni a sus hijas, pues no había verdaderamente nadie que pudiera reconocerme. La única persona que podía hacerlo, quien me avisó que el Rey Sol se casaba, estaba a kilómetros de la Ciudad de México.
Estuvo bien no haber recibido invitación, estuvo bien. Ya me la sé, que los chicos una vez que terminan la relación que tienen conmigo, o se comprometen con alguna chica, o de plano se casan. Tampoco recibí invitación para la boda del soltero tóxico, y como tampoco conservamos los amigos en común, no tuve como enterarme, hasta que pocos meses después, él me lo platicó sentados en una mesa del Sanborn's de Satélite.
Se pudo haber dicho que pasé desapercibida entre los invitados de una y otra familia, de no ser por el vestido que elegí para la ocasión. No iba a ir de compras, ni me iba a poner mi vestido de fiesta porque es color blanco, y se supone que a las bodas uno no debe ir de ese color, así que opté por el vestido rojo estampado con flores azules, de chifón, casi envolvente, con un escote de vértigo; que está confeccionado de tal manera que al caminar, mi pierna izquierda se asoma como si ella también sonriera.
Estuvo bien no haber recibido invitación, estuvo bien que fuera. De otra manera, no hubiera creído que se celebraba una boda ese día. No estoy segura de cómo se conocieron, ni quién es la chica. Sólo sé que fue de esos amores repentinos, de esos que te hacen sentir que nada más importa, que si no te lías con ella -o con él-, podrías arrepentirte tiempo después. Me consta que él está feliz, porque lo vi. De ella no puedo opinar mucho, porque no la conozco, no sé cómo es cuando sonríe o cuando está enojada.
Esa sensación que se tiene, que de cualquier forma a uno lo están mirando, de pronto se me esfumó conforme la ceremonia religiosa transcurría. Ya no era la boda del Rey Sol, ya no era yo con mi vestidito de chifón, simplemente estuve allí, en una ceremonia cualquiera; estaba segura de que tenía que verlo con mis propios ojos, no hubiera bastado que alguien me lo platicara.
Y así, llega el momento de encallar para no navegar más, no sé cómo se siente eso pero supongo que debe ser agradable, que debe ser una emoción inmesa por tener estabilidad en la vida, en el corazón; por haber encontrado a la persona que te complemente y que vaya en el camino paralelo al tuyo.
Por mucho tiempo estuve renuente a una relación estable y duradera, siempre argumentando que mi generación había salido "reacia para el matrimonio", y tomando como ejemplo mis últimas relaciones y lo que los chicos habían dejado en mi. Por mucho tiempo me di cuenta que ellos no querían más estar conmigo, pero que después les llegaba el momento y lo aprovechaban con otras personas, en otros sitios, con otras mujeres. Comprendí que todos buscamos ser felices, pero que yo no estaba en sus planes.
Luego, tanto tiempo de soledad que no se le puede llamar así, llega para dejarnos cosas buenas, un poco de sabiduría y un tanto de experiencia.
Después vienen las cosas más claras, se renuncia al drama, y se necesitan hechos fehacientes para creerlo y para sacarnos tanto escepticismo.
Necesitaba ver con mis propios ojos ese día, el ocaso del sol, que el Rey Sol contrajo nupcias. No más salidas nocturnas, no más calles perdidas en esta Ciudad, no más coches que se siguen, no más almuerzos que no llegan -porque por fin ahora sé que nunca llegarán-. No más Sierra Nevada ni las obras literarias de Minería. No más zócalo capitalino lleno de gente. No más Ciudad Universitaria mientras yo investigaba en la Hemeroteca Nacional. No más copas los viernes por la noche, en este bar de Polanco que ahora no me acuerdo de cómo se llama. No más esquinas de Patriotismo y Eje 6. No más Starbucks a espaldas del Hotel Presidente. No más Archivo Histórico de la Secretaría de Relaciones Exteriores.
Necesitaba que un hecho externo me gritara a la cara que todos tenemos oportunidades, que la mía también se ha presentado, que mi suerte ha cambiado, que el éxito viene de la mano de nuevas experiencias y de personas maravillosas que se aparecen en nuestros caminos.
Necesitaba recordar que los domingos sí me gustan, y que también pueden estar llenos de un amor distinto y de convivencia que no sabía que podía existir.
Luego mi historia vendrá, y dejará memorias maravillosas. Luego sí podré hablar de vestidos de novia, de anillos en el dedo anular, de vestidos sencillos con zapatitos azules, de destinos que son el mismo, de futuros compartidos, de relaciones que no existen más. Después quizá, me casaré yo.
Ninguna de las dos sugerencias rindió frutos. Sí me presenté a la boda, sin invitación por supuesto, pensando que todos tenemos acceso a la "casa de Dios", y ahí me quedé, como una invitada más, pensando que nada mejor podía pasarme en ese momento, o podía pasarnos a los dos.
No me dio tristeza, tampoco sentí nostalgia. Esas lágrimas absurdas que a veces se apoderan de mis ojos, porque todas las bodas me hacen llorar, esta vez no se hicieron presentes. Me quedé ahí, como estatua. Ni siquiera conocía a sus amigos, ni a sus compañeros de trabajo. Como nunca me presentó a su familia, ni a sus hijas, pues no había verdaderamente nadie que pudiera reconocerme. La única persona que podía hacerlo, quien me avisó que el Rey Sol se casaba, estaba a kilómetros de la Ciudad de México.
Estuvo bien no haber recibido invitación, estuvo bien. Ya me la sé, que los chicos una vez que terminan la relación que tienen conmigo, o se comprometen con alguna chica, o de plano se casan. Tampoco recibí invitación para la boda del soltero tóxico, y como tampoco conservamos los amigos en común, no tuve como enterarme, hasta que pocos meses después, él me lo platicó sentados en una mesa del Sanborn's de Satélite.
Se pudo haber dicho que pasé desapercibida entre los invitados de una y otra familia, de no ser por el vestido que elegí para la ocasión. No iba a ir de compras, ni me iba a poner mi vestido de fiesta porque es color blanco, y se supone que a las bodas uno no debe ir de ese color, así que opté por el vestido rojo estampado con flores azules, de chifón, casi envolvente, con un escote de vértigo; que está confeccionado de tal manera que al caminar, mi pierna izquierda se asoma como si ella también sonriera.
Estuvo bien no haber recibido invitación, estuvo bien que fuera. De otra manera, no hubiera creído que se celebraba una boda ese día. No estoy segura de cómo se conocieron, ni quién es la chica. Sólo sé que fue de esos amores repentinos, de esos que te hacen sentir que nada más importa, que si no te lías con ella -o con él-, podrías arrepentirte tiempo después. Me consta que él está feliz, porque lo vi. De ella no puedo opinar mucho, porque no la conozco, no sé cómo es cuando sonríe o cuando está enojada.
Esa sensación que se tiene, que de cualquier forma a uno lo están mirando, de pronto se me esfumó conforme la ceremonia religiosa transcurría. Ya no era la boda del Rey Sol, ya no era yo con mi vestidito de chifón, simplemente estuve allí, en una ceremonia cualquiera; estaba segura de que tenía que verlo con mis propios ojos, no hubiera bastado que alguien me lo platicara.
Y así, llega el momento de encallar para no navegar más, no sé cómo se siente eso pero supongo que debe ser agradable, que debe ser una emoción inmesa por tener estabilidad en la vida, en el corazón; por haber encontrado a la persona que te complemente y que vaya en el camino paralelo al tuyo.
Por mucho tiempo estuve renuente a una relación estable y duradera, siempre argumentando que mi generación había salido "reacia para el matrimonio", y tomando como ejemplo mis últimas relaciones y lo que los chicos habían dejado en mi. Por mucho tiempo me di cuenta que ellos no querían más estar conmigo, pero que después les llegaba el momento y lo aprovechaban con otras personas, en otros sitios, con otras mujeres. Comprendí que todos buscamos ser felices, pero que yo no estaba en sus planes.
Luego, tanto tiempo de soledad que no se le puede llamar así, llega para dejarnos cosas buenas, un poco de sabiduría y un tanto de experiencia.
Después vienen las cosas más claras, se renuncia al drama, y se necesitan hechos fehacientes para creerlo y para sacarnos tanto escepticismo.
Necesitaba ver con mis propios ojos ese día, el ocaso del sol, que el Rey Sol contrajo nupcias. No más salidas nocturnas, no más calles perdidas en esta Ciudad, no más coches que se siguen, no más almuerzos que no llegan -porque por fin ahora sé que nunca llegarán-. No más Sierra Nevada ni las obras literarias de Minería. No más zócalo capitalino lleno de gente. No más Ciudad Universitaria mientras yo investigaba en la Hemeroteca Nacional. No más copas los viernes por la noche, en este bar de Polanco que ahora no me acuerdo de cómo se llama. No más esquinas de Patriotismo y Eje 6. No más Starbucks a espaldas del Hotel Presidente. No más Archivo Histórico de la Secretaría de Relaciones Exteriores.
Necesitaba que un hecho externo me gritara a la cara que todos tenemos oportunidades, que la mía también se ha presentado, que mi suerte ha cambiado, que el éxito viene de la mano de nuevas experiencias y de personas maravillosas que se aparecen en nuestros caminos.
Necesitaba recordar que los domingos sí me gustan, y que también pueden estar llenos de un amor distinto y de convivencia que no sabía que podía existir.
Luego mi historia vendrá, y dejará memorias maravillosas. Luego sí podré hablar de vestidos de novia, de anillos en el dedo anular, de vestidos sencillos con zapatitos azules, de destinos que son el mismo, de futuros compartidos, de relaciones que no existen más. Después quizá, me casaré yo.
Debí saber
Hay canciones o momentos, que nos recuerdan cosas que en cierta situación nos pueden ser muy incómodas, nos pueden parecer extrañas, nos pueden parecer lejanas o inexistentes. A veces esos recuerdos que nos transportan también nos hacen llorar o nos hacen sentir cosas que no recordábamos que podíamos sentir.
Llevo ya un rato escuchando la misma canción, la que veníamos escuchando en su coche sobre la carretera, en nuestro último -pero que también sería el primero de muchos nuevos- viaje de novios. Me acuerdo perfectamente que cuando la escuché, justo en esa curva que te lleva a la entrada del pueblo mágico que visitábamos por segunda vez -pero que era el parteaguas fantástico que después no fue-, y entonces pensaba fuertemente con todos los latidos de mi corazón: "pero qué feliz soy, pero qué fácil es tenerlo todo a la mano, de repente, volver a sentir lo que sentíamos hace muchos meses. Debí saber que debíamos estar juntos, que este era el futuro del que hablábamos, el que siempre imaginé".
Era feliz. Luego me dio mucha tristeza que la columna se cayera, que la epifanía se desvaneciera, que el tatuaje se borrara y que no hubiera más tostadas para el desayuno. Me sentí completamente vacía, pensaba que de haberlo tenido todo, ahora no tenía nada, ahora mis manos estaban vacías.
El tiempo, maravilloso como casi siempre, vino a regresarme las ganas de hacer cosas. Me trajo un nuevo empleo, trajo que los ciclos se cerraran, que volviera a comenzar, que pudiera talar el viejo campo para poder volver a sembrar.
Ya pasó mucho tiempo de eso. Hoy puse el disco, comenzó la canción número cuatro y me acordé de todo esto. Me acordé de su pelo sobre sus cejas, de sus manos enormes sobre el volante, de esos hombros filosos que también tienen piel de leopardo, rostros de libertadores y pelillos de terciopelo. Me acordé de nuestros paisajes, de la vista maravillosa de aquel pueblo, de mis botines de flecos, de su mano tomando la mía, de la iglesia en las mañanas y de todo el cariño que sentía por él.
Hoy, la canción me recordó por qué no había futuro en esa situación, en esa relación, con esa persona y sin importar las circunstancias; buenas o malas, no hubiera habido futuro de ninguna forma.
Debí saber en ese momento, con esa canción en el coche sobre la carretera, que de hecho no ibamos hacia ningún lugar, que no había punto de regreso y que tampoco había lugar de destino.
Debí saber que el tiempo también se pierde soñando y esforzándose para que las cosas funcionen.
Copo me lo dijo una vez, que no odiara haber vivido todo eso porque si no no hubiera aprendido. Tiene mucha razón, ah pero cómo dolió.
Debí saber que todo empieza siempre una vez más, y que las oportunidades no son sólo una, sino muchas que uno permite que sucedan. Debí saber que el amor no siempre se siente de la misma manera, que no todo lo que brilla es oro, que era mejor no tener nada pero tenerme a mi misma.
Debí saber que no debía volverlo a ver.
Llevo ya un rato escuchando la misma canción, la que veníamos escuchando en su coche sobre la carretera, en nuestro último -pero que también sería el primero de muchos nuevos- viaje de novios. Me acuerdo perfectamente que cuando la escuché, justo en esa curva que te lleva a la entrada del pueblo mágico que visitábamos por segunda vez -pero que era el parteaguas fantástico que después no fue-, y entonces pensaba fuertemente con todos los latidos de mi corazón: "pero qué feliz soy, pero qué fácil es tenerlo todo a la mano, de repente, volver a sentir lo que sentíamos hace muchos meses. Debí saber que debíamos estar juntos, que este era el futuro del que hablábamos, el que siempre imaginé".
Era feliz. Luego me dio mucha tristeza que la columna se cayera, que la epifanía se desvaneciera, que el tatuaje se borrara y que no hubiera más tostadas para el desayuno. Me sentí completamente vacía, pensaba que de haberlo tenido todo, ahora no tenía nada, ahora mis manos estaban vacías.
El tiempo, maravilloso como casi siempre, vino a regresarme las ganas de hacer cosas. Me trajo un nuevo empleo, trajo que los ciclos se cerraran, que volviera a comenzar, que pudiera talar el viejo campo para poder volver a sembrar.
Ya pasó mucho tiempo de eso. Hoy puse el disco, comenzó la canción número cuatro y me acordé de todo esto. Me acordé de su pelo sobre sus cejas, de sus manos enormes sobre el volante, de esos hombros filosos que también tienen piel de leopardo, rostros de libertadores y pelillos de terciopelo. Me acordé de nuestros paisajes, de la vista maravillosa de aquel pueblo, de mis botines de flecos, de su mano tomando la mía, de la iglesia en las mañanas y de todo el cariño que sentía por él.
Hoy, la canción me recordó por qué no había futuro en esa situación, en esa relación, con esa persona y sin importar las circunstancias; buenas o malas, no hubiera habido futuro de ninguna forma.
Debí saber en ese momento, con esa canción en el coche sobre la carretera, que de hecho no ibamos hacia ningún lugar, que no había punto de regreso y que tampoco había lugar de destino.
Debí saber que el tiempo también se pierde soñando y esforzándose para que las cosas funcionen.
Copo me lo dijo una vez, que no odiara haber vivido todo eso porque si no no hubiera aprendido. Tiene mucha razón, ah pero cómo dolió.
Debí saber que todo empieza siempre una vez más, y que las oportunidades no son sólo una, sino muchas que uno permite que sucedan. Debí saber que el amor no siempre se siente de la misma manera, que no todo lo que brilla es oro, que era mejor no tener nada pero tenerme a mi misma.
Debí saber que no debía volverlo a ver.
Ella dijo que tuvo problemas, y le dije que esté preparada para mucho menos.
Ella quiso saberlo todo de mi, pero no hubo palabras.
Dijo que era mala, que no arriesgue ese momento junto a ella,
era lo mejor olvidar todo como si nada hubiera sido.
Ella dijo que te vaya bien, y le dije buena suerte y hasta luego,
y nunca más la volveré a ver o tal vez en algún tiempo.
Ese manicomio estaba lleno de problemas de fronteras.
Se hizo de día y los varones lentamente caminan.
Dicen que todo se sabe pero tal vez no quieras saberlo.
Era lo mejor olvidar todo por un tiempo.
Ella dijo que te vaya bien, y le dije buena suerte y hasta luego,
y nunca más la volveré a ver o tal vez en algún tiempo.
Yo pensaba que estaba todo bien,
que sería sin problemas como un juego.
Y nunca más la volveré a ver o tal vez en algún tiempo.
Ella dijo que te vaya bien, y le dije buena suerte y hasta luego,
y nunca más la volveré a ver o tal vez en algún tiempo.
Yo pensaba que estaba todo bien,
que sería sin problemas todo un juego.
Andrés Calamaro.
martes, 1 de junio de 2010
JURAMENTO DE AUTOESTIMA
Venga, reconócelo Mariposa Tecknicolor, sin contar con tu hombre ideal, eres lo mejor que hay en la tierra. Es verdad que a veces te deprimes y no quieres hacer nada porque de pronto nada vale la pena, pero también hay que reconocer que el resto de las veces eres muy optimista, perfeccionista y dedicada. Nadie sabe investigar Historia como tu. Si ya lo dicen tus amigos, eres ejemplo de constancia y de buenos sentimientos. Y también lo dicen tus lectores: la Historia que escribes vale toda la pena. Por eso, a partir de hoy vas a dejar de torturarte por no tener el trabajo de tus sueños, y comenzarás a quererte por ser responsable, persistente, inteligente y por tener la capacidad de amar. Y si alguien llega y te dice que eres una persona equivocada, dile que puede coger y largarse a la fregada.
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