miércoles, 30 de septiembre de 2009

Estimado Andrés Neuman:

Espero que estés muy bien, soy Mariposa Tecknicolor y escribo desde la Ciudad de México.

Del mes de abril al mes de agosto pasados trabajé en una agencia de análisis de noticias y me correspondió cubrir las entrevistas que viniste a dar en la Ciudad de México a un programa de radio y al programa de televisión Conversando con Cristina Pacheco, así fue como te conocí. Fíjate que hubo muchas noticias sobre novelas y escritores que cubrí mientras trabajé allí, pero algo muy peculiar tuvo tu voz, tu risa y la descripción que hiciste de tus personajes; y me sentí identificada contigo cuando dijiste que más allá de la suma económica que trajo el Premio Alfaguara, lo que no se compraba ni con todo el dinero del mundo era que te fueran a leer en todos los países de Iberoamérica, y entonces mencionaste las aquellas capitales con las que te entusiasmabas de pensar que tu libro estaría en las estanterías de las tiendas de libros. Dijiste, asombrado, que era algo que no podías haber imaginado.

Eso, mi querido Andrés, y los comentarios de que cada lector hiciera el mapa de Wandernburgo, que sea una ciudad itinerante, el amor que se funde entre Hans y Sophie, la Plaza y el organillo del organillero que va acompañado de Franz, y el arcón que parece que trae "unos cuantos" muertos, me hicieron imaginar y comenzar a hilar una historia en mi cabeza. Eso de que la ciudad no deje que Hans se vaya, "mañana agarro mis cosas y me voy", y ese mañana no llega, y hasta donde voy no ha llegado.

Aproximadamente un mes después de haberte visto y escuchado en el que ahora es mi anterior empleo, en una tarde de café y revistas con mi amigo San Román, me preguntó sobre la novela que estaba leyendo en ese momento y sobre el montón de libros que tengo por leer, y me dijo, "¿hay algún libro que quieras leer y todavía no tengas?" Y sin pensarlo dos veces le dije que sí, que necesitaba leer El viajero del siglo de un escritor muy joven que se llama Andrés Neuman, premio Alfaguara de Novela 2009, y de quien me quería hacer total fan.

Los días pasaron y llegó mi cumpleaños número 26. Al día siguiente, San Román llegó a verme para invitarme un café, y cuando me subí a su coche estiró su brazo bajo mi asiento y sacó un gran paquete envuelto en papel color dorado y un enorme moño color rosa, era un libro de Sanborn's por supuesto, y se me salieron las lágrimas cuando vi el título y tu nombre escritos, que además me sorprendió porque no sabía como era la portada.

Comencé a leerlo esa misma noche. No tengo el ritmo de lectura de antes porque mi actual trabajo me absorbe muchísimo tiempo, pero siempre que regreso a casa, me recuesto en los dos sillones en forma de media luna de mi habitación, levanto las piernas sobre dos cojines y mientras mi gato se acurruca en mi panza, yo continúo imaginando Wandernburgo y las facciones de la cara de Hans, su pelo y su estatura.

La semana pasada terminé el capítulo "I Aquí la luz es vieja", y me satisfizo sobremanera la conversación entre el grupo de hombres, la última vez que se reúnen en la cueva del organillero. No quisiera escribir sobre tu novela porque me tardaría muchísimo y terminaría contándola aquí mismo, pero sí quiero que sepas que tus letras llegaron a darle mucha ilusión a mi corazón y muchas ganas de seguir escribiendo a mi cabeza y a mi alma.

Me acabo de comprar un coche, y como siempre tuve que escogerle un nombre. Pensé de inmediato ponerle Andrés en tu honor, pero mi anterior coche se llamaba así porque la primera vez que lo manejé fue para ir al concierto de Andrés Calamaro en el Auditorio Nacional, y no quise repetir el nombre porque además, me pareció mala suerte ya que a Andrés me lo robaron del estacionamiento del supermercado. Nunca apareció, yo estuve muy triste, pero me repuse pensando que había cumplido conmigo.

En tu honor, de igual manera, mi nuevo coche se llama Hans. Pensé llamarle Neuman o viajero, pero sin pensarlo, cuando mis amigos lo vieron y me preguntaron su nombre, de mis labios salió "Hans, se llama Hans porque así se llama el viajero del siglo", personaje principal del libro que estoy leyendo y que todas las noches me hace la mujer más feliz del mundo.

Gracias, otra vez.
Un cariño,
Mariposa Tecknicolor.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Sobre el escenario

Las horas para dormir no han sido suficientes. Pareciera que soy una sonámbula que camina por las calles con el rumbo bien fijo, pero que a veces olvida cómo regresar de donde vino. Viajé dos horas en coche, dos y media en Metro, tres y poquito más de regreso, pero el chico ha estado de mi lado conmigo de alguna u otra manera.

Oficialmente el otoño entró el miércoles pasado y junto con él, mi corazón también ha ido cambiando de color. Las cosas no han salido como se planearon hace unos meses, pero tampoco tengo mucho de qué quejarme, sigo haciéndole de camaleón y propiciando buenos encuentros, y el optimismo no ha decidido dejar de estar conmigo.

Su departamento es diferente cuando es de noche, él no viste con los jeans negros que tanto me gustan, ni con la chamarra de cuero color azul con gris. Esta vez usa pantalones deportivos, hace café en un pocillo, y se pelea con el marco de la ventana del comedor, la que nos regala la vista de la Ciudad iluminada cuando nos sentamos a cenar. Casi no hay ruido, tampoco hace frío. Llegué directa a sacarme las medias porque me lastimaban las corvas luego de tantas horas pisando el clutch y el freno al mismo tiempo, y también me saqué los calcetines y las zapatillas.

Me sirvió el café, sin azúcar como me gusta, y se lo preparé con dos de splenda como lo toma él. La peli duró unos ocho minutos, lo que tardé en quedarme dormida en el sillón, recargada sobre su hombro izquierdo. Cuando desperté casi una hora después, ya tenía echada encima una cobijita color chocolate, y tenía puestos unos calcetines deportivos, como él. Entonces sí nos pusimos al corriente, y platicamos todas las horas que hacían falta, poco antes del amanecer, justo cuando tuve que volver a mi casa.

Nunca te había visto tan de cerca, le confesé mientras su brazo pasaba por detrás de mi cabeza. Me incorporé y le miré la barba cerrada, los ojos color miel redonditos y protuberantes, las cejas despeindas, las pestañas largas y enroscadas que se enredan en el párpado superior. Tienes una boca pequeña, volví a confesar, los dientes alineados, la piel de la cabeza suave. He tenido la sensación de que tu aroma ha venido conmigo todos estos días, desde que salimos la primera vez, y él me respondió que nunca su aroma se había querido ir con alguien, hasta que llegué yo.

Más tarde pensé que quizá sea que los recuerdos que comienzo a construir con él tienen aroma, y no es al revés, cuando un aroma es lo que nos hace recordar. Tiene una memoria casi como la mía, fotográfica, obsesiva, y también recuerda cada una de las palabras que salen de mi boca y los detalles de mis movimientos, de los pasos de mis piernas, de las ondas de mi pelo. También me di cuenta de que el café sabe diferente, los panes de chocolate no engordan, la suprema de toronja es dulce y las ensaladas me alimentan de verdad.

Nunca me habían llevado a mi casa en dos coches, y esta primera vez me hizo muy feliz. Aún cuando las cosas han cambiado desde que Hans llegó, el chico no ha dejado de acompañarme hasta la puerta, manejando su avispón verde tras de mí, mirándole el trasero iluminado. Hacía mucho frío -como siempre lo siento en las manos y en los pies-, y dormí el tiempo mínimo para irme a trabajar. Otra vez fui una noctámbula, hasta que el texto de la tarde siguiente me dijo que todo estaba bien, que las horas de madrugada nos hicieron felices.

Y no tengo prisa. Ninguna prisa. Ya no me preocupa que no haya besos en los labios y que no haya calles de la mano. Esta vez me siento bien cuando me da el brazo, o sujeta mi codo cuando desciendo un escalón o toma mi muñeca cuando bajo del coche. Así es su estilo, y mientras no presione el estilo que tengo yo, no tengo prisa y seguiré moviendo mis alas.

Ayer nos encontramos en la lateral de Periférico norte, yo venía harta de tanta gente en el transporte colectivo, y todo el malestar desapareció con el piropo que me dijo al subirme al coche. Me invitó el latte por el que moría desde el martes pasado, y como no teníamos plan terminamos asistiendo a la noche colonial que María nos propuso.

Bailamos como si nos conociéramos de años, la gente nos aplaudió, la banda nos invitó a subir al escenario. Junto a él me veo mucho más bajita de lo que soy y mucho más delgada. Bailamos sobre el escenario dos piezas, bajamos a la pista a bailar las lentas y la gente volvió a aplaudirnos. Fue otra cita que quiero recordar. Nos reímos tanto que me dijo que le dolían las mejillas, a mi se me quitó el frío y me quité los guantes de piel.

Me gusta que baile, me gusta bailar con él y que llevemos el ritmo como si lleváramos mucho tiempo bailando juntos. Me gustan estos nuevos recuerdos y que su aroma algunas veces se venga conmigo.

No había bailado antes sobre un escenario, con la banda detrás. Nunca antes había bailado de puntitas. Este chico me está llenando de primeras veces. Supongo que otros escenarios nos esperan, y hay algunos que él me quiere enseñar; sin embargo todavía no estoy segura de darle paso al backstage del escenario de mi corazón.

Gran semana. Grandes noches. Feliz domingo el que vendrá mañana. Los planes vienen, nos incluímos los dos. El otoño tira las hojitas, pero hace receptivo a mi corazón.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Es el otoño

Ahora no sólo no te invitan a salir, sino que cuando lo hacen te piden que no te enamores de ellos. Es mejor que yo no entienda nada. ¿Por qué cuando uno comienza a salir con un chico, se tienen que empezar a tomar decisiones? El chico fue quien comenzó esta vez. No te enamores, que nada cambie, ¿y si de cualquier forma no me hubiera convenido enamorarme? Sé que no es el chico de mi vida, ¿pero por qué presionarme?

Veinticinco de septiembre ya, estoy metida en un archivo de concentración con el pelo de leona atado bajo una pañoleta negra con flores azules, uso guantes de látex, cubrebocas, bata y mis lentes de pasta color negro. Hoy me puse mis jeans ajustados y las botas estilo cordobés porque veré a Mateo, tenemos la invitación a una fiesta en el colegio de María, no sé si quiero que me acompañe, no sé como me siento de que me haya dicho que sólo somos amigos, que nada progresará y es por eso que quizá es mejor que no conozca a mi familia.

Veinticinco de septiembre ya, y hace frío. Comí pan con queso, llueve, y el archivo parece que concentra corazones desolados. Muero por un latte, y necesito que alguien me haga caso.

Un año más, el tiempo no se detiene. A veces me parece inverosímil que sigamos siendo amigos. Yo no sería la misma sin el contacto que tengo contigo, sin tu apoyo, sin tu carácter serio. Deseo tanto que estés bien, que tus proyectos se realicen, que seas feliz para siempre. Te lo mereces. Eres de los pocos que se lo merece. En un año supongo que estaremos acá, y nos reiremos de las decisiones que tengo que tomar, y de los días que tienes mal humor.

Te extraño tanto, y luego pienso que quizá es porque siempre te he necesitado. Acabo de describir un expediente que contenía tu nombre, así es, en 1986 alguien que se llama igual que tu, tuvo un proyecto en la DEH. Te apareces, como sea te apareces.

Veinticinco de septiembre y oficialmente estamos en otoño. No tardan en caérsele las hojitas amarillas a mi corazón, y a este nuevo encierro que quiere hacerse romance. Quiero aprovecharlo como si fuera el último día, y el domingo tal vez será.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

101 Ciudades

Cien veces he escrito de mi Ciudad o me he referido a la vida que llevo en ella. A veces no es como me la he imaginado en mis letras, en mis estudios o en mis sueños, pero siempre me hace feliz, me sigue protegiendo y me sigue dando oportunidades.

Cien veces y todavía no se me acaba lo que tengo que decir de ella.

Cien veces, y es la primera vez que la tengo completa enfrente, esta vista maravillosa que me regaló la casa de Mafka, vista panorámica de mi fabulosa Ciudad.

Y no necesito más, a veces me sobra el coche, a veces me faltan los tacones, siempre están mis amigas acá, algunas otras es mejor cuando ando sola. ¿Los chicos? Es lindo cuando me acompañan, pero no siempre son imprescindibles. La zona que he frecuentado esta semana es peligrosa, es húmeda y seca a la vez, es hostil, pero sigue siendo mi Ciudad y se merece que la conozca completa, que sepa moverme con ella, que haga un transbordo diario por sus venas de trenes, que cruce sus ejes viales, y que sienta que me resbalo sobre los segundos pisos de sus arterias vehiculares.

Gracias Ciudad de México, nací aquí y aquí me gusta vivir.
Ahora ya son 101 ciudades.

Y sí, me acuerdo...

Te extraño un rato, cuando leo los expedientes que hablan de la dependencia en la que trabajaste tantos años. Cuando salen nombres de conocidos tuyos, desconocidos míos, recién presentados a nosotros.

Te extraño cuando paso por el Vip's y veo la mesa en la que desayunábamos. Cuando Jazmín me cuenta de ti, y me dice que sigues comiendo de tres a cuatro. Cuando me acuerdo de cómo hueles y del largo de tus brazos.

Te extraño cuando mido el tiempo, y atravieso corriendo Eje 6 sur, cuando paso con el coche por la Glorieta Insurgentes, cuando camino bien lento la explanada del Museo que me compraste. Te extraño cuando veo que alguien toma Sol bien fría, cuando me dicen que no hay tehuacán con hielos, y que los de a lado comen tacos de carnitas con doble tortilla.

Te extraño cuando manejo periférico sur y tomo el distribuidor vial de San Antonio, y en lugar de tomar para Tintoreto, me desvío para Viaducto. Pienso entonces que quizá podríamos vernos, si las horas coincidieran, si tu mano me esperara, si la Ciudad lo permitiera.

Quisiera caminar por el pasillo y verte de frente, sentado en tu escritorio, a través del cristal. Con esa camisa azul de rayitas que era mi favorita. Soñar contigo me hace acordarme de cosas. Quiero verte de frente, ya no me acuerdo bien de como son tus ojos, de frente y de pie, con tu traje negro y sin corbata.

jueves, 17 de septiembre de 2009

No te preocupes

No te preocupes, no me voy a enamorar. Y tu dijiste que las cosas las haces funcionar, pues a ver si puedes echarme a andar pasada esta noche.

A todos nos ha ido mal, no sólo a ti te han roto el corazón. La última vez que me lo rompieron, fue con heridas de muerte y no lo hizo él solo, sino que encima me echó a toda la caballería. ¿Sabes? Creí que nunca me recuperaría de esa. Pero heme aquí, aprendiendo cosas nuevas, saliendo contigo aunque nadie nos hubiera apostado, invirtiéndole al amor, aunque no me asegure que esta vez no me hará daño.

No te preocupes, no me voy a enamorar, te dije en el coche cuando me despedía para irme a casa. No me gustan las etiquetas, no me gustan los adelantos. Como amigos, como amigos. Y a ver qué pasa, si después quien se enamora eres tu.

No te preocupes, que el amor lo busco todos los días, todas las noches, en el Metro, en el camión, en la Facultad, en el camino a la verdulería, en la cafetería, en la fila del cine, en la entrada del teatro y en toda la Ciudad. No te preocupes, que si tu no traes amor, alguien me lo vendrá a entregar. No te preocupes, que me sé manejar en soledad, no me va mendigar amor ni ganas, todo siempre llegará.

Lo bueno tarda, las mejores cosas de la vida llegan para quien sabe esperar, y la soledad ahora me quiere mucho como aliada.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Mientras tanto.

El Instituto Nacional, a pesar de que titubeó, me recibió con los brazos abiertos y me demostró que es de sabios cambiar de opinión. De cualquier forma, las medias tintas siguen sin dar conmigo.

Quizá fue la lluvia, o todo el frío que me llegó a los pies cuando salí de bañarme, lo que me hizo sentir que me daría pulmonía. No podía quedarme en ese lugar, mi pecho no podía llenarse más. Cogí un taxi, hice las compras necesarias, y luego no supe más que hacer. Aún cuando la Ciudad tiene infinitas maneras de hacerme feliz, esta vez no tuve motivo ni siquiera para pintarme la pestaña. Encontré dos opciones, entrar al salón a que me hicieran los pies y las uñas o entrar a una tienda de zapatos. Elegí la segunda opción.

Me probé unas alpargatas divinas, unas sandalias planas de tiras color dorado, unos tacones negros y así... casi me bajaron todo el aparador. No los necesito, reconocí, igual voy a estar sola y nada cambiará tener una caja más, o una caja menos, de zapatos en el clóset. Escribí un mensaje de texto rapidísimo, que decía que si era demasiado comprarme un par de sandalias más, Rey Sol nunca respondió. ¿Y cómo iba a responder si ya no somos de ese tipo de amigos? ¿Cómo le pido respuestas a mis preguntas bobas, a un chico en cuya vida no tengo ni cinco minutos de sus 24 horas al día?

Me vi reflejada en el aparador y me dije en voz alta, qué patética eres, ya sabes que no tienes con quién platicar, ¿por qué entonces te esfuerzas en tender lazos donde no los habrá más? Mis amigas si no está trabajando están con sus parejas, mis amigos igual. María trabaja casi 12 horas al día, Cristina no está acá. Mis problemas disminuyen pero no cesan. Mi pluma me comienza a identificar. Ya respetan mi estilo en la redacción, y mi historia ya tiene final.

San Román me hace llorar. Sigo sola, qué más da.

No compré ningún par de zapatos, no me hacen falta. No entré al salón, los pies me los hice regresando a casa. Fui al cine a ver una película malísima, tanto que parecía mexicana. Por lo menos me reí, comí palomitas y saliendo cené una hamburguesa con papas.

En la noche me puse a escuchar la Canción de amor mientras tanto. Mientras tanto, quise seguir escribiendo pero ni eso salió. Es oficial, trabajaré en un Instituto Nacional y mañana empiezo con otra faceta de hacer historia. Me pagarán bien, y conoceré una parte de la Ciudad que todavía no me ve caminar. Me da mucha emoción, pero también la ansiedad se apodera de los dedos de mis pies.

Lo grave, supongo, es que me empiezo a acostumbrar a esta soledad. La que a veces no me interesa, pero que otras me sorprende de lo cómoda que me hace sentir. Mientras llega la gran oportunidad, escribiré un poquito por encargo, a mano esta vez, seguiré ganando dinero, prepararé el siguiente proyecto. Mientras la lista de cosas por palomear no termine, supongo que no importa que siga habiendo soledad.

Tengo la sensación de que su aroma me ha seguido todo el tiempo, y esta vez siento que necesito llorar pero no puedo.