En el hotel de Angelópolis dejé mis
miedos, dormí soltando el insomnio y la ansiedad, dejé algunos recuerdos
y me metí a la regadera junto a tus manos blancas y el azul de tus
pies. Ahí supe que el par de calcetines flojos de la calle Comte
vendrían conmigo, el short gris ya vivía en San Borja doce dieciséis.
Creo que ahí me compraste también una caja de bicarbonato de sodio y
otro cepillo de dientes color anaranjado.
Cuando
llegué a ese recuerdo de Angelópolis y del mes número dos, me acordé
del olor de las sábanas y de la cama al despertar, del olor de la toalla
blanca y del equipaje color azul. Recuerdo todavía el olor a Marlboro
rojos y a vino tinto, o a cigarro apagado y brandy de diez años.
Recuerdo cómo tu tinta se quedó a vivir en mi piel, cómo tu esencia se guardó en mi corazón.
Entre la cama pequeña, las sábanas azules y la toalla blanca, se quedó el aroma de tu piel que me hizo entender cómo funciona el mundo. Ahora entiendo que no habrá próxima vez, y que quizá no vuelva a tener de frente la tinta de tu piel, pero el olor dulce que emanaba de ti nunca se irá. Es un olor dulce, suave, como si fuera el olor de galletas recién horneadas, o de gránulos de azúcar que se calientan a fuego lento. Es a lo que huele el calor, es a lo que huele una casa antes de dormir, y antes de la regadera caliente.
Sé que no habrá próxima vez, sé que no volveré a ser el bálsamo de tu espalda y que quizá no volverás a ser el oasis en mi desierto de tristezas y ansiedades, sé que demolieron el edificio de San Borja doce dieciséis, y que tu y yo terminamos por demolernos a nosotros mismos.
No sólo recuerdo el olor a galletas o el calor de esa casa, también tengo aquí el olor del café, el ruido de la motocicleta, el rechinido de la puerta del balcón. Tengo aquí tus chiflidos cuando llegabas, el sonido de tu coche y el brillo de tu sonrisa desde la banqueta de enfrente. Me matan los recuerdos, me mata que los colores hayan cambiado tanto, me mata que los oasis hayan desaparecido dejando en su lugar un desierto que no supimos dimensionar.
Volvemos entonces a ser desconocidos, volví a decirte "quédate" como si hubiera sabido que no había ayer y que no habría mañana. Olvidé que no somos lo que fuimos, pero sé que todavía no sé lo que podemos ser.