domingo, 29 de agosto de 2010

Veintisiete años, prácticamente 30.

Hay una broma en mi familia que dice: "27 años, prácticamente 30". Pues digamos entonces, que hoy cumplí "casi" 30 años muy felices.

Nací hace 27 años en la Ciudad de México, el lunes 29 de agosto de 1983, a las 13 horas, en la Clínica Londres que estaba en la calle de Londres 34 en la colonia Juárez. Los primeros meses de mi vida, mi familia vivió en la calle Rubén Darío en la colonia Moderna; poco tiempo después, regresó a vivir a la zona metropolitana de esta enorme Ciudad.

Y aquí sigo. Hoy, aún cuando casi me vuelvo loca ayer porque no me gusta que me feliciten, ni que me abracen, ni que me digan "que cumplas muchos más", me siento absolutamente feliz porque ha sido un día maravilloso.

Alguna vez escuché que el cumpleaños es raro en el sentido de que inconscientemente se hace una regresión al día en que nacimos, y sentimos algún malestar o enfermedad. Yo no sé si sea completamente cierto, pero sí estoy segura de que me abruman los festejos en casa, me desespera no tener el control de la situación, y me entristece que se malentiendan mis actitudes. En pocas palabras, me gustaría poder decir o hacer exactamente lo que mi cabeza piensa.

Bueno pues creo que por primera vez en muchos años, lo logré.

Desperté muy temprano, antes de las ocho de la mañana, me metí a bañar, me arreglé el pelo, me puse un minivestido negro similar a una enorme camiseta que se encarga de definirme el derrièrre y las botas vaqueras que los ojos verdes me regalaron hace algunos meses. Calenté el coche, me preparé para conducir, y entonces me fui. Manejé y manejé, dilucidando si debía pasar por un Starbucks para desayunar, o si debía seguir para compartir mis galletitas con él.

Tomé Periférico Sur a la altura de Echegaray, seguí hasta Río San Joaquín, quien me enamoró porque estaba completamente libre. Manejé hasta Circuito Interior, bajé los pasos a desnivel, esquivé las luces en rojo, le guiñé el ojo a los semáforos en verde, al auto que venía de mi lado izquierdo, al camión Optimus Prime rojo que venía a toda velocidad por la lateral, y salí justo en la avenida Ricardo Flores Magón.

Amor entre las sábanas, café negro para el desayuno.
Reí a carcajadas, y luego le llamé por teléfono. No estoy segura de que los ojos verdes hayan sabido que ya habían despertado, todavía titubearon si debían bajar a abrirme la puerta del edificio, o si debían seguir soñando entre las sábanas.

Y ahí estaba yo, con mi pelo alborotado, sin una pizca de maquillaje, con mi bolso negro cruzado a la altura de la cadera y mis botitas vaqueras. Nos besamos como si hubiéramos vuelto de la guerra. Te amo tanto... me dijo, le dije, nos repetimos y no paraba de abrazarme sobre mis hombros, en su cintura, dentro de mi boca, sobre su pecho.

Ahí estaba él, con un perro que también lo acompañaba, que me saludaba, que parecía que había venido de carretera. Nos abrazamos como si no nos hubiéramos visto por mucho tiempo. Te extraño tanto... me dijo, le dije, nos repetimos, y no paraba de besarme sobre mis ojos, en sus orejas, en mi cadera, dentro de su boca, sobre la nariz.

Entramos, era lo que nos faltaba. Subimos y comenzamos a hablar, interminable como siempre, maravilloso como no lo recordaba. Con mi vestidito negro y sus ojos verdes. Con su pelo alborotado, y mi perfume recién rociado. Y ya sabes como es todo esto de los cumpleaños, de felicitaciones y de sorpresas, de galletitas con chocolate que se comen dentro de las sábanas, con café caliente, con sonrisas que recién despertaron, con miradas que no pudieron quedarse dormidas.

Luego el desayuno, compartir con personas que no se esperaban, que hacen reír, que tosen cuando sale destapado el vapor de la regadera. Los perros ya no ladran, el agua ya no hierve. Mis pestañas se rizan, mis labios se definen. El chico se termina el CKIN2U, termina suspirando el doble porque me provoca, y toma mi mano para salir de regreso a la calle.

Cumpleaños feliz, tinto sin soda para la comida.
Hans que ruge como si fuera un auto de carreras, mientras esquivamos los baches de este asfalto sin control, del concreto hidráulico que por fin está destrozado. Casi llegando a Paseo de la Reforma, los ojos verdes me preguntaron si quería El Universal, lo compraron y lo leímos en el trayecto de casa a Coyoacán.

Perdí la cuenta del tiempo que reí feliz. No perdí la cuenta del tinto que bebí, porque la que tiene que conducir soy yo, derecho, dando vuelta a la izquierda, en sentido contrario, cazando valet parkings para que acomoden a Hans en algún lugar. La mano sobre la suya, la otra sobre mi regazo. Los ojos de frente, sentados de lado como novios, como bromeáramos hace muchos años. Lo mejor fue la sobremesa, los planes que vienen para el futuro, el plan para el resto del día; las felicitaciones que aunque no me gustan, logran hacerme sonreír.

Nunca antes había perdido la cuenta del tiempo transcurrido, de las palabras dichas, del amor recibido. Es la primera vez que tengo conciencia que se me quita el miedo de realizar cosas, de vivir sin planearlo todo obsesivamente; y mis ojos verdes han logrado hacer que me deje llevar.

Jarocho mata Starbucks.
Después, su mano sobre la mía, sus brazos sobre mi cintura, mis botitas vaqueras reflejadas en una vidriera. Qué bueno que no pasé por café en la mañana, porque me compró un Jarocho para el postre, y en lugar de que fuera light latte para mi y soya chai latte para él, llegaron sorpresas maravillosas.

Me lleva por café de olla, me toma fotografías hermosas. Nos reímos mucho, nos besamos como si fuera la última tarde de Coyoacán. Habla con mi madre, bebemos café y fumamos mentolados rumbo al coche. Regresamos a casa, a compartir pastel de chocolate y coca-cola light; a recibir a la diseñadora de modas y a San Román, a pasarla bien como hacía muchos cumpleaños no pasaba.

Y todo transcurre como en una linda noche.

Veintisiete años. No sé si prácticamente son treinta, pero sí estoy segura de que en los últimos seis meses he aprendido más cosas de las que imaginé, me sucedieron más cosas de las que planée, y mi lista de propósitos de año nuevo prácticamente se cumplió toda. Obtuve una licenciatura, obtuve un lugar para estudiar un posgrado, me abrí al amor y a un compromiso real y estable, obtuve un empleo que me organizó los horarios... en fin. ¡Lo logré!

Un año nuevo comienza para mi, y los retos se hacen más difíciles, las decisiones más relevantes, y la compañía más placentera. Estoy enamorada... ¡Felices 27 Mariposa Tecknicolor!

miércoles, 25 de agosto de 2010

La cereza del pastel.

Él dijo "Bloch", y mi cabeza pensó: "Los Reyes Taumaturgos". Me sorprendí de acordarme de mis clases de Historiografía General II. El Premio Edmundo O'Gorman estaría orgulloso de mi si me hubiera escuchado.

Hoy aprendí que la frase de Joaquín Sabina que dice "vamos a estar juntos los próximos 30 años", tiene sentido sólo cuando pasan los 30 años. También comprendí que la historia de los movimientos indígenas cobró sentido luego del movimiento zapatista de 1994, esto se cuenta pre Marcos y post Marcos.

Hoy es realidad que soy resultado del contexto histórico en que me he desarrollado.

Por fin tengo "los pelos de la burra en la mano" para decir que Fidel Castro como figura, sólo tiene sentido cuando pensamos en el bloqueo económico -que instauró Estados Unidos- en el que ha vivido Cuba desde su revolución.

Hoy, luego de conocer a las personas que serán mis guías por los siguientes seis meses, comprendo que se guarda lo mejor para el final. Que la Teoría de la Historia no tiene mucha relevancia si la persona que la imparte no es excepcional por sí mismo, que para ser el último día de la semana, literalmente nos guardaron la cereza del pastel para el final.

Y si tenía duda de no tener tiempo ni para dormir, ahora basta leer mi lista de pendientes la cual incluye dos reseñas para entregar martes y miércoles, una exposición sobre el Imperio Británico y sus colonias, un avance de investigación particular, comentarios a la obra de la ilustración reflejada en las colonias españolas, Paul Ricœur y la pregunta de ¿qué es un texto?, y por supuesto, mi esfuerzo para tener el próximo domingo un cumpleaños feliz.

Estoy hecha para estar en silencio.

Un científico mira puntitos a través de un microscopio, disecciona ranas o bichos, despanzurra moscas. Un historiador descubre documentos y compara elementos. Todos los hechos históricos son iguales o parecidos, se necesita saber cuáles interesan según la relevancia que tuvieron. Creo que así es, o podría ser...

A veces pienso que quizá sería muy agradable dedicarme a lo mismo que los ojos verdes, o que ellos se dedicaran a lo mismo que yo. A veces pienso que sería más fácil escribir todo lo que tengo que escribir si estuviéramos juntos, o que sería más ameno leer juntos; o que compartiríamos de distinta forma el tiempo si yo estuviera junto a él mientras se pone a editar el vídeo o se queda trabajando en la oficina.

A veces me pregunto si estoy consciente de lo solitario que puede llegar a ser el trabajo de un historiador. Debo cuestionarme si estoy lista para llevarlo a cabo, si manejo los elementos, si comprendo las generalidades.

Luego me acuerdo de los celos profesionales de los de mi mismo ámbito. Luego recuerdo los debates sin sentido que teníamos el soltero tóxico y yo. Me acuerdo de cómo intentaba ayudarme, que verdaderamente no me acuerdo que lo haya hecho de verdad, porque se enojaba, se desesperaba, o cuando tenía que trabajar en casa o tirada en la cama porque tenía que guardar reposo, prefería no visitarme después de algunos días.

Entonces caigo en la cuenta de que me gusta mi profesión, de que no me importa que los ojos verdes no analicen contextos como lo hago, no me importa no saber la edición de QT como lo sabe él, la negociación, la asignación de presupuestos, el manejo de la gente, la mesura del carácter.

Él está hecho para eso, yo estoy hecha para estar en silencio.

Discúlpame por favor, si a veces no me río de los chistes que dices o que dicen tus amigos; debes estar seguro de que siempre me río luego.

lunes, 23 de agosto de 2010

Día 12. Hempel, tarde lluviosa y el restaurante argentino.

Ciertamente hay días en que siento que se me fríe el cerebro. Es más, que me lo fríen sin que me de cuenta.

Con tantas cosas nuevas que ahora tengo que aprender, me cuesta trabajo creer que todavía puedo darme tiempo para otras cosas. No todo es sencillo, pero me esfuerzo para no descuidar a mis ojos verdes, y mientras leo sobre Teoría de la Historia, intento hacer un símil de la escritura de ésta y el amor que se vive en una gran Ciudad. No siempre me sale, insisto en que no es sencillo, pero sigo intentándolo.

En medio de mi cabello revuelto, el café que se enfrió y una discusión que no termina, el verano me recordó que todavía está aquí, y comenzó a llover. Los ojos verdes llegaron empapados, fueron por mi al instituto y me llevaron una flor color rosa de regalo. Mis ojos fueron los que imitaron a la lluvia, casi tan tupida como la del cielo.

Era el día doce, carajo, otra vez casi lo olvidé. Quizá no tenga tiempo de una llamada a la hora de la comida, o al revés, no tengamos tiempo de comer juntos, pero siempre la noche nos cobija, es amable, y aún cuando todas las calles están encharcadas, Hans se empaña completamente, y los frenos amenazan con derraparse, la Ciudad me ayuda.

Entonces manejo sobre Porfirio Díaz hasta Pilares, y todo derecho hasta avenida Universidad. Ahí una mesa para dos nos espera, con soda -sin tinto- y coca cola light. Una cena también nos espera desde hace muchos meses, desde que a una primera cita no la supimos esperar.

Muchas conversaciones, su trabajo, el mío. Las horas que nunca alcanzan, el tiempo que siempre nos rebasa. Sus ojos que de pronto se miran rayados, casi color café. Mis ojos que ya están húmedos, pero que quedan brillantes. El tema del amor que siempre compartimos. La noche que se prolonga hasta la mañana siguiente.

Y entonces todo esto de soltería o de es complicado comienza a darnos risa. Me entiende cuando mis ideas se parecen a las de Walt Disney, y yo lo entiendo con la practicidad de una mente masculina. La pareja perfecta, se le sale opinar a mi madre.

Lo demás es lo de menos. Lo de menos es lo que nos hace feliz.

Demonios, me estoy enamorando...


martes, 17 de agosto de 2010

¿Qué es una mentira?

No sé en qué momento pasaron siete meses. Mañana justo los cumplo de tener un poco de estabilidad. He conocido a personas maravillosas, de esas que nos hacen olvidar que hubo experiencias desafortunadas en la vida. He hecho nuevos amigos, he comenzado a confiar en la gente, y me di cuenta de que hay personas que no valen la pena.

Mi mejor amigo ya no fue más mi mejor amigo.
Tengo más deudas de las que tenía, y a veces me siento más sola de como estaba. Creo que me venía mejor la soledad, que sentirla estando acompañada.

Iba a escribir una carta de amor, pero la verdad es que ya se me olvidó cómo son esas.

Todavía no puedo entender que las personas mientan así como si se hablara de cualquier cosa. Digo todavía, porque quizá en algún momento pueda llegar a entenderlo. También me refiero no sólo a las mentiras, sino a las palabras, ¿qué pasa cuando una persona nos da su palabra y vuelve a faltar en ella? ¿Qué pasa cuando oculta las cosas porque teme que nos enojemos, cuando ni siquiera sabemos de qué se trata?

Me siento muy triste. El día comenzó gris, no pude dormir, tengo unas ojeras tamaño infierno y un nudo en la garganta que no se me quita para nada. Mi desempeño no es el mismo, mi concentración tampoco, hasta se me ha quitado el apetito.

Me da mucha tristeza que se me oculten las cosas. Lo hace mi madre, lo hacen las personas que no están interesadas en mi, y me da muchísmo miedo que lo haga el chico que me ha robado el aliento. No sé qué hacer, demonios. Ya estoy en el mismo punto en el que empecé, con las mismas lágrimas atoradas porque no sé siquiera si debería sacarlas. No sé qué hacer.

Una vez le pregunté al Rey Sol que cuál era el motivo para que un hombre siguiera siendo infiel, a lo que me respondió sin reparos: "¿que sea hombre?" No pues bonita la cosa me salió, digo, por ser mujer.

Entonces, ¿todos los hombres, de alguna u otra forma, hacen lo mismo?

domingo, 15 de agosto de 2010

Todo inicia, me haces falta.

Se acaba el fin de semana, yo regreso a mi casa, tu regresas a la tuya, como sea comenzamos un nuevo día el uno sin el otro, los ojos sin verse, la piel sin olerse, las ganas que se quedan allá, mi alma que sabe que anda con la tuya.

No está mal. A ti te espera la oficina, a mi me espera el Instituto. Todo vuelve a la marcha.

Mi vestido azul huele a tu cocina, y puedo identificar que al olorcillo maravilloso que se queda entre las cortinas. Mis botas de cordones se mojan por dentro, ¿por qué eso sucede justo cuando voy a verte, lo que te permite secarme los pies y ponerme otros calcetines?

Algunas de tus prendas se vienen conmigo, otras prefieren quedarse sobre mi piel como si siempre hubieran vivido ahí. Esos pantalones de mezclilla que ahora usaré con tacones de charol, y las zapatillas de lona que me encanta usar con tus pantalones deportivos y la sudadera color gris. Todo es tuyo, todo siento que es mío, ahora me hace sentir bien.

Y llego a discutir lo que verdaderamente no me compete. Llego a mi cama, perfectamente tendida, que parece como si fuera de cuarto de hotel, a inventarme cosas que hacer; a pensar qué me voy a poner mañana, cómo me voy a arreglar el pelo debajo de esta boina color púrpura que me regalaste hoy por la tarde.

Regreso a la maravillosa soledad de grillos que cantan detrás de las paredes, de un gato que me mira desde la esquina de mi tocador, o que camina y se echa a un lado de mi computadora. Vuelvo para revivir las líneas muertas que dejé, los textos a medias que tengo que terminar, los pendientes revueltos e interminables que siempre olvido cómo resolver.

Luego lunes, quizá martes, miércoles que vendrá, y jueves que me dará suerte para la Teoría de la Historia. El viernes, si tengo oportunidad, dormiré hasta tarde. Seguro el sábado, podré volverte a ver.

Carajo, es apenas el inicio, y ya me haces falta.

lunes, 9 de agosto de 2010

Podré estar en desacuerdo con todo lo que digas, pero defenderé hasta la muerte tu derecho de decirlo.

Voltaire.