jueves, 29 de octubre de 2009

Ya lo dije.

Hoy amor igual que ayer, como siempre, el diario no hablaba de ti ni de mi.
Joaquín Sabina.

Me estoy quedando ciega de releer las imágenes que tomé de las programaciones de la estación de radio cuya historia me propuse escribir. La radio no habló de ti, mi radio no se acordó de mi. Tantos periódicos que revisé, y ninguno me dijo nada de ti ni del final que debo escribir. Me da gusto que el final dependa de la disertación que haga, de la conclusión que ya está escrita.

Si no te veo, quizá no sepa más de ti. Cuando no estoy contigo, lo paso siempre escribiendo o leyendo el libro que tengo pendiente. Ayer me preguntaste si ya había empezado con Chesterton, que me regalaste el domingo anterior; no tengo tanto tiempo como quisiera, te respondí. No he podido estar contigo todo el tiempo que quisiera, debí responderte.

Es oficial, te extraño. Ya lo dije. Y no me importó el "qué dirán", te lo dije por teléfono ayer que hablamos en la noche. La semana ha estado muy apurada, con pendientes que dejan de serlo, con líneas muertas que vuelven a vivir. No hay plazo que no se cumpla, y poco a poco mi lista va a dejar de tener incisos para palomear.

Sigo leyendo el periódico como si me pagaran por ello. Literalmente que me han pagado por leerlo, pero de muchos años atrás. Estos días los diarios matutinos son los que me han tirado el cable a tierra. Dejo de tener temor de las modificaciones que se tendrán que hacer, poco a poco las juicios han llegado para bien y se me desvaneció la ansiedad a través de la confianza que no se quiere ir.

El domingo nos vimos un par de horas en la noche, porque yo sabía que no podría verte el resto de la semana. Sobre aviso no hay engaño. Ya es jueves y probablemente hoy podamos comer juntos. Probablemente no. No me imaginé que me importara tanto no recibir noticias tuyas. Te extraño. Ya lo dije.

Extrañaba manejar en la Ciudad de noche. Ya me di cuenta que no veo bien. Mi vista está más cansada que nunca estos días, y me parece que es momento para ir a revisar la graduación de mis lentes. Me cuesta trabajo creer que a mi edad se me dificulte leer de cerca, o de cerquita, y se me facilite a media distancia. Me parezco a mis papás, con la diferencia de que me llevan casi 40 años y que ellos no han leído imágenes de carteleras radiofónicas, en un monitorcito que se esfuerza por no hacerme llorar.

Ojalá el diario hubiera hablado de mi.
Ojalá pudiera seguir escribiendo de nosotros.

martes, 27 de octubre de 2009

En la calle Sierra Nevada

Entregué a los últimos de mis bebés antes de las once de la mañana. Tenía la opción de volver a casa a leer o a volver a hacer mis listas de pendientes, o ir a la estación de radio a recoger las entradas que me gané para la ceremonia de entrega de las Lunas del Auditorio Nacional. Tomé la segunda opción. Y en el camino me arrepentí porque a Hans se le descompuso el limpiador del lado del conductor, por lo que cuando comenzó a chispear justo cuando entré a Periférico, empecé a no ver nada.

La lluvia cesó y pasando el Campo Militar número 1, dudé en si debía desviarme por Conscripto para llegar a Palmas, y así a Lomas de Chapultepec. En lugar de hacer eso, le llamé al Rey Sol para preguntarle qué opinaba de mi ruta. Me sugirió llegar por Reforma y dar vuelta a la izquierda en la primera gasolinera.

Él estaba en Masaryk, y cuando le conté lo que sucedía con los limpiadores, me dijo que lo esperara en la calle siguiente de Prado Norte, que ya estaba dándose la vuelta para ir a alcanzarme e intentar arreglar el coche. Le obedecí, llegué a Montes Escandinavos y como no había lugar, me di toda la vuelta otra vez y me llamó, ¿dónde andas?, pues dándole la vuelta otra vez a la manzana, voy para allá, le respondí. Ya te vi, no cuelgues, oríllate. Y comenzamos una conversación por el móvil, de coche a coche.

La opción fue dar vuelta a la izquierda en la primera, y a la mitad de la calle Sierra Nevada nos orillamos en segunda fila para que revisara los limpiadores de mi coche. No hace mucho que lo había visto, tendrá unos quince días, pero hoy lo vi muy bien. Tiene las cejas notablemente más rojizas que el resto del pelo, y me acordé de que cuando lo conocí era verdaderamente pelirrojo. El color del pelo lo ha perdido tal y como lo he perdido yo: él se volvió casi rubio y a mi me salió un mechón cano del lado derecho de la frente.

Traía otro coche, no mi favorito, de él descendió y sacó unas pinzas, caminó hacia Hans. Me bajé, nos saludamos y nos abrazamos. Hacía mucho frío. Hoy hizo mucho frío y me llovió de regreso a casa. Desarmó los limpiadores, limpió el de mi lado que era el que no funcionaba, los midió, los probó, los volvió a armar y quedaron. Con unas pinzas corta cables y su Victorinox, dejó mi coche como nuevo. Lo revisó de nariz a nariz, le intentó arreglar el espejo lateral, miró el rayón de la puerta izquierda y me felicitó por los cuartos delanteros.

Usted me iba a vender unas monedas, me recordó. Lo había olvidado. Todo se me olvida si no lo apunto, le dije. Vacié mi enorme bolso, el que parece un nido de gaviotas, y hasta el fondo encontré la cajita de lámina en la que traía dos monedas. Las que no me traían más que malos recuerdos, y que ahora aliviarían algunos de mis males. ¿En cuanto está la onza de plata? No lo sé, le dije, creo que no pasa de 180 ó 190 pesos, y la otra es la conmemorativa de cien. Me compró, al precio que quiso para que yo resultara privilegiada, las monedas que a mi me estorbaban la memoria y a él le enriquecieron la colección.

Orillados en la calle Sierra Nevada, volvimos a hablar de dinero, de mis proyectos, de sus facturas por cobrar; de nuestros coches, de sus pendientes, del malestar de mi ordenador, de los hijos que entregué ayer y hoy, de cuando su pelo era todavía rojo y el mío brillaba de misterio color nogal.

Siempre tengo muchas cosas que decirte, y cuando te veo todo se me olvida, le confesé. Cuando me acuerde te llamo por teléfono, y ya te digo qué era lo que pasaba. Quedamos con el ordenador para mañana, hoy tuve mi curso de Independencia de México, lo que no me dejó ir a su oficina.

Comenzamos a despedirnos con nuestras frases que todo quieren resolver al último minuto, y casi no dicen nada. Volvimos a abrazarnos, comenzó a llover. Ya me llevo mis limpiadores, estoy contenta. Y no los pude arreglar bien, luego lo vemos, me respondió. Un último adiós y cada quien a su coche. Di vuelta a la izquierda para volver a Paseo de la Reforma, me siguió, di vuelta hacia la gasolinera y lo perdí de vista por el retrovisor.

Llegué a Montes Pirineos sin ningún problema. Recogí mis entradas y me fui hacia Periférico Norte. Volví a llamarle, para decirle que mi memoria ya se había acordado del asiento que se mueve cuando freno en cada tope, haciendo que mi acompañante que le haga de copiloto casi se pegue en la frente con el parabrisas. Nos reímos. Hizo bromas. Me gusta cuando hace bromas y trae puesta esa chamarra gris, como sus pantalones, de cierre al frente y bolsas al costado. Me gusta que nos encontremos cuando hace frío.

Me gusta que haga un momento para verme aunque sean unos veinte minutos. Nunca me hubiera imaginado que mi coche nos acercara más que nunca, y no precisamente porque me condujera hacia él.

El chico me hace feliz, me hace muy feliz que el Rey Sol siga figurando en esta historia, aún en los días lluviosos.

lunes, 26 de octubre de 2009

Lo que viene

Entre el cambio de horario y la crisis de estructura que tuve con mi texto la semana pasada, no he podido dormir. Tengo unas ojeras que dan un poquitín de miedo, basta decir que ni siquiera me he querido maquillar los ojos.

Confieso que lo que viene me da un poquitín de miedo. Me causa ansiedad que me lean de frente y que hagan comentarios sobre las modificaciones que debo hacer. ¿Por qué el texto no se puede quedar tal y como lo deseo? En el fondo es mi trabajo, si no les gusta pues que no les guste, ahhhh pero siempre hay que modificarlo según les interese leerlo o no.

Ya ni siquiera tengo sueño. Si me echo en el sillón, no podré conciliar el sueño aún cuando mi Neuman todavía me acompaña. Debo terminar, por pronto hoy antes de las 16 horas, porque tengo una cita con uno de los lectores y luego a entregar a los demás.

Lo que viene me causa ansiedad. Pffff, si no les gusta... bueno pues espero que no sean tan duros con mis palabras.

viernes, 23 de octubre de 2009

Todas las ciudades del mundo hablan


Radioescucha.- ¿No encontráis más simple aún mover el dial de un aparato de radio? No hay ni siquiera la fatiga de leer. Basta con tener oídos. Todas las ciudades del mundo hablan.
Armando de María y Campos, Periodismo en Micrófono.

martes, 20 de octubre de 2009

Entre memorias

Me dijo que se acordó de mi porque dejé mi periódico sobre la mesita de la sala, se preguntó cuándo iré a leérselo otra vez, y cuándo él dejará de leerlo solo. ¿Lo has leído?, quise saber, y me respondió que no pudo resistirse a saber de qué hablaba, pero que no era nada como cuando yo se lo leo en voz alta.

¿En qué momento las cosas toman el rumbo que tienen que tomar? ¿En algún momento me imaginé que la circunstancia se acomodaría de esta manera?

Hoy me llamó el soltero tóxico, de sorpresa, para avisarme su cambio de empleo y sus números nuevos. Hoy no me importó más. ¿Te hubieras imaginado que lo mandarías a volar?, me preguntó la diseñadora de modas mientras escogíamos aretes en el centro comercial, le dije que no, de hecho nunca imaginé que me dejara en claro que tenía problemas con la bebida, que yo no lo querría ver más, ni que me llamaría un mes después para ponerse al corriente. No importa más, le dije. No me importa nada.

Hace dos días me llamó el soltero nuclear. Sí, uno que sale del ranking tóxico, y mi amigo el presidente atinó en llamarle soltero nuclear, porque está en calidad de prioridad doble cero, otro chico que se acordó de mi. Fue en la noche, yo estaba en una reunión con unas amistades de Mateo, y las tres llamadas que recibí me desconectaron totalmente. ¿Estás bien?, me preguntaron varias veces porque hubo un momento en que mi rostro se vio desencajado. No estaba muy bien del todo, no es agradable cuando se reciben insinuaciones que no vienen al caso.

A la mañana siguiente, conversamos de que se acordó de mi cuando se comió la última porción de chimichurri que quedó en el refrigerador. Confesó que no es lo mismo, pero siempre es igual. Supongo que más allá de ser un sinsentido, tiene razón. Siempre es lo mismo, pero esta vez no fue igual. Ahora yo me imagino que si no he sabido de él, supongo que no volvió a acordarse de mi.

Hoy fui yo quien se acordó de ti, y me cuesta un poco de trabajo asimilar que en mi corazón existe un atisbo de nostalgia, y que en el fondo te extraño. Quisiera dejar de llamarte "soltero tóxico" pero no encuentro otro nombre que darte, no, todavía no puedo. Sucedió mientras manejaba en el estacionamiento donde me robaron a Andrés, iba yo al Santander y platicaba sobre los romances que puede haber entre dos historiadores; romances, amistad o química, pues el entendimiento entre dos personas de la misma profesión, específicamente la Historia o las humanidades, los latinoamericanistas por ejemplo.

Me acordé de cuando hablábamos de política y de que siempre fuiste el único que entendió mis razones cuando afirmé que me caía bien Hugo Chávez, que me solidarizaba con el movimiento centroamericano, y que estaba dispuesta a renunciar a ser madre porque eso le haría bien al mundo. Sabías cuando estaba feliz, cuando pasaba una mala noche, cuando tenía ganas de llorar, cuando de veras algo me hacía enojar. No te importaba que algunas veces tuviera la razón, ni que mi opinión fuera certera. No te intimidaba que leyera los periódicos, ni que escuchara dos noticieros de radio y viera dos de televisión. Creo saber que te sentiste un poco mal cuando conseguí trabajo antes que tu, lo que me hacía tener un ingreso más fuerte, pero sólo creo saber, nunca me constó aunque mi corazón así lo sintió.

Sabías cuando era necesario salir de la Ciudad, refugiarnos en un rincón, terminar durmiendo en el coche por un fracaso de casa de campaña y desayunar tacos a la orilla de la carretera. Supiste, al principio, como hacerme feliz y lo lograste por mucho tiempo. Pasados unos meses la costumbré nos superó. Sinceramente espero que me hayas superado, porque a mi me ha costado mucho trabajo superarte. Me daba un tanto de temor qué pasaría cuando me supiera sin ti. Ni el mundo se acabó, ni tuve un destino fatal. Lo bueno de la vida es que sigue.

La gran montaña rusa en la que se convirtió nuestra relación fue la que nos dio el tiro de gracia. No había término medio. O eramos muy felices o verdaderamente no podíamos convivir en la misma habitación. ¿En qué momento las cosas tomaron el rumbo que tenían que tomar? ¿En algún momento me imaginé que la circunstancia se acomodaría de esta manera? ¿Por qué contagiaste tu bipolaridad a la relación que con mucho esfuerzo construimos? ¿Por qué no encontramos el remedio para nuestra enfermedad?

Muchas personas se han acordado de mi, me lo dicen, me llaman por teléfono, miran cepillos de dientes en los vasitos del lavabo de sus baños, comen las sobras de la cena que cociné la noche anterior, sienten necesidad de los besos que no les he dado, leen palabras que todavía no he pronunciado, pero hoy fui yo quien se acordó de ti. Luego de muchos meses, más de 500 noches, pasadas muchas estaciones, sentí un atisbo de amor por ti.

lunes, 19 de octubre de 2009

El espejo con la ventana

¿Cuántas veces he dicho que no me importa nada? ¿Cuántas veces lo he dicho fingiendo u ocultando algún sentimiento? ¿Cuántas veces lo he dicho de verdad? Tengo que dejar de hacerme tantas preguntas. Tengo que dejar de sentir que el piso por el que camino no es firme. Tengo que creer que las cosas que escucho son de verdad. Tengo que seguir haciendo uso de estos párpados que le puse a mis oídos.

Tengo que dejar de sentir que soy una mariposa de exhibición, de esas que tienen el lomo pinchado con un alfiler.

Alguna vez mi hermana oaxaqueña me dijo que debía de dejar de preocuparme por las cosas que no podía cambiar, que debía dejar de preocuparme por el dinero, por las cabezas de mis hermanas, por el corazón de mis padres. Me dijo también, que debía sólo hacer las cosas que yo creyera que eran las correctas, las que en ese momento debía hacer. Debía hacer lo que me hiciera feliz.

La semana pasada el premio Edmundo O'Gorman me regaló su libro. Le escribió una hermosa dedicatoria que termina con la frase "que el brillo de tus ojos no mengüe nunca". Cerró el libro y al dármelo me dijo "Mariposa, debes buscar tu felicidad, estás muy cerca de encontrarla, aún cuando las cosas no han salido como lo esperábamos, debes seguir rascándole, buscando, seguir el caminito que vas trazando". Y yo, llena de la misma susceptibilidad que me hizo llorar con el tai chi, le dije que tenía razón.

Las familias, coincido con mis amigas, no son las que esperábamos ni las que escogimos. En cambio, la vida nos da la maravillosa opción de elegir una familia alterna, la del corazón, la de la amistad. Esa familia es la que me impulsa a seguir adelante. Creo que soy resultado de ella.

Hoy, que verdaderamente no sé qué hacer, no sé qué va a suceder, no sé si tengo ganas de seguir o de echarme a dormir; hoy, en el fondo de mi corazón sé que debo seguir a como dé lugar. Me cuesta mucho trabajo. No puedo fingir que no pasa nada, no se me da, no me va, no es mi estilo. No puedo caminar preocupándome por todo lo que sucede, buscando soluciones que no me competen, tomando responsabilidades que la gente me atribuye; haciendo caso de las opiniones de personas que no saben como soy.

Me resisto a escribirle un final a la historia que comencé. Me resisto, aún cuando se le haya escrito que tenía caducidad, aún cuando el final lo traigo dándome vueltas en la cabeza. Es bien sabido que las medicinas se pueden consumir aún meses después de la fecha de vencimiento, y que los yogurts caducados se pueden beber un par de días después.

Hoy debo llenar de papelitos el espejo que tengo enfrente. No es fácil asimilar que confundí el espejo con la ventana. La realidad se debe mirar de frente.

domingo, 18 de octubre de 2009

Los que se pelean, se casan.

Hoy me acordé de mi amiga que es chef. Y también comprendí que la razón por la que he aplazado ese café que nos estamos tomando desde hace unos tres meses, quizá sea porque me dio la noticia de que se va a casar. Me puse feliz, de corazón que me dio felicidad. Pero ahora me doy cuenta de que a lo mejor no estoy muy consciente de que una de mis amigas -por fin- se casa.

Uno de mis sueños era ser una de las primeras chicas en avisarle a las demás, que se iba a casar. Los años fueron pasando y los planes que tenía para mi futuro amoroso no fueron como los imaginé. Yo soñaba con ser esposa antes de los 25 para disfrutar de los años de pareja solos y aún así convertirme en una joven madre. Ahora, con la avalancha de decisiones sentimentales y profesionales que han venido desde hace algunos años, a veces no estoy segura de si quiero o no casarme, si quiero o no tener hijos, y si esta inapetencia social se me va a quitar.

Mis noviazgos, aún cuando fueron largos, no formalizaron en matrimonio. Sí tuvieron finales felices, otros no tanto, pero más allá de hacer planes a futuro y en común, hasta ahora no he recibido la propuesta formal de matrimonio. Otras propuestas han figurado en mi historia, algunas muy particulares, y otras que ahora pienso debí aceptar en lugar de hacerles la lista de pros y contras antes de tomar la decisión. Pienso, por ejemplo, que la historia hubiera sido otra si no hubiera ido a la Universidad y en lugar de eso, me hubiera ido a las faldas del volcán Tacaná a cultivar café. Quizá no escribiría como ahora, pero tendría una familia mía y una pareja a mi lado. Pienso, también, que quizá debí tener un hijo con el chico que fue mi novio durante la Universidad; ahorita sería una joven madre de un pelirrojito de pelo rizado.

La diseñadora de modas piensa, contrario a lo que pienso yo, que la estabilidad no depende de los bebés que decidí o no tener; ella piensa que ahorita estaría llena de pendientes por la nueva vidita, y que encima, olería a pañales. Viéndolo así me da un poco de cosita, y creo que las cosas son como deben ser.

Otras propuestas, las que sí acepté, fueron las que se escribieron en mi historia, y que cuyo resultado se nota apenas me encuentras por la calle.

Sigo siendo la chica optimista ante las bodas, las uniones y los nacimientos. Y me sigo poniendo triste con los corazones rotos y los finales feos. Es más, alguna vez una pelea entre mi amiga chef y su novio provocó que me preocupara por ella y luego me enojé; ellos se peleaban verdaderamente fuerte y ella lloraba sin parar cuando eso sucedía. Y en contra de todos los pronósticos, este verano me avisó que se casa a mediados del próximo invierno. Gran noticia. Gran acontecimiento.

Sé que mi madre no es la persona más indicada para dar consejos, pero uno que siempre nos decía a mis hermanas y a mi, es aquel de que "los que se pelan se casan". No sé que tan cierto sea. Yo tuve muchas peleas con mis novios largos, y qué decir con mis pretendientes. Nunca me casé. La diseñadora de modas, en cambio, nunca tuvo una discusión con el soltero re tóxico que la dejó por otra, y estaban en trámites de comprar una casa y dos coches, los que el soltero este ahora vive con la nueva mujer.

Amor, amor. ¿Qué decir del amor? Es una lotería, es un albur. La chica chef se casa en enero, eso es lo que hay que celebrar. Ya veré yo cómo le hago para quedar en el café con ella. Supongo que me caerá bien ver caras optimistas de felicidad.