Cuando llego aquí, todo se me olvida, todo lo que no quiero saber o lo que no quiero pensar. Todo es como si no existiera, como si Hans me transportara a un lugar de silencio -a pesar que la gente no deja de hablar y a veces gritan mucho-, a un lugar donde nada importa más que responder el teléfono, recitar pendientes, servir café, resolver problemas que no son míos -yuuuuupi-, platicar de cosas que a veces no me incumben pero que me hacen reír.
A veces no me gusta, pero "amo mi trabajo" por eso. Es lo que hay, ni modo. No me voy a quedar de brazos cruzados, no me voy a quedar en casa pensando en las cosas que no me competen y que no puedo resolver. No me voy a quedar en casa sumida en esta ansiedad -que llegando aquí también se me olvida-, que me hace tirarme en la cama por muchas horas, hasta que me duela la espalda, aunque duerma cuando dejo de soñar.
"Si la vida te da limones, haz limonada". Y "si la vida te da la espalda, agárrale el trasero", aunque no tenga ganas de hacerlo. Es lo que hay, ni modo.
Me resisto a sonar conformista, a hacer cosas que no quiero hacer, pero es lo que hay. Y me mantiene ocupada, aunque lo que más quiera en el mundo sea investigar y escribir, e irme lejos por supuesto.
Mientras eso sucede hay esta otra cosa, y tengo trabajo que ahora resulta muy difícil por la situación de mi país, y amo mi trabajo, así debe ser. ¿Si no, qué?

