Puede que haya habido muchas pérdidas, porque de hecho las hubo, pero también hubo ganancias y maravillosas experiencias aprendidas. La vida me ha puesto en el camino a gente maravillosa, gente que me ha ayudado mucho más de lo que imaginé que alguien podía ayudarme.
Manejé la ruta de siempre, intentando engañar a mi cabeza, repitiéndome una y otra vez que no era la última vez que iba a manejar a ese destino.
De haber sabido que efectivamente, era la última vez que iba a manejar hacia allá, y de haber sabido que no iba a volver a amanecer en las entrañas de las ruinas de esta Ciudad, le hubiera tomado una foto al rayo de sol que se hace entre la rendija del edificio 11 a las nueve de la mañana y hasta las 9:10. Esa luz maravillosa que me hacía sentarme en medio de la cancha, en la banca terriblemente maltratada por los años y por la gente; la luz que me hacía calentarme la cara cuando más frío tuve el cuerpo. Era increíble ver como de edificios viejos, de concreto ahumado y roto, podía salir tanta cosa que me podía llenar de vida y hacer feliz.
Usualmente las mudanzas dejan pérdidas, olvidos, encargos... pero no ganancias. Bueno pues en esta última mudanza, gané una bicicleta elíptica, un lazo muy fuerte con mi hermana y una familia que se convirtió en mi protectora. Conocí a un señor que junto con su familia, se hizo cargo de todo sin pedirnos nada a cambio. Yo estaba en contra de perderlo todo, de dejar mis pertenencias y mis muebles en manos de un desconocido para no volver a saber de ellas jamás, pero finalmente entendí que son cosas que se ganan o se pierden, que se tienen o no se tienen. Mi hermana me hizo darme cuenta de que yo estoy bien, finalmente no me hace falta nada y no tengo ninguna cicatriz en el cuerpo que me haga recordar todo lo que pasó. Tuve que aprender a vivir con el alma rota, sin artículos materiales y con la mitad de mis efectos personales. Me siento terriblemente mal por haber olvidado mis botas color azul, esas también me duelen en el alma...
Manejé la ruta de siempre, intentando engañar a mi cabeza, repitiéndome una y otra vez que no era la última vez que iba a manejar a ese destino.
De haber sabido que efectivamente, era la última vez que iba a manejar hacia allá, y de haber sabido que no iba a volver a amanecer en las entrañas de las ruinas de esta Ciudad, le hubiera tomado una foto al rayo de sol que se hace entre la rendija del edificio 11 a las nueve de la mañana y hasta las 9:10. Esa luz maravillosa que me hacía sentarme en medio de la cancha, en la banca terriblemente maltratada por los años y por la gente; la luz que me hacía calentarme la cara cuando más frío tuve el cuerpo. Era increíble ver como de edificios viejos, de concreto ahumado y roto, podía salir tanta cosa que me podía llenar de vida y hacer feliz.
Usualmente las mudanzas dejan pérdidas, olvidos, encargos... pero no ganancias. Bueno pues en esta última mudanza, gané una bicicleta elíptica, un lazo muy fuerte con mi hermana y una familia que se convirtió en mi protectora. Conocí a un señor que junto con su familia, se hizo cargo de todo sin pedirnos nada a cambio. Yo estaba en contra de perderlo todo, de dejar mis pertenencias y mis muebles en manos de un desconocido para no volver a saber de ellas jamás, pero finalmente entendí que son cosas que se ganan o se pierden, que se tienen o no se tienen. Mi hermana me hizo darme cuenta de que yo estoy bien, finalmente no me hace falta nada y no tengo ninguna cicatriz en el cuerpo que me haga recordar todo lo que pasó. Tuve que aprender a vivir con el alma rota, sin artículos materiales y con la mitad de mis efectos personales. Me siento terriblemente mal por haber olvidado mis botas color azul, esas también me duelen en el alma...
Puede que haya habido muchas pérdidas, pero a cambio me encontré a mi misma.
Ahora soy una persona muy feliz, perdí muchas cosas pero recuperé mi vida y la confianza en mi misma. Soy feliz de haberme decidido por la opción de seguir adelante.