lunes, 18 de enero de 2010

Valió la pena.

Hacía mucho tiempo que no pasaba toda la noche escribiendo. Mucho tiempo. Cuando menos me di cuenta, estaba tan atenta en mi trabajo, que sonó la alarma de las cinco de la mañana. Ya voy, ya voy, pensé, pero no pude parar de inmediato. Me acosté a las cinco y 45, y me desperté a las siete y veinte.

Fue un día muy provechoso.

El domingo fue la primera vez que un red bull me hizo efecto. Luego de beberlo, me di un baño y me dispuse a escribir cuando San Román me llamó para que fuéramos a cenar. Vino con mi tocayo y fuimos por hamburguesas. Platicamos hasta la media noche. Regresé a casa a ordenar papeles, buscar libros, interpretar anotaciones, transcribir programaciones de 1937 hasta 1947.

Todo valió la pena.

Hace rato, de regreso en el camión, me quedé tan dormida que la cabeza se me azotó contra la ventana en donde venía recargada. Me despertó el golpe, y no pude más que reir y sobarme el chipote que se me hizo en la frente. Ni modo. Estoy verdaderamente muerta, pero no llegué al punto de sentirme mal durante el día. Digamos que el café que me bebí de un hilo, y el par de cafiaspirinas que me tomé luego de la comida, me mantuvieron en pie.

Y pienso que este, y todos los desvelos de los últimos cuatro años, que han tenido que ver con mi investigación, valieron mucho la pena.

Ya no me acordaba lo que era irse "en vivo" a trabajar. Ya no me acordaba que es posible pasar toda la noche escribiendo de un jalón lo que se pudo haber escrito en el lapso de una semana, pero que en la noche sabe mejor.

Ni un bostezo, ni un escalofrío por el clima. El gato en el sillón, los cigarros en el cenicero, el móvil que a las cinco me avisó que era hora de despertar... sin haber dormido.

A las siete y 20 directa al sur, a explicar por fin de qué se trata la historiografía. A las once llegada a la oficina. A las catorce en World Trade Center, porque una llamada que no esperaba recibir me invitó a comer. A las dieciséis de regreso a la oficina para firma de contratos, para resolver pendientes. A las dieciocho de regreso a casa. Se me azotó la cabeza en el camión, pero bueno, un precio se debe pagar por un sueño tan profundo de 45 minutos.

El tiempo nunca alcanza. No importa que uno no duerma, el día de 27 horas dudo que si llega, me pueda ser suficiente.

3 comentarios:

copo dijo...

Qué el mundo nos llame locas Mariposa, pero no es una maravilla pegarse esas desveladas tan productivas? Cuando Clío se sienta a pasar la noche con nosotras no hay que dejarla ir.
Lástima que te dejó un chipote como recuerdo de su visita ;)
Beso,
Copo

SonrisaMiel (: dijo...

Y así sea de 30 o de 100, siempre nos faltará tiempo. Tienes razón. Pero duerme! Duerme un poco más, que esas horas que usas, el tiempo se las cobra.

Con respecto a mi realidad o ficción... Fue realidad, y ya me encontré y ya viví mi primera historia de amantes. Quisiera que no fuera así pero el alma es débil, más que la carne... Qué más puedo decir? Pasó, pero no me arrepiento del todo.

En fin, me alegra que mis comentarios te hagan sonreír, puedo decir lo mismo de los tuyos, definitivamente!
Te mando besos y abrazos.

Lilith dijo...

Uyyy hace mucho que no se lo que son esas desveladas... pero si recuerdo lo bien que sabe tener la inspiración suficiente para en una noche ardua de trabajo sacar todo lo que no creías poder sacar en un mes. Que ricas son esas desveladas, y la satisfacción que te dejan te hacen leve el cansancio.
Besos de moi para toi