Aquí vamos, con que nos quedamos mirando sin decir nada, con que te molestan las reacciones que tengo algunas veces, con que no sé qué hacer cuando no puedo resolver mis propios problemas.
Aquí vamos otra vez, con que me dices lo que ya sé que me vas a decir. Con que me dices que no siempre se tienen las soluciones para todas las situaciones, con que si no las puedo resolver, para eso estás tú, para ayudarme a pasarlas de largo si no es que a resolverlas por completo.
Aquí vamos otra vez, con que comienzo a pedirte perdón compulsivamente, como si en verdad hubiera hecho algo muy malo, como hace unos siete años cuando nos conocimos, que me esforzaba de sobremanera en entender lo que tu cabeza pensaba. Aquí vamos, con que ahora no me interesa lo que piensas, sólo lo que pienses cuando estás conmigo.
Y todo es como siempre, como tal vez debimos evitar que fuera. Siempre seré mucho menor que tu, siempre serás mucho mayor, siempre habrá esta brecha generacional que nos hace ser lo que somos, que nos hace tener la amistad que tenemos, que nos hace que el tiempo nos pase como nos pasa. Siempre me verás pequeña, siempre querrás sobre protegerme, siempre me verás linda y joven y querrás ayudarme en lo que puedas. Siempre te veré grande, siempre te veré un poco viejo, siempre correré a pedirte una opinión o a pedirte que me ayudes a buscar una solución. Siempre te veré como un apoyo, siempre te veré como escultura, siempre te veré como si los años no nos pasaran encima.
Pero repito, el destino nos ha llevado hasta aquí, y lo dije bien clarito hoy en la mañana: no sabíamos que la vida iba a dar este giro y que ibamos a terminar como estamos ahorita. No está mal, supongo. Si estuviera, ya nos habríamos separado (otra vez, como sucede cuando algo no nos parece) para intentar volvernos a juntar unos meses -o algún tiempo- después.
Y ahora no sé qué es lo que va a pasar. No sé qué sucederá en la entrevista que tengo mañana. No sé cuándo estarán listos los ejemplares. No sé cuando tendré listas escritas, las últimas opiniones recibidas. No sé si el frío me dejará dormir. No sé si podré verte otra vez, o verte, por lo menos, como te vi hoy por la mañana. No sé qué voy a hacer en la casa, que ya no quiero que sea mía. No sé cuando va a dejar de matarme esta incertidumbre.
Y Mauricio tenía razón: no estoy deprimida porque tengo la cabeza lo suficientemente clara para comprender la situación; lo que sucede es que me angustia no saber cómo hacer lo que tengo que hacer. No quiero llegar al punto de la desesperación, que se quede en ansiedad o angustia, pero que no llegue la desesperación que siempre trae de la mano a la depresión.
Aquí vamos otra vez, con que me dices lo que ya sé que me vas a decir. Con que me dices que no siempre se tienen las soluciones para todas las situaciones, con que si no las puedo resolver, para eso estás tú, para ayudarme a pasarlas de largo si no es que a resolverlas por completo.
Aquí vamos otra vez, con que comienzo a pedirte perdón compulsivamente, como si en verdad hubiera hecho algo muy malo, como hace unos siete años cuando nos conocimos, que me esforzaba de sobremanera en entender lo que tu cabeza pensaba. Aquí vamos, con que ahora no me interesa lo que piensas, sólo lo que pienses cuando estás conmigo.
Y todo es como siempre, como tal vez debimos evitar que fuera. Siempre seré mucho menor que tu, siempre serás mucho mayor, siempre habrá esta brecha generacional que nos hace ser lo que somos, que nos hace tener la amistad que tenemos, que nos hace que el tiempo nos pase como nos pasa. Siempre me verás pequeña, siempre querrás sobre protegerme, siempre me verás linda y joven y querrás ayudarme en lo que puedas. Siempre te veré grande, siempre te veré un poco viejo, siempre correré a pedirte una opinión o a pedirte que me ayudes a buscar una solución. Siempre te veré como un apoyo, siempre te veré como escultura, siempre te veré como si los años no nos pasaran encima.
Pero repito, el destino nos ha llevado hasta aquí, y lo dije bien clarito hoy en la mañana: no sabíamos que la vida iba a dar este giro y que ibamos a terminar como estamos ahorita. No está mal, supongo. Si estuviera, ya nos habríamos separado (otra vez, como sucede cuando algo no nos parece) para intentar volvernos a juntar unos meses -o algún tiempo- después.
Y ahora no sé qué es lo que va a pasar. No sé qué sucederá en la entrevista que tengo mañana. No sé cuándo estarán listos los ejemplares. No sé cuando tendré listas escritas, las últimas opiniones recibidas. No sé si el frío me dejará dormir. No sé si podré verte otra vez, o verte, por lo menos, como te vi hoy por la mañana. No sé qué voy a hacer en la casa, que ya no quiero que sea mía. No sé cuando va a dejar de matarme esta incertidumbre.
Y Mauricio tenía razón: no estoy deprimida porque tengo la cabeza lo suficientemente clara para comprender la situación; lo que sucede es que me angustia no saber cómo hacer lo que tengo que hacer. No quiero llegar al punto de la desesperación, que se quede en ansiedad o angustia, pero que no llegue la desesperación que siempre trae de la mano a la depresión.
3 comentarios:
A donde vas Mariposa, tan preocupada? A donde vas con tus alitas con su vestido sepia? A donde vas con la incertidumbre a cuestas? Piensalo detenidamente y vuela a mejores cielos, con mas colores, con menos pena. Alguna vez me dieron un consejo muy dificil, pero muy util: Trata de conservar la calma justo en los peores momentos. Va-lien-te, va-lien-te.
ay mariposa, hay que relajarse...
Ánimo Mariposa, escucha a copo, conserva la calma a final de cuentas todo termina por resolverse.
Un beso.
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